31. Negociantes #3
Dilyara encendió una cerilla. Aquel era sin duda uno de los antiguos laboratorios que habían quedado arrasados.
Con la luz de la pequeña llama, Pan advirtió no obstante que los bancos estaban despejados y que había una especie de aparato cubierto con una lámina.
Dilyara la retiró y él subió con un brinco para ver mejor.
—No hablar —le advirtió ella—. Te enseño algo de verdad.
Con movimientos rápidos y silenciosos, sacó una bandeja con alguna sustancia de un armario aislado. Tras ajustar la posición de varios soportes y láminas de vidrio, encendió una pequeña linterna ambárica y le indicó que se acercara.
Al agacharse delante, Pan vio los diminutos dardos de luz que ella había descubierto.
—¿Qué son…? —susurró.
Sin embargo, ella sacudió vigorosamente la cabeza.
—El doctor Bryn dice que es una cámara de niebla, pero esto son pequeños espíritus. Vienen del espacio. Ahora mira. Tienes que ser fuerte.
En el banco contiguo recogió algo de la longitud de su pulgar, envuelto en una cortina ajada.
Al destaparlo, mostró a Pan algo que le erizó la piel, presa de una profunda repugnancia: el cuerpo de una criatura parecida a un conejillo de Indias.
Al instante supo que era un daimonion. «¿El cadáver de un daimonion?
». ¿Cómo podía existir algo así? Era imposible.
No obstante, allí estaba, y ella lo sostenía con cuidado, con reverencia casi, pensó; en todo caso, con respeto.
Se dispuso a hablar, pero se contuvo. Ella colocó el daimonion muerto al lado de la cámara de niebla y, en el acto, las pequeñas chispas que se habían estado moviendo en todos los sentidos, conformando líneas rectas o suaves curvas, se desviaron de forma repentina y atravesaron precipitadamente el vidrio, como si reaccionaran con miedo o repulsa frente al daimonion muerto.
En el espacio penetraron nuevas chispas que de inmediato parecieron rebotar o incluso optar de forma consciente por no aproximarse a ese lado de la bandeja.
—¿Qué significado tiene? —susurró Pan.
Dilyara movió el daimonion y, poco a poco, casi como con cautela, las chispas reanudaron su entrecruzado vagabundeo.
—¿De quién…? —inquirió Pan, señalando el cadáver del daimonion.
Dilyara se encogió de hombros y lo volvió a envolver.
—De algún negociante. El doctor Bryn no sabe. Y ahora te vas, ¿entendido? Te marchas ahora mismo.
—Sí, de acuerdo. Gracias. Espero que el doctor Bryn se mejore pronto.
Mientras empezaba a guardar su aparato, Dilyara señaló hacia la esquina del laboratorio.
—Ve por ahí —dijo—. No te va a ver nadie.
Pan localizó un fragmento de pared derruida detrás de un armario, por el cual se introdujo para salir al pasillo.
Avanzando deprisa y en silencio, atento a posibles ruidos, atravesó el edificio en busca de una salida.
Aunque no vio ningún soldado, en un momento dado se encontró con un grupo de negociantes que se interponían a su paso.
Hablaban en ruso, de una manera que le llevó a pensar que se preparaban para una reunión.
Aguardaban de pie ante una amplia puerta doble, cargados con papeles, carpetas y maletines.
Extremó la precaución al acercarse, pero su experiencia fue similar a la de la noche anterior: nadie reparó en él.
Los daimonions, que permanecían pasivos, en bolsillos, posados en hombros o agazapados a sus pies, lo miraron furtivamente antes de desviar la vista en silencio.
Uno de los negociantes abrió la puerta y entonces todos entraron, dejando el pasillo vacío. Pan siguió adelante hasta encontrar una pared en ruinas, sobre cuyos ladrillos y vigas retorcidas trepó para salir al exterior.
Aspiró varias veces el aire de la mañana, impregnado de aromas del desierto. Allá en lo alto, un grifo surcaba el diáfano cielo azul volando en dirección al este.
Con el sol de la mañana que entraba por la puerta abierta de la tienda, Marcel Delamare se sentó frente al baúl de campaña de caoba que lo había acompañado durante todo el trayecto desde Ginebra.
Se trataba de un bonito mueble que contaba, además de cajones para su ropa, de un escritorio con un espejo adosado y otros cajones más pequeños para guardar plumas, tinta, documentos, medicinas, dinero o agua de colonia.
Lo transportaban dentro de una caja de embalaje que, para levantarla, exigía la participación de dos hombres vigorosos.
Olivier Bonneville permanecía de pie cerca de él.
Con gusto se habría sentado, de no haber sido porque la única silla de más estaba ocupada por Abdel Ionides.
Delamare tenía una expresión inescrutable en la que se percibía, no obstante, un atisbo de cautela.
Bonneville, por su parte, se veía demacrado y no paraba de mover los pies.
—¿Y qué es lo que ofrecen ustedes? —preguntó Delamare.
—Colaboración —repuso Ionides—. Es algo que ya solicitó en Constantinopla a mis compañeros, tal como seguro recordará.
