33. Dentro del edificio rojo #3
Cuanto más observaban, más patente se hacía la amplitud de los cambios.
Si el nuevo terraplén iba a dictar el curso del río, este iba a discurrir justo hacia el lugar donde estaban construyendo un puente, con dos torres de acero y unos cables de suspensión que permitirían franquearlo a través de una amplia vía.
En ambos extremos del puente había unas máquinas cuyos perfiles no acababan de distinguir debido a la distancia.
El ruido, con todo, era tan estridente que viajaba con claridad hasta los oídos de Malcolm y Lyra a través del aire de la mañana.
—Máquinas desenrolladoras de cables —determinó Malcolm—. Máquinas, obras de ingeniería y personas que colaboran en la construcción de grandes estructuras… Antes me gustaba este tipo de cosas, pero ahora, no sé por qué, no lo percibo como algo bueno.
—Y el daimonion muerto… —dijo, titubeante, Lyra—. No sé qué iba a preguntar. Esto tiene algo que ver. Es evidente. ¿Lo que se ve allí es una ciudad?
El sol se elevaba. El aire adquiría un brillo trémulo.
—Parece la ciudad de la pintura. Vamos a tener que ir allí a indagar algo más.
Aparte de los operarios de las máquinas, no había nadie a quien preguntar, y estos estaban muy atareados.
Lyra se volvió a mirar la puerta por la que habían pasado y descubrió que el gran edificio rojo había desaparecido.
Claro, se dijo, puesto que existía en su mundo y no en ese.
En su lugar se alzaba una estructura de madera mucho más pequeña, con una alta puerta negra y un marco decorado al estilo de una pieza de escenario de teatro.
Detrás había un bosquecillo, cuyos árboles contrastaban, con el verde de sus hojas, sobre el luminoso fondo azul del cielo.
Cuando se volvió a dar la vuelta, advirtió que la colina donde se encontraban descendía hacia el lago, tal como reflejaba la pintura.
Entonces, en cambio, había allí un ajetreo de obreros que construían con sus máquinas una carretera, destinada a comunicar, en ese caso, el edificio que tenían a su espalda.
—Fíjate —dijo Malcolm—. Toda esta actividad se lleva a cabo debido a la abertura, la ventana, el portal, o como se quiera llamar.
Todo está centrado en este punto. Mira lo que hacen con esta carretera.
Va a subir justo hasta el sitio donde estamos y después, a partir del cruce de abajo, seguirá hacia el este y el oeste.
—¿Cómo lo sabes? Para mí es un puro revoltijo.
—No, saben perfectamente lo que hacen. Si te formas una idea mental del esquema de la carretera, todo empieza a tener sentido. Trabajan a una escala que no deja de tener algo admirable. Eso de alterar por completo la forma del paisaje…
—Pero si lo están destruyendo todo… No lo están mejorando.
—Ellos probablemente dirían que es «desarrollo», pero estoy de acuerdo contigo. Veamos si podemos llegar a la ciudad.
En aquella tierra había habido otros cultivos aparte de las rosas.
Caminando entre la tierra removida, Malcolm y Lyra vieron huertas de manzanos y albaricoques destrozadas y un gran campo donde había crecido algún tipo de planta oleaginosa, según creyó identificar Malcolm.
Allí estaban excavando para plantar los cimientos de lo que podría haber sido una fábrica o un almacén.
El sonido de las máquinas impregnaba el aire, y el único indicio de vida humana era alguna que otra consulta u orden formulada a gritos.
Debía de haber personas que controlaban las máquinas, pese a que apenas se veían.
Atisbaron alguna cara detrás de un parabrisas, un capataz con casco y sujetapapeles que indicaba algo al operador de una grúa…
Todos parecían muy ocupados y no había nadie que estuviese simplemente mirando o paseando por la zona.
—¿Tú ves algún daimonion? —preguntó Lyra.
—Sí, pero no muchos… No estoy seguro.
—Podría ser que en este mundo no tuvieran. Lo raro es que en la pintura sí tenían.
—¿Y ese que hemos visto muerto?
—Es algo que no me entra en la cabeza —confesó—. ¿Y a ti?
—Tampoco. No he visto que tuviera ninguna herida ni nada. Era como si se hubiera muerto de…
—No, no me pareció que estuviera herido. Pero, de todos modos, estaba muerto, ¿verdad? ¿No estaba solo dormido?
—No, por desgracia. ¿Habría sufrido alguna enfermedad?
—¿Una enfermedad que solo afecta a los daimonions? ¿Has oído hablar alguna vez de eso?
—No. Pero tú has visto más mundos que yo.
—En algunos mundos, la gente no tiene daimonion. Asta, ¿qué piensas de este lugar?
—Pienso lo mismo que tú. Me gustaría que Pan estuviera aquí.
—Sí, pero ¿sientes…? No sé. ¿Te sientes enfermo o algo por el estilo? ¿Notas alguna especie de malestar o debilidad?
