32. Las piezas van encajando #2
—Comprendo —dijo Leila Pervani, guardando el billete en el monedero—. Supongo que seguiré viendo muchos más como este.
—Así lo espero —contestó Tamar Sharadze, con una última sonrisa de despedida.
Durante toda la conversación, el daimonion serpiente de Leila Pervani había estado observando a la mariposilla de color zafiro posada en el faldón de la chaqueta de color azul noche de Sharadze y no dejó de notar con interés que no se había movido ni un milímetro.
Olivier Bonneville no estaba acostumbrado a los caballos.
Le habían enseñado a montar durante el servicio militar, pero no le había tomado el gusto a la equitación.
El caballo que había robado en el campamento próximo a Tashbulak era, sin embargo, manso y dócil, y todavía recordaba cómo ensillar, mal que bien, una montura y ajustar las correas.
Una vez que hubo colocado a resguardo su daimonion lesionado en el interior de la chaqueta, consiguió montar tras tentativas fallidas y luego animó al caballo a avanzar para abandonar las verdes laderas de la base de las montañas.
El grueso del ejército había empezado a avanzar ya hacia el este, guiado por Abdel Ionides y capitaneado por uno de los comandantes de Delamare.
Este se había quedado con un pequeño destacamento de guardias e ingenieros, supervisados por el coronel Schreiber, que emprenderían marcha hacia el edificio rojo una vez que hubieran recibido la señal de que la travesía de Lop Nor había culminado con éxito.
Nadie vio, por lo tanto, a Olivier Bonneville cuando se puso en camino con el caballo robado.
Nadie, con excepción de Pantalaimon, y de Dilyara y su daimonion.
Estos se encontraban en la azotea de la zona de almacenes, en torno al sillón de lona desde el que Dilyara había visto surgir del desierto a Brynmor Strauss unos días antes.
Strauss dormía abajo, en compañía de Cariad; Dilyara tenía sus dudas de si iban a volver a despertar.
Pan, que había tomado un gran aprecio a la mujer, por su viva inteligencia e invariable bondad, había acudido a la azotea para contemplar el amanecer y charlar simplemente con ella.
Le estaba hablando de Lyra y de la búsqueda que él mismo había emprendido.
Ella escuchaba con atención y solo hacía alguna pregunta cuando no entendía algo.
Pan cayó en la cuenta de que imitaba la manera que tenía Lyra de explicar las cosas, exponiéndolas según un orden de prioridad que lo llevaba a descartar los detalles sin relevancia.
Dilyara lo observaba, erguido en el borde de un tragaluz.
Al cabo de unos minutos, no obstante, él percibió un tenue movimiento en el horizonte tras ella.
Se trataba de algo tan pequeño y distante que al principio no le dio importancia, pero después siguió con la vista fija hacia allá, desconcentrándose de su relato.
—Dilyara, ¿no ve algo que se mueve por allí, a lo lejos?
La mujer se volvió, escudándose los ojos del sol del amanecer.
—Algo pequeño —confirmó. Luego cogió los prismáticos que guardaba debajo del sillón—. Ah, caballo —añadió—. Creía que era camello, pero no, es caballo. Lo monta un hombre joven.
Le tendió los prismáticos para que Pan mirara por ellos.
Él acercó la cara a una de las lentes y probó, pero no consiguió enfocar bien y después perdió el equilibrio encima del tragaluz.
Luego lo volvieron a intentar, esa vez con Pan colocado sobre el brazo de madera del sillón y, por fin, percibió la imagen con claridad.
—¡Bonneville! —exclamó, sobresaltado.
—¿Qué dices?
—Lo conozco. ¡Es el hombre que persigue a Lyra! Debe de ir al edificio rojo…, el sitio de donde volvió el doctor Strauss… No puedo permitir que se me adelante. Dilyara, tengo que ir detrás de él. Gracias…, gracias por todo…
—¿Te vas ahora?
—Sí. Lo tengo que alcanzar.
—Yo quiero oír cómo acaba la historia.
—Cuando vuelva, se lo juro. ¡Gracias! Pero me tengo que ir…
Corrió hasta el borde de la azotea y, tras comprobar que la diminuta silueta seguía visible en el horizonte, bajó de un salto y se fue tras ella caminando con paso presuroso sobre la arena.
Lyra yacía despierta, tapada con la chaqueta de Malcolm.
Este, dormido, murmuraba de vez en cuando palabras, nombres sobre todo, incluido el suyo, pero sin hilar ninguna frase coherente.
Al principio, el incansable batir de alas de Gulya los había arrullado, pero Lyra había dormido solo un rato.
Estaba muy despierta y, con los ojos bien abiertos, miraba, más allá de Malcolm y de las alas del grifo, las estrellas del firmamento.
Sentía en el pecho un anhelo. Anhelaba, con una intensidad que jamás había experimentado antes, tener a su lado a Pan, aquella parte rebelde de sí misma, aquella vertiente con fragancia de tierra y de bosque que se había marchado encolerizada con intención de encontrar la valiosa faceta de su ser que con tanto descuido había perdido.
También ansiaba algo más simple: contacto humano.
