El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 32. Las piezas van encajando #4
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32. Las piezas van encajando #4

—Es el teorema de Gödel. ¿Cómo se aplica aquí?

—Bueno, en caso de que sea correcto, representa que, si uno encuentra un sistema que parece perfecto y completo, dentro del cual puede demostrarlo todo, está en un error, no está mirando de manera correcta.

Porque necesitamos las brechas, ¿entiendes?

Necesitamos los agujeros a través de los cuales se comunica un mundo con otro.

Ningún sistema es completo a menos que contenga un agujero.

Necesitamos las cosas que no podemos explicar, que no podemos demostrar, pues de lo contrario morimos de asfixia.

La comunidad secreta o el campo de rosas son necesarios, como también lo son las ventanas, los portales y las aberturas, que dejan circular el viento entre todos los mundos…

Por fin lo comprendo, Malcolm, entiendo lo que significa todo.

Por eso todas las autoridades quieren cerrar las aberturas, y por eso mismo, nosotros debemos luchar hasta la muerte para impedirlo.

—Me parece que es lo que siempre he creído —confió Malcolm—. Aunque no lo había enfocado de ese modo, sentía que era verdad.

—¿Te causaron algún sentimiento de conflicto ese tipo de cosas?

—No. Nunca tuve ninguna duda con respecto a este tipo de cosas, tal como dices.

Tú eres mucho más complicada que yo, Lyra.

Yo tengo la suerte de ser simple y directo.

Cuando veo la inquietud que le provoca a la gente el hecho de sentir que algo no funciona bien en el mundo en que viven, me inspiran lástima, pero no puedo hacer gran cosa para ayudarlos.

Cuando estudiaba, tenía un amigo que se preocupaba tanto que se llegó a morir literalmente de preocupación.

Vivía atormentado, planteándose si él era real, hasta dónde llegaba su responsabilidad si era irreal, por qué se sentía responsable si el mundo carecía de sentido y de qué manera podía solucionar…

Su daimonion dejó de hablar y se quedó acostado, y después él hizo lo mismo, y al cabo de una semana estaba muerto.

A mí me dio mucha pena, pero no lo podía entender.

Yo era simple y él era complicado, lo cual constituía una diferencia fundamental entre ambos.

Yo aceptaba el mundo tal como es y él no. Él era desdichado y yo era feliz.

—¿Todavía eres feliz? —le preguntó ella, al cabo de un momento.

—Sí. Si se interpreta que me siento a gusto en el mundo, entonces sí, soy feliz.

—Yo también lo soy, a veces. Y tú no eres para nada simple. No podrías ser un artífice de los reinos del oro si fueras simple.

Lyra albergaba la intensa sensación de hallarse al borde de una nueva posibilidad.

Había algo cerca, a punto de perfilarse, una perspectiva que la había estremecido…

No era, con todo, algo tan definido como una perspectiva.

Las perspectivas se podían ver, pero ella percibía aquello con un sentido distinto: lo sentía temblar, fascinada, como un espejismo.

Se recostó y se tapó los ojos con la manga de la chaqueta de Malcolm, reteniendo cerca de sí el pensamiento, como si de un sueño venturoso se tratara, mientras el grifo seguía volando hacia el este.

Ya desde la lejanía, Pan advirtió que Olivier Bonneville no era un gran jinete.

En realidad, parecía como si hubiera preferido ir a pie.

Pan no tardó en localizarlo, pese a la desventaja que representaba para él tener que mirar a través de la hierba.

De vez en cuando, había, con todo, matas de enebro o de tamarisco a las cuales podía encaramarse para otear, y el terreno era además completamente llano.

Siguió a Bonneville durante todo el día, deteniéndose cuando este lo hacía y procurando no quedarse dormido para no perderlo de vista.

Pese a que no avanzaba muy deprisa, pues se paraba con cierta frecuencia, ya fuera para ajustar la silla, tensar la cincha, sentarse a descansar, rellenar la cantimplora de agua, inspeccionar los cascos del caballo o contemplar con detenimiento el horizonte, era evidente que Bonneville tenía una idea clara de adónde se dirigía.

A la caída de la tarde, volvió a detenerse y, en esa ocasión, se puso a mirar con gran concentración hacia un punto.

Una vez que hubo conseguido que el caballo se quedara quieto, se irguió, titubeante, sobre las espuelas para observar hacia lo lejos con unos prismáticos y desplegó un mapa que examinó con detalle.

Espiando, al atardecer, desde un pequeño sauce situado a un par de metros de distancia, vio que el muchacho desmontaba con torpeza y se estiraba varias veces, antes de atar el caballo a un árbol seco.

Bonneville cogió luego su daimonion, el halcón con el ala lesionada, que aún seguía aferrado a la silla, y lo depositó con ternura en el árbol.

Debía de haber algún arroyo o estanque en las proximidades, pues Bonneville aflojó la rienda y el caballo se inclinó para beber.

¿Acaso se disponía a acampar allí? Dado que estaba oscureciendo, cabía deducir que sí.

Pan se bajó del sauce y caminó con sigilo entre la hierba hasta encontrarse lo bastante cerca como para oír la conversación que mantenía Bonneville con el daimonion.

