32. Las piezas van encajando
E ntre los sirvientes, empleados y secretarios que asistían a Mustafá Bey en sus variopintas labores destacaba una joven llamada Tamar Sharadze.
Era una especialista en estadística y sistemas complejos graduada por la Universidad de Tiflis.
Mustafá admiraba su claridad de pensamiento y su diligencia, y recurría con frecuencia a ella.
Su daimonion era una mariposilla de intenso color azul, que hablaba muy poco.
Durante los momentos de confusión posteriores al asesinato, ella era la persona más indicada para desentrañar la situación y demostró, de hecho, una determinación y una capacidad de mando que nadie le conocía hasta entonces.
Tomaba decisiones e impartía órdenes como si el propio ilustre mercader se expresara a través de ella.
Determinaba, sin necesidad de un margen previo de reflexión, cuáles eran los asuntos más urgentes y cuál era la mejor manera de solventarlos.
De este modo, al cabo de una semana, parecía como si ella fuera el propio Mustafá Bey reencarnado, igual de resuelta y decidida que él.
Su principal preocupación al principio fue garantizar la seguridad de las carreteras.
Ella misma había viajado por poniente hasta Tánger y hasta Kioto por el oriente, de tal modo que su poderosa memoria, sumada a su extrema eficacia, sirvió para minimizar en gran medida las perturbadoras consecuencias que preveían los agentes, los tratantes, los negociantes y los transportistas que componían la base del imperio comercial de Mustafá Bey.
Así, tras una semana de alarma, regresó la calma.
Tamar Sharadze tomó disposiciones para que se llevara a cabo una meticulosa investigación sobre las circunstancias del asesinato y se detuviera a las personas implicadas.
Se puso en contacto con los representantes del Magisterio, incluidos algunos que se habían negado a mantener tratos con Mustafá Bey, y los puso al corriente de que había una nueva cúpula directiva.
También averiguó cuanto pudo sobre el avance del ejército capitaneado por Marcel Delamare.
Ella ya observaba con atención algunos cambios que le habían pasado desapercibidos a Mustafá Bey, en especial la construcción de carreteras, líneas de ferrocarril y otras vías de transporte en las provincias occidentales del Imperio Dorado.
Pese al interés que habían suscitado en él las nuevas rutas de autobuses que había implantado al oeste del mar Caspio, había pasado por alto, en su opinión, las grandes oportunidades que se presentaban en Asia Central para quien lograra resolver los problemas asociados a la travesía del desierto en la era moderna.
Asimismo, había meditado a fondo sobre la cuestión del tipo de organización al mando de la cual se encontraba.
Durante el periodo de Mustafá Bey, esta había presentado diferentes facetas y diez mil intereses distintos, en cien mil diferentes ciudades, pueblos y caravasares, con miles y miles de pequeñas transacciones efectuadas cada día.
Toda aquella profusión, imposible de abarcar para la memoria de un solo ser humano, incluida la doctora Sharadze, solo había podido funcionar porque, haciendo tal vez uso de unas aptitudes sobrenaturales, Mustafá Bey infundía a cada rama de ese complejo árbol la nutritiva savia de la confianza asociada a su nombre.
Consciente de que ella misma no podía suministrar tan preciado líquido, la doctora Sharadze comprendió que debía actuar con rapidez para sustituirlo con algo más: una estructura no solo robusta, sino también, ante todo, dotada de una cadena de mando fácil de comprender en todos sus niveles y con los medios para ejercer la autoridad.
Aquello iba a implicar una profunda reforma de los medios de intercambio.
La Compañía Mustafá Bey adquirió, por lo tanto, entidad de empresa legalizada.
Su emblema era un retrato del difunto fundador, que el artista tuvo que repetir cuatrocientas cincuenta y siete veces hasta plasmar la adecuada combinación de sabiduría, amabilidad, astucia, firmeza y visionario optimismo en la imagen, que a partir de entonces iba a constar en todos los documentos, sobres y materiales de embalaje generados por la empresa.
La doctora Sharadze emprendió asimismo un proceso de modernización de las comunicaciones en el seno de la compañía.
El café Marletto estaba muy bien para la era de transporte con camellos y las interacciones personales, pero los tiempos estaban cambiando.
Pronto se iniciaría la construcción de un espléndido edificio, que por desgracia exigiría la instauración de un nuevo sistema de tráfico con vías más espaciosas y la demolición de la manzana que albergaba el Marletto.
Profundamente implicada en la envergadura de aquel proyecto, la doctora Sharadze había tomado disposiciones para visitar otros centros urbanos a ambos lados del mar Caspio, con intención de hablar con arquitectos, ingenieros y geólogos sobre los planes para construir aquella vía a la que ella ya denominaba la autopista Mustafá Bey.
Mientras examinaba unos planos de su posible trazado, en la nueva oficina de Samarcanda, la doctora Sharadze se vio interrumpida por una visita.
—Gracias —le dijo al arquitecto—. En breve me pondré en contacto con ustedes.
