El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 28. Doble detonación
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28. Doble detonación

A l forjar aquella inédita alianza, tanto las brujas como los grifos habían tomado en consideración los puntos fuertes de cada bando.

Las brujas, por ejemplo, volaban muy rápido.

Ellas no conformaban un ejército, estratificado en rangos, sujeto a órdenes y constreñido por planes de estrategia trazados lejos del campo de batalla.

Cada una de ellas era libre de actuar por cuenta propia, y luchaban de manera intrépida y despiadada.

Dicha libertad conllevaba su parte de fortaleza y su cara de debilidad.

Eran capaces de moverse discretamente como espías, solas en la oscuridad de la noche, y de viajar hasta más lejos y más deprisa por el aire que una horda de guerreros por tierra; y cuando había que recurrir a la potencia de un ejército, podían concentrarse como un enjambre de avispas y aterrorizar a cualquier enemigo.

No obstante, la noción de combate estratégico no entraba en su manera de proceder; ellas invertían cuanto tenían en todas las batallas y nunca pensaban en retirarse en determinado momento a fin de poder combatir mejor en el siguiente, o en mantener una fuerza de reserva con intención de tomar por sorpresa a un enemigo.

Los grifos diferían de ellas en muchos sentidos.

Grandes monstruos predadores, invencibles en combate singular, tanto en el aire como en el suelo, eran capaces de deslizarse con las corrientes invisibles de la atmósfera y, en un abrir y cerrar de ojos, trazar un círculo, bajar en picado con las garras de león por delante y destruir a cualquier criatura o máquina voladora con un único choque devastador.

Un ejército entero de grifos, disciplinados, entrenados y bien capitaneados no habría tenido nada que envidiar a cualquier ejército de tierra.

Los grifos no se arredraban con la guerra, pero tampoco la provocaban.

El motor subyacente de todas sus actividades y de todos sus deseos se encontraba en el oro, y también en la compulsión por mantener la integridad de sus dos reinos, el exterior, que se extendía desde el mar Negro hasta Kamchatka y desde el Himmaleh hasta el Ártico, y el interior, que abarcaba el sol, la luna y las estrellas.

El príncipe Keshvād ordenó a sus tropas que se desplegaran sobre las estepas antes de llegar a las montañas del Tian Shan y que se aprovisionaran de la máxima variedad de rebaños posible.

Ellos no eran como los humanos, que robaban y asesinaban sin pensar, sin importarles si provocaban la extinción de clanes enteros.

Los grifos necesitaban comida, por supuesto.

Tomar un poco de muchos sitios era preferible que tomarlo todo de tan solo uno o dos.

Los pueblos pastores nómadas lo consideraban como una especie de impuesto que, aun rezongando, aceptaban pagar.

La alianza era algo novedoso e intrigante para ambas partes.

Empezaron repartiéndose las diversas tareas por acuerdo mutuo: los grifos volarían a gran altitud cubriendo un amplio terreno durante el día y las brujas explorarían con más detalle por la noche.

Todos eran conscientes de los grandes peligros que los aguardaban, entre los cuales destacaban las aves asesinas, los oghâb-gorgs del Tian Shan.

Tomando en consideración dicha amenaza, un grupo de brujas se adelantó para reconocer el terreno en las estribaciones de la cadena y aceptó que una de ellas se fuera volando sola para tratar de descubrir alguna novedad sobre las tropas del Magisterio.

Esa bruja se llamaba Sala Riikola. Aquella era la clase de misión que más le gustaba: explorar sola, rodeada de la naturaleza, de oscuridad y silencio.

Su labor consistía en indagar, al margen de la violencia; esta llegaría después.

Al principio, voló a media altura, escrutando las montañas y valles para detectar movimiento en el suelo.

Previsiblemente, el único peligro al que podían enfrentarse en el aire serían las aves, y en esa parte de la cordillera había pocas señales de su presencia.

En el suelo, advirtió los fuegos de las chimeneas de los pueblos dispersos y las hogueras de los campamentos de los pastores nómadas.

Durante muchos kilómetros, esas fueron las únicas que divisó.

Más adelante, sin embargo, a mayor altura, había un resplandor, parecido casi al de la iluminación de una ciudad, hacia el cual se dirigió para investigar.

