El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 28. Doble detonación #2
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28. Doble detonación #2

Las aves habían descendido bastante y sus chillidos expresaban un estado de excitación que, de haberse tratado de humanos, habría podido calificarse de histeria.

Sala vio cómo trazaban círculos e iban bajando, aprestando picos y garras; ninguno lo bastante cerca para suponer una amenaza para los hombres, pero demostrando un creciente interés por el prisionero.

La lámpara que lo enfocaba permitía vislumbrar el atisbo de una garra, un ala o una cola cuando uno de ellos se aproximaba más.

El oficial corrió a su alrededor, para examinar cada una de las cajas, y luego ordenó a sus hombres que se alejaran del prisionero atado a la roca.

Estos no se hicieron de rogar. La fetidez de las aves habría bastado para impulsarlos a retirarse, incluso a pesar de las máscaras de gas.

Sala, por su parte, sintió que ya había permanecido demasiado tiempo allí.

Deseaba elevarse y volar lo más lejos posible, pero había acudido allí a espiar y…

La primera de las aves se atrevió a bajar en picado y atacar al prisionero.

Tras abrirle un profundo boquete en el pecho, descubierto, alzó el vuelo de inmediato.

Fue como si hubiera inaugurado la carnicería: las criaturas se abatieron, una tras otra, sobre el pobre hombre, de tal forma que en cuestión de segundos quedó invisible.

Una bulliciosa masa de aves se disputó su cuerpo, que desgarró y despedazó, hasta dejarlo reducido a una mera masa de sangre y plumas negras, un errático abrevadero de muerte…

De repente, todas las cajas estallaron. Primero fue una silenciosa detonación de fuego rojo que se propagó de una caja a otra, y creció hasta cubrir con una nube escarlata la roca, el prisionero y las aves que se cebaban en él.

Después llegó el tonnerre double , con una inyección de aire dirigido al centro, seguida de un estallido tan fuerte que pareció como si fuera a partirse en dos la montaña, y de un fogonazo de luz que dejó deslumbrada a Sala durante varios minutos.

Contempló, horrorizada, la turbulencia de color blanco, rojo y negro que se propagó dentro, más allá y a través del espacio que antes había ocupado el prisionero.

En torno a este, las aves chillaban y batían las alas; unas se precipitaban hacia el aire, algunas contra el suelo y otras se alejaban del centro de la explosión.

Sala oyó que el oficial impartía órdenes, pero ninguno de sus subalternos se movió, salvo para apartarse aún más de la víctima, que ya era solo una masa de carne sanguinolenta, y de las aves que yacían muertas o agonizantes en torno a ella.

En realidad, no eran muchos hombres: una docena, más o menos, calculó Sala, todavía pestañeando para recobrar la nitidez de la visión.

La mayoría de las aves habían saltado por los aires a causa de la explosión o habían escapado volando, pero, al cabo de menos de un minuto, regresaron.

Con burlón griterío, se abalanzaron sobre el cadáver de la víctima, y los que no consiguieron llegar hasta él optaron por cebarse con avidez con los cuerpos de sus congéneres derribados, algunos de los cuales aún estaban vivos.

El oficial tomaba notas en un cuaderno. Los otros soldados trataron prudentemente de llegar hasta las cajas que habían contenido los explosivos, pero la multitud de aves se lo impidió.

Su voracidad desmedida había llegado a un clímax de incontrolable locura; ebrias de sangre, picaban, laceraban y desgarraban cualquier girón de carne y hueso depositado a su alrededor en las rocas, más interesadas en ese momento en la carne y sangre de los muertos que de los vivos, los cuales podrían ofrecer resistencia.

Los soldados hacían circular una botella. Sala ya había visto suficiente, de modo que agarró su nube pino con la mano y alzó el vuelo, yendo al encuentro de un aire más limpio. Una vez que pudo respirar mejor, se orientó tal como sabían hacer las brujas y regresó para reunirse con los grifos.

—¿Lo han usado como señuelo? —preguntó Malcolm, sin dar crédito.

—Exactamente —confirmó Sala.

Pese al hermetismo de su semblante, el príncipe Keshvād expresó su repulsa con un balanceo del cuerpo.

—Pero ¿qué pretendían hacer? —planteó—. Seguro que no era solo encontrar una manera ingeniosa de matar a un pobre prisionero.

—Era un experimento, para ver si el explosivo era útil contra las aves —dijo Malcolm.

—Pues no lo ha sido —añadió Lyra.

—El oficial de mando tenía unas órdenes precisas —explicó Sala Riikola, que se encontraba sentada al lado, junto con otras brujas—.

Después de la explosión, ha empezado a medir hasta qué distancia ha sido eficaz la detonación y a contar las aves muertas, pero, como las otras no paraban de atacarlo, ha tenido que retirarse con sus hombres.

—¿Han atado a ese hombre en el fondo del barranco o fuera? —preguntó Malcolm.

—Justo en el borde.

—Me parece que lo van a intentar de nuevo, y la próxima vez lo harán a mayor profundidad. Si se hiciera estallar una bomba en una quebrada estrecha, se conseguiría una mayor mortandad en medio de una bandada de aves.