—Hasta ahora, no —respondió con precaución Asta—. Me he llevado una fuerte impresión al ver ese daimonion allí… Pero fijaos en esos hombres que están instalando tuberías. ¿Veis sus daimonions?
Más o menos a un centenar de pasos a la izquierda, cuatro individuos disfrutaban de una pausa en su labor, que consistía en disponer unos grandes tubos en una zanja recién excavada.
La grúa estaba quieta y en silencio; el sol destellaba en el liso material negro de los tubos que aguardaban en la caja de un gran camión parado junto a la zanja.
Sentados a la sombra de la base de la grúa, los obreros comían con cuencos y palillos chinos y bebían de botellas.
La escena no presentaba ninguna diferencia con lo que Lyra y Malcolm habrían podido ver en su propio mundo, de no ser por la manera como se comportaban los daimonions.
Uno de ellos era un perrillo terrier, que trataba de captar la atención de su hombre arañándole la rodilla, con lo cual lo único que recibía de este era manotazos.
Otro era un tordo, que permanecía posado a corta distancia en una piedra, inmóvil, alicaído y desatendido.
El tercero era una especie de lagartija, que asomaba con desmayo la cabeza desde el bolsillo del hombre. El cuarto no se veía por ninguna parte.
Cuando se acercaron a ellos, los obreros levantaron la cabeza, pero apenas les dedicaron una ojeada antes de volver a concentrarse en su comida.
El terrier trató de nuevo de llamar la atención de su hombre; esa vez, este le propinó un duro puñetazo en el costado de la cabeza, que lo derribó al suelo.
Lyra observó, sobrecogida, como el perrillo se quedaba gimiendo, mientras que los otros humanos no prestaban ni la menor atención.
—¿Te acuerdas de Gerard Bonneville? —dijo Asta.
—El hombre a quien robé el aletiómetro —dijo Malcolm a Lyra—. Su daimonion era una hiena. Lo vimos golpearla con un palo. Creo que, en un momento dado, le rompió una pierna.
—Es el hombre que…
—Sí. El hombre al que maté.
—Me alegro de que lo hicieras. ¿Crees que era de aquí?
—No. Simplemente, era cruel y abominable. En nuestro mundo también hay personas crueles.
—Sí, pero no es lo más normal. Por eso nos damos cuenta. Aquí, en cambio, parece como si fuera algo automático, habitual.
Siguieron caminando sobre la tierra removida, en dirección a la ciudad.
Cada vez hacía más calor y el ruido de las máquinas que hurgaban y machacaban no hacía más que incrementar la sensación de opresión que experimentaban tanto Lyra como Malcolm.
Llegaron a un meandro del río, donde habían vertido toneladas de barro y tierra para crear una nueva orilla.
Los sauces yacían con las ramas rotas metidas en el agua y las raíces desnudas apuntando al aire; unas excavadoras los arrancaban enteros del fango y los metían en los cestos de unos gigantescos volquetes, mientras, más allá, otra máquina dragaba un nuevo canal que sustituiría el cauce del río.
El aire estaba saturado del olor de los tubos de escape.
Y no parecía que nadie los viera. Nadie les gritaba para que se apartaran, ni demostraba el más mínimo interés por su presencia.
—Es como si fuéramos invisibles —concluyó Lyra—. ¿Crees que si le dirigiéramos la palabra a alguien…?
—Tendríamos que gritar para que nos oyeran con todo ese ruido de las máquinas. Además, están todos demasiado ocupados con lo que hacen. De todas formas, me extraña que no nos hayan dicho que nos vayamos. En cualquier obra de nuestro mundo, ya nos habrían llamado la atención hace rato.
—Parece como si todos supieran lo que deben hacer. No hay capataces ni supervisores dando órdenes.
—Un momento, allí hay alguien. Le voy a preguntar.
Un hombre medía con un teodolito la elevación del edificio de madera que albergaba la abertura por la que habían pasado y que habían dejado casi ya a un par de kilómetros atrás.
Estaba claro que utilizaban aquel sitio como punto de referencia.
Estaban levantando el terreno donde se hallaba el teodolito para erigir los cimientos de un gran edificio, que probablemente iba a ser un bloque de oficinas o una fábrica.
Malcolm aguardó a que el hombre hubiera efectuado las mediciones y tomado anotaciones.
—Perdone, ¿puedo hablar un momento con usted? —le dijo.
El hombre se volvió y, al ver a Malcolm, se encogió de hombros.
—¿Me podría explicar qué hacen? —preguntó Malcolm.
El hombre sacudió la cabeza. Malcolm repitió la pregunta en francés, en alemán, en latín y en tayiko.
En todos los casos, el hombre se encogía de hombros y abría las manos.
A Lyra le dio la impresión de que podía ser persa, o cuando menos un persa de ese mundo.
Su daimonion, una paloma que se mantenía posada en precario equilibrio en la caja de madera del teodolito, parecía manchado de barro.
Cuando Asta se acercó para tratar de entablar contacto, se apartó con actitud acobardada.