El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 29. Kilkenny en llamas
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29. Kilkenny en llamas

A lice Lonsdale dormía en el hotel Savoy, en uno de los dormitorios reservados para el personal, que compartía con otras dos mujeres más.

Estas eran más bien simpáticas y, además, como trabajaban en turnos distintos, apenas se veían.

Aunque ninguna de sus antiguas amistades sabía dónde estaba, había logrado comunicar a los padres de Malcolm su nueva dirección y el nombre falso que utilizaba: Cathy Hood.

La mañana en que Lyra despertó entre los grifos, después de la muerte del brujo Sorush, Alice encontró una postal en su casilla. En esta había una panorámica de Port Meadow, con lo cual no tuvo necesidad de darle la vuelta para saber que era Brenda Polstead quien se la enviaba. En ella ponía:

Querida Cathy, espero que estés bien. Nuestra vieja amiga la doctora Ralph va a estar en Londres el miércoles y le encantaría verte y saludarte, en el quiosco egipcio. A la una, a ser posible. Con todo mi cariño y el de Reg.

Brenda

Estaban ya a miércoles. Brenda sabía tan bien como Alice cómo se escribía el apellido de la doctora Relf, y el quiosco egipcio era un puesto de venta de café situado en el dique, no lejos del obelisco llamado Aguja de Cleopatra.

Lo llamaban así porque Reg les había hablado del anciano que lo regentaba, asegurando que estaba tan viejo y arrugado que habría podido pasar por una momia.

Alice fue a hablar con su superior para cambiar su hora de comida, y a la una menos cinco ya aguardaba sentada en un banco, bajo un árbol de los jardines de la zona del dique, desde el cual veía el río, el obelisco y, un poco más allá, el puesto de bebidas. El día, húmedo y gris, amenazaba lluvia.

Hannah Relf llegó más o menos un minuto después que Alice.

Vestía un abrigo grueso y una boina de color azul marino, y llevaba en la mano una bolsa con el distintivo de los almacenes Harrods.

Alice se levantó como un resorte en cuanto la vio, pero, al recordar cuál era la situación, tomó la precaución de mirar discretamente en torno a sí para comprobar si había alguien vigilando.

Consciente de que no era ducha en aquel tipo de manejos, procuró moverse con lentitud y desenvoltura.

Se dieron un beso. Alice se emocionó con el afecto que Hannah vehiculó en su abrazo.

—Busquemos algún local donde meternos —propuso esta—. No tardará en llover.

—Hay un café justo en esa calle —dijo Alice—. ¡Ay, qué contenta estoy de verla!

—Quiero que me cuentes todo lo que ha ocurrido. Pero tengo una misión que encargarte y te voy a tener que explicar…

Alice advirtió la discreción con que Hannah escrutaba a todos cuando se cruzaban en la calle.

Además, cuando se encontraban ya cerca del café, apoyó la mano en el brazo de Alice para indicarle que seguían adelante y después volvió de forma repentina sobre sus pasos.

Al darse la vuelta, paseó rápidamente la mirada por la acera y la calzada, fijándose en todo, y al final, entró en el local.

Cuando ya se hallaban sentadas en la mesa de un rincón, frente a un plato de sopa cada una, Alice relató en voz baja a Hannah sus peripecias: la detención, la estancia en un campo de internamiento y la huida.

—Brenda me dijo que habías ido a verlos —comentó Hannah—. Sabía que no era peligroso contactar contigo, aunque juró que, aparte de ti, no se fiaba de nadie.

—Ah, ellos sí son personas de confianza. Lo malo es que ahora parece como si viviéramos en un país distinto, no sé. Todo el mundo sospecha de los demás.

—Es una necesidad.

—Ha dicho que tenía una misión para mí —le recordó Alice.

Hannah colocó la bolsa de Harrods en su regazo.

—Quiero que te lleves esto y se lo entregues personalmente a alguien. No lo dejes en un buzón ni se lo des a ninguna secretaria.

Le entregó a Alice un paquete del tamaño de un libro pequeño, envuelto con papel marrón y asegurado con cinta adhesiva. Tenía escrito el nombre de David Ferguson y una dirección del barrio de Battersea.

—Verás, el paquete es una especie de señuelo, para distraer —aclaró Hannah—.

Si por casualidad alguien te viera, creerán que es el elemento importante.

El auténtico mensaje deberás transmitírselo a David Ferguson en cuatro frases que quiero que te aprendas de memoria.

Debes repetirlas en el momento en que le entregues el paquete, sin equivocarte en ninguna palabra.

—¿Cuáles son?

—Ahora mismo te lo diré. Antes cuéntame cómo te va en el Savoy.

Alice le expuso cuál era su trabajo, cómo lo había encontrado y algunos detalles de la vida que llevaba entonces. Hannah la escuchó con avidez, demostrando curiosidad por todo, en especial por el campo de internamiento del que Alice había escapado.

—ORD y Brytsec —dijo—. Hay una lucha de poder entre las dos secciones. ¿El oficial que te interrogó pertenecía a ORD, dices?

—Y estaba muy ufano con eso, luciendo las…, ¿cómo se llaman…? ¿Eso que llevan en el hombro?

—Charreteras.

