29. Kilkenny en llamas #3
—Este sí que es un problema grave —señaló Lyra—. ¿Tienen los grifos algún plan para enfrentarse a ellos?
—No lo sé, pero es posible que las brujas sí lo tengan.
Las aves se iban acercando. En cuestión de un minuto, las tendrían encima.
Sus gritos destemplados les herían ya los oídos.
Asta se subió al hombro de Malcolm y Lyra le agarró el brazo.
Cada vez estaba más oscuro: los pájaros tapaban el sol, cubriendo la tierra con un estridente crepúsculo.
Lyra experimentaba una especie de confusión sensorial; parecía como si lo que oscurecía el cielo fuera el sonido de los miles de alas y que la oscuridad apestara, pues la fetidez de los oghâb-gorgs impregnaba todo el aire en torno a ellos, con un intenso hedor a podredumbre.
Los grifos que iban en vanguardia se habían elevado para hacerles frente. Permanecían en formación, previsiblemente a punto de descender para ir a su encuentro.
—¡Mira! —gritó entonces Malcolm, señalando hacia el último retazo de cielo despejado.
Una bruja…, que era Sala Riikola…, se desplazaba a toda velocidad por aquel círculo, cada vez más pequeño, de cielo azul, hacia la gran masa oscura de las aves.
Tras ella llegaron otras dos brujas, y tres, y luego una docena, y más.
Al lado de la imponente presencia de los grifos, parecían frágiles, como figurillas de papel.
—¿Qué van a poder hacer? —planteó Malcolm.
—No lo sé, pero se saldrán con la suya —auguró Lyra.
Sala y sus compañeras volaban directamente hacia los oghâb-gorgs , lo cual pareció desconcertar a los que iban en primera fila; algunos se apartaron para dejarlas pasar, mientras otros se volvían, confundidos, y empezaban a agredirse entre sí.
—Lástima que no lo podamos ver desde arriba —lamentó Lyra—. Deben de tener un plan, pero es difícil ver en qué consiste desde abajo.
Observando la oscuridad cargada de chillidos, batidos de alas y gritos que se encontraba ya sobre ellos, Lyra distinguió las siluetas de Sala Riikola y sus hermanas, que se desplazaban como rayos entre la masa trazando en el sentido contrario a las agujas del reloj una curva que las llevó de un lado al otro del cielo en cuestión de medio minuto.
Ellas mismas gritaban. Sus voces humanas espoleaban la bandada con órdenes y expresiones de aliento: ¡más deprisa! ¡Más deprisa! ¡A girar! ¡A girar!
—¡Está funcionando! —exclamó Malcolm—. Eso que contaste de la libélula y las golondrinas que visteis en Port Meadow…
Emocionados y temblorosos, Lyra y Asta vitoreaban a las brujas que conducían y azuzaban a la bandada, urgiéndola a avanzar cada vez más deprisa en densa formación…
, hasta que acabaron haciéndose con el control.
De todas y cada una de las aves se adueñó el ansia de pertenecer y el deseo de porfiar para volar más deprisa, más cerca unas de otras, como una sola entidad.
Y, poco a poco, la media docena de brujas se fue desplazando hacia el borde del gran remolino de pájaros y se despegó de él para seguir dirigiéndolo desde fuera, a fin de que siguiera descendiendo como una masa cada vez más compacta.
Cabalgaban por el aire igual que lo hizo el ejército de Gengis Khan a lomos de sus briosos y menudos caballos, ejerciendo un completo dominio sobre los elementos.
—¿Qué hacen? —preguntó Asta.
Al cabo de un momento, todos lo percibieron.
Incapaz de resistirse, el inmenso vórtice de aves descendía más y más, como un tornillo que se fuera a clavar en el lecho de las montañas.
En menos de medio minuto, la totalidad de la bandada se estrelló contra las rocas, movida tan solo por el deseo de volar cada vez a mayor velocidad; ya no eran un conglomerado de pájaros, sino una sola entidad, integrada de aire, agua, tierra y fuego, insuflados en cada uno de sus individuos, ebria de anhelo, enloquecida por el deseo.
Las brujas trazaban círculos arriba, observando cómo el suelo crecía y rebullía, impregnado de sangre, gritos y locura.
Las aves que no habían perecido de inmediato no vieron más que carroña en los cuerpos destrozados de sus congéneres y se abatieron sobre ellos chillando con salvaje voracidad.
Los grifos manifestaron su aprobación con prolongados graznidos de águila que resonaron por las montañas.
—¡Brujas! —gritó, sin embargo, Lyra—. ¡No! ¡Oh, no!
Acababa de reparar en que tres de ellas habían quedado engullidas en aquella horrenda masa, con la que se habían precipitado también contra las rocas.
Solo cuando empezó a apaciguarse el tumulto pudo discernir lo ocurrido.
Malcolm, Asta, Gulya y Kent observaron también angustiados cómo las aves despedazaban los cuerpos vestidos de negro, antes de verse desplazadas y hechas trizas a su vez en aquel frenesí de locura y de sangre.
