27. La joya del Atlas #3
La habitación contaba con una ventana con barrotes y con postigos cerrados desde afuera, que solo le permitía discernir si fuera estaba soleado o no.
Por lo general, no había sol. Disponía de un sanitario sin tapa, situado en un rincón, con una cisterna operativa, y de una sábana en la cama, limpia pero raída y llena de remiendos.
Aunque en el techo había una bombilla ambárica, no había ningún interruptor con que apagarla.
El cuarto, recalentado, tenía el aire enrarecido.
Siguió, pues, acostado, meditando sobre la situación junto con su daimonion. Se le estaba curando el ala, pero aún no podía volar.
—¿Qué va a hacer con nosotros? —planteó el daimonion, tomando por primera vez la palabra desde que se habían despertado.
Bonneville sabía perfectamente a quién se refería. Ya había visto a Delamare con esa misma actitud, divertido y consciente de su poder, como un verdugo que manejase un látigo con manos de seda.
—Nos va a mantener a su lado por el momento. Diga lo que diga, no se va a fiar de Lacroix para leer el aletiómetro. Me necesita y lo sabe.
—¿Y cuál es su objetivo último?
—No puede ser otro que llegar a ese edificio del desierto de donde provienen las rosas.
—Pero ¿por qué?
—Ay, calla un poco.
—Solo estamos pensando, Olivier.
Bonneville guardó silencio durante unos breves minutos.
—Porque… —dijo el daimonion.
—Me duele la cabeza —espetó—. Da igual lo que él vaya a hacer. Lo que cuenta es lo que vamos a hacer nosotros.
Satisfecho con la respuesta, el daimonion se puso a acicalarse las alas, con más dificultad de un lado que del otro.
Después cerró los ojos, encaramado en el respaldo de la única silla que había en el cuarto.
Bonneville se tapó la cara con la sábana y se fue adentrando en la zona crepuscular del sueño.
En la pantanosa región de los Fens del este de Inglaterra, la luna lucía con el mismo brillo con que había iluminado unas horas antes las estepas de Asia Central.
Farder Coram había sacado el sillón a la cubierta de su barco para sentarse a contemplar el cielo envuelto en una manta, en contra de la opinión de su sobrina Rosella, quien le advirtió del peligro de exponerse a los vapores lunares.
—Qué va, muchacha —adujo él—. Si no he sucumbido a los vapores lunares en setenta años, será porque soy inmune.
Esta es la noche más luminosa que ha habido desde hace meses y la quiero aprovechar.
¿Sabes qué? Baja a la cocina y prepara chocolatl para los dos, ¿eh?
Tráete otra manta y siéntate aquí conmigo.
—Hace demasiado frío para usted —insistió ella—. Con cualquier cosa que pille, se podría morir.
—No, barrunto que todavía me falta bastante para eso. Venga, ve a preparar ese chocolatl.
La chica acató, reacia, sus deseos, hasta que al final se aposentó junto a él para mirar el cielo envuelta en una manta.
—¿Le pone triste, Farder Coram? —preguntó al cabo de unos minutos.
—¿Qué, el cielo? Triste no. Bueno, un poco. Me da tristeza cuando pienso en las cosas que ya no volveré a ver, pero en general no. No es tristeza, sino algo más grande, quizá. ¿Y a ti, muchacha?
—A mí sí. Todas esas estrellas están tan lejos, y no sé…, es todo demasiado inmenso, ¿ve? Será como usted dice, que igual es demasiado grande y no hay forma de entenderlo.
—Pues eso es precisamente lo que me gusta, ¿ves?
—Hasta da miedo.
—Tómate el chocolatl antes de que se enfríe.
—Pues eso de los vapores lunares existen de verdad, para que sepa.
—Seguro que sí, pero a mí no me asustan.
—¿Hay algo que le asuste, Farder Coram?
—Muchas cosas. Lo que hay que hacer es no ponerse a pensar en ellas. ¿A ti qué te da miedo, muchacha?
—Que la gente se muera.
—Bástele al día su propio mal. ¿Entiendes lo que significa? Aquí no se está muriendo nadie, todavía. Contempla tranquila la luna, cariño. Es como una joya, ¿no? Imagínatela colgada de una cadena de plata.
—Pero no es perfecta del todo. Tiene como unas marcas.
—Si fuera perfecta, sin marcas, se vería rara. Parecería como si fuera hecha de fábrica.
—Ya, nueva, sin un rasguño.
—Recién salida de la caja.
Rosella se tumbó en la cubierta y se tapó hasta la barbilla.
—Si ella pudiera ver, si nos pudiera ver ahora mirándola… —dijo.
—¿Qué más crees que vería?
—Barcos en el mar. Caballos dormidos en un prado. Un viajero en una carretera solitaria. Gente bailando en una boda, aunque no puede oír la música porque está demasiado lejos. Alguien poniendo una trampa para pescar en un río. Amantes…
—Sí, todo eso —aprobó Coram—. Sigue.
—Un hombre y una mujer pobres que duermen abrazados debajo de unos matorrales.
Una lechuza que está a punto de cazar un ratón.
La marea que va subiendo por el fango. Las luces de un faro.
La luz de una vela en la ventana de una cabaña, o de un barco.
Un estudioso que se queda dormido encima de sus libros.
Un gato que persigue a un ratoncillo en medio de unas coles.
Un ladrón que camina disimulado por detrás de una casa.
Una bruja que vuela sobre el hielo, sola por el cielo.
—¿Adónde va?
—A un sitio peligroso.
—¿Y la luna ve todo eso?
—Eso y más… Todo, menos las sombras.
—No, las sombras no las puede ver, y el sol tampoco.
—Y las sombras tampoco la pueden ver a ella.
—Es verdad.
—Pongamos que hubiera una sombra que quisiera ver el sol, y pongamos que el sol hubiera oído hablar de las sombras y quisiera ver una… Sería imposible. Ni uno ni otro podrían.
—Acabas de presentar una alegoría de la vida, Rosella.
—Ah, ¿sí?
—No, igual no. Aunque si tirases del hilo, te podría salir un buen cuento.
—Ya lo pensaré. Uf, Farder Coram, qué frío tengo. No me puedo quedar aquí afuera toda la noche. Y usted debería irse a la cama.
—Tienes toda la razón, como siempre. Tú bajas las mantas y yo llevaré las tazas.
La luna los observó apaciblemente mientras abandonaban la cubierta.