Escuchamos su propuesta, pero no tuvimos más noticias por su lado.
Las circunstancias han cambiado ahora y es posible que su perspectiva personal se haya alterado también.
Si compartimos conocimiento y recursos, tendremos mejores posibilidades de hacer frente a este fenómeno.
—No necesito su conocimiento, ni tampoco su ayuda —replicó Delamare—, y en cuanto a los recursos, no parece que cuenten más que con una pandilla de luchadores medio salvajes y unas cuantas armas anticuadas y en dudoso estado.
Y, a propósito, ¿a qué se refieren con lo de este fenómeno? ¿De qué fenómeno habla?
—Del polvo, de la partícula de Rusakov y de su campo.
—Pues verá, en ese sentido también estamos más adelantados que ustedes. Ya lo comprendemos y lo que vamos a hacer es destruirlo.
—¿Qué entienden al respecto? —inquirió Ionides.
Delamare estaba intrigado con ese hombre: parecía un mendigo, pero hablaba como un erudito y hacía gala de un grado de confianza inquebrantable.
No costaba creer que se tratase del portavoz de los hombres de las montañas, aunque le pareciera una lástima que no fuese aquella mujer, Pervani, la que hubiera acudido a parlamentar en vez de él.
—Entendemos lo suficiente como para saber más de lo que sabíamos antes —respondió Delamare—.
Creíamos que el comercio podía mantenerse bajo control, pero las circunstancias se han alterado y ahora tenemos la certeza de que, por el bien de la humanidad, hay que destruir todo cuanto tenga algo que ver con él.
—Comprendo —dijo Ionides.
—Y ustedes tienen, según creo, parecidas reticencias…, digamos doctrinales…, en torno al asunto.
—Por lo que tengo entendido, usted se propone efectuar de entrada una voladura de la abertura por la que se había llevado a cabo durante muchos siglos el comercio de las rosas. Para tal efecto disponen de un nuevo tipo de bomba. ¿Me equivoco?
Delamare no respondió, ni con gestos ni con palabras.
—Entonces estoy en lo cierto —infirió Ionides—. Cabría plantearse, si ese es su único objetivo, por qué razón ha reunido todo un ejército e invadido un continente. Cabría pensar que tiene in mente algo más que cerrar un mero agujero.
Delamare era consciente de que Olivier Bonneville aún se hallaba cerca, escuchándolos. El muchacho tenía las mejillas rojas, aunque Delamare no logró discernir si era porque estaba cansado o abochornado.
—Olivier, ve a esperar a que el general Pollock termine el informe que está redactando —dijo el presidente—. Después ve a tu tienda y haz un resumen de este en el lateral de una hoja y tráemelo, junto con el informe completo.
Bonneville tragó saliva y salió sin pronunciar ni una palabra, y Delamare volvió a centrar la atención en Ionides.
—¿De qué conoce a este joven? —preguntó.
—Nos conocimos cerca de Alepo. Tuvimos un leve malentendido, que al final resolvimos de mutuo acuerdo. No lo había vuelto a ver desde entonces. Permítame, señor presidente, que le repita la pregunta: ¿por qué ha reunido un ejército tan amplio como para invadir otro mundo?
—Para gloria de la Autoridad. ¿Por qué habla de «otro mundo»?
—¿Podemos hablar con franqueza? Usted sabe tan bien como yo que esas aberturas comunican con otros mundos.
Quiere cerrarlas de manera definitiva, porque tiene, según la expresión que acaba de emplear, reticencias doctrinales respecto a estas cuestiones.
Lo que no entiendo es que lleve un ejército para hacer eso, cuando un pelotón de soldados podría haberse ocupado con una sola bomba.
El único motivo posible para su expedición es invadir el otro mundo a través de esa abertura en concreto.
Para que quede claro, me refiero al mundo de donde provienen las rosas.
—¿Y a usted en qué le incumbe? —inquirió Delamare.
—Tengo una colega, la doctora Leila Pervani, con quien llevé a cabo investigaciones en torno a las rosas y el aceite extraído de ellas.
Nuestro interés por las rosas se asienta en motivos de teología experimental, o de ciencia, como lo llaman ahora.
Hemos aprovechado la oportunidad de hablar francamente con usted, cosa que merecerá su respeto, puesto que nuestros amigos tienen un punto de vista diferente.
Ellos quieren, por motivos que ellos consideran loables, cerrar de forma definitiva la abertura hacia ese mundo, tal como usted afirma pretender.
A ellos no les interesa la exploración, ni los descubrimientos, ni la indagación, ni nada que tenga que ver con la ciencia. A nosotros sí.
Delamare se apoyó en el respaldo. Aquello era lo último que esperaba oír de boca de aquel hombre. Se quedó observando, ceñudo, a Ionides, aunque sin decir nada.
—He venido a verlo, monsieur le Président , para pedirle algo muy sencillo.
Mi colega y yo queremos entrar en ese otro mundo sin que usted nos lo impida.
Eso es todo. Una vez que hayamos pasado a través de la abertura, nos mantendremos al margen de lo que usted haga, concentrándonos en nuestros propios intereses.