30. Él es más joven que tú #2
—O sea, ¿que no es la mía? ¿Es la tuya? Entonces, ¿quién…? —Entornó los ojos para leer la totalidad del mensaje y se echó a reír—. «Aproveché su ausencia…» Esta sí que es buena. No especifica con quién viajan. Ya deben de haber cruzado el Caspio.
—¿Quién crees que es ese otro enemigo?
—Me parece que, dada su locuacidad, no dejará de explicárnoslo si tiene ocasión. ¿Le vas a responder?
—Por supuesto. En cuanto encuentre el lápiz.
Este estaba despuntado. Malcolm le ofreció su navaja.
—¿Puedes sacarle punta tú? —le pidió ella.
Después observó sus ágiles movimientos, con los que hizo saltar las virutas de madera de cedro y los granos de grafito. El lápiz quedó bien afilado en cuestión de segundos.
—¿No te gusta usar una navaja? —preguntó.
—Es que me duele la mano. Gracias.
Empezó a escribir:
Querido señor Ionides, gracias por su mensaje.
Creo que no fue nada honrado al robar la magnetita, pero me alegro de que lo hiciera.
No me ha dicho dónde se encuentra ahora.
Nosotros estamos en el extremo sur de las montañas del Tian Shan [ lo precisó, tras consultar con la mirada a Malcolm ].
¿Dónde está usted? ¿Con qué medios se desplaza?
Queremos saber algo más sobre ese otro enemigo. ¿Quiénes son? ¿Qué quieren? Explíquenoslo.
Paró un momento. Deseaba hablarle de aquella otra cuestión, el alkahest, el disolvente universal, y plantear si podía tratarse de algún modo del tercer enemigo, pero era difícil hacerlo con concisión. Por ello, optó por pasar a otro tema:
Hoy hemos sobrevivido a un ataque de los oghâb-gorgs —no sé si se escribe así—. Las brujas los han engañado llevándolos a destruirse a sí mismos. El ejército principal del Magisterio está más al norte. Estamos bien, pero necesitamos más información.
Saludos cordiales,
T ATIANA R
Le parecía que las reinas firmaban de esa forma.
—¿Tatiana? —dijo Malcolm.
—Me hice pasar por Tatiana Iorekova, la reina de… Se me ha olvidado de dónde. Novaya Zemlya, eso es. Él era mi mago personal, mi sorcier particulier . Lo hice para conseguir que nos recibiera Mustafá Bey. Todavía no entiendo a quién podía beneficiar su asesinato.
—A ese tercer enemigo, quizá —apuntó Asta—. ¿Qué sabéis de ellos?
—Nada.
—Ionides cree que podrían haberse hecho ya con el control del centro de investigación —destacó Malcolm—. Ah, mira, ahí viene Gulya. Quizá sea hora de marcharnos.
El grifo aterrizó a corta distancia, levantando potentes remolinos que agitaron el cabello de Lyra y el pelo de Asta. Gulya aún no estaba acostumbrada a dosificar su nueva estatura y potencia, aunque era evidente que disfrutaba con ellas.
—Si nos vamos ahora, podríamos llegar al centro de Tashbulak al caer la tarde —dijo.
A Lyra se le ocurrió de repente una idea, inspirada por las explicaciones de Tilda y también por el mensaje de Ionides.
—Gulya, ¿sabes que mi daimonion, Pan, se adelantó a nosotros yéndose con Tilda Vasara?
—En efecto. Y ella ha vuelto sin él.
—Pues bien, yo quiero hacer lo mismo, adelantarme. Quiero ir directamente al edificio rojo.
—Lyra, ¿por qué? —intervino Malcolm, con genuina sorpresa, sin asomo de reproche.
—Porque Pan está en peligro. No quiero que vaya al edificio rojo antes que yo. Es un presentimiento que tengo. ¿Nos llevarás allí, Gulya?
—Sí, pero solo si el príncipe Keshvād está de acuerdo.
—Sí, claro.
Sin pensárselo dos veces, Gulya desplegó las alas y se elevó en el aire para dar un giro y descender rápidamente hacia donde estaba el príncipe.
—Lyra, ¿por qué? —volvió a preguntar Malcolm.
—Por ese tercer enemigo. Me ha asustado lo que dice Ionides, no solo por Pan, sino también por todos nosotros. ¿Me acompañarás?
—Como si pudiera hacer otra cosa.
Lyra lo miró. Volvía a tener los ojos límpidos, tan azules como el cielo, y parecía conformado por elementos del cielo, de aire y de luz del sol.
Exhaló una queda carcajada gozosa, por pensar que podía contar con una persona como él.
Luego Gulya se levantó en el aire y regresó junto a ellos.
Malcolm se puso en pie y recogió la chaqueta y la mochila, y Lyra se situó a su lado.
Gulya se posó batiendo con tanto vigor las alas que casi hizo perder el equilibrio a Lyra.
Malcolm la sostuvo con destreza para que no cayera.
—Gulya —planteó Lyra—, ¿cuáles son los enemigos que los grifos consideran más peligrosos?
—Nosotros no tememos a ningún enemigo.
—Ya sé que no os afecta el miedo, pero ¿qué enemigo podría ser más pernicioso para el mundo?