—Eso. Estaba más orgulloso de ser de ORD que de Brytsec. Se lo noté.

—Interesante.

Hannah escuchaba con suma concentración todo cuanto le explicaba Alice, como si tomase notas mentalmente.

—¿De cuánto tiempo dispones? —preguntó luego—. ¿Cuándo está previsto que vuelvas al trabajo?

—Tendré que volver dentro de diez minutos —respondió Alice, tras consultar el reloj que había sobre la barra—. ¿Qué es eso que me tenía que aprender?

—¿Lista? No lo escribas. Solo lo tienes que aprender de memoria.

—De acuerdo.

—Ahí va: Kilkenny en llamas es una maravilla de nueve días. Más allá de los pantanos, todos los gatos se redimen con banderas y estandartes. La cosecha total de mentiras expuesta y sacada de circunlocución. Entra en el mirador rodeado de hielo.

Alice pestañeó, abrumada.

—No te preocupes —la tranquilizó Hannah—. Lo voy a repetir hasta que lo hayas memorizado. Kilkenny en llamas…

Hablaban en voz baja y sus voces quedaban, por otra parte, disimuladas entre el ruido de la máquina de café, el chocar de platos y cubiertos, y las conversaciones normales en un concurrido bar.

Hannah desgranaba cada frase por separado.

Alice, que tenía buen oído, captaba con claridad todas y cada una de las palabras, y las repitió varias veces hasta que pudo encadenarlas con precisión.

Luego lo dijo todo de corrido, para someterse a la evaluación de Hannah.

— … La cosecha total mentiras expuesta…

— De mentiras.

—Perdón. La cosecha total de mentiras expuesta…

Llegó al final sin equivocarse de nuevo. Hannah aprobó con una severa inclinación de cabeza.

—Repítelo dentro de la cabeza hasta que seas incapaz de cometer ningún error.

—¿Lo puedo anotar para tener una referencia?

—No. De ninguna manera.

—De nada servirá que pregunte qué significado tiene, ¿verdad?

—Exacto, querida Alice. Localiza la dirección de David Ferguson, entrégale el paquete, repite esas palabras delante de él y después vuelve al Savoy y olvídate de todo el asunto.

Alice buscó el monedero, pero Hannah la disuadió con un gesto.

—Bueno, así me sentiré un poco útil, en todo caso —ponderó Alice—. Deles recuerdos a Reg y a Brenda. No habrá tenido noticias de Malcolm, supongo. ¿Y de Lyra?

—Ojalá las tuviera. Estoy muy preocupada con todo, Alice. Lo único que podemos hacer es seguir adelante.

—Para cualquier cosa que yo pueda hacer, ya sabe dónde estoy.

Hannah pagó la cuenta y salieron del bar. Después de darse un abrazo en la acera, Alice se fue con paso apurado para regresar al trabajo.

A las cinco y media, salió del hotel y cogió un autobús que seguía por el dique hasta el Albert Bridge.

Allí cruzó a Battersea. En el río, en fase de marea alta, había un denso tráfico: barcazas, un par de autobuses fluviales, una lancha de policía que se dirigía lentamente hacia Westminster…

Pese a que solo había estado una vez en Londres antes de convertirse en una fugitiva, Alice ya había empezado a orientarse y a disfrutar de la extensión, el ajetreo y el anonimato de la ciudad.

Le encantaba sobre todo el río, el mismo que pasaba por Oxford, aunque con mucho más caudal allí, el mismo sobre cuyas aguas habían viajado ella, Malcolm y la pequeña Lyra tantos años atrás.

Por aquel entonces estaba embravecido, pero ahora estaba manso, risueño y contenido.

Lo primero que compró al llegar allí como una persona adulta fue un mapa detallado, el mismo que consultó en ese momento en el extremo del puente del lado de Battersea.

Alland Street se encontraba escondida casi en medio de un laberinto de pequeños caminos, en la parte sur del parque, con lo cual tardó media hora en localizarla.

La dirección la condujo a una casita situada en una destartalada urbanización, que no se distinguía de las demás salvo por el número de deslucido bronce prendido a la puerta.

Llamó y, como nadie acudía, volvió a llamar.

Esa vez oyó una puerta que se cerraba en el interior, y después, unos pasos que se acercaban.

Parecía como si el hombre delgado que salió a abrir en mangas de camisa la puerta hubiera estado ocupado en alguna labor que deseaba volver a atender sin tardanza.

—¿David Ferguson? —preguntó Alice.

—Sí, soy yo.

—Tengo que asegurarme.

El hombre la observó con frialdad y después miró a derecha e izquierda.

—Será mejor que pase —la invitó, haciéndose a un lado.

Alice entró tras él. Después de cerrar la puerta, el hombre sacó una cartera del bolsillo y la abrió para enseñarle una tarjeta en la que constaba una foto suya. Allí ponía que era el capitán Ferguson y que trabajaba para el Ministerio de Agricultura.

—¿Agricultura? —dijo ella en un primer momento—. Perdón. No es asunto mío. Le he traído esto.

Entonces sacó el paquete de la bolsa y se lo tendió, pero no lo soltó. Él la miró con aire expectante.

— Kilkenny en llamas es una maravilla de nueve días… —comenzó a recitar, con gran esfuerzo de concentración.