Estaba acostada al lado de Malcolm, pero él dormía y, de todas formas…
, ¿acaso podría funcionar aquella relación?
Ah, era demasiado complicado pensar en eso.
Optó por concentrarse en otras cuestiones.
En el campo de Rusakov, por ejemplo, y en la relación que este tenía con el polvo, en el supuesto de que no fuera de entrada polvo.
El aceite de rosa volvía visible el polvo, pero solo el aceite de rosa producido en el otro mundo.
Debía de tener sin duda en su composición química algo parecido al aceite de árbol que utilizaba Mary Malone en su catalejo ámbar; tal vez en todos los mundos había algo que poseía unas propiedades similares.
Evocó aquel momento en que, en una sala del Jordan College, lord Asriel habló a los académicos de la emulsión especial que había utilizado para crear las filminas que les estaba mostrando, así como el repentino silencio que se asentó entre los presentes cuando precisó, aludiendo a la imagen proyectada en la pantalla: «Pero no es luz, sino polvo».
Entonces comprendió que aquella emulsión debía de tener una base de aceite de rosa.
Después se puso a imaginar que le explicaba a él todo lo que habían descubierto desde entonces y a donde se dirigía en ese momento, montada en un grifo, y recordó cómo plegaba los ojos cuando sonreía.
Él raras veces sonreía, pero estaba segura de que en ese momento le sonreiría.
O más bien era el campo lo que tornaba visible el polvo…
, suponiendo que no fuera al revés. Quizá era este lo que hacía visible el campo.
¿Podía ser? Quizá Ionides tenía la respuesta.
Lamentando no tenerlo cerca, hizo fervientes votos por que estuviera a salvo, por que él y Leila Pervani pudieran continuar con su trabajo…
Se los imaginó trabajando juntos, formando, pese a ser tan disparejos, un armonioso tándem.
Trabajar juntos en algo tan importante debía de ser el empeño más perfecto en el que podían volcarse dos individuos.
Experimentó una especie de sentimiento de gratitud hacia ellos, por mostrarle aquella posibilidad.
Las estrellas se estaban difuminando. A su izquierda, se expandía una tenue luz en el cielo. Venía acompañada de frío, como si no tuviera ya suficiente antes. Se arrebujó aún más con la chaqueta de Malcolm y este rebulló.
—Perdón —murmuró—. No quería despertarte.
—No dormía.
—¡Sí dormías! Estabas roncando.
—Yo no ronco. Era Asta quien ronroneaba.
—Sí que roncas —lo contradijo, medio dormido, Asta.
—De acuerdo, me rindo. ¿Por qué me has despertado?
—Quiero saber qué es el alkahest.
—¿El qué?
Se incorporó, provocando un sobresalto en Lyra, pero fue solo para desperezarse y bostezar.
—El alkahest. Es algo que tiene que ver con la alquimia —precisó ella.
—¿Por qué me preguntas por eso? ¿Dónde has oído esa palabra?
—En la ciudad abandonada. ¿Por qué lo preguntas?
—La directora de Oakley Street hizo una alusión a esa palabra en la magnetita resonante. ¿Quién te habló de eso en la ciudad muerta?
—Oí unas voces… Parecía como si me estuvieran dando un aviso.
El alkahest, el destructor de vínculos …
Pero no alcancé a oír nada más, y he ido preguntando a distintas personas si saben algo al respecto, y el único que me respondió algo fue un profesor de francés de Bakú, que lo buscó en la enciclopedia.
Por lo visto, lo definen como el disolvente universal.
—Ah… Un disolvente universal. Imposible.
—¿Por qué?
—Hombre, ¿y dónde lo pondrías?
—En un… No sé. En un crisol, que no sé muy bien qué es. ¿O en un alambique? Uno de esos recipientes redondos con un cuello largo.
—Una retorta. Pero no funcionaría, ¿entiendes?
Ni con eso ni con nada. Si lo disuelve todo, no podría contenerlo nada.
Aquí tenemos una jarra de alkahest… Ay, vaya, ha desaparecido, y ahora tenemos un agujero en el suelo.
El alkahest dentro de un recipiente es una paradoja, igual que un círculo cuadrado.
— El destructor de vínculos…
—¿También dijeron eso?
—Sí. El profesor de francés pensaba que podía hacer referencia a los vínculos atómicos, a las fuerzas que los mantienen unidos.
—Si pudiera producir ese efecto, sería realmente un disolvente universal —admitió Malcolm—. ¿Te dijeron esas voces algo más que tuviera sentido?
—Sí. Creo que eran de fiar. Es como si formaran parte de la comunidad secreta.
—¿Y dices que te estaban avisando?
—Era una mezcla de cosas. Había advertencias y…, no consigo recordarlo todo.
—¿Quién fue la primera persona que te habló de la comunidad secreta?
—Un giptano que me ayudó a llegar hasta los Fens cuando me fui en busca de Pan. Ya hablé con Asta de eso. En realidad, es una manera de ver las cosas.
—Me gustaría saber más sobre el asunto.
—El señor Ionides tenía la idea de que podía ser un campo.
—Ah, sí, ya entiendo. Parece acertado.
—Como el campo de Rusakov. Podría ser el campo de Rusakov.