El hombre recogió sus papeles y se fue. Tamar Sharadze pasó a concentrarse en la visita.
—¿Pervani? ¿Leila Pervani? Mucho gusto. Comprenderá que nuestro querido presidente difunto poseía una inmensa capacidad para los detalles y tendrá la amabilidad de perdonarme por no estar todavía al corriente de todo. ¿En qué consiste, en concreto, su función?
—Yo era agente de Mustafá Bey en Sinkiang —explicó Leila—.
Le enviaba informes periódicos sobre el desempeño de diferentes empresas situadas entre Urumqi y el mar de Aral.
Estoy enterada, cómo no, del horrendo asesinato acaecido y quería presentar mis condolencias, además de asegurarme de que sus sucesores estuvieran debidamente informados sobre lo que sucede al oeste del Imperio Dorado…
La noticia de su muerte me llenó de tristeza.
Tamar Sharadze se había encontrado raras veces en presencia de una persona tan bella.
Observó con aire impasible cómo Leila Pervani se enjugaba sin artificio los ojos y advirtió cómo esta le dedicaba una mirada al daimonion mariposa de color azul cobalto posado en su regazo, aguardando a que recobrara la compostura.
—Estoy muy ocupada —dijo por fin, sin ningún matiz de lamento en la voz—. Gracias, de todos modos, por sus condolencias. Estoy segura de que lo comprenderá. ¿Traía algún mensaje en concreto para Mustafá Bey?
—Creía que podía interesarle saber que el ejército del Magisterio, capitaneado por el presidente Marcel Delamare, ha llegado hasta el extremo oriental de la cordillera del Tian Shan.
—¿Tan lejos ya?
—Por lo visto, pretenden cruzar Lop Nor en su avance hacia el sur.
Tamar Sharadze entornó los ojos y asintió en silencio.
—Ahora tienen vía libre para proseguir con el proyecto de Karamakán, ¿entiende?
—¿Había hablado con Mustafá Bey al respecto?
—Ah, sí. Él estaba especialmente entusiasmado con su promoción.
—¿Trató con usted ese asunto?
—Con detalle. Verá, ignoro quién es usted exactamente y hasta qué punto necesito explicar…
—Sí, claro. Yo trabajaba como jefe de personal de Mustafá Bey en Alepo y en centros situados más al este. Ahora ejerzo funciones de directora general. Cualquier cosa que pudiera decirle a él, me la puede decir con toda confianza a mí.
De hecho, lo único que Tamar Sharadze sabía sobre Karamakán era que Mustafá Bey realizaba algunas transacciones de poca cuantía con suministradores de dicha zona.
No sabía nada sobre un posible proyecto.
No obstante, había estudiado con expertos el arte de recabar información y resultaba evidente que aquella mujer estaba afectada emocionalmente por los sucesos ocurridos los días anteriores.
—La empresa Thuringia Potash está muy implicada —declaró Pervani—. Tal como ya sabe, han dejado de ceñirse exclusivamente a la minería…
Tamar Sharadze buscó un lápiz. Aunque la oficina donde se encontraban era de alquiler y no conocía la ubicación de todos los objetos, sí era capaz de localizar papel y lápiz.
Hizo anotaciones a medida que Leila Pervani exponía una larga, complicada e intrigante historia cargada de posibilidades, intercalada con potenciales de ganancias inacabables, tachonada con relucientes gemas de datos verosímiles e identificables, y otros, ficticios, presentes en cada frase.
Tamar Sharadze no tardó en solicitar más papel.
—Ah, y algo más —añadió Leila Pervani mientras se levantaba para marcharse.
—¿Sí?
—Me tiene intrigada la proveniencia de esto.
Depositó un billete de banco recién impreso encima del escritorio.
—¿De dónde lo has sacado? —preguntó, con interés, Tamar Sharadze.
Le dio la vuelta. Era un billete de poco valor; el retrato de Mustafá Bey, recientemente aprobado para servir de emblema en sus negocios, resaltaba entre los arabescos caligráficos y decorativos.
—Me lo dieron de cambio cuando compré unos zapatos. Es nuevo, ¿verdad? Nunca había visto uno así.
Tamar Sharadze asintió, corriéndolo sobre la mesa.
—Consideramos que el sistema de cambio utilizado para la amplia gama de negocios de Mustafá Bey podía simplificarse y estandarizarse.
Cada vez resultaba más difícil mantener el control de transacciones efectuadas a diario mediante trueque, sin una tasa de cambio fija.
Estos métodos ya no funcionan hoy en día.
En vida de Mustafá Bey, las cosas eran diferentes, desde luego, pero ahora el mundo avanza hacia la modernidad y el dinero debe adaptarse al mismo ritmo.
—Lo han instaurado con gran rapidez.
—Ya hacía tiempo que se consideraba necesario un cambio de este tipo. Los preparativos ya se habían puesto en marcha antes de la infortunada muerte de Mustafá Bey.