El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 28. Doble detonación #3
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28. Doble detonación #3

—No… Me sentía muy segura. Pan iba conmigo, y el señor Scoresby, que manejaba el globo, me transmitía una sensación de seguridad, porque sabía lo que hacía. Y, además, Iorek Byrnison, el oso acorazado, viajaba también con nosotros. Ya debo de haberte hablado de él.

—Pues parece como si fuerais muy cargados.

—Hombre, yo entonces era una niña y supongo que pesaba menos.

—¿Me contarás un día todas esas aventuras?

—Si tú me cuentas todo lo que pasó cuando hubo la riada.

—Creía que ya te lo había contado.

—En ese caso, quiero volverlo a escuchar, con todos los detalles que te dejaste antes. Como, por ejemplo…, Alice.

—Alice fue una de las protagonistas de la historia, desde luego. ¿Ya te has olvidado?

—No. Pero… ¿Estabas…? Me refiero a antes del comienzo de esas peripecias… ¿Estabas enamorado de Alice?

—¡Vaya una pregunta que hacer, aquí al pie de las montañas del Tian Shan! ¿Por qué preguntas eso?

—Porque hace tiempo que me tiene intrigada.

—Ah, ¿sí? Bien, pues si lo quieres saber, estuve enamorado de ella dos veces.

—¿Dos veces?

—Sí. La primera vez que me enamoré de ella fue en un jardín subterráneo.

La corriente nos había llevado por un túnel al jardín de un magnífico palacio, o al menos eso parecía.

Había luces en todos los árboles y gente que paseaba charlando, riendo y bebiendo vino.

Alice estaba en un banco cuidando de ti mientras yo reparaba la barca y se quedó dormida.

Me fijé en su cara, porque había cambiado…

Siempre fruncía un poco el entrecejo y tenía los labios apretados, con actitud agresiva; pero yo nunca la había visto dormida, y entonces tenía una expresión relajada, casi dichosa, y sonreía.

Era tan hermosa que me enamoré de ella y me dieron ganas de besarla, pero, como me daba miedo despertarla, me contuve.

—Quizá no se habría despertado.

—De todas formas, no habría estado bien.

—¿Seguiste enamorado de ella?

—Sí. Ten en cuenta que yo entonces solo tenía unos once años.

Siempre la había encontrado detestable porque era prepotente y tenía mal genio.

Después de verla de esa manera, se produjo un cambio en mí.

Nunca se lo dije, ni le di a entender nada, pero a partir de entonces fuimos amigos. Además, ella era mayor que yo.

—La diferencia de edad se debe de notar más a esas edades.

—Sea como fuere, no le dije nada.

—Pero has dicho que fue dos veces.

—Sí, así es.

Hablaban en susurros. El silencio que los rodeaba estaba lleno de «campos», pensó Lyra, de corrientes que se entrecruzaban, de presiones distintas, áreas de intensidad y de calma; campos de significado, torbellinos y vórtices, débiles y fuertes.

—¿Cuándo fue la otra vez? —susurró Lyra.

—Después de la muerte de su marido. Se casó a los dieciocho años, creo.

Era un hombre encantador. Se llamaba Roger Lonsdale y trabajaba en la construcción.

Estaban hechos el uno para el otro. Él era tranquilo, y ella, indomable, y estaba realmente enamorada de él.

Se querían y eran felices. Después él murió.

Se cayó de un andamio que no estaba bien montado y se desnucó.

Ella cambió de inmediato. Se volvió otra vez la Alice de antes, cínica, fría y dura.

Todos sus amigos trataban de consolarla, pero ella no decía nada ni se desahogaba con nadie.

Yo debía de tener dieciséis años entonces.

Pasó un año y luego, un buen día, me llevó a su cama, sin decir ni una palabra, con una urgencia desesperada.

Al verla de esa forma, feroz, apasionada y generosa…

, se volvió a obrar la magia. Me enamoré de ella.

Para eso bastó con abrazarla. Era la primera vez que besaba a alguien; la primera vez para todo. Fue magnífico y la amé.

—Jamás habría imaginado… —Otra vez surgía una prueba de su falta de imaginación—. Bueno, yo debía de ser todavía muy niña.

—Sí. Lo único que sabía era que el mejor trabajo que hizo nunca Alice fue cuidar de ti. A ti no te veía casi.

—¿Ella te quería? ¿Qué pasó después?

Malcolm se quedó pensativo un momento.

—No creo que estuviera enamorada de mí. Creo que más bien necesitaba a alguien que la abrazara e hiciera el amor con ella. Yo así lo hice y, sin poder evitarlo, me volví a enamorar de ella. Era muy hermosa.

—¿Todavía la quieres?

—Sí, de una manera compleja.

—¿Por qué compleja?

—No estoy enamorado de ella como entonces.

He descubierto que no es muy frecuente lo de poder conservar una amistad.

A menudo se producen celos, traiciones, rencores y sentimientos de insatisfacción.

Una persona deja de querer a la otra antes, y ahí surge el conflicto, pero en nuestro caso fue una transformación suave y gradual.

