El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 30. Él es más joven que tú #4
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30. Él es más joven que tú #4

Dispensándole una cálida sonrisa y una amistosa palmada en el hombro, Ionides se incorporó en silencio y apagó la linterna.

—Ah, otra cosa —añadió—. Hace tiempo que sigues a la señorita Plata en busca de venganza por tu padre, pero tienes que profundizar más, amigo mío. Pregúntale a tu aletiómetro quién mandó a tu padre a la cárcel. Pregunta por qué. Hay muchas cosas que ignoras.

Dejó caer en el regazo de Bonneville un objeto pequeño y pesado. Este identificó, a tientas, una navaja.

—Escóndela bien. Está muy afilada —advirtió Ionides, antes de desaparecer en medio de la oscuridad.

Bonneville se estremeció sintiendo una gélida corriente de aire. Anhelaba volver a quedarse dormido, pero el rostro perfecto de la mujer y la cara demoniaca de Ionides no le dejaban otra opción. Dejó escapar sin querer un quedo sollozo, que reprimió en el acto. No tenía alternativa.

El mensaje que Hannah Relf había confiado a Alice para que lo transmitiera al joven de la casa de Battersea contenía en clave una serie de complejas instrucciones que condujeron, al cabo de varios días, a una llamada en la puerta de Hannah.

Estaba oscuro y llovía. La persona que se presentó en el umbral iba envuelta en una capa y cargaba un pesado hatillo. Hannah se apresuró a dejarla entrar y miró a ambos lados de la calle de casas adosadas antes de cerrar la puerta.

—¡Glenys! —exclamó en voz baja.

Glenys Godwin se bajó la capucha y luego dejó el fardo en el suelo antes de sacudir la capa, proyectando salpicaduras de lluvia por toda la alfombra y las paredes.

—Perdón —se disculpó.

Desde su hatillo brotó un fantasmagórico susurro.

—¿Me puedes dejar salir? —dijo.

—Perdona, Meurig.

Glenys desenvolvió el fardo y sacó a su daimonion, la civeta paralítica.

—Da igual que se moje —dijo Hannah, cogiendo la capa para colgarla en el perchero—. Pasa, pasa. ¿Tienes frío?

—Sí. Tengo frío, hambre y estoy cansada.

—Te prepararé café y huevos revueltos. Siéntate al lado del fuego y caliéntate. Después quiero que me lo cuentes todo. Ah, hay whisky en el armario.

«Parece enferma», pensó Hannah mientras batía los huevos.

Su daimonion se sentó junto al de Glenys, y ambos se pusieron a conversar en voz baja.

Dado que la cocina comunicaba directamente con el comedor, las dos mujeres se hallaban cerca de sus daimonions.

Glenys cogió la botella de whisky y un vaso, y se acercó a hablar con Hannah mientras esta ponía a hervir el agua.

—¿Has venido en tren?

—No, creo que tienen vigiladas todas las estaciones. He cogido el autocar hasta Basingstoke y después otro desde allí.

—Un viaje largo.

—Qué más da. Gracias por lo de Kilkenny. Mi contacto de Battersea quedó impresionado con tu mensajera.

—Es una joven muy espabilada. Escapó de un campo de tránsito, o comoquiera que lo llamen, situado en algún punto del valle del Támesis.

—¿Por qué la pusieron allí?

—Fue cuando la gran redada que hicieron durante la primera oleada de sospechas, ¿recuerdas? Se llevaron a mucha gente de manera indiscriminada. Ella consiguió huir y volver a Oxford, pero después pensó que estaría más segura en Londres. Y tal vez tuviese razón. Trabaja como doncella en el Savoy.

—En todo caso, ejecutó bien el recado. ¿La vas a volver a utilizar?

—Sí, creo que sí. ¿Cómo te gustan los huevos?

—Más bien melosos.

—Entonces ya están listos. ¿Puedes poner el agua en el café?

Se instalaron en la pequeña mesa de la cocina. Aunque se conocían desde hacía mucho tiempo, nunca habían sido amigas íntimas, pues al tener diferentes áreas de actividad, se veían raras veces.

—En la cárcel no escuché ninguna noticia y, desde que me dejaron salir, solo he leído un periódico. ¿Qué está pasando? —preguntó Glenys.

Hannah le hizo un resumen de los acontecimientos políticos que habían tenido lugar desde su detención.

Mientras exponía los cambios de gobierno, la reorganización de la administración, la asunción de poderes justificados por una situación de emergencia, la violenta represión de huelgas y manifestaciones, la misma Hannah tomó conciencia del extremo grado de turbulencia que se había adueñado del país.

—La monetización… —dijo, antes de que la interrumpiera Glenys.

—¿El qué?

—La forma en que algunos colegios y facultades más pobres han empezado a ponerse en contacto con corporaciones o empresas. Ya están incluso hablando de conceder derechos para nombres, como, por ejemplo, los de los equipos de fútbol.

—¿Qué, como por ejemplo el Anglo-Oil Balliol?

—Todavía no, pero ya llegará, con la corrupción rampante que se instaura.

—Ese es uno de los aspectos que le encargué investigar a Polstead.

