El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 28. Doble detonación #4
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28. Doble detonación #4

Pan la oyó y movió la cabeza, porque no tenía fuerzas para contestar.

La noche que iba a tocar pronto a su fin era lóbrega aún; frente a ellos, hacia el este y el oeste, todos los picos estaban cubiertos de nieve y la tenue luz que se prendía a ellos era lo único que servía de orientación a Tilda.

Trazó un amplio círculo, descendiendo hacia lo que parecía un glaciar.

Consciente del cansancio del daimonion, no se demoró mucho en buscar un valle acogedor que, de todas formas, habría sido muy difícil de encontrar.

Tras localizar una estrecha barranca en una imponente pared rocosa que se alzaba junto al glaciar, bajó directamente hacia allí.

No bien hubo tocado el hielo con los pies, Pan se soltó de la rama de pino.

—Te he dicho que te agarraras bien —le advirtió ella en voz baja.

—Y así lo he hecho.

—Ven conmigo.

Se arrodilló a su lado y abrió los brazos. Todos los tabúes se habían evaporado; en el imperio de los oghâb-gorgs no había reglas. Pan trepó, dolorido, hasta su pecho y ella lo abrazó. En contacto con su seno, cálido como el de Lyra, se durmió.

Olivier Bonneville estaba ya despierto antes de que el guardia le propinara una patada, gracias a lo cual pudo hacerse a un lado y evitar lo peor.

—¿A qué viene eso? ¿Qué hace? —gritó, arrebujando la delgada manta que había al pie de la cama.

—Se tiene que levantar. Nos vamos. Dese prisa.

—¿Cómo? ¿Adónde? ¿Qué pasa?

El guardia se limitó a escupir en el suelo antes de salir, dejando la puerta abierta. Desde el pasillo llegaba una luz desabrida; aún no había amanecido y la celda estaba repleta de un aire estancado, negruzco y frío.

Bonneville se puso en pie, temblando, y buscó a tientas los pantalones. Cogió los calcetines, que había colgado en el barrote de la cama, y se los puso con aprensión, consciente de que aún estaban medio mojados.

—¿Y ahora qué? —murmuró—. ¿Has oído qué hacen?

Su daimonion sacudió la cola y estiró las alas. Bonneville advirtió que la derecha aún no estaba curada, pero se abstuvo de hacer comentarios.

—No, claro. Pero sí habrás oído lo que ha dicho, ¿no?

—¿Que nos íbamos?

Desde el umbral se proyectó una sombra. Precedido por una fuerte vaharada de colonia, el brigadier se quedó plantado allí, golpeándose la pierna con una vara corta.

—Dese prisa —le ordenó.

—¿Por qué? ¿Qué ocurre?

—Se va a ir de aquí.

—¿Adónde?

—Hacia el este, eso es lo único que sé. Vamos, vístase. No pierda tiempo.

—Tengo la ropa húmeda y no me la puedo poner deprisa. Esto es ridículo.

—Si quiere, puedo llamar para que venga el sargento con un par de hombres para ayudarlo.

Bonneville guardó silencio y siguió forcejeando con la ropa, mientras la vara seguía sonando en contacto con la bota. Tap, tap, tap . El daimonion halcón volvió a desplegar las alas, con lo cual únicamente logró poner en evidencia su debilidad. El brigadier miró el reloj.

—¿Adónde me van a llevar? —preguntó Bonneville, porfiando por hacer deslizar un calcetín sobre su pie aterido.

—Yo no lo voy a llevar a ninguna parte. Lo que es por mí, lo dejaría pudrirse aquí, pero el presidente quiere que vaya con él.

—Pero ¿adónde? —insistió Bonneville, tratando de disimular su alborozo con una fachada de impaciencia.

Alguien dijo algo a voces desde el pasillo y el brigadier contestó en la misma lengua. Bonneville tiró del calcetín y sintió como si su pierna se encogiera tratando de evitar su contacto.

—¡Vamos ya, muchacho!

—¿Dónde están mis pertenencias? ¿Dónde está la mochila que me robaron?

—Usted no tiene pertenencias. ¿Aún no está vestido?

«Bueno, Delamare debe de tener el aletiómetro, de modo que pronto lo voy a recuperar», pensó Bonneville, mientras se levantaba.

—Deme un abrigo que ponerme, o por lo menos una manta. El presidente lo considerará responsable a usted si me muero de frío.

El brigadier indicó la puerta con la vara. Bonneville trató de salir con paso altivo, pero temblaba demasiado para resultar convincente.

El sargento, o lo que quiera que fuese, agarró a Bonneville del brazo y, al tirar de él, casi hizo caer de su hombro al daimonion halcón.

—¡Con cuidado, mentecato! —protestó este—. ¡No sé de dónde sacan a semejantes imbéciles! ¿Acaso los crían expresamente en las montañas?

El sargento consultó con la mirada al brigadier y, como este inclinó la cabeza a modo de respuesta, propinó un contundente puñetazo a Bonneville en un lado de la cabeza.

Esa vez, el daimonion cayó. El daimonion perro del sargento soltó un gruñido cuando agitó las alas delante de su cara y Bonneville se apresuró a recogerlo para prevenir una pelea.

—Ya basta. Cállese y haga lo que le dicen —le recomendó el brigadier.

—¡Exijo hablar con el presidente!

En esa ocasión, la vara entró en acción. El brigadier la descargó contra el brazo de Bonneville, y le arrancó un grito de dolor.

Nadie dijo nada más. Lo único que le quedó hacer a Bonneville fue seguir adelante, dando traspiés, por el pasillo y el vestíbulo, hasta entrar en la parte posterior de una furgoneta, y caer de mala manera sobre el suelo metálico de esta mientras desde fuera cerraban con llave la puerta.

El motor ya estaba encendido y, en cuestión de segundos, el vehículo se puso en marcha.

Así, Bonneville pudo echarse a llorar sin que nadie viera sus lágrimas.

Sí las vio su daimonion, pero este no contaba.