30. Él es más joven que tú
L os grifos estaban celebrando una especie de consejo. El príncipe Keshvād y Gulya escuchaban con atención a tres de los comandantes, que se turnaban para hablar, y exponían argumentos de forma cortés, pero firme.
Lyra vio que las brujas se movían. Se habían vuelto hacia ella y Tilda y Sala Riikola se acercaban. Algunas de las demás alzaron el vuelo para dirigirse a donde habían perecido sus hermanas, sin duda con intención de enterrar con dignidad sus restos.
Las dos brujas se sentaron al lado de Lyra y observaron con curiosidad a Malcolm. Tilda también demostró un especial interés por Lyra y, cuando cruzaron la mirada, se produjo un destello de reconocimiento mutuo.
—Está mirando algo —dijo Tilda, refiriéndose a Malcolm.
Lyra recordó que Tilda había pasado unos días con él y con Pan en el palacio de los grifos. No parecía preocupada por él. Su actitud era más bien de respeto. Asta rebulló, pero no se despertó.
—Usted es Tilda Vasara —dedujo Lyra.
—Y tú eres Lyra Lenguadeplata.
—Se llevó a mi daimonion del palacio de los grifos —dijo Lyra—. ¿Por qué?
—Porque él me lo pidió.
—¿Dónde está ahora?
—A un día de trayecto de vuelo nada más.
—¿Estaba a salvo cuando lo dejó?
—Vivo, sí. A salvo, no. Ha estado en peligro desde que se alejó de ti, y tú también.
—¿Qué es lo que hace?
—Espiar.
—¿Para qué espía? ¿Qué es lo que busca? ¿No le explicó nada?
Sala Riikola estaba asombrada de oír a una mujer de corta vida hablando con la contundencia con la que se dirigía Lyra a una reina de las brujas.
—Hay un pueblo en la colina que queda justo por encima del centro de investigación.
Fue en ese lugar donde nos detuvimos. Desde la colina se podían ver los edificios deteriorados, los vidrios rotos, un par de paredes derribadas…
No estaba completamente destruido. De hecho, parecía como si alguien hubiera empezado a arreglarlo.
Los escombros estaban apilados en montoncillos y las vigas arrimadas juntas.
Pan quería investigar, pero tenía que esperar a que anocheciera.
No vimos a nadie, excepto a un par de personas del pueblo que trabajaban la tierra, pero lo que estaba claro era que a ese centro de investigación había ido gente, porque se veían marcas de roderas.
—¿Pan no quería ir al edificio rojo?
—No entonces, pero sí habló de eso. Dijo que iba a ir contigo.
—Teníamos que ir por separado… Esa era la regla. Supongo que debía de ser para impedir el paso a las personas incapaces de separarse de sus daimonions, aunque ignoro por qué razón.
—Yo no sé nada de ese asunto. Él dijo que tú y él iríais juntos. Me pareció que sabía de qué hablaba.
—Sí…
Lyra se quedó callada y ambas observaron a Malcolm, que dormía pacíficamente.
—¿Sabes una cosa? Este hombre es más joven que tú —apuntó Tilda.
—No entiendo —dijo Lyra.
—Es exactamente como te lo he dicho. Tú eres mayor y él es más joven.
—Sigo sin entenderlo. Además, creía que el tiempo no era tan importante para las brujas como para nosotros.
—Una bruja puede haber vivido cuatrocientos años y tener todavía diecisiete. Y he visto a niños humanos de siete años que parecen haber vivido siglos. No es una cuestión de números. Este hombre es más joven que tú. Yo lo veo y tú no. Por eso te lo digo, y, si me escuchas, te darás cuenta.
Lyra volvió a mirar a Malcolm. El sol arrancaba destellos dorados de su cara y de su pelo.
—Me dijo que usted le curó una herida que tenía —comentó.
—Así es. Alguien le disparó en la pierna. Como tenía musgo de la sangre, preparé una decocción y le limpié la herida.
—¿Quién le disparó?
—No lo sé. ¿Qué vas a hacer en Tashbulak?
—Primero, encontrar a Pan y luego ir al edificio rojo. Después de eso… —Se encogió de hombros, mirando a Malcolm.
—¿Te acompañará él?
—Espero que sí —respondió Lyra con prudencia.
—¿Viniste sola hasta aquí?
Lyra se quedó pensando un momento.
—Bueno, hasta Seleukeia fui sola, pero allí encontré un guía, que se llama Abdel Ionides. Me fue muy útil en el siguiente tramo del viaje, pero… ahora no sé dónde está. Me dejó de manera imprevista.
—He oído hablar de ese hombre. ¿Te robó algo?
—No. En ese sentido, por lo menos, fue honrado. Se ganó mi confianza y de verdad creía que era sincero, a pesar de…, a pesar de todo lo que decía y hacía, de hecho. Fingía ser una especie de vagabundo, de rufián, pero había sido profesor de matemáticas y sabía mucho sobre un sinfín de cosas.
—¿Cuándo se marchó?
—La noche en que Malcolm y Gulya mataron al brujo. Se fue en un barco que pertenecía al Magisterio. En realidad, ahora que pienso en él, reconozco que nunca reivindicó que fuera honesto, salvo de forma irónica. Lamenté mucho que se fuera.
—Ya. Quédate con él —dijo Tilda, mirando a Malcolm—. Recuerda lo que te he dicho.
