33. Dentro del edificio rojo #7
—O sea, que estábamos votando a favor sin saberlo.
Después dijeron que no había hecho falta ninguna votación oficial porque todo el mundo estaba a favor de la idea.
La idea era quitar de en medio los edificios viejos, construir nuevas carreteras, un mercado nuevo, nuevos sistemas, derribar cosas…
Esta casa va a desaparecer, igual que todas las de al lado.
Van a poner apartamentos aquí, pisos pequeños para la gente de negocios, y máquinas para cobrar de forma automática el peaje.
Y nosotros que pensábamos seguir aquí toda la vida…
Sin pensión ¿entienden? Cobrando el peaje tal como habíamos hecho siempre.
Fue como si hubiera llegado un vendaval, un huracán, para barrer todo lo antiguo y sustituirlo por cosas nuevas.
—Fue más o menos entonces cuando los daimonions empezaron a enfermar —añadió Ethel—. Fue como si la gente tuviera una manera de sentir distinta con ellos, no sé. Desde que era pequeña, todo el mundo tenía su daimonion. Eran como una parte de uno mismo.
—Lo que no alcanzábamos a entender —dijo Henry— era que las personas se olvidaran de cómo eran antes las cosas, como si de repente todo lo que conocían se hubiera vuelto baladí.
—Fue como una moda —ponderó su esposa—. Los jóvenes empezaron a hacer como si no les interesaran sus daimonions, como si fuera algo anticuado prestarles atención. Después se convirtieron en una especie de estorbo para algunas personas.
—En algo de lo que se avergonzaban —abundó su marido.
En ese momento, como una chispa en un reguero de pólvora, en la mente de Lyra se encendió una luz.
Empezó a rememorar a toda velocidad el periodo previo a la partida de Pan, e imaginó que, absorta en las obras de Brande, Talbot y sus seguidores, siguiendo una tendencia del momento, no prestaba ninguna clase de atención a su daimonion, hasta que este empezó a perder protagonismo y debilitarse.
Era algo que podría haber ocurrido fácilmente.
—Exacto —corroboró Ethel—. Y no solo fueron los daimonions. Había otras cosas que eran fundamentales para nosotros, como esa noción de ayuda entre los vecinos, o tener leyes que las empresas deben cumplir, como no construir en terreno público. ¿Han visto esa carretera que bordea el lago?
—La están ampliando, y también están construyendo un dique —dijo Lyra.
—Pues no tienen permiso para hacerlo —afirmó Ethel—. Eso es terreno público. Antes, las constructoras tenían que pedir permiso para alterar las vías públicas, pero ahora hacen lo que quieren. Lo están cambiando todo.
—Y luego está lo del ayuntamiento de la plaza del mercado.
Dicen que ya no necesitamos un Ayuntamiento, porque las decisiones de cuestiones públicas las van a tener que tomar los comités de las empresas, porque así se ahorrarán, por lo visto, mucho dinero los ciudadanos.
O sea, que van a derribar el ayuntamiento y poner un hotel, o una tienda enorme, o algo por el estilo.
Pero no sirve de nada hablar con ellos. Es discutir con la niebla. Tienen abogados que…
—Viene alguien —anunció Malcolm, que estaba de cara a la ventana—. Son policías o soldados.
Ethel dejó escapar una queda exclamación, al tiempo que se encogía en el sofá. Henry irguió la espalda y la rodeó con el brazo, entonces ella apoyó la cabeza en su cuello.
—No te preocupes, cariño —murmuró—. No nos van a separar. Pase lo que pase, no permitiré que nos separen.
Sus daimonions, cuervo y tórtola, hablaban entre susurros en lo alto del respaldo del sofá. El anciano mantenía estrechamente abrazada a su esposa.
Sonó una contundente llamada a la puerta.
—Iré yo —se ofreció Lyra, mientras se levantaba.
—Lyra —dijo Malcolm.
—No. Sé cómo hay que hablarles.
Cuando salía de la salita, volvieron a llamar a la puerta, con más dureza e impaciencia que antes. Mientras seguían golpeando, Lyra se quitó la diadema y se alisó el pelo antes de abrir.
—Buenos días —saludó—. ¿Desean algo?
El hombre se quedó estupefacto. Incluso retrocedió hasta el escalón de abajo.
—¿Quién es usted? —preguntó.
—Me llamo Tatiana Iorekova. Soy una reina de las brujas de Novaya Zemlya. ¿Quién es usted?
El hombre parecía desconcertado. Estaba claro que había llegado con intención de demostrar enojo y ahora no sabía qué expresión adoptar.
