El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 33. Dentro del edificio rojo
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33. Dentro del edificio rojo

E l diario de Roderick Hassall, que Lyra había leído hacía tiempo, aunque no tanto como le daba entonces la impresión, hablaba de un árido desierto de arena que había tenido que cruzar junto con Brynmor Strauss para llegar al edificio rojo.

Gulya había volado efectivamente sobre un terreno pelado y arenoso, pero, a medida que se acercaban, parecía que el desierto iba cediendo paso a la vegetación.

Cuando Lyra despertó temprano por la mañana, a sus pies se extendía un territorio más bien boscoso.

Entre las copas de los árboles de color verde grisáceo que se sucedían hasta donde alcanzaba la vista, coronadas por la primera luz del día, Lyra distinguió una singular mancha roja.

La señaló para que la viera Malcolm, y, en cuestión de minutos, con el resplandor del sol naciente, vieron que el punto de luz escarlata se definía y se transformaba en un tejado de tejas rojas, con aleros respingados al estilo chino, que cubría un largo edificio de ladrillo rectangular, dotado de una hilera de ventanucos bajo los aleros, aunque sin ventanas en el nivel del suelo.

Mientras Gulya lo sobrevolaba, buscando un lugar donde posarse, en un extremo de la edificación, vieron una zona despejada, con suelo enlosado dispuesto en torno a unas escaleras de siete amplios peldaños que conducían a un pórtico.

En el pórtico, dos guardias vestidos con sencillos uniformes de algodón de color rojo oscuro y armados con lanzas bloqueaban el paso hacia la puerta, apostados detrás de unas recias columnas de madera pintadas de rojo.

Mientras Gulya volaba sobre ellos, alzaron la vista y observaron con moderada expresión de alarma cómo esta aterrizaba y cómo Lyra y Malcolm descendían al suelo.

—Aquí es donde Strauss tuvo que hablar en latín, ¿no? —dijo Malcolm.

Lyra observó a los guardias. No se habían movido ni lo más mínimo. Permanecían con las lanzas en ristre y un pie adelantado, inmóviles como las columnas de detrás, como si hubieran entrenado mucho para mantener la postura.

Malcolm estiró brazos y piernas; Lyra también se desperezó, notando con una sensación de extrañeza la tierra firme bajo los pies.

Malcolm pidió a Gulya que transmitiera un mensaje de gratitud a la reina Shahrnavāz, en el que especificaba que jamás ningún artífice de los reinos del oro había trabajado para un soberano más sabio y generoso.

Lyra le dio también las gracias y Gulya los habría correspondido con algunas frases, pero su amistad se centraba ante todo, desde el principio, en Pan, y estaba claramente inquieta por él.

Además, tenía que regresar junto al príncipe Keshvād y su pueblo.

La despedida fue, por tanto, emotiva pero breve.

Tras observar cómo el grifo despegaba y se alejaba por el aire, Lyra y Malcolm volvieron a centrarse en los guardias. No se habían movido ni un centímetro.

Lyra tenía siempre presente la inmensa mole del edificio rojo, sin necesidad de mirar directamente hacia él.

Ocupaba su visión incluso cuando desviaba la vista hacia otro lado, puesto que el sol naciente incidía en los ladrillos y tejas y hacía expandirse en el aire, a la manera de un gong, su sonoro carmesí.

El cielo despejado auguraba un cálido día, cuando menos en ese mundo.

—Bueno, vamos a probar —decidió Malcolm.

Subieron juntos los siete escalones hasta hallarse al mismo nivel de los guardias, que mantenían las lanzas apuntándolos.

Los soldados parecían más bien persas que chinos: Lyra recordó que Strauss había comentado algo parecido en su diario.

Advirtió asimismo que, en caso de que tuvieran daimonions, estos estaban bien escondidos, y que se veían sanos y en forma, pese a las arrugas de sus caras y a su expresión de cansancio.

Sus uniformes estaban deslucidos y ajados.

—¿Podemos entrar en este edificio? —preguntó en inglés, despacio y articulando con claridad.

Los soldados la miraron sin decir nada.

Después, el más alto dijo: «Akterrakeh».

Malcolm consultó con la mirada a Lyra y esta cayó en la cuenta de que no le había explicado lo que había descubierto.

—Preguntan si hemos venido por agua o por tierra —especificó—, porque… Ya te lo contaré más tarde.

— Akterrakeh . Ah, ya entiendo. Aqua terraque . En efecto, es latín. —Tras reflexionar un momento con los ojos cerrados, respondió a los guardias—: «Neque per aquam, neque per terram, sed per alas».

Lyra lo miró con cara de interrogación.

—«Ni por agua ni por tierra, sino por alas» —tradujo.

Los guardias estaban perplejos: aquel hombre decía, sin lugar a dudas, la verdad, porque ellos mismos habían visto como el grifo aterrizaba y luego volvía a alzar el vuelo. No sabían, sin embargo, cómo hacer encajar la respuesta con las precisas instrucciones que estaban obligados a cumplir.

