33. Dentro del edificio rojo #5
—¿Y usted cultiva rosas? —preguntó Malcolm.
—Esta tierra produce las rosas más hermosas del mundo. O así era antes, y seguiría produciéndolas si no pusieran impedimentos.
—¿La gente que está excavando el terreno por ese lado de allí?
—Sí, esa gente.
—¿Se lo compraron?
—¿Comprar? No me quedó otra. Tuve que venderlo. Hoy en día ya no significa nada eso de tener opción.
—¿Podría hacerle alguna pregunta sobre sus daimonions? —pidió Lyra.
La anciana miró a Lyra con ojos chispeantes, al tiempo que abrazaba con vehemencia al suyo, el cual dobló la cabeza para apoyarla en su pecho.
—No quisiéramos parecer entrometidos —explicó Malcolm—, pero da la impresión de que los daimonions no están a salvo en este mundo. ¿Hay alguna enfermedad que puedan contraer?
La señora Silvina observó a Asta, que aún seguía en brazos de Malcolm, y su semblante receloso se transformó, adoptando una expresión de tierno anhelo. Lyra percibió lágrimas en sus ojos.
—Quiero acostarme —dijo la anciana—. Estoy muy cansada. Ya no entiendo gran cosa de lo que pasa.
—Esta gente de las obras ¿le pagó un precio justo? —quiso saber Malcolm.
—¿Quién podría determinar lo que era justo?
Antes éramos capaces de estipular ese tipo de cosas.
Vivíamos en función del comercio. Pero ellos introdujeron este nuevo dinero y ahora todo hay que comprarlo y venderlo con él.
Yo no entiendo ese sistema, y no soy la única.
Y no es que sea estúpida. Antes sabíamos lo que era valioso y justo, pero ahora tengo que pagar alquiler para vivir en mi propia casa.
¿Quién puede valorar las cosas que no comprende?
—Gracias —dijo Lyra, que puso fin a la conversación para no fatigarla más.
La mujer los miró mientras se alejaban, hasta que finalmente se volvió hacia el edificio que había dejado de ser su propia casa.
Mientras se encaminaban a la carretera principal, Malcolm y Lyra pensaban en el daimonion que había doblado la cabeza para dejarla reposar en el pecho de la anciana.
—No están bien, ni el uno ni el otro —dijo Malcolm.
—¿Podría ser porque están separados?
—No. No me ha parecido que fuera el caso.
Tuvieron que hacerse a un lado, porque un camión cargado de grava se dirigía hacia ellos. El conductor ni siquiera se dignó a mirarlos al pasar.
Caminaron durante un kilómetro, más o menos.
Lyra pensó que habría podido ser una experiencia agradable, si la situación hubiera sido distinta, pero cada vez hacía más calor, el ruido de las máquinas era incesante y el peso de sus mochilas se hacía notar más y más.
Pasaron junto a una granja y después junto a otra, que contaban con una pequeña destilería como la que habían visitado, vacía y solitaria.
Al poco rato llegaron al linde de la pequeña ciudad, una población parecida a las que Lyra había visto en las imágenes de los paisajes alpinos, o de los Balcanes, con un oratorio con cúpula acebollada, un campanario, y calles estrechas que convergían en una plaza de mercado presidida por el edificio del ayuntamiento.
El mercado era igual que los de su propio mundo.
En los puestos vendían verduras, fruta, queso o carne, y en un par de ellos se exponían artículos de poca monta para el hogar como cepillos, plumeros o cubos.
Los toldos de rayas de los estantes tenían los colores ajados, y el ayuntamiento, pese a sus crochets, pináculos y chapiteles de aire gótico, parecía abandonado.
Tal vez lo estuvieran restaurando, pues a su alrededor se levantaban andamios.
—¿Tienes hambre? —preguntó Malcolm.
—Creo que sí. No estoy segura. Pero no tenemos dinero local.
¿Qué digo, local, si estamos en otro mundo?
Esa anciana hablaba de una nueva clase de dinero, ¿verdad?
Me quedan dos monedas de oro de las que me dio Farder Coram, pero nada más, y no creo que me puedan dar cambio incluso si las aceptaran.
Bueno, ya nos arreglaremos de alguna manera.
La ilusión persistió hasta que trataron de comprar una barra de pan.
Cuando Lyra presentó una de las dos monedas, la expresión de la vendedora se alteró tan deprisa, y de tantas maneras, que la dejó desconcertada.
La mujer puso cara de asombro, después de incomodidad, luego de cautela y, por fin, sacudió la cabeza con actitud fría y hostil.
—Déjame probar a mí —propuso Malcolm.
Lyra se apartó y se quedó observando mientras él hablaba con calma y desenvoltura a la tendera en una lengua que parecía persa.
La mujer reaccionó con recelo al principio, lanzando miradas furtivas a su alrededor como si pudiera aparecer alguna figura de autoridad capaz de fiscalizarla, pero al final aceptó intercambiar la barra por una botellita que él sacó de la mochila.
—Impresionante —elogió Lyra—. ¿Qué le has dado?
—Mi última reserva de brantwijn . Veamos si podemos trocar un poco de queso por algo.