Mantuvimos un afecto mutuo sin caer en los celos.

Fuimos amantes durante seis meses. Yo maduré mucho durante ese tiempo.

Le estaba tan agradecido que siempre me pareció natural que siguiéramos siendo amigos.

Ella forma parte de mi vida. Fui muy afortunado en ese aspecto.

Lyra guardó silencio un instante.

—Me parece que tal vez ella también lo fue —comentó después—. Gracias por contármelo. Nunca lo habría adivinado… ¿Te fijaste en lo extrañada que me quedé esa vez en que abrí de repente la puerta de su cuarto en el Jordan?

—Si quieres que te diga la verdad, no. Lo que me llamó la atención fue la reacción que tuvo Asta con Pan.

—Ah, sí. Como lo había visto solo, creyó que había robado algo, la cartera del hombre asesinado.

Él mismo se dio cuenta en ese momento y se quedó desestabilizado, mientras yo me quedaba desestabilizada ante la idea de que el doctor Polstead tuviera tantas confianzas con la señora Lonsdale…

Y Alice se había puesto muy incómoda. Debiste de pensar que era medio boba.

—Eso nunca.

Se quedaron de nuevo callados un momento.

—No sé dónde debe de estar ahora Alice —dijo Lyra.

—A mí me tiene preocupado.

—Cuando volvamos, haremos todo lo posible por que esté a salvo.

Él se movió un poco y acomodó la espaciosa chaqueta de modo que quedaran bien arrebujados.

Lyra era consciente de la proximidad de su cuerpo, del cuerpo que durante la adolescencia había aprendido a hacer el amor con Alice y del cuerpo de hombre adulto que estaba acostado a su lado entonces, fuerte, competente y acogedor.

¿Eso era todo? ¿No era emocionante, hermoso y embriagador?

«No, no… No como Will», pensó. Ese momento, en el bosquecillo del mundo de los mulefas, en que la besó por primera vez… Nunca se iba a repetir nada igual.

Permanecieron callados un rato y ella pensó que Malcolm debía de haberse dormido.

Asta ronroneaba, sin embargo, de lo que se deducía que aún estaba despierto; la hierba también estaba despierta, agitada por un suave viento que la hacía suspirar; y el aire estaba, tal como había sentido antes, lleno de campos de intención, de propósito y de memoria.

Tenía una sensación de ligereza tan intensa que creyó que, si dejaba ir su cuerpo, se vería transportada por el aire, entre todos aquellos campos, igual de insustancial que un filamento de plumón.

Por una parte, deseaba soltarlo y, por otra, no; allá arriba hacía frío; allí estaba abrigada y a salvo bajo la chaqueta de Malcolm, rodeada por los brazos de Malcolm.

Recordó que había dormido cerca de Asta, abrazándolo de ese mismo modo.

¿Qué significado tenía? Solo los amantes permitían que ocurriera eso.

¿Acaso amaba a Malcolm? Le había emocionado lo que acababa de confesarle.

El buen concepto que tenía de Alice también había quedado reforzado.

Era una prueba de bondad y de sentido común el hecho de que, después de haber sido amantes durante una breve temporada, conservasen la amistad.

Y no, ella no estaba enamorada de Malcolm, pero…

Primero, el edificio rojo. Después vendría todo lo demás. Por fin se quedó dormida.

Pan y Tilda viajaban sobre las estribaciones septentrionales de las montañas del Tian Shan, sin arriesgarse a sobrevolar las alturas donde los oghâb-gorgs aterrorizaban a todos los seres vivientes.

Pan debía realizar un esfuerzo extremo para mantenerse agarrado a la rama de pino nuboso sin un segundo de tregua.

Tilda Vasara apenas hablaba mientras volaban.

Su intención era cubrir una enorme distancia en el menor tiempo posible, porque captaba una sensación de ansiedad y de urgencia por parte de sus hermanas, y se sentía ligada a aquellos humanos de breve vida, a Pan, Lyra, Malcolm y Asta, debido al impulso que la había conducido, veinte años atrás, a la isla formada durante la riada, donde se encontraban el muchacho y la pequeña dormida.

Para una bruja, veinte años transcurrían, desde luego, como en un abrir y cerrar de ojos, pero ciertas cosas eran más importantes que otras.

Descendieron un poco para dormir en las tierras altas situadas justo al norte del desierto.

Pan estaba casi enloquecido por el deseo de dormir y Tilda estaba ensimismada con diversos pensamientos que la perturbaban, mientras modificaban el rumbo hacia el sur.

Su daimonion, el charrán del Ártico que se deslizaba junto a ellos, trató de convencerla varias veces para que aterrizase a fin de disfrutar de un descanso y dormir.

—El daimonion se va a caer —le advirtió en su idioma—. No va a poder resistir mucho más. Baja a tierra, Tilda, busca una cueva o algo para guarecernos. Lo vas a matar y entonces la chica morirá también.

Ella se abstuvo de responder. Estaba exhausta también y sabía que el daimonion tenía razón.

—Ahora aterrizaremos para descansar —anunció.