El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 29. Kilkenny en llamas #2
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29. Kilkenny en llamas #2

Aunque tuvo algún pequeño tropiezo, reprodujo correctamente el mensaje hasta el final. El hombre asintió y ella le entregó el paquete. Mientras ella reproducía las palabras, había estado moviendo los labios, memorizándolas a su vez.

—Gracias —dijo—. Ahora se puede marchar.

Luego le abrió la puerta, con repentina expresión de simpatía.

—Adiós, pues —se despidió ella.

Después desanduvo el camino hasta el puente, donde cogió un autobús para regresar al hotel.

Pan estaba completamente dolorido. Tilda le informó, no obstante, de que aquel iba a ser el último tramo del viaje.

—¿Ustedes no se cansan? —preguntó—. ¿No se les resienten los músculos? Yo lo único que veo es que rodean la rama con la mano.

—Sí, eso hacemos. No sé cómo se produce el acto de volar.

—Pero… ¿de veras no lo sabe?

—Solamente siento que ocurre.

—¿De verdad no hace ningún esfuerzo con los músculos, ni nada?

—Nunca lo había pensado —admitió ella, encogiéndose de hombros—. Ahora que me has hecho pensar en eso, igual se estropea y de repente soy incapaz de volar. Entonces qué haces, ¿eh?

—Disculparme.

—Más te vale. Vamos. Es el último día.

—Y todavía no se han visto esos pájaros —dijo Pan, localizando el sitio menos incómodo en la rama de pino.

—¿Estás llamando a la mala suerte? —replicó ella.

Y, sin aguardar respuesta, se elevó hacia las alturas.

Se dedicó a observar de qué manera conducía en el aire.

La manera inconsciente en que se inclinaba ora hacia un lado, ora hacia otro, o descendía de manera brusca un instante, elevando el hombro para propiciar una breve alteración del ángulo de contacto con el viento con el que iban a ascender, se parecía a la forma de volar de las aves, sin esfuerzo.

Era el viento el que aportaba la energía.

Notaba, asimismo, las variaciones del contacto de su mano en torno a la rama; tan pronto la subía un poco como aplicaba una leve presión hacia arriba o hacia abajo, a fin de aprovechar una corriente, valiéndose, al parecer, de la misma clase de instinto irracional con el que se desenvolvía un pez en el mar.

La bruja y el pino conformaban juntos, no por separado, el ser que volaba.

Ella le había explicado en una ocasión que el pino también salía beneficiado, porque al volar el viento dispersaba sus semillas hasta un radio mucho más extenso.

Pan recordó que Lyra le había contado algo similar que acontecía en el mundo de los mulefas, que se desplazaban con unas ruedas que en realidad eran unas gigantescas cáscaras de semillas que solo podían germinar gracias al intenso traqueteo que ello ocasionaba… , o algo así.

Al cabo de un rato, mientras sobrevolaban las estribaciones de la cara sur del Tian Shan, Pan se quedó dormido y soltó la rama.

Lo único de lo que tuvo conciencia después fue del grito que emitió el daimonion de la bruja, el charrán del Ártico, que volaba junto a ellos.

Despertó de inmediato y se puso a gritar a su vez, con un sentimiento de vergüenza y de terror, pero, al cabo de un instante tan solo, sintió que lo recogía el brazo de la bruja.

—Despierta, tonto —lo reprendió.

—Ah, ahora estoy bien despierto. ¿Me había…?

—Pues no te duermas en el aire.

—Perdón…

—¿Estás bien agarrado?

—Sí. Gracias, Tilda.

—¿Tienes los ojos abiertos ahora?

—Bien abiertos.

—Mira allá al frente, esa montaña de cumbre redondeada. Más que una montaña, es una colina. ¿Ves allí donde hay hierba, a la izquierda?

—Sí… Creo que sí. Sí.

—Allí es a donde queremos ir. Vamos a llegar pronto, o sea, que no te duermas, tonto.

—Descuide.

—La próxima vez, te dejo caer.

—Entendido.

Habían dejado prácticamente atrás las montañas.

Más allá de la colina de cumbre redondeada se extendía una infinita llanura de arena de aterciopeladas tonalidades blancas, amarillas y pardas, dispuesta en ondas, crestas, dunas y oquedades demasiado lejanas para distinguir su perfil, que se prolongaban hasta el fondo del horizonte; y justo allí, en el linde de lo visible, había una reducida mancha verde que, a medida que se acercaban, se definió como un pueblo de chozas de madera, casi contiguo a los edificios del centro de investigación de Tashbulak.

Resultaba inconfundible, pese a que Pan nunca había visto un fotograma del lugar.

—¿Podemos parar al pie de la colina?

—¿Allá abajo? Como quieras.

La bruja se acercó a tierra. El racimo de edificios, antaño pintados de blanco, que habían compuesto el centro de investigación, presentaba a primera vista un aspecto decadente y descuidado. Las zonas de cultivo estaban invadidas de maleza, y los invernaderos, destrozados.

—¿Quieres acercarte más?

—No, solo que nos posemos junto a la colina.