Un lápiz de mina les permitió adquirir un queso duro, parecido al cheddar, y después unas tijeritas de manicura de Lyra sirvieron para pagar media docena de manzanas.
Al principio, todos los comerciantes se mostraban reacios.
La vendedora de manzanas sacó un puñado de billetes de banco, los agitó con enojo frente a la cara de Lyra y los golpeó con fuerza con el índice.
Su mensaje era claro: quería dinero real, dinero bancario.
No obstante, la delicadeza de las tijerillas venció su resistencia, y al final puso las manzanas en una bolsa de papel, que entregó a Lyra con un gesto que quería decir «marchaos, marchaos a otra parte, no os quedéis aquí», mirando en torno a sí con la misma actitud recelosa que había mostrado antes la vendedora de pan.
—Un asunto resuelto —dijo Malcolm.
Dejaron a su espalda el mercado enfilando una estrecha calle que iba a dar al lago, cuyas relucientes aguas avistaban ya.
Luego buscaron un lugar donde sentarse a comer.
Puesto que el calor arreciaba, lo ideal habría sido un banco situado a la sombra de un árbol, pero lo único que alcanzaron a ver a lo largo de la orilla eran las obras que estaban realizando para construir un dique.
Había un trasiego constante de máquinas excavadoras, de camiones que se llevaban la tierra, de otros vehículos que llegaban cargados de bloques de cemento, de obreros con palas o alquitrán caliente: el ruido era incesante, y el olor a asfalto, imposible de evitar.
Siguieron un poco más hacia la derecha, hacia un puentecillo suspendido sobre un río que desembocaba en el lago.
Si bien las obras del nuevo dique no habían llegado aún hasta allí, del otro lado del puente advirtieron también actividad con máquinas y camiones.
Encontraron un árbol frondoso, pero, aunque debajo de él se apreciaba una base de piedra que había servido de sostén a un banco, ya no había ningún banco allí.
—Bueno, tendremos que sentarnos en la hierba —concluyó Malcolm.
Se quitó la chaqueta, que le daba demasiado calor, y la extendió bajo el árbol. Luego se sentaron para compartir el pan y el queso.
—No puedo entender… —empezó a decir Lyra.
Se detuvo a media frase, cayendo en la cuenta de que había tantas cosas que no entendía de ese lugar que le habría sido difícil saber por dónde empezar.
—Yo tampoco. No entiendo nada.
—¿Habías visto alguna vez un sitio donde hubiera tantos trabajos de construcción?
—No, pero…
—Pero ¿qué? ¿Habías visto algún sitio como este?
—Algunas partes de nuestro mundo. Partes de Londres e incluso de Oxford. Como Paradise Square…
—Ah, sí. Todas esas antiguas casas adosadas que había cerca del depósito de correos.
—¿Has visto, en la entrada de la plaza del mercado de aquí, ese edificio antiguo cubierto de andamios?
—Me ha parecido que podía ser un ayuntamiento.
—Tal vez lo fue en su momento. Sobre la puerta había un rótulo en el que ponía que allí iban a poner un nuevo centro comercial, construido por Thuringia Potash.
—Pero si ya hay muchas tiendas en la ciudad… De hecho, es como si toda ella fuera un centro comercial, ¿no?
—Las tiendas antiguas no le pagan alquiler a Thuringia Potash, y las nuevas sí se lo van a pagar.
—¿Es así como funciona?
—Sí, siempre, aquí y en todas partes. En nuestro mundo, es un fenómeno que acaba de comenzar. Parece que aquí estuviera más avanzado.
Lyra se acordó del Jordan College y de su nuevo decano, el doctor Hammond, que incluso había sido antes director de Thuringia Potash y que probablemente seguía implicado en la empresa. ¿Cuánto tiempo faltaba para que se convirtiera en el Thuringia Potash College?
Había algo que le perturbaba la memoria y que no alcanzaba a precisar.
Evocando la descripción que Malcolm había hecho de su aurora particular, el círculo de lentejuelas, pensó que aquello era algo parecido, pero centrado en la memoria.
La idea que había vislumbrado seguía allí, en el corazón de un reluciente amasijo de ideas e imágenes, pero no conseguía precisar qué era.
Malcolm dijo algo. Miraba las casas que había al otro lado del río, una serie de pequeñas viviendas de ladrillo adosadas, dispuestas frente al río, que se prolongaba junto a la carretera principal, al borde del lago.
Daba la impresión de que antaño habían sido acogedores hogares cuidados con esmero, pero entonces, a juzgar por el lamentable estado de la pintura de las puertas y la ausencia de cortinas, parecían abandonadas.
La única excepción era la casa de la esquina.
En ella, todas las ventanas lucían geranios rojos, la pintura blanca de la puerta principal estaba impecable y los accesorios de metal, pulidos y relucientes.
Delante de esa puerta había tres individuos, uno de los cuales llamaba a ella, aporreándola casi. Había sido eso lo que había llamado la atención de Malcolm.
—Parecen policías o algo así —determinó Lyra.
Vestían uniformes negros y dos de ellos llevaban pistola. Volvieron a llamar, de forma tan aparatosa, que habría resultado imposible que no los oyeran desde dentro.