Llegó antes de lo previsto. No se trataba de una población, sino de una inmensa concentración de material y de soldados, que habían acampado para pasar la noche.

Las tiendas estaban dispuestas en filas ordenadas y sobre las hogueras había suspendidos espetones con bueyes o camellos, cuyo aroma se elevaba por el cielo.

El olor a carne asada viajaba en alas del viento.

En el borde del extenso campamento, los técnicos y artesanos también habían encendido fuegos.

Sala Riikola los vio accionar grandes maquinarias, reparar ejes, ajustar aros de hierro de ruedas de carreta, fundir metales cuyo uso no comprendía; el conjunto, en todo caso, era un claro reflejo de una organización minuciosa y de un gran potencial.

Descendió un poco más, asumiendo un riesgo, para acercarse a una tienda mayor que las demás, situada cerca del centro del campamento, custodiada por guardias, de la que entraban y salían mensajeros, con un asta en la que había enarbolada una bandera.

Aunque no distinguió ningún símbolo en ella, tampoco era necesario.

Su misma presencia le indicó que allí se encontraba el centro de mando.

Fuera había una especie de aparato, consistente en una serie de postes metálicos enlazados con alambre.

Lo único que se le ocurrió a ella fue la palabra «ambárico».

Ese hombre, Malcolm, y la mujer, Lyra, debían de saber para qué servía.

Sala se remontó en el aire, alejándose hacia las montañas más elevadas, porque había advertido unas luces que oscilaban por ese lado.

Al acercarse, el olor de la carne asada del campamento se disipó, dando paso a un hedor a rancio y a podredumbre.

Aunque al principio era tenue, se trataba del inconfundible olor a muerte y a descomposición.

¿Era posible que viniera del reducido grupo de hombres y caballos que subían por la montaña? No. Estos olían a lo que eran: hombres y caballos. El otro olor, más agresivo, solo podían despedirlo los oghâb-gorgs .

¿Debían de tener nidos o tan solo se posaban a descansar sobre las rocas?

Era conveniente esclarecer aquellos detalles.

Se elevó aún más, hasta alturas donde un frío viento desperdigó la pestilencia a putrefacción, impregnando el aire del frescor de la nieve.

Siguió volando detrás de los hombres y se percató de que estaban trabajando.

¿Por qué se afanaban así de noche, pese a que debían de ver muy poco, aun alumbrándose con sus lámparas?

Consciente de que las personas hacían a oscuras cosas que les avergonzaba hacer en plena luz del día, Sala Riikola se acercó un poco más y, tras aterrizar entre las rocas contiguas a un pequeño barranco, se puso a observar.

Había diez o doce individuos, vestidos con gruesos uniformes de montaña, con la cara cubierta con lo que parecían máscaras antigás.

Había otro hombre más, encadenado, que no llevaba máscara.

Parecía medio dormido, o drogado, porque no hacía ningún esfuerzo para liberarse.

Debía de tener frío, porque solo iba vestido con unos pantalones finos y una camisa desabotonada, aunque de todas formas era posible que estuviera ya moribundo.

Sala vio que aquellos individuos lo ataron a una roca, obedeciendo las instrucciones de un superior. En ese momento trató de resistirse, pero, como no tenía fuerzas, lo neutralizaron con facilidad y se aseguraron de que no se pudiera mover.

Después, algunos de los hombres depositaron unas cuantas cajas pequeñas en torno a la roca, a medio metro de distancia de esta, más o menos, y empezaron a disponer cables entre ellas.

En el aire se movía algo. Sala oyó, llegado de las alturas, un ruido de alas que lo agitaban y algún que otro chillido que resultaba apenas audible.

Ella era, con todo, una bruja y lo oyó. Casi en el mismo momento, percibió la primera corriente pestilencial, el hedor a carne podrida, a sangre ponzoñosa, a gangrena…

Tenía que tratarse de los oghâb-gorgs , sin duda.

Aquello era como si hubieran abierto las puertas de un banquete celebrado en un osario.

Los hombres también habían oído algo. Algunos levantaron la vista, pero el oficial los reprendió, reclamándoles que se concentraran en su labor. Se inclinaron, pues, hacia el suelo y aceleraron la cadencia. Su superior tuvo que volver a llamarles la atención a gritos, para que tuvieran cuidado.