—Uno al que ni siquiera podemos ver. Uno cuya existencia no sospechamos ni tan siquiera. No puedo decirte quiénes son, porque son por su propia naturaleza invisibles y solapados.
—¿Tienen los grifos relatos que hablen del fin del mundo?
—Tenemos toda clase de relatos, pero no de esa clase.
Lyra asintió y volvió a guardar las cosas que había sacado de la mochila, dejando para el final la magnetita. Malcolm se puso su amplia chaqueta y, con Asta posado en el hombro, montó a lomos de Gulya y luego ayudó a subir a Lyra.
—¿Listos? —consultó el grifo, mientras desplegaba las alas.
Al cabo de un momento, surcaban ya el aire recorriendo el último tramo del trayecto hacia el edificio rojo.
Con el crepúsculo, Pan descendió hacia el pueblo y el centro de investigación que se encontraba más allá, avanzando con paso rápido, pegado al suelo. El ocaso era preferible a la oscuridad para pasar desapercibido, aunque lo malo era que no duraba.
Se detuvo varias veces a escuchar y husmear el aire.
Oyó todos los sonidos previsibles en una aldea al anochecer: voces, el crepitar de las llamas, las esquilas de las cabras dentro de los cercados.
Alguien entonaba una oración en el interior de una casa; había una pelea de niños; unos hombres reían a carcajadas.
Captó los olores a humo de leña, a carne asada, a estiércol, a hierba y, rodeándolos todos, el desnudo y vacío aroma del desierto.
Un perro soltó un ladrido y otro le contestó.
Pan sabía que lo habían olido, pero siguió caminando entre los duros matojos sin prestarles atención, centrado en llegar a las instalaciones en ruinas.
Cuando estuviera más alta, la luna le iba a ayudar a orientarse. En ese momento, no obstante, la oscuridad era casi completa. Pan gozaba de una buena visión nocturna, sin embargo, y los destartalados edificios del centro se alzaban ante él sin nada que le obstruyera la vista.
Los rodeó, atento a captar el más mínimo resquicio de luz venido del interior y hasta el más leve sonido.
Contó siete vehículos aparcados en la parte de atrás.
Mientras que en el lado encarado al pueblo apenas había indicios de ocupación, en el del desierto había luz en seis ventanas, o huecos de ventanas, y tres o cuatro personas se desplazaban adentro.
Los vehículos aparcados afuera eran casi todos modelos destinados a transportar cargas o materiales de construcción.
Uno de ellos tenía el emblema de Thuringia Potash en un costado; los otros exhibían diferentes símbolos en idiomas que Pan no conocía.
La cantidad de polvo que los cubría indicaba que habían realizado un viaje de cientos de kilómetros para llegar allí.
«Ay, Lyra —pensó—. Me cuesta seguir sin poder hablar contigo, y sin poder quedarme dormido contigo. Estoy más débil que antes. Todo esto es aterrador y estoy muy cansado de estar solo…».
Ni siquiera pudo pensar nada más. Se quedó quieto debajo de uno de los camiones, escuchando.
Si se concentraba, alcanzaba a oír el ruido que hacían unas criaturas trazando túneles en la arena; una especie de insecto parecido a un grillo emitía un monótono chirrido no lejos de allí; había el sonido de un generador ambárico, sin duda el mismo que suministraba energía para las luces del edificio, alimentado por un motor de nafta; y las voces humanas, que llegaban de las habitaciones más próximas del edificio cuando las personas pasaban cerca de las ventanas rotas.
Había una o dos mujeres, y tres o cuatro hombres tal vez.
Aunque hablaban en distintas lenguas, también usaban el inglés, como si fuera la que tenían en común.
No pudo oír lo suficiente como para determinar de qué hablaban, pero sí identificó algunas palabras como generador, logística o hidrocarburo.
Debían de ser expertos que habían acudido de algún lugar con intención de reconstruir el centro de investigación.
Era algo que saltaba a la vista; la propia Lyra habría llegado a la misma conclusión.
Aquel pensamiento le ocasionó una oleada de culpa. Él se había marchado, muy pagado de sí, en busca de la imaginación que según él le faltaba a Lyra, y ahí estaba entonces, comentando para sí que ella…
Se le erizó el vello. Un cuerpecillo salía con sigilo de una ventana abierta.
Podría haberse tratado de un mono, de no ser porque se movía demasiado despacio, o bien de un reptil, de no ser porque tenía algo simiesco.
Lo que sí era evidente, en todo caso, era que se trataba de un daimonion. No cabía duda al respecto.
Además, iba solo. Era, pues, un daimonion separado, cuya persona podía ser cualquiera y encontrarse en cualquier lugar.
El daimonion se detuvo un momento y su figura quedó recortada sobre la luz de la habitación que tenía atrás. Entonces Pan vio que se trataba de un lémur, pequeño y demacrado. No tenía buen aspecto.
Muy despacio, se deslizó hacia el suelo por un tubo de desagüe y desapareció casi de inmediato entre las sombras.
Pan, con todo, percibió sus movimientos, mientras se desplazaba pegado a la base de la pared con sus garras poco adaptadas para caminar por el suelo, y empezó a seguirlo.
Estaba claro que tenía un objetivo concreto y él tenía, asimismo, el propósito de averiguar qué era.