27. La joya del Atlas #2
—Háblame de Mustafá Bey —le pidió luego Malcolm.
—Era un gran mercader. Controlaba toda clase de negocios por toda la Ruta de la Seda y los dirigía todos desde una mesa del café Marletto de Alepo. Fue Bud Schlesinger quien me habló de él.
—¡Bud! Sí, claro.
—En Esmirna. Dijo que te había conocido en Oxford.
Me aconsejó que fuera a ver a Mustafá Bey y que le pidiera consejo.
El señor Ionides me llevó al café y me hizo una presentación, en su estilo particular…
Mustafá Bey se mostró muy interesado, y también muy amable.
Me dio una carta, una especie de salvoconducto, que me habría sido útil en todo el viaje hasta Tashbulak, si no lo hubieran asesinado.
Todavía la conservo, por si acaso. Fue él quien me dijo que el señor Ionides había sido profesor de matemáticas.
Parecía como si estuviera enterado de todo.
Y alguien lo mató. No lo entiendo. No comprendo a quién podría beneficiar su muerte.
—A todo aquel que se deleite con la confusión y el desorden, y vea la manera de sacar partido de ello. ¿Qué dijo él sobre las rosas?
—Me explicó cómo funcionaban las transacciones, cómo se llevaban a cabo los intercambios entre sus agentes y los vendedores, que recibían a cambio oro, alfombras o cosas que ellos consideraban de valor.
Envió para averiguar algo más a un grupo de personas, que regresaron presentando exultantes informes de lo que habían visto, como maravillosos jardines y lagos, y cosas por el estilo, pero carentes de información concreta.
El interés de Mustafá Bey era el normal en un comerciante, diferente del que tendrían un filósofo o un teólogo experimental.
—¿Dijo algo sobre Thuringia Potash?
—Me parece que no. ¿Qué es eso? He visto el nombre, pero ni siquiera sé qué es.
—Es una gran compañía. Tienen representantes y centros de investigación en el Levante y más hacia el este. Trataban de sintetizar el aceite de rosa, pero parece como si de un tiempo a esta parte les fueran mal las cosas. Han abandonado algunas sedes, por ejemplo.
Lyra se quedó pensativa un momento.
—Me cayó bien Mustafá Bey. Ojalá estuviera vivo todavía. También me gustaría tener noticias del profesor de matemáticas. Querría saber si está bien.
—Dijo algo de un tercer enemigo, ¿no?
—Sí…
—Supongo que es la clase de enemigo capaz de matar también a Mustafá Bey —apuntó Malcolm.
—¿Por una cuestión de principios, te refieres?
—O tal vez a la ligera, con indiferencia.
—No sé si eso sería peor.
—Desde luego que sí. Al Magisterio lo podemos entender.
Podemos descifrar sus motivaciones, aunque no estemos de acuerdo con ellas.
Con los hombres de las montañas sucede lo mismo.
Ambos creen que el polvo es algo maligno y peligroso, y por eso quieren destruirlo.
Por el otro lado, si no alcanzamos a discernir un móvil…
Volvieron a guardar silencio. Una vez más, Lyra pensó en lo extraño que era estar acostada con tanta comodidad tan cerca de Malcolm, del doctor Polstead.
Era el hombre que se había enfrentado al brujo en su caverna, con firmeza y valentía; el mismo que había fabricado la diadema que tan bien encajaba en su cabeza, con el mismo oro que la había acompañado a través del Ártico y a través del mundo de los muertos, y que había regresado a ella con aquella forma después de que lo hubiera robado el grifo en la cámara del tesoro de al-Khan al-Azraq, gracias a ese hombre, gracias a su intrepidez y a su destreza.
De nuevo pensó en lo extraño que era sentirse rodeada por su brazo, que la protegía del frío; sentir el peso de su cuerpo musculoso tan cerca del suyo.
Y, al fin y al cabo, era un hombre. ¿No le apetecería besarla?
¿Cómo sería si se besaran? No alcanzaba a imaginárselo, aunque, claro, según recordó, aún no había recuperado su imaginación.
Al cabo de un buen rato, se quedó dormida.
Pan y Tilda durmieron durante casi todo el día. Él despertó cuando el sol se ponía sobre el mar bajo un vaporoso telón de fondo de nubes carmesíes, de enormes olas y de unas extensas velas de barroca extravagancia, que componían una especie de decorado teatral diseñado por algún acaudalado orate.
—Pronto se va a hacer de noche —pronosticó Tilda Vasara.
Estaba cociendo en una hoguera un conejo ensartado en un espetón.
—¿Prefiere volar de noche?
—Siempre.
—¿Por las estrellas?
