33. Dentro del edificio rojo #2
Lyra se quedó sin respiración un instante. Algo…, unas de las escenas…, le recordaba con insistencia algo; según advirtió, Asta miraba lo mismo que ella.
—¡Mira! ¡Es una escena del Myriorama! —exclamó de improviso Asta—. Esa muchacha que lee un libro con los dedos… Y hay otra… ¡La gente que carga los carros de rosas!
—¡Sí! ¡Exacto! Y allí hay otra… El bar de noche… Seguramente, las encontraríamos todas aquí, si siguiéramos mirando. Es increíble.
Malcolm localizó en un rincón de la pared lo que parecía una ilustración del poema de Jahan y Rukhsana: dos amantes que entraban cogidos de la mano en un jardín.
—¿Crees que es una representación del mundo de las rosas? —dijo—. De lo que hay ahí fuera, me refiero.
—Lo comprobaremos en breve. Ay, Malcolm, es precioso…
—Y en ese mundo tienen daimonions —destacó Asta.
Lyra fue consciente de la omnipresencia de los daimonions, que ayudaban en las labores, hablaban con sus personas o jugaban con los niños.
Luego Malcolm señaló algo en lo que no había reparado Lyra.
En el rincón que quedaba menos iluminado por la luz de las altas ventanas, había apiladas unas sillas y mesas.
Malcolm el artífice se acercó a mirar y quedó intrigado por el diseño de las sillas, que apenas ocupaban espacio plegadas gracias a un tipo de junta que nunca había visto.
Levantó una silla y la examinó por todos los costados y, encantado con el ingenio con que había sido confeccionada, se hizo el propósito de fabricar una similar en caso de que algún día volviera a tener a disposición su propio banco de trabajo y sus herramientas.
—¡Ah, mira! —exclamó Lyra—. ¡Para eso sirven las mesas y las sillas!
Allí mismo, por encima del mobiliario apilado, la pintura mostraba una panorámica de la misma pieza donde se encontraban.
Las mesas y las sillas estaban desplegadas, y había un centenar, como mínimo, de personas sentadas, de pie, o caminando, y en torno a cada una de las mesas había tres o cuatro personas, concentradas en…
—¿Están negociando? ¿Haciendo tratos? —sugirió Lyra.
—Eso parece. Compran y venden. Es como un mercado. Este es el sitio a donde acuden a comprar el aceite las personas de nuestro mundo.
—Pero esta pintura…
—Es extraordinaria. No creo que haya nada igual en ningún sitio, no solo por el tamaño, sino también por el alcance de lo que refleja.
Si la gente de nuestro mundo supiera de su existencia, acudiría en peregrinaje para verla.
Al fin y al cabo, este espacio donde estamos pertenece todavía a nuestro mundo, ¿no?
—Sí —confirmó ella—, pero la pintura muestra el mundo de las rosas, estoy segura, tal como debe de ser del otro lado de esa puerta.
No creo, sin embargo, que sea obra de artistas de nuestro mundo…
Malcolm, tenemos que seguir. Aunque querría pasarme aquí horas y días enteros, mirándolo todo, copiando fragmentos.
Aquí está contenida toda su vida, todo cuanto hacen…
Y se ven felices, ¿entiendes? Como si todo estuviera bien, todo encajara y todo funcionase como es debido.
Así es como deberían ser las cosas, ¿no te parece?
No obstante, reconoció para sí que no se había acabado de expresar correctamente.
Si bien todo lo que había dicho sobre la pintura era cierto y le producía placer contemplarla, no se sentía dichosa porque las personas plasmadas en la pintura estuvieran dichosas; estaba feliz porque parecía como si el pintor hubiera ejecutado con dicha aquella obra, la apreciara y estuviera contento porque sabía que otras personas la apreciarían también.
Aparte, era consciente de que la atención que dedicaba a la pintura era una parte del efecto que esta tenía, como si su mirada, que saltaba de un lado a otro, que se detenía un instante en un detalle para desplazarse rápidamente a otro lugar, quedar en suspenso y elevarse de nuevo, para ver, por ejemplo, que aquella pareja de jóvenes que entrelazaban los brazos junto al lago componían la misma forma que componían con sus cuellos un par de cisnes un poco más allá, y maravillarse de que el artista lo hubiera percibido de forma tan certera…
, como si su atención tuviera el mismo efecto.
Le parecía como si su propia atención, su conciencia, fuera un ave que volaba a través del paisaje, en un lugar completamente grato, como su hogar.
Malcolm, que la observaba, advirtió que su involuntaria sonrisa disolvía el duro aire de recelo que había tenido instalado en la cara desde que se habían vuelto a encontrar.
Sus ojos relucían entre los diminutos surcos que un día serían líneas de expresión, al tiempo que movía los labios en silencio.
Entonces él se dio cuenta de que hablaba con el Pantalaimon que la había abandonado.
