El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 33. Dentro del edificio rojo #4
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33. Dentro del edificio rojo #4

Malcolm volvió a intentar comunicarse. A Lyra le pareció que en aquella ocasión había hablado en griego.

El resultado, no obstante, fue el mismo.

El hombre sacudió la cabeza y, con ademán de creciente impaciencia, se volvió hacia el teodolito.

El daimonion, sin embargo, levantó las alas y emitió un tímido arrullo.

Sin hacerle ningún caso, el hombre volvió a volcar la atención en el teodolito.

—Bueno, sigamos —dijo Lyra.

Había una pista donde la tierra estaba un poco más aplanada que en otras partes y se podía caminar mejor. Una excavadora se acercó a ellos, proveniente del lado de la ciudad; reptaba sobre su base de oruga. Ellos se hicieron a un lado para dejarlo pasar; el conductor ni siquiera reparó en ellos.

—Simplemente, no suscitamos su interés —observó Malcolm—. No es que sean hostiles, sino solo indiferentes.

—Pero ¿somos nosotros o ellos? Quizá seamos invisibles.

—No lo creo. Nos ven y oyen cuando quieren, tal como ha ocurrido con el individuo del teodolito. Es una cuestión de atención.

—Y todas esas edificaciones…

—Si aquí había rosaledas, o campos de rosas, tiene que haber algún tipo de factoría o de destilería cerca. ¿Sabes algo del proceso que usan para elaborar el aceite?

—No, pero si nos paramos a pensar en el asunto, deben de recolectar las cabezas de las rosas, porque no les conviene conservar las espinas.

En una de las cartas del Myriorama aparece una joven que recoge las cabezas de las rosas y las traslada en unos grandes cestos…

De hecho, en la pared del edificio rojo había pintada la misma escena, tal como ha señalado Asta.

Después, supongo que las hierven en una gran tinaja y…

No sé qué más. O puede que las trituren.

—No, creo que primero deben de hervirlas.

—Y la destilación debe de producirse más o menos entonces, lo más seguro, aunque no sé muy bien qué significa eso. ¿Viste alguna vez las bandejas de agua de rosas del Jordan?

—Eran unos recipientes enormes.

—Yo las pulía por encargo del señor Cawson. Él decía que se estaban quedando sin agua de rosas y que costaba mucho conseguirla. Creo que esa fue la primera vez que oía hablar del comercio de la rosa… No sé qué tal le irá ahora al señor Cawson, con la nueva administración.

—A mí también me gustaría saber dónde está Alice.

Pero sí, para hacer el agua de rosas deben de necesitarse muchas rosas.

Habría que hervir los pétalos en una gran tina y destilar el vapor para producir el agua de rosa.

Y el aceite quedaría flotando en la superficie del agua hervida en la tina…

en muy pequeña cantidad. Serían unas gotas tan solo, intensamente concentradas.

—¿Se necesitaría un edificio grande, como ese que construyen cerca de donde estaba haciendo mediciones ese hombre con el teodolito?

—Si se hace a una escala artesanal, no. Se podría tener el material en un cobertizo normal.

—El señor Cawson me dio un frasco de agua de rosa, porque no me habían autorizado a asistir al banquete, y ese era el último que le quedaba… Recuerdo que era muy concentrada.

—No sé de dónde debía de provenir. De todas maneras, es lógico que comercien con el aceite y no con el agua de rosa.

—Al ser cantidades más pequeñas, es más fácil de transportar.

—Mucho más fácil. La mayoría de las personas que lo compraban no debieron conocer nunca sus otras posibilidades de uso.

—Mira —dijo Lyra, señalando una excavadora que escarbaba el terreno en el linde de un campo.

La mayoría de las máquinas que habían visto hasta entonces excavando la tierra tenían pintados los emblemas o nombres de las empresas propietarias.

Al reparar en los distintos colores y estilos de diseño, tanto Lyra como Malcolm habían detectado que pertenecían a una sola compañía.

Algunos de los nombres estaban en letras romanas, y otros, en alfabetos que Lyra no había visto nunca.

La excavadora hacia la que apuntaba en ese momento tenía, sin embargo, pintadas en la puerta de la cabina las letras TP, junto con el león rampante en rojo y blanco distintivo de Thuringia Potash.

—Vaya —exclamó Malcolm—. Y yo que creía que estaban en bancarrota…

—¿Por qué?

—En Alepo conocí a un hombre que había trabajado como contable para Thuringia Potash.

La sede que tenían allí, que parecía una fábrica o un centro de investigación, tenía un aire decadente, con la pintura desconchada, las plantas sin regar y detalles por el estilo.

Cuando le pregunté, me dijo que habían cerrado porque TP tenía un nuevo proyecto de gran envergadura más hacia el este, pero que no sabía en qué consistía.

—Pues esto queda más hacia el este. Pero… ¿cómo sería posible hacer pasar una de esas máquinas por la abertura del edificio rojo?

—Debe de haber otras aberturas más grandes. O si no…

—O si no simplemente la «idea» de una máquina como esta.

Me refiero a los planos, los modelos y el conocimiento técnico.

Con eso podrían fabricarlos. Aunque no sé si dispondrían aquí de todo lo necesario.

Es posible, de todas formas, que el tiempo transcurra a una velocidad diferente en los distintos mundos.