—Pero lo peor de todo —prosiguió Hannah— es la pérdida de credibilidad de todo tipo de periódicos y revistas…

Oímos rumores que no podemos comprobar; oímos a través de una tercera vía que se han producido disturbios en las grandes ciudades, sin que nadie sepa por qué motivo; ni siquiera sabemos si el Gobierno se mantiene todavía en pie.

Ayer mismo corrieron rumores de que todos los ministros habían dimitido y nombrado a un protector, y que el rey estaba detenido, pero desde entonces no he vuelto a oír nada. ¿Qué decía ese periódico que leíste?

—Nada en absoluto que mereciera la pena o tuviera un ápice de verdad. No había más que juegos de adivinanzas con grandes premios, noticias de lotería y fotos de actrices famosas. En todo caso, no ponía nada sobre la dimisión de los miembros del Gobierno.

—¿Cómo te trataron en la cárcel?

—¿Sabías que tienen apartamentos especiales reservados para quienes los pueden pagar?

—¡Ah, no! ¿Y desde cuándo ocurre eso?

—Desde hace poco. A uno le dan un apartamento de dos celdas, con comida decente, muebles acogedores y acceso privilegiado a visitas y correo.

—¿A ti te ofrecieron uno?

—No. Yo entro en una categoría diferente, la de enemigo del Estado, según ellos.

Teníamos que compartir celda con presos condenados por actos de violencia.

Menos mal que había practicado técnicas de combate.

No he podido hablar con nadie, claro está, y necesito que me informes de cuanto hayas averiguado sobre las actividades que lleva a cabo el ejército en Asia Central.

Me consta que algunos servicios de inteligencia del extranjero aún se mantienen activos y eficaces.

¿Está alguien de Oxford al corriente de lo que ocurre fuera de Europa?

—Sí, pero las noticias llegan despacio y de manera incompleta.

Buena parte del tráfico habitual de mercancías se ha visto alterado e interrumpido, creo que a raíz del asesinato de un mercader sirio.

Era un hombre que controlaba una extensa red no solo comercial, sino de comunicación.

Ese suceso provocó una especie de estancamiento.

Lo último que he escuchado sobre Delamare y su expedición para conquistar el Este…

—¿Así es como se refiere la gente a eso?

—Los historiadores aprecian más esa frase que los analistas políticos. El caso es que, según lo último que escuché, ha salido con su ejército de las montañas del Tian Shan y ha seguido en dirección sur hacia Lop Nor.

—Para cruzar justo por el célebre lago errático. ¡Pero qué barbaridad! ¿A qué diantres está jugando?

—No lo sé. En todo caso, la noticia principal proveniente de Asia Central es la extraordinaria velocidad con que se llevan a cabo planes de infraestructuras originados en Cathay y otros lugares.

Moscovia también está implicada, así como determinadas empresas de Europa y Nueva Dinamarca.

El hombre que me ha explicado esto es economista.

Según él, esto es lo más importante que ocurre en el plano general; en comparación con eso, Delamare y sus diez mil hombres no son nada.

Hannah volvió a llenar su vaso y el de Glenys.

—Es bien interesante —comentó esta—. Recuerdo que ya advertí ciertos indicios antes de que me detuvieran. ¿Y qué es lo que están construyendo concretamente?

—Carreteras, canales, vías de ferrocarril, pistas de aterrizaje para tráfico aéreo… Mi amigo economista cree que disponen además de algún tipo de técnica de comunicación instantánea a larga distancia.

—¡Vaya! —exclamó Glenys—. Yo misma podría intervenir en ese sentido si no me expusiera a ser detenida. ¿Has tenido alguna noticia de Polstead o de esa joven?

—No, y eso me preocupa. Creía que disponías de algún medio para comunicarte directamente con Malcolm.

—Ya no. Como sabía que me iban a detener, conseguí enviar mi mitad del sistema de comunicación a esa chica, Lenguadeplata, por medio del mercader al que asesinaron. No sé si lo llegó a recibir, pero para mí ya no tenía utilidad.

—Bueno, por ahora no puedes ir a ninguna parte —constató Hannah, después de tomar un trago de whisky—.

Puedes quedarte aquí, si quieres. Si no, conozco un lugar situado cerca de la ciudad donde estarías a salvo: la posada de los padres de Malcolm Polstead.

Son totalmente de fiar. Aunque no… Un momento…

El ejército ha ocupado Port Meadow y están requisando propiedades de toda la zona… Mejor será no acercarse por allí.

—En realidad, estoy libre legalmente, gracias a Kilkenny, pero aún figuro en una lista de personas buscadas.

A estas alturas, se les habrá ocurrido otras acusaciones y habrán amañado pruebas.

Conozco la Trucha. Estuve allí hace mucho, con Tom Nugent.

Ya encontraré algún sitio seguro. Esta noche, de todas formas, me vendría bien una cama y un baño caliente.

La noche anterior la pasé en un bosque cerca de Hounslow.

—Pues tienes muy buen aspecto para eso. ¿Necesitas más ropa? Mañana por la mañana puedo salir a comprarla un momento.

—Sí que necesito, sí. Gracias. Me alegro mucho de que estuvieras en casa esta tarde, Hannah.

—Te iré a preparar la cama y después nos tomaremos otra copa.

—Perfecto. Así me seguirás explicando lo que dice ese amigo tuyo economista.