El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 31. Negociantes #4
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31. Negociantes #4

—Pero ¿por qué debería permitirles hacer tal cosa?

—Muy sencillo —contestó Ionides—. Yo puedo mostrarle el único camino seguro que existe para atravesar el lago errático de Lop Nor.

—El lago errático… ¿Todavía cree la gente en esas cosas?

—Sí, y con motivos fundados. Cuando el río Tarim altera su curso, el lago cambia con él, puesto que el Tarim es su única fuente de abastecimiento.

La variación de lluvias de una estación a otra, los movimientos de tierra, el riego y otras actividades humanas azotan como un látigo el curso del río.

El lago viejo se filtra para dar lugar a otro, a medida que las corrientes cambiantes excavan nuevos canales.

El resultado es una región de salinas y pantanos, repentinas zonas de agua profunda, invisibles e insondables ciénagas.

Al viajero que intente cruzar la región del lago le conviene contar con un buen guía.

Yo opino, señor Delamare, que al rodear por este lado las montañas del Tian Shan ha condenado a su ejército a una mortífera marcha. Necesita un guía.

Antes de que lo mandara salir, Olivier Bonneville había advertido una extraña expresión en la cara de Delamare.

Había alterado los ojos, confiriéndoles un aspecto que había observado en más de una ocasión durante los días anteriores.

El cambio se había producido en cuanto había empezado a hablar el recién llegado.

Parecía como si aumentara el tamaño de los ojos, sin fruncir el entrecejo ni arquear las cejas.

Las pupilas se veían más oscuras y la córnea casi relucía.

Adquiría un aspecto casi inhumano, más semejante a una máscara o a la pintura realizada por un especialista clínico a fin de ilustrar un extremo de locura obsesiva.

A Bonneville lo tenía asombrado que pudiera presentar esa apariencia y mantener al mismo tiempo el control de su suave y ceremoniosa voz.

¿Acaso lo sabía y lo hacía a propósito para asustar y dominar?

¿O bien no sospechaba que su cara lo estaba delatando?

En cualquier caso, estaba mirando a Ionides con esa misma expresión.

Este, por su parte, lo observaba con interés, pero sin perder la calma, la frialdad y la desenvoltura. Transcurrieron unos segundos. Delamare desvió la mirada y, volviéndose hacia su escritorio, revolvió unos papeles. Una vez que hubo seleccionado uno, lo examinó, antes de dirigirse a Ionides.

—Acaba de pintar un panorama muy dramático, profesor Xenakis.

Oh, sí, sé quién es usted. ¿Por qué iba a creer que un matemático fracasado y aspirante a experto en el cultivo de rosas sería capaz de guiar a quien fuera a través de un territorio peligroso?

¿Incluso si exagerase los peligros con el fin de impresionar a los crédulos?

—En este mundo debemos aceptar ciertas cosas basándonos en la confianza —replicó Ionides—, y tal vez en los otros también.

La doctora Pervani y yo hemos atravesado varias veces la región de Lop Nor.

Yo dispongo de gráficos realizados en cada uno de esos viajes y de anotaciones precisas sobre la geomorfología de los variables cursos de agua.

Su alternativa a una marcha guiada por nosotros es un vagabundeo asediado por peligros constantes, por senderos inestables, entrelazados por cientos de arroyos que pueden cambiar de un momento a otro, que pasan de un insignificante arroyuelo en un lecho seco a un torrente desbocado, cargado de rocas y árboles arrancados de cuajo…

, todo en función de la lluvia que pueda haber caído varios días antes en montañas situadas a miles de kilómetros de distancia.

¿No ha oído hablar nunca del ejército del guerrero cimerio Skandar, que trató de invadir el Imperio Dorado pasando por Lop Nor?

Diez mil hombres fallecieron sin haber entrado siquiera en combate.

¿O del propio décimo quinto emperador Dorado, que condujo, con el mismo resultado catastrófico, a un vasto ejército a través de la región, con el objetivo de anexionar toda Zungaria?

Seguramente le advirtieron antes de adentrarse en las montañas del Tian Shan de los peligros que presentan los oghâb-gorgs , y usted escuchó, puesto que ha previsto un método de defensa frente a ellos.

Los generales sabios escuchan los consejos.

¿No piensa escuchar ahora, cuando lo avisamos sobre los riesgos que entraña Lop Nor?

Delamare sentía una incómoda ofuscación.

Su liderazgo al frente del Consejo Supremo se había visto coronado por éxitos sucesivos; la hazaña de reunir un ejército y desplazarlo hasta aquella remota región, sin apenas sufrir bajas, había suscitado orgullo en sus generales y confianza y ansias de conquista en sus soldados; a nivel consciente, el presidente se consideraba en posesión de un calmado dominio de los acontecimientos y una profunda claridad de propósito.