La impresión era tan intensa que incluso se puso a buscar espontáneamente al daimonion en la pintura y también en las formas que trazaban la luz del sol y la sombra en el suelo y en las paredes.
Siguieron avanzando por la sala hacia la puerta del fondo, enmarcada con la pintura de un templete de mármol, rodeado de una balaustrada y rematado con una cúpula de cobre.
Bajo esta, un hombre y una mujer, vestidos con elegancia, señalaban hacia una pequeña ciudad, asentada en la orilla derecha del lago, provista de un oratorio y un campanario, una plaza de mercado, un ayuntamiento y un puente de piedra.
—¿Lista? —preguntó Malcolm.
—No, por supuesto que no. Querría quedarme aquí durante semanas. Pero sí, entremos ya. Tenemos que… Aquí no hay guardias, a menos que estén fuera.
—Bueno, pues vamos allá —dijo él.
Apoyó la mano en la manilla y, cuando la hizo girar, la puerta se abrió con suavidad, sin producir ningún ruido, igual que la anterior.
La luz entró a raudales, obligándolos a pestañear y escudarse los ojos. Asta salió corriendo de inmediato y de repente se quedó quieto, haciendo oscilar la cola con tensa actitud. Malcolm, que iba detrás, se detuvo también de forma abrupta.
—Pues sí, tenías razón. Es un mundo distinto —constató Malcolm.
Lyra acudió a su lado.
La puerta daba a un pequeño montículo que les procuraba una amplia panorámica. El aire y el ambiente de ese mundo distinto eran cálidos y primaverales; el sol brillaba con fuerza en un cielo despejado, iluminando un millón de detalles de lo que ocurría en el suelo.
Aquello no era, sin embargo, igual que en la pintura.
A dondequiera que mirasen, el terreno estaba escarbado, hurgado sin tregua por unas grandes máquinas que no paraban de remover, cavar, ahuecar, allanar, transportar, volcar, retirar rocas, tierra y las plantas que antes crecían allí, practicando enormes boquetes en el suelo y efectuando constantes idas y venidas por una amplia carretera de piedra triturada.
La mayoría de las plantas que trasladaban por el aire, con las raíces todavía envueltas en terrones de tierra, eran rosales con flores rojas como sangre.
En aquel paisaje alterado podían ver, con todo, lo que había sido antes de que empezaran a excavarlo.
La pintura se lo había mostrado exactamente como era y su osamenta aún se mantenía: las montañas al fondo, el lago al pie de la pendiente que tenían delante y la pequeña ciudad situada al borde del lago. ¡Había cambiado por completo!
—Pero ¿qué están haciendo?
Asta la oyó y se volvió a mirarlos. Luego se detuvo, como si hubiera visto algo, y se dio la vuelta, corrió hacia Malcolm y se subió de un salto a sus brazos.
Lyra notó un pequeño vuelco en el corazón: deseaba más que nunca tener a Pan consigo, que corriera hacia ella y se subiera de un brinco hasta su pecho…
Lo cierto era que allí ocurría algo malo.
Asta susurraba algo a Malcolm. Después este se volvió para advertir a Lyra.
—Ten cuidado de a dónde miras.
—¿Por qué? ¿Qué…?
Entonces vio lo que había visto Asta: el cadáver de una grajilla. Aunque ya había visto aves muertas, aquella le produjo el efecto de un puñetazo en el estómago. Era el cadáver de un daimonion. Era un daimonion muerto.
Aferró la mano de Malcolm.
Nadie había visto jamás el cadáver de un daimonion.
Los daimonions, o bien estaban vivos, o bien no estaban en ninguna parte…
, o más bien estaban en todas partes: cuando la persona fallecía, el daimonion se disolvía en el aire.
Lyra había presenciado la muerte de cara; había viajado por el mundo de los muertos; pero nunca había visto un daimonion que ya no estaba vivo.
—Ay, Malcolm —musitó.
Asta había hundido la cara en el cuello de Malcolm. Lyra anhelaba esa clase de intimidad, el contacto de Pan… ¡Ah! De pronto sintió un escalofrío, al pensar en que si Pan acudía allí solo y tenía que ver cosas como esa sin poder contar con ella…
Una vez más, las distintas implicaciones de la palabra «traición» se acumularon en torno a ella.
—Pero ¿qué es este sitio? ¿Qué hacen?
—Están arrancando las rosas…
—Lo están cambiando todo. Fíjate en ese río de allí.
Un poco más lejos, un río iba a desembocar en el lago trazando una serie de curvas.
Las máquinas excavadoras horadaban las orillas y levantaban su carga de tierra en el aire para depositarla en unos camiones que aguardaban en fila para, a su vez, verterla en el terreno desnudo donde antes había habido un campo, un poco más allá.
Otras máquinas apisonaban la tierra para formar un recto terraplén.
—Están modificando su curso —dedujo Lyra—. Pero ¿para qué? ¿Para regadío? ¿Qué sentido tendría, si ya tienen el río ahí?