El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 30. Él es más joven que tú #3
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30. Él es más joven que tú #3

Salió de debajo del camión. El aire tenía ya cierto brillo que se combinaba con la luz proyectada desde el edificio.

Tras avanzar deprisa sobre la arenosa tierra, se paró bajo la sombra de un voluminoso depósito de metal.

Todavía lo veía a distancia, pero, al llegar a la esquina del edificio, desapareció de la vista.

Se precipitó hacia delante, confiando en que las voces que llegaban desde la ventana abierta disimularan el leve ruido de sus pasos.

En ese momento, había dos hombres que hablaban, en chino quizá; no discutían, aunque sí hablaban de forma enérgica.

Sonó el tintineo de una copa de vidrio. Pan aminoró la marcha al llegar a la esquina y se detuvo, aguzando el oído.

Al no oír ningún sonido de pisadas en la arena, consciente de que no iba a ver nada a menos que se asomase, sacó la cabeza.

Al instante, algo le arañó la cara. Retrocedió de un salto y, tras recobrar el equilibrio, dobló a toda velocidad la esquina y se volvió para ver al daimonion.

Este saltaba, emitiendo bufidos y gruñidos, furioso y aterrorizado a la vez.

Al cabo de un momento, se habían enzarzado en una pelea a base de mordiscos, empujones y arañazos.

Pan era, sin embargo, más fuerte, y en pocos minutos logró reducirlo con la mandíbula abierta en torno a su garganta. Ambos se quedaron inmóviles.

Estaba realmente muy delgado y débil, y tenía la piel despellejada como una alfombra vieja, pero no era viejo.

Temblaba bajo él en silencio. Poco a poco, Pan relajó la mandíbula, pero, en cuanto lo notó, el daimonion comenzó a debatirse.

Entonces Pan le agarró el cuello con las patas. Intentó hablar y no pudo.

—¿Inglés? ¿Hablas inglés? —susurró Pan.

No había ninguna razón por la que debiera hablar inglés. Habría sido más probable que hablara alguno de los cientos de idiomas existentes en Asia.

—No te voy a hacer daño —prosiguió Pan, al ver que asentía débilmente con la cabeza—. Me llamo Pan. Estoy separado, igual que tú, y mi persona va a llegar pronto aquí. ¿Cómo te llamas tú? —preguntó, aflojando la presión sobre su garganta.

—Me llamo Cariad —murmuró.

—Te voy a soltar, pero no te vayas corriendo. Quiero hablar contigo.

Como el daimonion volvió a asentir, apartó las garras de su cuello y se distanció para dejar que se incorporase.

—¿Dónde está tu persona? —le preguntó.

—Duerme allá dentro.

—¿No duermes al mismo tiempo que él?

—No desde que nos separamos.

—¿Cómo ocurrió?

De repente, trató de escabullirse, pero él era más rápido y lo atrapó antes de que llegara a la esquina del edificio.

—No hagas eso —le dijo—. Siempre te alcanzaré. Quiero averiguar ciertas cosas y solo tú me las puedes explicar. ¿Cómo se llama tu persona?

El daimonion temblaba y parecía casi como si pugnara por no echarse a llorar.

—No te voy a hacer daño —insistió—. Te lo prometo. Pero tienes que responderme. ¿Cómo se llama tu persona?

— Brynmor Strauss.

—Strauss…

El nombre le despertó recuerdos. Una mochila…, violencia, el asesinato junto al río…, unas páginas escritas a mano en un cuaderno barato de papel pautado…

Era el daimonion de quien había escrito el diario que habían encontrado en la mochila del tipo asesinado.

—Cariad —repitió con incredulidad—. Tu persona escribió un diario sobre el viaje que hicisteis al edificio rojo del desierto…, y su colega, el doctor Hassall, lo llevó consigo a Inglaterra.

—¿Qué pasó? ¿Cómo sabes eso?

Le relató sucintamente lo ocurrido: el asesinato de Hassall, el descubrimiento del diario, su separación de Lyra y el viaje hasta Tashbulak.

—¿Te fuiste sin ella? ¿Por qué? —preguntó, atónito, el daimonion.

—Creí que era lo mejor que podía hacer, pero me equivoqué.

—Pero ¿por qué viniste aquí?

—Los dos creemos que en el edificio rojo del desierto hay algo que nos interesa. Pero el doctor Strauss y tú entrasteis en ese edificio, ¿no?

—Sí.

—¿Y qué encontrasteis?

—No, no, no… Cosas terribles.

Pan aún lo mantenía firmemente sujeto, pese a que el otro porfiaba por soltarse con todas las fibras de su ser.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué clase de cosas terribles había?

—Es abominable… No, no. Es lo peor…

—¿Por qué no me lo puedes explicar?

—Es que… me faltan las palabras… Deberías hablar con Brynmor. O con Dilyara. Ella sabe algo, en parte.

—¿Quién es Dilyara?

—Una señora de la limpieza que ayudó a Brynmor.

—De acuerdo, se lo preguntaré, pero dame alguna pista sobre de qué se trata.

El daimonion volvió a intentar huir y luego quedó flácido, como si se hubiera desmayado. Pan sabía, con todo, que no era así y siguió aferrándolo.

—Cuéntame —insistió—. ¿Qué encontrasteis en el edificio rojo?

—Acompáñame entonces. Te lo voy a enseñar —lo invitó con actitud hosca y resignada, con un intenso miedo.

Pan se fue tras él hacia el interior del edificio.