—No tenemos ninguna necesidad de verlo más veces —opinó Gulya.

—Esas aves…, ¿tenían alguna manera particular de atacar? —preguntó Lyra—. ¿Obedecían a algún líder en concreto o eran más bien una bandada confusa?

—Era solo un tumulto. Seguían al más fuerte, igual que pasa con ese tipo de bandas, pero no tenía ningún plan concreto de ataque —repuso Sala—. El más grande y el más fuerte era el que llegaba primero a la presa y comía más.

—Pero ¿seguían a alguien, si tomaba la iniciativa?

—Creo que sí —confirmó Sala.

—¿En qué estás pensando? —le preguntó Malcolm a Lyra.

—Me acordaba de una tarde en que estuve en Port Meadow el año pasado.

Las golondrinas se estaban concentrando para volar hacia el sur.

Era una gran bandada de cientos de golondrinas, muy excitadas por la perspectiva del viaje, supongo…

El caso es que, mientras mirábamos cómo daban vueltas sobre el río, Pan se percató de algo curioso.

Al principio, no lo creí, pero después reparé en ello también.

En medio de las golondrinas volaba, trazando círculos a igual velocidad que ellas, una libélula.

No la pude ver bien porque iban muy deprisa, pero era sin duda una libélula y no una golondrina.

En circunstancias normales, cabría esperar que la que iba al lado la agrediera, pero todas se hallaban en un estado de frenesí.

Pan dijo que parecía como si la libélula las estuviera guiando, aunque yo pensé que era más bien como si ella se hubiera olvidado de que era una libélula.

Y… en eso pensaba ahora, nada más. No sé por qué.

Los grifos guardaban silencio. Tenían la costumbre de permanecer totalmente inmóviles, como esculturas de piedra; nunca parecían sentirse compelidos a hablar.

Las brujas, por su parte, que habían escuchado atentas lo que dijo Lyra, se pusieron a charlar animadamente entre sí en su propia lengua, igual de febriles que un grupo de golondrinas en un pajar.

Saltaba a la vista que lo que había descrito Lyra les era familiar.

—Usted ha dicho que el explosivo no había funcionado.

—Si lo que pretendían era encontrar una manera de liquidar a esas aves, ese no era el método acertado. Solo han conseguido matar unas cuantas y las demás han huido y después han vuelto.

—Es el explosivo que han desarrollado para destruir las aberturas, las ventanas de acceso a otros mundos —explicó Malcolm—. Parece que les ha dado resultado, hasta cierto punto.

—Y la directora de Oakley Street —dijo Lyra—, ¿está bien?

—Espero que sí, pero temo por ella.

—Más para allá, vi miles de soldados —los informó Sala Riikola.

—Deben de haberlos reclutado en diferentes países. Incluso si las aves los atacan al cruzar las montañas, quedarán muchos.

—¿Podemos evitarlos volando por encima?

Nadie conocía la respuesta, sin embargo. Los grifos comenzaron a retirarse para ir a dormir. Las brujas se quedaron charlando en corros.

Malcolm y Lyra permanecieron sentados allí un par de minutos.

—¿Tienes frío? —le preguntó él.

—Sí, un poco.

—Después bajará más la temperatura. Tendremos que dormir apretados.

—Ya lo había pensado.

—¿Cómo te las apañaste en el Ártico?

—Tenía la mejor ropa que te puedas imaginar. Los giptanos se habían encargado de conseguírmela, y después el señor Scoresby también ayudó con eso. Él había viajado en globo por todo el Ártico. Creo que se habrían reído si vieran cómo vamos vestidos ahora.

—No tenemos más remedio que ir así.

—Hay que apretarse unos contra otros. Es lo único que se puede hacer —dictaminó Asta.

—Como es grande, mi chaqueta sirve para taparnos los dos —dijo Malcolm.

Se fueron a acostar juntos. Lyra pensó que estaba más delgado que antes, pero que todavía era… ¿corpulento? ¿Era esa la palabra indicada? En todo caso, su proximidad le aportaba calor, que era lo más importante en ese momento. Por otra parte, se sentía bastante cohibida.

—¿Estuviste…? —quiso preguntar.

Paró, sin embargo, porque le pareció que él iba a decir algo, aunque no fue así.

—¿Si estuve qué?

—No sé. Perdona.

Él cambió de posición para dejarle más sitio y la cubrió con la chaqueta. Se sentía desvelada, pero envuelta en calidez. Tal vez la aguda conciencia de tener el cuerpo de Malcolm tan cerca del suyo disminuiría un poco y entonces podría conciliar el sueño.

—¿Cuál es el lugar más extraño donde has dormido? —le preguntó él.

—En un globo aerostático, volando por encima del Ártico. Íbamos en el cesto de abajo, no en el…, bueno, ya sabes. ¿Y tú?

—En una tumba, en el desierto del Gobi.

—¿En una tumba? ¿Por qué?

—Se desató una tormenta de arena y la tenía al lado. No era una tumba muy profunda y su ocupante la había abandonado hacía mucho. ¿Pasaste nervios cuando ibas en el globo?