33. Dentro del edificio rojo #6
—Alguien les ha respondido —dijo Malcolm, levantándose—. Quédate detrás del árbol.
La puerta se abrió un poco y un hombre mayor se asomó por el resquicio, con su daimonion cuervo posado en el hombro.
Dijo algo y el cabecilla de los tres hombres escuchó con actitud cortés, quitándose incluso la gorra.
Después habló a su vez. Uno de sus acompañantes retrocedió hasta la carretera y levantó la vista hacia las ventanas; en el interior se movió una cortina.
Tras escuchar al policía, el anciano respondió con voz tenue, pero clara.
—No, lo siento, pero no los voy a dejar entrar.
Ayer hubo una advertencia general, ¿no lo oyeron?
En principio, no debemos dejar entrar a nadie en casa, tanto si llevan uniforme y pistola como si no.
A ustedes no los conozco de nada. No sé quiénes son ni de dónde vienen, ni de qué autoridad dependen.
El policía se volvió a colocar la gorra y dijo algo en voz baja. Aunque no distinguió las palabras, Lyra captó su tono firme e implacable. Se notaba que habían llegado a un impasse .
El anciano respondió con un par de breves frases.
No había ninguna necesidad de oírlo para comprender que le decía que no.
A continuación, cerró la puerta y los policías se quedaron hablando un momento entre ellos, justo antes de dar media vuelta.
El jefe escribió algo en un cuaderno; después, tras posar la mirada en la ventana del piso de arriba, giró sobre sí y se marchó con sus compañeros.
—¿Has visto a sus daimonions? —preguntó Lyra
—Había uno en un bolsillo, que parecía medio muerto. Es el único que he visto.
—Van a volver muy pronto. Vayamos a hablar con el anciano antes de que regresen.
—Pero…
—Somos periodistas —le informó Lyra, que ya había recogido su mochila—. Tú solo tienes que seguirme la corriente y tomar notas.
Malcolm guardó los restos de la comida en la mochila y siguió sus instrucciones. Al mirar hacia la carretera que bordeaba el lago, no vio rastro de los policías. Las demás actividades continuaban, aunque en desorden, a ritmo contumaz.
Lyra llamó a la puerta. El anciano, que aún se encontraba cerca, abrió de inmediato.
—Ya les he dicho… —proclamó de entrada.
Luego se interrumpió, tendió la vista hacia un lado y otro de la carretera y después la posó, desconcertado, en Lyra.
—Perdone que lo moleste —dijo ella—. Me llamo Lyra Lenguadeplata. Soy periodista. Mi colega y yo estamos interesados en conocer los cambios que se están dando en esta ciudad. ¿Tiene un momento para responder algunas preguntas?
El hombre parecía dubitativo.
—¿Han visto a esos policías que estaban aquí ahora mismo? No tardarán en volver.
—¿Henry? —llamó una voz de mujer, impregnada de nerviosismo—. ¿Quién es?
—No pasa nada, Ethel —contestó él—. Bueno, pueden pasar —invitó a Lyra y Malcolm.
Cuando se hizo a un lado, Lyra advirtió que su daimonion cuervo la observaba con ojos vivarachos, antes de pasar a inspeccionar a Malcolm.
También se percató de lo limpio y ordenado que estaba todo.
Lo único que estaba fuera de sitio era la cesta de ovillos y agujas de ganchillo que había encima de la mesa del vestíbulo. El anciano cerró la puerta.
—Pasen a la salita —los animó—. Así podremos verlos antes de que lleguen.
La salita era una pequeña y pulcra habitación dotada de un ventanal con vistas al lago, con capacidad tan solo para un sofá pequeño y dos sillones.
—Siéntense —dijo el anciano—. Instálense en los sillones. Este sofá está viejo y se hunde mucho. Ethel, ellos son periodistas, no policías. Ah, nosotros somos el señor y la señora Butler.
La esposa del anciano debía de haber estado trabajando en la cocina, pues, al entrar en la salita, se limpió la harina de las manos en el delantal, expandiendo un aroma a repostería. Era una mujer entrada en carnes, de pelo cano, que llevaba a su daimonion tórtola acurrucada en el hombro.
—¿Trabajan para los periódicos? —preguntó.
—Sí —contestó Lyra—. Bueno, para una agencia de noticias en concreto. Tenemos la sede en Bakú, pero nos hemos desplazado hasta aquí para ver la situación de la región.
—¿Qué clase de situación? —inquirió el señor Butler—. ¿A qué se refiere?
—A la situación económica, entre otras cosas —respondió Malcolm—. ¿Cómo se ve afectado su trabajo, por ejemplo?
El anciano se rascó la barbilla.
—Este dinero nuevo… —dijo, titubeante—. No sabría decirle.
—Nosotros nos encargábamos del peaje de aquí —explicó la mujer—.
Todos los que venían a la ciudad desde el este, por ese lado —especificó mientras señalaba hacia la ventana—, tenían que pagar un peaje por el mantenimiento del puente.
Era solo un céntimo por viajero y el doble por un carro o un camión cargado.
Así había sido durante años. Con eso teníamos un jornal con que vivir y con que mantener el puente en buen estado. Después llegó este dinero nuevo.
—¿Cuándo fue? —preguntó Lyra.
—No sabría decirle. ¿Tú te acuerdas, Henry?