Unos kilómetros más al norte, Olivier Bonneville intentaba dormir casi a ras del suelo helado, en una tienda plantada en el flanco oriental de una de las estribaciones de las montañas del Tian Shan.

Había estado viajando en condición de semiprisionero y de semiempleado del ejército magisterial, ejerciendo un trabajo que consistía en asistir a todas las reuniones convocadas por Marcel Delamare y redactar actas detalladas de estas, así como obedecer todas y cada una de las órdenes, aun las más triviales, del presidente.

Maldecía ese trabajo. Maldecía el frío. Maldecía su suerte, maldecía a Delamare, maldecía a Lyra, maldecía la serie de pifias y absurdidades que lo habían colocado en aquella situación, y maldecía el hecho de que el aletiómetro estuviera en manos del lerdo y reaccionario de Lacroix.

Así pues, se revolvía de un lado a otro, tratando de dormir boca abajo, boca arriba, de costado, mientras el frío iba haciendo mella en él.

Cuando subía las ásperas mantas para taparse el cuello, le daba frío en los pies; entonces plegaba las rodillas para cubrirse los pies, y luego le daban calambres y tenía que estirarlas otra vez.

Aparte, las corrientes de aire se filtraban por todos los lados; el catre era inestable y crujía cada vez que se movía, y el guardia que hacía ronda afuera tenía el vicio de murmurar entre dientes.

Por ello, cuando por fin había logrado conciliar el sueño, no acogió con agrado el contacto de una mano que se posó en su hombro casi de inmediato, al tiempo que una voz le susurraba:

—Olivier, despierta. ¡Despierta!

Trató de deshacerse del intempestivo recién llegado con un manotazo, pero este le agarró la muñeca.

—Olivier, despierta —repitió—. Mira y verás quién soy.

La voz le sonaba de algo… ¿Estaría soñando todavía? Era la voz…

Pestañeó y centró la mirada. La tenue luz de una linterna ambárica iluminaba una cara que había visto antes, junto a la ciudad en ruinas, la ciudad de los daimonions perdidos, donde ese hombre lo había convencido para que no disparase…

—¡Usted! —exclamó.

El recién llegado se acercó el índice a los labios y apagó la linterna.

—No hables tan fuerte —susurró—. Sí, Olivier, soy yo, tu viejo amigo Abdel Ionides. He venido a ayudarte.

—La última vez, de poco me sirvió su ayuda.

—Te fue muy útil, muchacho, y ahora te ayudaré todavía más. Pero antes debes escucharme con suma atención. He venido a transmitir un mensaje a vuestro dirigente, Marcel Delamare, el presidente. No puedo acercarme directamente a él, porque me dispararían.

Bonneville volvió a pestañear, tratando de disipar los vapores del sueño de su cabeza.

—Pero ¿por qué…?

—Si me escuchas, te lo voy a explicar. Represento a ese grupo al que algunos se refieren llamándolos los hombres de las montañas. Por diversos motivos, queremos llegar a ese edificio rojo antes que esa chica, Lenguadeplata. ¿Me entiendes?

—Sí. ¿Y qué? Eso ya lo sabía.

—Quiero que vayas a decirle a Delamare que estamos dispuestos a tratar la posibilidad de actuar de forma conjunta.

Queremos evitar vernos enzarzados en distracciones inútiles, como pudieran ser luchar entre unos y otros.

Dile que nos reuniremos cuando le vaya bien y que puede mandarnos una señal con esa nueva bomba que tiene, el tonnerre double .

Sí, estamos al corriente de eso. Debe combinar la carga con grafito para hacer que el humo sea negro y disparar al cielo.

—No me va a creer. ¿Cree usted que soy tonto o cree que el tonto es él?

—Dale esto. Dile que me lo has robado.

Ionides palpó el interior forrado de piel de su capa y entregó algo a Bonneville: un pequeño y delgado documento de tapa rígida.

—¿Qué es?

Ionides volvió a encender la linterna. De este modo, Bonneville pudo ver que sostenía algo parecido a un pasaporte y que este pertenecía a Leila Pervani.

—¿Es de ella?

—Ssh.

—Creía que ella formaba parte de…

Bonneville volvió a dudar de si aún dormía. No conseguía pensar claramente. No obstante, allí estaba el fotograma en el que aparecía de manera inconfundible aquella hermosa mala pécora.

—Pero ¿por qué se lo tengo que dar?

—Ahora tienes que ir a verlo y decirle que yo te he contactado. Como es un hombre escéptico, lo mejor es darle este documento y dejar que lo examine bien. Es totalmente auténtico.

La débil luz proyectada por la linterna confería a la cara de Ionides un aire de diablo pintado para un espectáculo de marionetas.

—Se podría pensar que yo lo he robado…

—No, de ninguna manera. Es demasiado astuta para eso. Este documento aportará una convicción para la cual no bastaría solamente con tus palabras, mi querido Olivier. Ella causó una profunda impresión al señor Delamare cuando se vieron. Dale este mensaje: podemos unir fuerzas. Estamos muy cerca.

—No le creo. ¿Cómo podrían estar cerca sin haber alertado a los centinelas?

—Había un centinela justo fuera de esta tienda, Olivier, y, sin embargo, aquí estoy.

—¿Lo ha matado?

—Digamos que no está en condiciones de seguir participando en la campaña. Y ahora, Olivier, ve a despertar al señor Delamare y no te olvides de lo de la señal. Estaremos atentos.