32. Las piezas van encajando #3
—Entonces, ¿qué es el polvo? ¿Cómo están conectados? ¿O acaso son lo mismo?
No estaba tanteando para ver hasta dónde llegaban sus conocimientos: se trataba de una pregunta sincera, motivada por su propio deseo de aprender.
—Es… No lo sé. Nos referimos a la partícula de Rusakov, ¿verdad? La partícula que de alguna manera está asociada con el campo, ¿no?
—Pero ¿qué implicaciones tiene? ¿Qué ocurre cuando lo vemos? ¿Qué es lo que pasa en el plano físico?
—Quizá el polvo tiene que estar ahí porque… Quizá ocurra como con el arcoíris, que la atmósfera tiene que estar saturada de vapor de agua, ¿no? En los días secos, no vemos los arcoíris. Es posible que sin polvo no se pueda ver esto.
La primera diminuta fracción del disco solar se asomó por la cumbre de una montaña.
Fue como un trompetazo que hiciera vibrar la totalidad del cielo.
El mundo, no obstante, todavía aguardaba la respuesta a una pregunta que ni Lyra ni Malcolm habían acabado de formular, la cual flotaba como un trasfondo en el intenso azur.
—De todas formas, ni siquiera fue Rusakov quien lo descubrió —le informó Malcolm.
—Ah, ¿no?
—No era un auténtico científico, sino un lacayo del Gobierno moscovita. El descubrimiento lo llevó a cabo un colega suyo y él se atribuyó el mérito.
—¡Qué tramposo! Entonces no se merece que el campo lleve su nombre. Debería llamarse el campo de rosas.
—Muy bien. A partir de ahora se llamará el campo de rosas.
—Pero todavía tenemos que saber más sobre el polvo.
—¿Qué dijo tu fiel Ionides al respecto?
—No es mi fiel Ionides —replicó ella, irguiendo la espalda—.
Es un profesor, además de criado y vagabundo.
Seguramente, tiene su propia respuesta… Aunque no la conozco, serviría para aclarar un poco más el asunto.
A mí me sirvió la relación que estableció entre la noción de campo y la comunidad secreta.
—Ahora que lo pienso, a mí me dijo algo. Fue debajo de un naranjo, en Alepo. Dijo que el campo de Rusakov estaba…, ¿cómo lo expresó…?, asociado con la conciencia. Le pediremos que especifique un poco más, si lo volvemos a ver.
—Seguro que lo volveremos a ver. Es inmortal.
Malcolm se pasó la mano por el cabello. La luz del sol, que le daba de pleno en la cara, arrancaba destellos dorados en el vello de su barbilla y en sus mejillas.
—¿Quieres un trozo más de chaqueta? —le consultó Lyra.
—No, estoy bien, gracias.
Lyra advirtió que también tenía las pestañas doradas. Al volver la cara, él se dio cuenta de que lo estaba mirando y sonrió.
—Lyra, ¿por qué crees que Pan dijo que se iba a buscar tu imaginación? —preguntó—. ¿Por qué era eso lo que echaba en falta en concreto?
—Quizá tenía razón. Quizá la había perdido. Estuve leyendo un par de libros que él detestaba. Ambos denigraban, de una manera u otra, la imaginación.
—¿Uno de Simon Talbot? ¿ El impostor de no sé qué ?
— El impostor constante . Sí, ese era uno. Me dejó un mal sabor de boca, la sensación de no tener nada sólido bajo los pies.
—¡Y dices esto precisamente cuando estás volando por el aire montada en un grifo!
—Ya sé. No sé qué habría dicho de esa situación. Tendría que haber renunciado a sus propios sentidos. El otro libro era de Gottfried Brande.
— Los hipercorasmios. No conseguí leerlo.
—Pan lo llamaba Los hipercolónicos —recordó, sonriendo—. Tenía razón con lo de esos libros, y yo no lo quise escuchar. Ambos eran perversos.
Agachó la vista. Estaba sentada con las piernas cruzadas y las manos entrelazadas en el regazo. Entonces las separó e inspeccionó ambas caras de la mano izquierda, que seguía morada e hinchada, y después miró la derecha, que estaba solamente mugrienta. A continuación, las volvió a juntar.
—No sé qué pensará ahora —dijo Malcolm.
—¿Pan? No estoy segura, pero debe de tener alguna relación con esas aberturas. Quizá la imaginación sea una especie de viento que circula a través de todos los mundos.
Malcolm miró el cielo, a derecha e izquierda.
—Es una buena imagen —aprobó.
—A veces, siento que es así, como si fuera verdad, como si nos mostrara cosas que son auténticas.
Lyra volvió a posar la vista en las manos. Había algo que quería decir y que solo brotaría si se esforzaba con franqueza en definirlo.
—Tú y yo no hemos estado hasta ahora en el mismo sitio, con tiempo suficiente para conocernos —dijo al cabo de un momento—.
Son muchas las cosas que no te he contado.
Por ejemplo, esas aberturas… Para mí tienen un significado complicado.
Yo vi cómo se abrían. Había que realizar un corte con un cuchillo especial, una daga.
Conocí a un muchacho de otro mundo, un chico llamado Will.
Los dos estuvimos en la ciudad donde se fabricó ese cuchillo, la daga sutil.