El príncipe Keshvād lanzó un grito y se propulsó en el aire para luego deslizarse, en un dilatado descenso, hacia una meseta que sobresalía en la montaña, cerca de la línea de límite del bosque.
Los grifos fueron tras él y el grueso de las brujas los siguió.
Cuando llegaron a la meseta, el ruido quedaba ya a su espalda.
Al mirar atrás, Lyra divisó tan solo unos cuantos puntos negros que daban vueltas sobre el lugar donde había tenido lugar la carnicería.
Luego, uno tras otro, bajaron en picado para participar del festín, dejando el aire limpio y despejado.
Keshvād tomó tierra primero y llamó a sus grifos, que se fueron distribuyendo en hileras, radiantes de fuerza y orgullo.
Gulya también aterrizó, y Lyra y Malcolm se bajaron junto con Asta y se situaron a su lado mientras las brujas se sumaban a ellos.
Algunas lloraban, pues habían sido testigos de la suerte que habían corrido sus hermanas.
—¡Brujas! —exclamó el príncipe Keshvād—. La vuestra ha sido una actuación noble, osada y precisa, coronada con la victoria. Os ofrecemos nuestros respetos. Aparte de vuestras tres intrépidas hermanas, ¿las demás estáis bien?
—Hemos sufrido algunas heridas, príncipe —respondió Sala Riikola—. Necesitarán tratamiento, pues esas aves deben de ser portadoras de pestilencia y enfermedad. Tenemos hierbas para eso, pero necesitamos fuego y agua.
—¿Podéis conseguir lo que precisáis en esa zona de árboles?
—Sí, príncipe —confirmó una de las dos brujas que habían descendido para explorar—. Hay un manantial un poco más abajo y leña entre los árboles.
—Entonces descansaremos aquí hasta el atardecer. Nos habéis prestado un gran servicio. Esa era la bandada más nutrida de esas infectas aves que hay en todas las montañas del Tian Shan.
—Destruidas por el recuerdo de una libélula —dijo Sala Riikola—. Pero, mira, ¿no es esa Tilda Vasara?
Señalaba hacia el sudeste. Al mirar en dicha dirección, Malcolm detectó un tenue movimiento en el cielo y, al cabo de un instante, se activó su aurora particular.
Apenas cambió nada en lo que veía: un estremecimiento casi imperceptible en el aire, que al principio parecía igual de minúsculo que un fotón, pero que era real y manifiesto.
Los demás centraban la atención en la bruja que llegaba. Advirtiendo lo sucedido, esta se acercó un poco al escenario de la masacre antes de elevarse de nuevo para acudir al encuentro de sus compañeras.
Malcolm se sentó para no caer.
—¿Qué pasa? —le preguntó Lyra en voz baja.
—Es una cosa que veo —explicó Malcolm, con los ojos cerrados—.
Yo lo llamo el círculo de lentejuelas, mi aurora particular.
Suele manifestarse a partir de algún detalle, como un pequeño destello de luz o alguna irregularidad en el dibujo de una alfombra, y poco a poco va creciendo.
Me rodea durante unos minutos hasta que se hace tan grande que desborda mi campo visual.
—¿Es como una especie de migraña?
—Sí.
—¿Te quieres acostar?
—No hace falta. Solo necesito estar tranquilo.
Lyra se moría de ganas de preguntar a Tilda Vasara por Pan, pero las brujas estaban ansiosas por hablar entre sí y tan pronto evocaban con pena la muerte de sus compañeras como describían con excitación la maniobra que les había inspirado Lyra con la anécdota de la libélula, como detallaban con orgullo de qué manera habían obligado a autodestruirse a la enorme bandada de aves.
Puesto que también estaban impacientes por oír las peripecias vividas por Tilda, esta empezó a relatarlas con urgencia, enojo y ardor.
Lyra observó la efervescencia de su mirada y de su voz.
Asta se subió al regazo de Malcolm y se puso a ronronear mientras él lo acariciaba. Lyra se sentó a su lado.
—¿Te pasa a menudo eso del círculo de lentejuelas?
—No mucho. No se produce de una forma regular. Algún elemento exterior suele precipitarlo, y entonces me deja paralizado hasta que termina.
—¿Por qué de lentejuelas?
—Porque es como si centelleara, como la luna y las estrellas. Por lo general, se da en blanco y negro, pero en este momento veo colores, por primera vez. Hay un fondo azul oscuro y franjas de color madreperla y granate, creo… Es difícil verlo con claridad, porque se mueve y destella.
Todavía tenía los ojos cerrados y la cara arrebolada. Asta, que había parado de ronronear, apoyaba la cara en su mejilla. Él parecía embelesado, concentrado y soñoliento a la vez.
—Es un amarillo crema, no madreperla —murmuró.
—Acuéstate —le aconsejó Lyra, porque parecía como si estuviera a punto de caer.
Él atendió la indicación y se tumbó sobre las piedras, cubriéndose los ojos con un brazo.
Ella le cogió la otra mano y se la apretó.
Era curiosa aquella sensación de estar protegiéndolo, tanto que se quedó meditando al respecto.
Permanecieron así, quietos y callados, con la tranquila presencia de Asta entre ambos.