El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 31. Negociantes #2
83%

31. Negociantes #2

El joven de la barra alteró un poco la postura y se sirvió otra taza de café.

Su daimonion, una especie de terrier pequeño, permanecía ovillado a sus pies, en apariencia dormido.

Las otras personas siguieron conversando, por lo general en italiano, una lengua que Pan comprendía un poco.

Hablaban de dinero o de bancos, y de una nueva clase de dinero que facilitaba el comercio.

Pan dirigió la vista hacia el brazo del sillón, donde permanecía acostado, dormido también, el daimonion lagarto de la mujer mayor.

Se mantuvo atento por si el daimonion se movía, aunque fuera un poco, pero no atisbó nada.

Luego todos pusieron fin a la conversación y entonces vio algo que no había presenciado jamás: la mujer recuperó un bolso, cogió al daimonion como si cogiera un mero pañuelo y lo dejó caer con descuido en el interior del bolso, para después cerrarlo antes de ponerse en pie.

Pan observó con repulsión el daimonion, que parecía igual de flácido e inconsistente que un gusano muerto.

La mujer se levantó, le dijo ciao al hombre y se fue.

Pan ya había visto lo suficiente. Quería localizar a Cariad, quería hablar con Strauss y quería reflexionar sobre lo que había visto y oído; ante todo, ansiaba hablar con Lyra.

No, no solo eso: anhelaba abrazarse a ella, sentir los latidos de su corazón y disfrutar de la calidez de la sangre que fluía bajo su piel.

Su mayor temor era verla como la mujer de la chaqueta, completamente indiferente respecto a su daimonion, respecto a él. ¿Cómo podría soportarlo? ¿Cómo podría soportarlo ella? Quería avisarla, decirle que allí ocurría algo fuera de lo normal.

Se marchó con sigilo de la sala iluminada. No vio a Cariad por ninguna parte. De todos modos, estaba demasiado perturbado como para buscarlo. Lo único que deseaba era esconderse, de modo que se acurrucó a dormir debajo de unas escaleras.

Lo despertó un estruendo de puertas aporreadas y de pasos vigorosos. Por el momento estaba a salvo en su escondite bajo las escaleras, aunque probablemente no por mucho tiempo. Escabulléndose lo más posible entre la oscuridad, observó los pies que se acercaban.

Eran unos pies de soldados, calzados con botas y vestidos con uniformes de camuflaje color arena. Sonaron unos gritos en francés, en alemán, en tayiko y también en inglés.

—¡Salgan para que los veamos! ¡Somos militares!

Alguien entreabrió con cautela una puerta.

Desde su posición, Pan vio una mujer que podría haber sido la señora de la limpieza, Dilyara.

Tras asomarse, atemorizada, retrocedió y cerró la puerta en silencio.

Pan exhaló una maldición: de haber estado más atento, se habría precipitado para entrar por ella.

Cariad debía de estar allí dentro con la mujer y Strauss.

Podrían haber hablado de lo que cabía hacer.

Ahora los soldados avanzaban por el pasillo, gritando y golpeando todas las puertas con las culatas de los rifles.

Entonces alguien abrió otra puerta, pero no con cautela, ni tampoco con ira. La mujer que salió era la mayor de las dos a quienes había oído hablar esa noche, la que había cogido con tan poco miramiento a su daimonion. Vestía camisa y pantalones caqui y llevaba un elegante corte de pelo.

—¿Quién es usted? —le preguntó en francés al soldado que se disponía a descargar la culata del rifle contra su puerta.

—Magisterio. Salga.

—No, no quiero. Me quedaré aquí hasta que me parezca. ¿Quién es el oficial de mando?

—Eso no es asunto suyo. Haga lo que le digo.

Pan se quedó impresionado por la calmada confianza de la mujer. Mientras que el soldado parecía incapaz de hablar de no ser a gritos, ella hacía gala del mismo tono pausado que había usado en la zona del café, combinado con una actitud distante y formal.

—No. Necesito que me den una explicación de quiénes son ustedes y por qué están aquí. Usted es solo un sargento y quiero hablar con un oficial —reclamó, cruzándose de brazos, sin el menor asomo de duda en el semblante.

Al sargento se le habían unido dos soldados más, que parecían desconcertados ante la constatación de que no podían dominarla. Uno de ellos le dirigió una mirada de interrogación.

—No pienso quedarme aquí plantado discutiendo con usted —declaró el sargento, tratando de adoptar un tono amenazador.

—Muy bien. En cuanto salga del medio, yo podré continuar con mi trabajo.

—¿Qué trabajo?

—Negocios. Financiación de obras.

—¿Dónde está su jefe? —preguntó con perplejidad el sargento, tras una pausa que resultó más larga de lo normal.

—Yo soy el jefe.

—Vaya a presentarse al capitán Schalken. Es el oficial que está al mando.

—¿Que yo me presente a él? Me parece que es él el que tiene que venir a informarme a mí.

El daimonion del sargento, un terrier con orejas y cola gachas, que había estado gruñendo casi de forma inaudible, agazapado detrás de sus piernas, soltó un breve y fiero ladrido, y él apoyó la mano en su cabeza para calmarlo.

Sin prestarle la menor atención, la mujer siguió mirando de hito en hito al sargento.

Pan pensó en su daimonion, desfallecido en el interior del bolso que llevaba colgado del hombro, tal vez dormido, paralizado o muerto…

No, esa mujer no tenía miedo de nada, y el sargento lo sabía.