Lyra quiso añadir algo más, pero, al percibir la confianza que irradiaba tras su silencio Malcolm, optó por callar. Después de un minuto de febril discusión, el guardia alto colocó la lanza en posición vertical y se hizo a un lado. Su compañero lo imitó, dejándoles vía libre hacia la puerta.

Malcolm inclinó la cabeza y se llevó la mano al pecho, en un ademán con el que pretendía expresar respeto y gratitud.

Lyra recordó haber leído en el diario que los guardias que habían encontrado Hassall y Strauss les habían pedido dinero, pero aquellos dos parecían demasiado cansados para asumir más complicaciones.

Se notaba que cargaban el peso de una gran responsabilidad; parecían los últimos soldados que quedaban para custodiar una civilización.

Sus uniformes desgastados y medio raídos, pero limpios y planchados, suscitaron un sentimiento de admiración en ella.

La puerta, aunque pesada, osciló sin oponer resistencia sobre unos goznes bien engrasados y la luz del sol se proyectó sobre un suelo de madera.

Lyra entró en primer lugar, seguida de Asta y Malcolm.

Lo que más le impresionó de entrada fue el enorme tamaño del lugar.

Si bien desde fuera ya lo habían advertido, no lo habían visto en su totalidad.

El interior se componía de una gran sala, de proporciones perfectas.

Sin saber por qué, Lyra tuvo la certeza de que, si el techo hubiera sido un poco más alto o el ancho de la estancia menor, habría resultado agobiante.

Aunque gastadas y algo combadas en algunos sitios, las tablas de madera de roble del suelo proporcionaban un suelo estable para caminar.

La única luz llegaba a través de la puerta que tenían detrás y de la hilera de ventanas que se sucedían en la parte superior de las paredes, a una altura que tan solo les permitía ver el cielo.

La luz del sol formaba brillantes paralelogramas en el suelo y, gracias a ella, las partículas que danzaban en las vigas resplandecían como motas de oro.

No fue, con todo, eso lo que hizo exhalar a Lyra y a Malcolm una exclamación de asombro al tiempo que se tomaban, sobrecogidos, de la mano.

Las paredes estaban cubiertas hasta el último centímetro, de punta a punta y desde el suelo hasta el techo, con la inmensa pintura de un paisaje, que los rodeaba por entero.

La puerta por la que habían pasado se encontraba en un extremo del edificio, y frente a ella, a considerable distancia, había otra, y ambas tenían un dintel de yeso que les confería la apariencia de una escena clásica.

La puerta de delante estaba representada como si se hallara integrada en un templete de mármol, una pérgola o un mirador tal vez, inmerso en un gran jardín que se prolongaba hasta un amplio lago situado en la lejanía, y aquella por la que acababan de entrar parecía ser el acceso a una gruta, cercada de toscas peñas de las que colgaban helechos y musgo.

—Nunca había visto, en ningún sitio, nada igual —comentó Lyra en voz baja—. ¿Y tú?

Malcolm negó con la cabeza. Contemplaba, enmudecido, con atención y detenimiento cuanto tenía en torno a sí.

—No encuentro palabras para describirlo —reconoció al cabo de un minuto—. Es impresionante. Quienquiera que pintara esto había visto pinturas y cuadros de todas partes…, del siglo XVII francés, del siglo XVIII de Inglaterra, de la antigua Roma, de la Grecia antigua…

—De Cathay también… ¿Has visto esa pagoda de ahí?

—Y los nuevos trascendentalistas daneses. Fíjate en esas paredes de roca que hay junto al río…

—Ese puentecillo es de puro estilo nipón, ¿verdad? Y la señora con la sombrilla empujada por el viento…

—Y su daimonion que intenta cazar una mariposa.

Además de las escenas que les recordaban a su propio mundo, había edificios y paisajes que no les resultaban familiares.

En cualquier caso, todas y cada una de las partes de la pintura plasmaban algún tipo de actividad humana: hombres y mujeres que caminaban de un lado a otro, cargando sombrillas para guarecerse del sol, trabajando en jardines donde se cultivaban rosas, regándolas o recogiendo las flores, plantando nuevos rosales o descargando carretillas llenas de flores en una barcaza amarrada a la orilla del lago.

Adondequiera que mirasen, se llevaba a cabo alguna actividad humana productiva o placentera.

En un lugar, había músicos tocando para un público sentado sobre la hierba; en otro, unos carpinteros montaban la base de una grácil glorieta bajo la supervisión de un arquitecto que consultaba un papel; en otro sitio, unos niños bailaban en corro, mientras que, en otro rincón, unos jardineros cuidaban de unos naranjos dispuestos en espaldera junto a un muro de ladrillo.

Lyra y Malcolm se desplazaban ora aquí, ora allá, haciéndose cargo de tan solo una mínima parte del centenar de detalles presentes, maravillados por la armonía de la totalidad del panorama y conmovidos por la visión de la felicidad y la prosperidad representadas en madera, yeso y pintura.