Al principio, le pareció que hablaban en una lengua completamente desconocida para él, pero, mientras permanecía acostado en silencio, comenzó a reconocer alguna que otra palabra y frase, e incluso pudo interpretar algunas.

Parecía que usaban un dialecto del italiano, aunque después pensó que era sobre todo alemán, y luego probablemente un poco de francés.

De todos modos, lo que decían no era muy interesante; Bonneville parecía estar refunfuñando más que nada y el daimonion parecía darle la razón.

Bonneville arrancó unas ramas del árbol y las partió para hacer fuego.

Le costó bastante lograrlo. Gastó un montón de fósforos y, cuando por fin prendió la hoguera, las llamas proporcionaron la única luz, porque el sol se había puesto del todo.

Pan siguió observando mientras trasladaba el daimonion a una rama más baja y ponía a asar un pedazo de carne.

El fuego no proporcionaba suficiente calor y la carne no paraba de caer del palo con que la había ensartado.

Recordando la facilidad y destreza con que Tilda Vasara había cocinado aquel conejo en las montañas, Pan casi se apiadó de aquel chico de ciudad, tan torpe e indefenso.

Aun así, estaba impresionado por su determinación.

Aguardó hasta que Bonneville y su daimonion se hubieron dormido. Después, con gran sigilo, se acercó al árbol seco y trepó hacia el daimonion, mirando bien dónde posaba las patas, para no hacer ningún ruido.

Tras avanzar muy despacio por la rama, cuando se encontró lo bastante cerca como para tocarlo, se detuvo.

—Daimonion —susurró—. Daimonion de Olivier Bonneville.

Ya había hecho aquello otras veces. En ocasiones, era posible despertar con suavidad a alguien despertando a su daimonion, pero en aquel momento no era esa su intención.

—Daimonion, ¿cómo te llamas? —susurró.

—Arethusa —murmuró, todavía dormido, el halcón.

—Arethusa, no quiero despertar a Olivier. Solo quiero hablar contigo. No lo despiertes.

—No —convino el daimonion en voz baja y con ternura.

—¿Qué quiere? —preguntó Pan.

—Quiere a su padre.

Pan quedó desconcertado apenas por un instante.

—Su padre…, ¿el físico?

El daimonion se movió un poco, pero no dijo nada.

—¿Y qué quiere de Lyra? —prosiguió Pan.

—Hermana.

Eso le causó una conmoción aún mayor.

— Arethusa, no sé a qué te refieres. ¿A que Lyra es hermana suya?

—Sí. Hermanastra, de la misma madre.

—¿La señora Coulter era su madre?

—Por supuesto.

—Y él…, ¿lo sabe, lo sabéis, desde siempre?

—No. Él se enteró hace poco. Se llevó una gran impresión cuando se dio cuenta de que Marcel Delamare era su tío.

—Marcel Delamare…

—El presidente del Consejo Supremo del Magisterio. La madre de Olivier era hermana de Delamare.

Pan estaba temblando. La conexión con Lyra había despertado su curiosidad.

—O sea, que si Lyra es hermana suya, Delamare es también tío de ella —dedujo.

—Sí.

—No creo que ella lo sepa —comentó, asombrado.

—Delamare sí lo sabe.

—¿Y qué pretende?

—Capturarla para que sirva de juguete para su abuela.

Pan se quedó frío, más helado de lo que había estado incluso mientras surcaba volando el cielo de noche.

—¿La madre de la señora Coulter está viva todavía?

—Se mantiene con vida solo por su maldad. La muerte no se atreve a acercarse a ella.

El daimonion halcón rebulló sobre la rama y Olivier Bonneville se dio la vuelta en su saco de dormir.

—No te despiertes —susurró Pan.

Bonneville murmuró algo que podría haber sido un nombre.

—¿Sabe él qué le ocurrió a su padre? —preguntó quedamente Pan.

—Neutralizado por Delamare. Acusado. Todo mentiras. Muchísimas mentiras.

¿Qué querría decir con eso?, se planteó Pan.

No obstante, tanto el muchacho como el daimonion estaban agitados y lo mejor era irse.

Sin añadir nada más, dio media vuelta, bajó en silencio al suelo y, con la mente en ebullición, se alejó por la dirección hacia la que, según recordaba, se encaminaba Bonneville, con destino al edificio rojo.

La bruja Tilda Vasara volaba trazando una larga curva hacia el este.

Sabedora de la imprevisible naturaleza del lago errático, le interesaba observar el avance del ejército que Delamare había enviado por ese lado.

La única manera segura de atravesar Lop Nor era sobrevolándolo, cosa que ellos debían de saber, sin duda.

Pero era evidente que no lo sabían. Con el valor del fanatismo y la armadura de la virtud, los soldados de la Autoridad se abrían camino a la fuerza entre los pantanos, los innumerables torrentes, los nuevos cursos de agua y los antiguos cauces de río, las ciénagas y las arenas movedizas.

Tilda Vasara volaba por encima, contemplándolo todo con pesar.

Algunos de esos hombres eran valientes y apuestos; algunos eran necios o cobardes; unos tenían ansias de salvación, y otros, solo de hallar tesoros; algunos eran buenos y otros corruptos, pero los lagos y las ciénagas y las sombras de la muerte les dispensaron a todos y a cada uno la misma acogida.

Y la bruja lo vio todo, con asombro y compasión.