—Hace cuatro años. Todo había que cobrarlo en tokens y en rublos. Intentaron llamarlos rublos, pero después cambiaron. Ahora son solo tokens y créditos. Un crédito son cien tokens.
—Nosotros no entendíamos qué significaba, ¿entienden?, qué valor tenían realmente.
—¿Rublos? —dijo Malcolm—. ¿Provenían de Moscovia?
Ambos pusieron cara de perplejidad.
—No —repuso la mujer—. Es solo que, de repente, parecía que todo el mundo usaba los tokens. Nadie sabía de dónde venían. Siéntense, por favor.
Lyra y Malcolm se instalaron en los sillones. Malcolm sacó un cuaderno y un lápiz del bolsillo y comenzó a tomar notas.
—Nos dijeron que había algo que se llamaba tasa de cambio —explicó Henry, sentándose junto con su esposa en el sofá—.
Nunca había oído hablar de tal cosa. Todos los comerciantes y los productores de rosas tenían que usarlo también.
Cuando nos hablaron del asunto, parecía fácil y sencillo de entender, más o menos.
Pero, para nosotros, no era fácil cobrar dinero cuando no se tiene nada con que dar el cambio.
Antes todo el mundo sabía lo que era un céntimo, pero eso de los tokens y los créditos…
Ni siquiera sabíamos cómo eran, ni qué representaban.
—Lo pusieron todo patas arriba —resumió Ethel—. Todo el mundo conocía el sistema antiguo. Todos los viajeros llevaban un céntimo en los bolsillos para pagar el puente. Eso de que todos conocieran cosas así nos mantenía enteros. Eran los hábitos de nuestras vidas.
—Hemos intentado comprar un poco de pan en el mercado —explicó Lyra—. ¿Ahora todos los viajeros están obligados a utilizar ese dinero?
—Por ley, sí. Eso lo ha trastocado todo.
Malcolm seguía tomando notas.
—¿Puedo preguntarles sobre otra cosa? —continuó Lyra—. Es algo en lo que nos hemos fijado al llegar a este mundo. ¿Hay alguna enfermedad que afecte a los daimonions aquí? Los daimonions de ustedes tienen un buen aspecto, pero algunos que hemos visto parecían incluso muertos…
El daimonion cuervo del encargado del peaje emitió de improviso un grito tan estridente que resultó hiriente para sus oídos.
El anciano se puso en pie, temblando, y su esposa tendió una mano hacia su daimonion tórtola, que exhalaba quedos gemidos de miedo.
La otra la acercó a la de su marido, quien la estrechó con fuerza.
—¿Para qué habla de eso? —replicó él, con mirada airada—. ¿Cómo se atreven a venir a la casa de personas decentes y asustarlas sin miramiento con cosas y mentiras tan terribles? ¿Es que no tienen educación ni nada?
Lyra, que era el blanco directo de su ira, se sentía sorprendida, asustada y culpable, sin saber por qué. Por otra parte, también percibía que, además de rabia, el anciano sentía miedo.
—Mi colega no pretendía ofenderlos —intervino Malcolm—. Tengan la bondad de excusarnos. No llevamos ni una hora en su mundo. Todo nos parece muy extraño todavía. Pero si hay una situación que repercute en el bienestar de sus daimonions, nos gustaría exponerlo al mundo, a nuestro mundo.
—Para así ayudar a proteger a las personas que aún no están afectadas y tal vez curar a las otras —añadió Lyra.
—¿Y dónde está entonces su daimonion? —quiso saber el anciano—. Usted misma podría ser el origen de todos estos trastornos. ¿Se le ha ocurrido pensarlo?
—Mi daimonion se separó de mí hace unos meses. Dijo que se iba en busca de mi imaginación y sigo su pista desde entonces. Todavía lo estoy buscando.
—Siéntate, Henry —dijo la esposa—. Esta doncella no tiene más culpa que nosotros.
—No voy a tolerar malas palabras en mi casa —gruñó el anciano.
—No, tiene usted razón —aprobó Lyra—. Yo tampoco lo haría.
Le pido perdón por haberlo molestado, aunque no ha sido por falta de educación.
Ha sido por ignorancia, pero ahora ya sé lo que debo evitar.
Querría preguntarles algo más. ¿Quién dirige todas estas obras de construcción?
¿Cuánto tiempo hace que empezaron? ¿Quién las financia? ¿Qué pretenden con tantas obras?
—Son todas esas empresas —contestó Ethel.
Su daimonion, más calmado ya, se acomodó en su hombro, manteniendo, con todo, la cabeza oculta en su cabello—.
Se juntan formando lo que llaman un conglomerado, pero nunca nos explicaron qué significa.
Convocaron una reunión en el ayuntamiento, con cosas de comer y beber, repartieron folletos, pusieron unas imágenes en una pantalla, dieron discursos y todo sonaba de maravilla.
Todo parecía muy bien previsto, con escuelas para los niños, parques, hospitales…
—Lo que no sabíamos entonces era que contabilizaban como que todos los que estaban allí votaban a su favor —precisó el hombre.
Aunque ya no estaba tan enfadado, Lyra y Malcolm percibían que aún bullía por dentro. Su mujer lo miraba afectuosamente, con inquietud y paciencia, consciente también de ello. Seguían cogidos de la mano.