No sé. Tiene que haber otras maneras de entrar.

Si Pan hubiera encontrado una de esas vías de acceso, podría estar en cualquier parte, pensó con el corazón encogido.

—A estas alturas no me sorprendería nada —repuso Malcolm—. ¿Quieres que probemos con ese hombre?

El individuo al que se refería se acercaba a ellos conduciendo un camión en el que había cargadas unas máquinas. Malcolm se interpuso en su camino y le hizo señas.

Cuando se detuvo, Lyra advirtió que debía de ser algún tipo de supervisor, porque llevaba uniforme, y no mono y botas de trabajo. El hombre aguardó a que se acercaran, pero no apagó el motor. Aunque se notaba por su cara que estaba atareado y concentrado en otra cosa, tenía una expresión educada.

—¿Inglés? —tanteó Malcolm.

—Hablo inglés, sí.

—¿Qué están construyendo aquí?

—Un nudo de comunicaciones.

Malcolm y Lyra intercambiaron una mirada. Ninguno de los dos había oído nunca aquella expresión.

—Comunicaciones… ¿Como carreteras y ferrocarril? ¿O un canal?

—Todo eso, sí.

—¿Cómo se llama este lugar?

—Tendrá nombre cuando esté acabado. Por ahora, solo se llama «la vía exprés».

Lyra, que trataba de localizar el daimonion del hombre, lo encontró por fin acostado en el suelo en el lado del acompañante. Era una mangosta. Permanecía quieta y desmayada, con los ojos abiertos y la mirada extraviada.

—¿Se encuentra bien su daimonion? —preguntó.

—Sí. ¿Quiénes son ustedes y por qué están aquí?

—Somos viajeros. Nos sorprendió una tormenta y nos perdimos —explicó Malcolm.

—Pues aquí no se pueden quedar. Será mejor que vayan a otra parte. Las obras son peligrosas.

Sin darles margen a hacer más averiguaciones, arrancó el camión y se marchó.

—De todas formas, no sabía qué más preguntarle —reconoció Malcolm—. Todo esto parece imposible.

—Su daimonion no estaba bien. Creo que estaba muerto.

—A mí también me ha dado esa impresión.

Tendieron la mirada al frente. Se encontraban muy cerca de los primeros edificios de las afueras de la ciudad, un curioso grupo de pequeñas construcciones presididas por una alta chimenea. No se veía a nadie por los alrededores.

—¿Será una destilería? —apuntó Malcolm.

Una carretera pavimentada conducía hasta allí a partir del linde de tierra revuelta del campo más próximo. Allí todavía crecían rosales. Eran los primeros que veían después de los especímenes que habían contemplado, arrancados, un trecho más atrás.

Junto a la carretera había una edificación de piedra, semejante a un cobertizo.

Al pasar, distinguieron diversas piezas de maquinaria, inmóviles y silenciosas.

Entraron a mirar y vieron un horno de ladrillo sobre el que había un gran recipiente de cobre del cual partían diversos tubos que comunicaban con otro recipiente, que sin duda debía ser un condensador, tal como dedujo doctamente Lyra.

En los estantes de la pared reposaban innumerables hileras de tarros vacíos.

En el aire flotaba un leve olor a humo de madera y a combustible, permeados por un aroma de rosas.

—Es bien sencillo, tal como decías tú —corroboró Lyra—. No necesitan cuadrantes, ni manómetros, ni artefactos de esos.

—Es un proceso sencillo, seguramente casi igual al que se empleaba hace cientos de años.

Cerca de una pila de cajones vacíos, había un cajón de madera medio lleno de frascos.

—Pararon en mitad de la producción —dedujo Lyra—. Los debió de haber interrumpido algo. ¡Ah!

Acababa de ver el cadáver de un zorro del desierto, otro daimonion, en una caja de madera adosada a la pared, medio enterrado entre pétalos de rosa en descomposición.

—Vámonos de aquí —dijo Asta, que aún no se había bajado de los brazos de Malcolm.

—Buena idea —aprobó este.

Fuera del cobertizo encontraron a una mujer que parecía estarlos esperando.

Era una anciana, delgada y con el pelo desgreñado, vestida con ropa que identificaron como de campesina.

En su expresión se traslucían recelo, esperanza y curiosidad.

Llevaba en brazos a un daimonion, un hurón que tenía la misma mirada que ella.

—A ver, ¿quiénes son ustedes? —preguntó a bocajarro, y en inglés.

Tanto Lyra como Malcolm estaban familiarizados con ese tipo de tono de voz, brusco y confiado, propio de la clase alta.

—Malcolm Polstead —respondió él—, y ella es Lyra Lenguadeplata.

—¿Qué hacen aquí?

—Yo estoy buscando a mi daimonion, Pantalaimon —repuso Lyra.

—¿Vino aquí sin usted?

—Espero que no. En todo caso, no lo he encontrado todavía. ¿Podría decirnos cómo se llama usted?

—Soy Silvina Policastro. Este es el último resto de finca que me queda. Mi familia era propietaria de todas estas tierras, incluida la puerta que da al desierto. Ahora pertenece a una empresa de… No sé de qué son. Parece que tienen muchos nombres. Son negociantes, gente que se dedica a las obras.