El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 31. Negociantes
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31. Negociantes

C ariad condujo a Pan a un lugar del centro de investigación donde se había derrumbado una pared.

Dilyara había empezado a despejar los cascotes, pero buena parte del material era demasiado pesado para ella.

Los dos daimonions treparon sobre las vigas de acero torcidas, el yeso desmigado y los vidrios rotos.

Después Pan siguió a Cariad por un pasillo limpio y ordenado, hasta llegar a una puerta que daba a una habitación iluminada.

—Esperaremos aquí —susurró Cariad—. Escucharemos para ver si allí dentro están Brynmor o Dilyara. Ella cuida de este lugar. Brynmor se fía de ella.

Se agazaparon junto a la pared contigua a la puerta.

En la sala había gente hablando, no con afán, ni con la relajación con la que charlan los amigos después de disfrutar de una buena cena, sino con una seriedad profesional que no dejaba de ser distendida.

Pan así lo percibió, pese a no reconocer el idioma en que hablaban.

De pronto cambiaron de lengua y continuaron en inglés: tres voces de hombre y dos de mujer.

—El lago es el principal obstáculo —dijo un joven.

—¿Lop Nor? No —discrepó una mujer—. Fíjate en lo que está pasando en el mar de Aral. Con un simple drenaje se puede eliminar. Piensa en cómo construyeron el canal de Suez.

—No veo en qué se parecen. Ante todo…

—Establecer en primer lugar la cadena de suministro para el combustible y demás —intervino otro hombre—. ¿Es eso a lo que te refieres, Petra?

—Exacto.

—Pero no es posible planificar ninguna infraestructura si el propio suelo se altera.

—Creo que eso del terreno errático es más bien un mito —intervino una mujer más joven.

—Aun así, deberíamos estabilizar el suelo…

—Lo cual es factible. Lo más importante, desde mi punto de vista, es la necesidad de disponer de puntos de abastecimiento de combustible en el eslabón principal.

—Y esta gente…, ¿de dónde es? —le susurró Pan a Cariad.

—De Cathay, puede… y de otros sitios.

—¿Han venido del edificio rojo?

Pero Cariad ya se había puesto en marcha.

Tras cruzar despacio el umbral de la puerta, se detuvo a mirar antes de proseguir.

Como nadie dio señales de advertir su presencia, Pan se paró allí a su vez y vio a los tres hombres, de entre veinte y cuarenta años, y a una mujer mayor y otra más joven que parecía de la edad de Lyra.

Estaban sentados o apoyados en actitud desenfadada en un mostrador donde había una máquina de café.

Tenían la atención centrada tan solo entre sí, y no se percataban de lo que pudiera ocurrir en la zona de la puerta.

Reparó asimismo en sus daimonions, que permanecían posados o sentados en silencio, con aire sumiso y discreto.

Se volvió hacia Cariad, pero este ya había desaparecido. Siguió adelante, maldiciéndose a sí mismo. Aquellos daimonions tenían algo raro, que habría querido comentar con Cariad. Parecía como si estuvieran dormidos o drogados.

Avanzó con sumo cuidado hacia el interior de la sala. Nadie le prestó atención. Era como si fuera invisible.

—… pero pensando más a lo grande —dijo uno de los varones—, ya sé que nuestro principal reto consiste en el proyecto de la Gran Carretera, pero no hay motivo para que gran parte de los principales problemas que presenta no queden resueltos con la construcción de un canal.

Disponemos de un buen aporte de agua que baja de las montañas antes de que la arena la absorba.

—Si se canalizara toda… —abundó la joven.

La otra mujer dijo algo en árabe y la conversación prosiguió en dicha lengua. Pan se adentró cautelosamente en la habitación. Uno de los hombres movió un poco la cabeza para mirarlo y él se quedó paralizado. No obstante, el individuo volvió a enfrascarse en la conversación, sin reparar en nada.

Pan miró en torno a sí. Aquella estancia parecía una especie de salita o de área recreativa, una zona donde el personal podía tomar café, un bocadillo o jugar a las cartas durante una pausa de trabajo.

Aunque había desorden, estaba bastante limpia: tal vez fuera uno de los espacios de los que se ocupaba Dilyara.

Advirtió un reloj ambárico colgado de la pared y luego otros más.

Había cinco en total, que mostraban la hora en diferentes lugares.

Calculó que allí en Tashbulak debían de ser las nueve o las diez de la noche.

Era una hora un tanto extravagante para efectuar una pausa en la jornada laboral, a menos que esta se ciñese a la franja horaria correspondiente a Europa occidental, tal como reflejaba uno de los relojes.

Pan observó los daimonions de las personas que hablaban.

Un gorrión, un perro pequeño, un ave chochín, un lagarto y un pequeño roedor de alguna especie, tal vez un ratón.

Estaban posados o tendidos, en apariencia dormidos.

Sus personas nunca les dirigían la palabra, y los daimonions no formulaban ningún comentario ni pregunta.

Pan jamás había visto una concentración de ese tipo.