¿Por qué estaba entonces perturbado? No estaba tan solo perturbado: en el interior de su cabeza causaba estragos corrosivos algo peor, algo de dimensiones meteorológicas.

El motivo se hallaba en Lop Nor.

Había elegido aquella ruta porque estaba seguro de que los conduciría sin percance a Karamakán y el edificio rojo.

El panorama que le había pintado Ionides sobre la indómita variabilidad de la zona de Lop Nor había despertado diversos temores que había mantenido ocultos, embelesado con sus propios éxitos.

Sí, conocía las historias de aquellos ejércitos destruidos por los pantanos y arenas movedizas, pero se trataba de ejemplos de un torpe liderazgo.

Él se enorgullecía de su capacidad para discernir entre información e imaginación, y su olfato le decía que aquellas historias tenían todas las trazas de ser invenciones.

En la propuesta de aquel visitante había tan solo un fallo, una omisión.

—¿Por qué? —dijo—. ¿Por qué nos iban a ayudar a atravesar Lop Nor? ¿Qué saldrían ganando con ello?

—El acceso al edificio rojo —fue la escueta respuesta de Ionides—. Si vamos con ustedes, llegaremos allí. Si vamos por nuestra cuenta, no llegaremos, porque usted nos destruirá.

—Veo que habla en plural. ¿Se encuentra en las proximidades su compañera?

Ionides se limitó a esbozar una sonrisa.

—O sea, que se han separado formalmente de los hombres de las montañas.

—Tal como le he dicho, ellos buscan la destrucción y nosotros estamos comprometidos con la indagación —le recordó Ionides—.

Si, tal como parece, usted pretende conquistar en vez de limitarse a destruir, existe un pequeño margen de esperanza de que mi colega y yo dispongamos de un breve periodo de tiempo para entrar en el otro mundo y poner en claro las cosas sobre las que deseamos ampliar nuestro conocimiento, sin interferir en su camino.

Además, confío en que usted mismo encuentre quizá valiosos nuestros descubrimientos, o cuando menos interesantes.

—O sea, ¿que ustedes me acompañan a mí y a mi ejército a través de Lop Nor, a cambio de que les permitamos entrar en el edificio rojo para llevar a cabo su investigación sin interferir en nuestro proyecto?

—Exacto —confirmó Ionides.

—¿Y qué hay del regreso?

—Ah, de eso podemos encargarnos nosotros mismos.

En la tormenta que azotaba los pensamientos de Delamare apareció una pequeña franja de claridad y calma.

A fin de cuentas, siempre podría liquidar a aquel hombre y a la mujer cuando le conviniera.

Y nadie se iba a ofrecer para guiar un ejército en una región donde se exponían a hallar su propia muerte.

—Me parece que no le vendría mal un refrigerio —ofreció—. Podemos perfilar los detalles tomando una copa de Tokay. ¿Le apetece acompañarme?

—Es usted muy amable —repuso Ionides.

Delamare vertió en sendas copas el líquido dorado de la licorera que transportaba en el baúl de campaña.

—Ese joven —dijo Ionides, una vez que hubieron brindado—, su secretario o lo que sea.

—Olivier Bonneville. Ha dicho que lo conocía, ¿no?

—Hubo un malentendido por ambas partes, sin mayores consecuencias. ¿Cómo se convirtió en empleado suyo?

—Era el hijo de una prima mía viuda. Cuando esta murió, siendo él muy joven, por supuesto que lo acogí en mi casa. Le tengo mucho cariño. Diría incluso que lo quiero como a mi hijo.

—Es algo que los honra a ambos —elogió Ionides—. Es listo y decidido. ¿Sabía que se alojaba en la casa del nuncio en Alepo?

Delamare se limitó a observarlo, entornando un poco los ojos.

—¿Y sabe que Leila Pervani también se alojaba allí en ese mismo momento?

Delamare sonrió, con curiosidad.

—Si registra esta propiedad —prosiguió Ionides—, encontrará un pasaporte que pertenece a la doctora Pervani.

Se lo robó a ella. Me dijo que había quedado impresionada con su pericia.

—Dejó la copa de vino y se puso en pie—.

Ahora debo irme, mi querido monsieur le Président , con los deseos de que culmine a bien nuestra mutua colaboración.

Antes de marcharse, hizo una reverencia, con un toque de ironía que Delamare no logró captar del todo. En realidad, el presidente sentía como si lo hubieran enredado en una telaraña mientras estaba distraído, y aquella era una sensación a la que no estaba acostumbrado.