Él tuvo que enfrentarse a la persona que la había robado, y no quería.
Es una historia demasiado larga para explicártela incluso ahora.
El caso es que se vio obligado y, de ese modo, se convirtió en el portador de la daga, y el anciano que antes había cumplido esa función le enseñó cómo había que practicar los cortes en el aire para abrir ventanas hacia otro mundo y cómo había que hacer para volverlas a cerrar.
Lo pusimos en práctica para escapar del peligro, y estuve en bastantes mundos distintos, no sé cuántos, que están justo aquí, así de cerca…
—Desplegó la mano en el aire, tal como había desplegado el ala el daimonion ganso de Serafina Pekkala para ilustrar la misma cuestión diez años atrás—.
Y no podemos acceder a ellos si no es con la daga sutil.
—¿Dónde está esa daga ahora?
—Con Will, en su propio mundo, fuera de nuestro alcance.
Cuando ya casi todo había acabado, un ángel nos avisó de que era peligroso practicar aberturas hacia otros mundos, porque por ellas podían pasar cosas malas de un mundo a otro.
Dijo que teníamos que cerrar todas las ventanas de las que teníamos conocimiento y las otras que encontráramos, y vivir solo en nuestros mundos, porque únicamente podíamos estar fuertes y saludables en nuestros propios mundos.
Dijo que teníamos que conformarnos con el lugar de donde éramos, que no podíamos viajar a otros mundos, excepto con la imaginación.
Nosotros no sabíamos a qué se refería con eso, pero lo creímos todo y volvimos cada cual a nuestro propio mundo y…
Pasaron los años. Y después, hace unos meses, Pan y yo discutimos, y, a raíz de eso, él pensó que me había quedado sin imaginación, o que la había perdido o algo así.
Por eso se fue a buscarla, y yo me quedé sin saber si él tenía razón o si estaba equivocado, preguntándome qué era en el fondo la imaginación y qué había querido decir ese ángel…
Por eso, decidí marcharme a buscarlo, por más lejos que tuviera que ir.
Malcolm escuchaba con atención, quieto y en silencio.
—Y hace unas noches —prosiguió ella—, en el ferri de Bakú, volví a ver un ángel.
Creí que era el mismo de la otra vez, hasta que empezó a hablar.
Le pregunté cuál era para él el significado de la imaginación, y la respuesta que me dio me demostró que tampoco sabía nada, absolutamente nada, del tema.
—¿Qué fue lo que dijo? —preguntó Malcolm.
—Dijo que la imaginación era solo cosas que inventaba nuestra mente, un revoltijo de fantasía, como una especie de sueño.
Pero se equivocaba. Es que los ángeles no saben lo que son los sueños.
Ellos no componen poesía ni arte. No juegan.
Pan estaba en lo cierto en lo que dijo que había perdido.
Se trata de algo fundamental, y yo lo había perdido.
O sea, que, en ese ferri de Bakú, comprendí un poco más lo que era.
Tampoco es algo que se defina como bueno o malo.
Los ángeles podrían ser buenos y es posible que el Magisterio haga cosas malas, pero tanto unos como otros se equivocaban en esta cuestión.
Es como lo que vivimos en el Ártico, cuando Pan y yo vimos que el polvo tenía que ser algo bueno, a pesar de que todos dijeran que era malo.
Es algo que se repetía, la misma idea con una forma diferente.
Es una especie de… —Cerró los puños, tratando de encontrar las palabras adecuadas—.
Ellos creen que las cosas solo pueden ser verdaderas o falsas, pero lo que uno aprende cuando juega, cuenta historias o sueña es que las cosas pueden ser verdad y mentira a la vez.
—¿Es lo de que, si no es X, tiene que ser Y? —dijo Malcolm—. Si no estás con nosotros, estás contra nosotros.
—Sí, es eso precisamente. No dejan espacio para ninguna otra respuesta.
—Es una especie de absolutismo binario.
—Exacto. Pero algunas cosas son a la vez X e Y.
Es lo mismo que cuando alguien dice: «El arte es solo unas formas bonitas», cuando la verdad es que, además de formas bonitas, es muchas otras cosas.
Y lo que se desprende de eso… Bueno, para mí significa que debemos mantener abiertas las ventanas.
Necesitamos el polvo, el aceite de rosa, la imaginación, o el campo de rosas, o como queramos llamarlo.
—Hasta aquí estoy de acuerdo. ¿Qué más?
—Pues… —Estaba dubitativa y al mismo tiempo temblorosa, como si estuviera a punto de llegar a un descubrimiento—.
Yo creo que el campo de rosas, la verdad sobre las cosas, no está solo ahí afuera, sino también aquí dentro, y que la imaginación no se encuentra solo aquí dentro, sino también allá fuera…
El campo de rosas necesita lo que nosotros tenemos en igual medida en que nosotros necesitamos lo que tiene él.
Lo importante es que pueda fluir libremente entre todos los mundos.
Había algo que dijo Asta en una ocasión, sobre la incompletitud o algo por el estilo…
Era un teorema… El teorema de alguien. Todo sistema contiene cosas que, aun sabiendo que son verdaderas, no se puede demostrar que lo sean utilizando solo argumentos comprendidos dentro del sistema, algo así.