Por ello se apartó sin pronunciar ni una palabra y la dejó salir tranquilamente al pasillo.

—Vamos, sigamos. Acabemos de una vez —espetó a los dos soldados.

Estos siguieron avanzando, impasibles, por el pasillo, aporreando las puertas y gritando para que sus ocupantes salieran y se identificaran. Puesto que no apareció nadie, pronto llegaron a la esquina y se perdieron de vista.

Pan salió corriendo de su escondrijo para ir a raspar con insistencia la puerta de Dilyara. Oyó voces y, al cabo de un momento, se abrió un resquicio por el que se coló a toda velocidad antes de que la mujer pudiera cerrar.

—¿Cariad? —dijo en voz baja.

—¡No! ¡Márchate! —replicó ella.

Aún tenía la mano en la puerta, desconcertada.

Cariad estaba acostado en un montón de mantas que había en la esquina, junto a un hombre que parecía casi muerto de hambre y de agotamiento.

Cariad se apretaba contra su cuello. Dilyara cerró la puerta y se fue a colocar, con actitud protectora, al lado del hombre.

Su daimonion permanecía temblando junto a sus tobillos.

—Cariad —susurró el hombre—. No te asustes ahora.

—¿Quién es este daimonion? —dijo Dilyara.

—Me llamo Pan —se presentó él, procurando transmitir calma en su voz—. Mi persona está de camino hacia aquí. Cariad, explícales lo que te conté anoche. Quiero saber qué hay dentro del edificio rojo.

—¿De dónde eres? —preguntó el hombre, con voz débil y carrasposa.

—De Brytania. De Oxford. Cariad se lo confirmará. Ustedes estuvieron dentro del edificio rojo y quiero saber qué encontraron allí.

Dilyara se sentó en el suelo y ayudó al hombre a incorporarse un poco. Le cogió la mano y él se aferró a la suya.

—No vayas allí —le dijo—. Es un lugar terrible. Hay allí una enfermedad, una especie de plaga. Quien entra allí se ve infectado. Nosotros no tardaremos en morir. Salí para poder avisar al mundo de ello, pero ahora creo que nunca me podré ir de Tashbulak.

—Ese mundo no fue siempre así, ¿verdad? —consultó Pan.

—Lo de antes no lo sé, pero sí lo de ahora. Es un lugar totalmente distinto de lo que… Dile a tu persona que no vaya nunca allí y que informe a este mundo de aquí, nuestro mundo, de esa plaga. Lo único seguro y prudente es no acercarse allí.

—Esa plaga, ¿se ha expandido solo dentro del edificio rojo o por todas partes?

—Ni por mucho que…

Se le quebró la voz y cayó presa de un ataque de tos seca que parecía lacerarle los pulmones. Cariad lloraba. Dilyara le apartó el pelo húmedo de la cara.

—No se esfuerce… —dijo Pan con impotencia, pues se sentía incapaz de hacer nada. El daimonion zorro de la mujer ya estaba consolando a Cariad—. Pero cualquier cosa que pueda decirme…

—El doctor Bryn está demasiado cansado. Ahora lo dejas en paz.

—¿Cuánto tiempo… lleva el doctor Brynmor aquí? ¿Cuándo regresó?

—Tres días.

Dilyara volvió a centrar la atención en Strauss, cuya tos había dado paso a una respiración rasposa y anhelante, y le acarició la frente. Le murmuró algo en su propia lengua y, con los ojos cerrados, él logró asentir con la cabeza.

—Cariad… ¿Puedo hablar contigo? —pidió Pan.

—¡Déjanos tranquilos! ¡Vete! No está bien, no está nada bien…, lo estás empeorando todo. ¡Márchate! ¡Por favor!

—Quiero proteger a mi persona. Va a venir a reunirse conmigo. Si entra en el edificio rojo…

—¡No la dejes!

—¿Qué pasaría?

—Se pondrá como Brynmor.

—Es decir, que la enfermedad…, o lo que sea…, ¿afecta a las personas, pero no a los daimonions?

—A ambos, aunque tal vez lo haga de manera diferente. ¿Crees que yo no estoy afectado?

—No, no, no —respondió—. Es que estoy bastante confuso. Perdona. Os pido disculpas a todos. Solo trato de entenderlo, pero ya me voy.

Cariad se acercó a la cabeza de Strauss y se puso a acariciarle el cabello húmedo, sin dejar de mirar con animosidad a Pan. Dilyara, por su parte, lo observaba con expresión inescrutable.

—Eh, tú, daimonion —le dijo entonces—. ¿Cómo te llamas?

—Pan.

—Pan, ven conmigo. Te voy a enseñar algo de verdad.

Brynmor asintió débilmente y Cariad quedó igual de sorprendido que Pan. Dilyara se puso en pie, con la especie de mansa dignidad que impregnaba todos sus movimientos. Con un creciente sentimiento de admiración por ella, Pan la siguió hasta el pasillo.

La mujer recorrió de puntillas un breve trecho, sin hacer el menor ruido, escuchando al llegar a una esquina.

Pan corrió tras ella y, junto al daimonion zorro, se coló por la puerta que abrió.

Esta daba a una estancia dotada de recias persianas en las ventanas.

Cuando cerró la puerta, quedaron en una oscuridad casi completa.