La escasa hierba servía de pasto para unos cuantos corderos escuálidos, que levantaron la vista un instante y después se apartaron cuando Tilda aterrizó.

Pan se bajó de un salto y se quedó tambaleante, como si estuviera a la deriva, con una fuerte sensación de vértigo.

La caída que había sufrido anteriormente había provocado alguna alteración en la percepción de su anclaje, en su relación con la tierra que pisaba, en su capacidad de moverse y equilibrarse, y de confiar en la función de la gravedad.

Parecía como si debiera aprender otra vez todo cuanto tenía que ver con el movimiento y la quietud, y la sensación de estar a salvo en el mundo.

Por su parte, Tilda se acostó debajo de un tamarisco, se cubrió los ojos con un brazo y se quedó dormida en el acto.

Una vez que se le hubieron aquietado un poco los nervios, Pan examinó con más detenimiento el centro de investigación.

No tardó en advertir que se había equivocado al pensar que estaba abandonado.

En torno a él había aparcada media docena de vehículos, entre los que se contaban dos grandes camiones de carga, y había hombres que entraban y salían de los edificios.

Algunos vestían uniformes y otros parecían más bien trabajadores de la zona o habitantes del pueblo.

Entonces le llamó la atención una columna de polvo o de arena que se acercaba por el lado del desierto y que resultó ser producto del avance de una especie de vehículo acorazado que se detuvo en la zona pavimentada de detrás de los edificios.

En la ristra de casas del pueblo, más cercanas a su punto de observación, reinaba el silencio y la calma.

De algunas de ellas ascendían finas columnas de humo; en un corral había una variedad de buey pequeño; de las montañas llegaba un arroyo que alimentaba un estanque; una mujer cavaba en un huerto.

Aparte de eso, la única actividad humana perceptible tenía lugar en el centro de investigación, dirigida sin duda alguna por la organización propietaria de los camiones y demás vehículos que había aparcados cerca de los edificios.

Estos tenían una especie de banderín o emblema empresarial distintivo, pero se encontraban demasiado lejos para poder distinguirlo.

¿El Magisterio tal vez? No, no era eso. ¿Thuringia Potash? No, tampoco.

Se quedó sentado un rato observando, barajando posibilidades. ¡Ojalá hubiera sabido dónde estaba Lyra y qué hacía!

Tarde o temprano, tendría que bajar a investigar. Sería preferible hacerlo después del anochecer, se dijo. En dicho caso, lo mejor era dormir, dormir sin peligro, sobre la tierra. Se acostó junto a Tilda en la sombra del tamarisco y cerró los ojos.

El día posterior al experimento realizado con el tonnerre double , los oghâb-gorgs atacaron en masa.

El ejército magisterial circulaba por uno de los tradicionales senderos de montaña, unos doscientos kilómetros más al norte.

Un reducido número de brujas lo seguían a fin de avisar a los grifos por si empezaban a desplazarse hacia el sur, aunque en su mayoría estas volaban junto con los grifos, bordeando la estribación meridional de las montañas.

Esa mañana hablaban juntas, cosa bastante inhabitual entre las brujas.

Los vientos transportaban sus voces y, pese a que se comunicaban en sus propias lenguas, no era difícil captar su excitación.

—¿Tienes alguna idea de lo que dicen? —le preguntó Malcolm a Lyra.

—Para nada. No estuve el suficiente tiempo en el norte como para aprender ni una sola palabra.

—Parece como si previeran algo con ansia.

—Un combate, quizá.

Iban volando en el lomo de Gulya, y también percibían que ella estaba excitada o agitada.

Resultaba difícil hablar con ella mientras volaban, pero ella sí se comunicaba de vez en cuando con el príncipe Keshvād.

Tampoco comprendían el idioma de los grifos y, además, los fuertes vientos a los que se enfrentaban a veces les impedían oír algo.

—¿Sabes? Cuando dormías, has gritado varias veces —comentó Malcolm—. ¿Estabas soñando?

—No me acuerdo, aunque sí me quedó la sensación de estar preocupada por Pan. En un momento dado, me pareció que se caía y no lo podía impedir.

—Está a salvo —aseguró Asta—. Probablemente corre menos peligro que nosotros.

Cerca de ellos iba volando un grupo de unas diez o doce brujas. Lyra advirtió que se movían todas de forma repentina, como si retrocedieran en el aire. Enseguida comprendió por qué.

—Los pájaros —diagnosticó Malcolm.

Lyra captó el olor al cabo de un momento. Aunque solo fue un soplo, bastó para provocarle un respingo de asco.

—Ahí están —anunció Asta, que se puso en pie sobre la espalda de Gulya, agitando la cola.

Delante de ellos, de un valle flanqueado por dos paredes rocosas se elevaba una nube de humo.

Sin embargo, no se trataba de humo. Era una inmensa bandada de oghâb-gorgs que, aun situados a kilómetros de distancia, se concentraban en el aire como dirigidos y propulsados por unas gigantescas manos invisibles.

De otros valles cercanos brotaron unas nubes oscuras que se sumaron a ellos.

Aunque las aves todavía no se distinguían de forma individual, todas parecían impelidas por una misma voluntad.