En condiciones normales, los daimonions se habrían mantenido despiertos y animados, interesados en participar en la charla y las interacciones.

Así funcionaban las cosas, siempre y en todas partes.

Excepto —tal como recordó con una sacudida que lo desestabilizó— en aquel horrendo lugar de Bolvangar, situado en el remoto Ártico, hasta donde habían ido él y Lyra a fin de rescatar a su amigo Roger, hacía muchos años.

Las enfermeras que cuidaban de los niños secuestrados tenían daimonions que, en lugar de comportarse de manera acorde a las personas de las que formaban parte, parecían más bien perros o muñecos mecánicos, o animalillos de compañía.

Él y Lyra se habían librado in extremis de verse separados mediante la guillotina de plata, que escindía a los niños de sus daimonions.

Aquel había sido el peor momento de sus vidas.

Las enfermeras debían de haber sido sometidas, en su opinión, al mismo tipo de operación, pues sus daimonions eran demasiado dóciles y no acababan de parecer reales del todo.

¿A aquellas personas las habrían escindido por la fuerza tal como hacían en Bolvangar?

Aquel chochín lo miraba, no obstante, con una especie de leve curiosidad, y ese perro, echado a los pies del joven arrimado a la barra, tenía la oreja erguida cuando Pan entró, pese a no haber abierto los ojos.

Estaban atentos a lo que hacía la gente, aunque de forma discreta, furtiva incluso.

Lo raro era que las personas no parecían ser conscientes de su existencia.

El daimonion ratón se encontraba en el bolsillo de la chaqueta azul que la joven había dejado en el respaldo de la silla.

Al abrir los ojos, cruzó la mirada con Pan y los cerró de inmediato, como el niño que cree que, si no puede ver, los demás tampoco pueden verlo.

Pan se planteó si los daimonions podrían hablar entre sí o si eran invisibles los unos para los otros, si él era el único ser presente allí capaz de verlos.

Siguió hacia el interior de la sala, y se acercó al daimonion ratón metido en el bolsillo de la chaqueta azul.

Las personas seguían charlando, pasando de una lengua a otra a tenor de las intervenciones de unos y otros.

Hablaban con fluidez y parecían desenvolverse sin problemas en los diversos idiomas que utilizaban.

Pan se detuvo debajo de la chaqueta, que estaba colgada al desgaire sobre el respaldo de la silla de su propietaria, y volvió a mirar al daimonion.

Los relucientes ojillos del ratón seguían cerrados.

—Yo me llamo Pan —susurró—. ¿Me oyes?

—No sé —musitó el daimonion.

—¿Cómo que no lo sabes? Si has respondido a la pregunta, es porque me oyes. ¿Cómo te llamas?

—No lo sé. Antes tenía nombre, pero se perdió.

—¿Ella no habla contigo?

Levantó la vista hacia la joven, que hablaba de cuestiones de tipo financiero o algo por el estilo; Pan no podía seguir el hilo de lo que decía. El daimonion ratón trató de escabullirse en el interior del bolsillo.

—Sé que me oyes —susurró Pan—. De lo que ya no estoy tan seguro es de si ella me oye. ¿Es así?

—No lo sé. Es difícil.

Parecía como si al pequeño daimonion lo atemorizara todo y lo único que deseaba fuera ser invisible.

—No parece que me oiga —dijo Pan—, ni ella ni los demás. Ni que me vean tampoco.

—Sí ven y oyen, pero no se dan cuenta.

—¿Y tú? ¿Tú ves a los otros daimonions que hay aquí?

—Es difícil.

—Pero sí me ves, ¿no? O me verías, si mirases. ¿Por qué no quieres hablar?

—Es que nunca hablamos.

—¿Quiénes? ¿Los daimonions o tú con tu persona?

—Ni con unos ni con otros, me parece.

—¿Nunca hablas con otro daimonion?

—No está bien.

—¿Quién te dijo que no está bien?

—Es que nunca hablamos.

—¿De dónde sois? ¿Habéis salido del edificio rojo?

El daimonion ratón se encogió aún más, abrumado por un evidente miedo y angustia.

Entonces a Pan se le ocurrió algo.

—¿Estáis escindidos?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes? ¿Sabes… a lo que me refiero con lo de escindidos?

—No, no, no. No quiero…

—¿O quizá provenís de un mundo distinto?

—Márchate, por favor. Esto da mucho miedo.

—Bueno… No era mi intención asustarte. Perdona. Si te vuelvo a ver, haré como que no te he visto.

Él mismo sentía cierto temor. El abyecto estado de ese daimonion tenía algo repulsivo, que a un tiempo movía a compasión.

Mientras se planteaba la posibilidad de dirigirse a otro, la joven corrió la silla y se levantó, como si se hubiera acabado su rato de descanso.

Dos de los demás miembros del grupo empezaron a alejarse junto con ella, dejando solos a la mujer mayor y al individuo acodado en la barra.

Pan esperó para ver si el daimonion ratón se despedía de él, pero en ningún momento asomó la cabeza del bolsillo de la chaqueta cuando la mujer se la colocó sobre los hombros, y después ambos se fueron.