—Lo tendré presente, aunque no lo entienda.
—Es valiente, inteligente, honrado y fiel, pero es más joven que tú.
Tilda se inclinó a besar a Lyra y se fue sin decir más.
Lyra se quedó un poco confundida con las palabras de la bruja, porque intuía que entrañaban algo de verdad. ¿Acaso serían una advertencia? ¿O más bien eran un puro desatino?
Perturbada con el asunto, acercó hacia sí la mochila y la abrazó, como si su contacto la pudiera confortar. Asta bostezó y se estiró, y después miró a Malcolm, que aún dormía.
—Menudo perezoso —dijo—. Lyra, ¿por qué no miramos esas cartas del Myriorama?
—Sí, claro.
Lyra abrió la mochila y buscó a tientas. Localizó la cajita, pero al mismo tiempo sus dedos toparon con la lisa superficie de la magnetita resonante y la sacó primero.
—Eso también —aprobó Asta—. Quiero ver cómo funciona.
—Creo que tiene algo que ver con el entrelazamiento cuántico. Las partículas de esta piedra están conectadas con la que tiene Malcolm y reaccionan cuando…
—¿Está reaccionando ahora?
—¿Cómo es posible?
—Hay palabras encima. ¡Pero Malcolm está dormido! No puede ser que lo envíe él…
—Es imposible…
No obstante, Asta tenía razón. La plana superficie de la magnetita que reposaba en la palma de la mano de Lyra mostraba, letra tras letra, palabras que parecían brotar del interior de la piedra. En cuanto las leía, desaparecían para dejar espacio a otras, como si captara el recorrido de su mirada.
¡Querida señorita Plata!
Sí, soy yo, su «sorcier particulier», Abdel Ionides, también conocido como profesor Rashid Xenakis, y más brevemente como «maestro Parathanasius».
Mientras los esperábamos a usted y al señor Malcolm en esa playa, al pie de la montaña, aproveché su ausencia para tomar prestada de su mochila la piedra que ahora tengo en la mano mientras escribo estas palabras.
Soy consciente de que debe de sentir ciertas dudas suscitadas por mis acciones e incluso quizá un poco de desconfianza. Querría aclararle a usted y al señor Malcolm los motivos que nos llevaron a mí y a la doctora Pervani a irnos en el barco del Magisterio.
La doctora Pervani ha actuado como «agente doble».
Es muy peligroso, se lo aseguro, fingir que trabajaba para el Magisterio mientras en secreto hacía de agente para el grupo que algunos denominan «los hombres de las montañas».
Tal como ella afirma, ambos bandos son despreciables, y su deseo sería contemplar la destrucción de unos y otros.
Todo cuanto ha hecho ha tenido como fin la consecución de ese propósito.
Antes de que llegara de forma tan imprevista el barco del Magisterio, nuestra intención era continuar con usted el viaje hasta el edificio rojo del desierto.
La doctora Pervani está convencida, igual que usted, de que allí se encuentra el secreto del «campo de Rusakov».
Por mi parte, soy, como ya sabe, escéptico en muchas cosas, pero me fío de su criterio en esto.
El edificio rojo es de capital importancia.
Cuando apareció el barco en medio de esa tempestad, dispusimos de solo unos segundos para decidir qué hacíamos.
Fue entonces cuando tomé prestada la magnetita.
La doctora Pervani quería seguir fingiendo que estaba de su parte y yo fui con ella, asegurando que invertiría junto con ella todos los recursos de mi inteligencia y experiencia en su causa.
Por fortuna, pude convencer a sus colegas de mi buena fe.
Ahora nos dirigimos a Karamakán, igual que usted.
Cuando lleguemos, esperamos encontrar el centro de Tashbulak en manos de un enemigo, un enemigo tanto del Magisterio como de usted, y también de «los hombres de las montañas».
Ese enemigo es muy insidioso, muy mortífero, y, a menos que podamos pensar de manera estratégica, va a acarrear la muerte de todos nosotros.
Aquí influyen unas corrientes muy complejas.
Volveré a escribir dentro de poco y le contaré con detalle lo que descubra, y así podremos formular un plan de acción juntos.
Respóndame, por favor, mi querida señorita Plata, reina Tatiana. Espero con todo mi corazón de vagabundo que esté bien y que encuentre a su amado daimonion, si aún no lo ha encontrado.
A BDEL I ONIDES
Una vez que acabaron de leer la totalidad del mensaje, Lyra y Asta se miraron en silencio. Ella soltó un bufido.
—Vaya —logró articular.
—¿Te fías de él?
—Sí. Bueno, no. Por supuesto que no. Es un ladrón, un mentiroso y sabe Dios qué más. De todos modos… Sí, me fío de él, por supuesto. Me ayudó tanto…
Se pasó los dedos por el pelo. Lo notó sucio y apelmazado, pero no podía hacer nada para remediarlo.
—¿De quién habláis? —quiso saber Malcolm.
Se sentó con cuidado, pestañeando, y se escudó los ojos con la mano.
—¿Ya ves bien? —le preguntó Lyra—. ¿Ya se te ha pasado lo del círculo de lentejuelas?
Asta se arrimó a su barbilla y él le acarició la cabeza.
—Sí. Ya se ha despejado. Es solo que me deja un poco cansado. ¿Qué mirabais?
Lyra le enseñó la magnetita. Él la observó con desconcierto, hasta que cayó en la cuenta de lo ocurrido.