—Soy un agente de seguridad. ¿Es usted la…? ¿Es esta su casa?
—No. ¿Es suya?
—¿Dónde están los…? ¿Quién ha dicho que era?
—La reina de las brujas de Novaya Zemlya.
El hombre la miró de arriba abajo.
—No es verdad —declaró—. ¿Tiene algún documento que demuestre lo que acaba de decir?
—Por supuesto que sí. Aquí lo tiene.
Le tendió la carta de Mustafá Bey. Tras examinarla brevemente, el policía se la devolvió.
—Cualquiera podría haber escrito eso. Ahora se tiene que marchar. Tengo que hablar con los ocupantes.
—Pero si no ha leído el papel que le he dado… ¿Va a argumentar que no obedeció la ley porque era incapaz de leerlo? —replicó Lyra—. ¿Acaso cree que los tribunales quedarán impresionados con esa estrategia de defensa?
—No, porque no va a llegar a los tribunales. Ahora recoja sus cosas y márchese.
—¿Qué va a ser del señor y la señora Butler? —intervino en ese momento Malcolm, que acababa de aparecer junto a Lyra.
El agente pestañeó, con un suspiro.
—¿No ha oído lo que le he dicho a…, a su amiga?
—Mi colega. Sí.
—¿Y me ha oído hablar en algún momento del futuro del señor y la señora Butler?
—No.
—Eso es porque no sé qué les va a pasar. Y no lo sé porque no lo he preguntado, porque no es asunto mío. Los llevaremos a un campamento transitorio, y después podrán irse o se podrán quedar. Ya se les ha avisado debidamente. Si se quedan aquí, nosotros no seremos responsables de las consecuencias.
—¿Derribarían la casa estando ellos dentro?
El policía se encogió de hombros.
—¿Dónde está su daimonion? —preguntó Lyra.
—No sé. Y ahora, ya le he dicho que salgan del medio y dejen de entorpecer la labor de un agente.
Lyra vio como sus subordinados, todos uniformados y armados, daban un paso al frente.
Malcolm recordó algo que había presenciado mucho tiempo atrás, en su infancia: una anciana que, con el peso de sus palabras, había obligado a marcharse a un pelotón de soldados.
¡Aquello fue en el priorato de Wolvercote, por supuesto!
La hermana Benedicta hablaba con los agentes del tribunal de Protección de Menores, que habían acudido para sustraer a la pequeña Lyra del cuidado de las monjas que velaban por ella.
Él, Malcolm, y el viejo carpintero, el señor Taphouse, habían sido testigos de la reprimenda que les dio.
En ese momento, viendo a Lyra encarada a los policías en el umbral de la puerta, fue como si estuviera soñando aquel recuerdo, porque Lyra se mantenía erguida, con la barbilla levantada y la mirada chispeante, justo igual que la hermana Benedicta hacía veinte años.
«Ella no podría recordarlo, desde luego —pensó Malcolm—.
Porque entonces era un bebé y dormía en su cuna».
Por un instante, sin embargo, pareció como si se inspirase de forma consciente en la valentía de la anciana monja.
Malcolm se dijo que, de haber estado Pan con ella, se habría enfrentado a los hombres y los habría desafiado, pero en ausencia de Pan estaba incompleta.
No era el momento adecuado. Advirtió que se ruborizaba, mortificada.
Un par de transeúntes se detuvieron a mirar con un leve asomo de curiosidad, pero, al no ver nada espectacular, pronto reanudaron sus caminos.
—Le he dicho que se retirara —reiteró el jefe de policía—. El señor y la señora Butler han dispuesto de tiempo de sobra para llevarse sus pertenencias a otro lugar. Puede ayudarlos o puede marcharse, pero no puede interceptar el paso.
Después subió un escalón para situarse al mismo nivel que ella.
Lyra notó las manos de Malcolm en sus brazos y se dio cuenta de que había estado temblando con pasión, con una pasión sin perspectiva, vacía e infructuosa.
El agente emitió una orden y sus subalternos encararon los rifles.
Tras ella, la puerta de la salita se abrió y el señor y la señora Butler salieron despacio, cogidos del brazo, seguidos de un soldado que los apuntaba con un rifle.
No llevaban nada. Lyra cogió la bolsa con las madejas y agujas que había en la mesa de la entrada y la depositó en los brazos de la señora Butler, la cual la abrazó como si de un bebé se tratara.
En ese mismo momento, Lyra entendió por primera vez algo, con claridad diáfana. Fue como si en su mente se hubiera abierto de repente un canal bloqueado, por el que circuló con vigor una corriente de comprensión.
—Malcolm —dijo—, ya sé qué es el alkahest.