—Y porque entonces la luz de la luna nos da en la piel.
Dio la vuelta al conejo, que olía muy bien.
—¿Quieres un poco? —le ofreció.
—Un bocado, cuando esté más cocido.
Volvió a mirar el cielo, y se preguntó si Lyra lo vería, dondequiera que estuviese.
—¿Se guían por las estrellas para viajar?
—Sí. Y por la luna, los ríos, las montañas, el sol, los vientos y otras cosas que tú no puedes percibir.
—¿Cuántos años tiene, Tilda Vasara?
—Cuatrocientos, quizá un poco más.
—Cuando me vio, cuando nos vio a mí y a Lyra, aquella otra vez, durante las inundaciones…
—Estabas dormido en una barca.
—O sea, que no me puedo acordar. Yo me preguntaba…
—De todas formas, no te acordarías, porque eras demasiado pequeño.
—Ya lo sé, pero ¿por qué fue usted allí? ¿Iba de camino hacia algún otro sitio?
Tilda apartó el conejo del fuego, dejó caer una gota de grasa que chisporroteó en la brasa y, tras dejarlo encima de la hierba, cortó una pata con su largo cuchillo. Como estaba demasiado caliente para llevársela a la boca, la agitó en el aire para enfriarla.
—Estaba buscando al muchacho.
—¿A Malcolm? ¿Por qué?
—Porque es extraordinario. Ya era extraordinario entonces. Muchas de nosotras habíamos oído hablar de él y quería verlo.
—¿Y le pareció extraordinario cuando lo vio?
—Oh, sí.
—¿Cómo…? ¿Cómo era posible…? ¿Cómo se habían enterado de la existencia de un niño de Inglaterra las brujas del remoto norte?
Tilda dio un mordisco a la pata y se puso a masticarla ruidosamente.
—No es tan tierno como los conejos del Ártico —comentó, con la boca llena—. A ver, ¿vosotros cómo os enteráis de las cosas?
—Porque nos las cuentan personas a las que conocemos, o personas que han estado en sitios extraños y han vuelto. También lo leemos. Pero ustedes no leen, ¿verdad?
—Algunas de las nuestras saben leer, pero no tienen más sabiduría que las demás. Bien, nosotras también oímos cosas, en muchas lenguas. Vienen del viento, de los animales, del hielo, a través del amor, del pensamiento y del recuerdo.
—¿De la imaginación?
—Sin la menor duda.
—Y… ¿Por qué era extraordinario Malcolm? ¿En qué sentido?
—Tú eres demasiado joven. —Escupió un trozo de tendón—. Con este conejo, lo mejor es masticarlo y escupirlo. La sangre no está mal, pero lo demás… no sirve. Mañana matamos un cordero.
El conejo olía bien, sin embargo. Pan dio un mordisco y lo engulló, a pesar de todo.
—Ahora las estepas, después montañas —dijo Tilda.
—¿Sabe lo de esos pájaros? ¿Los oghâb-gorgs ?
—Esas asquerosas aves de las montañas, sí. Igual que los espectros de los acantilados, pero peores. A veces vienen al norte y los matamos. Se pudren allí donde quedan. Ninguna criatura los come, menos los de su misma especie seguramente.
—¿Qué vamos a hacer si nos atacan?
Tilda se encogió de hombros. Después cortó otro pedazo de carne del conejo y la envolvió con algo que parecía papel encerado. Pan la miraba y ella se dio cuenta.
—Tú lo observas todo —señaló.
—Perdone. Lo hago solo porque soy curioso.
—¿Y ahora qué es lo que te pica la curiosidad?
—El papel encerado. No creía que las brujas usaran algo así.
—¿Por qué no? Va muy bien. Nosotras comerciamos con todo tipo de artículos. Si nosotras no lo fabricamos y otros sí, intercambiamos. ¿Qué usarías tú, si no?
—No sé. Igual la piel del conejo.
—Con eso hacemos otras cosas, pero no esto. Esta noche tenemos que volar un largo trecho. Dejemos la piel y los huesos. Quizá alguien los encuentre y le sirva para hacer sopa.
—Tilda, esas aberturas entre los mundos…
—¿Sí?
—¿Las ha cruzado alguna vez?
—No. Una de mis hermanas sí que cruzó, dos veces.
La primera, encontró un mundo donde toda clase de pueblos se odiaban entre sí.
Guerra, esclavitud, asesinatos, celos, codicia, rabia…
Todo el mundo estaba enfadado continuamente y se odiaba por cualquier cosa.
Regresó muy deprisa. Después fue a otro mundo donde todos amaban a los demás.
Bondad, paciencia, generosidad, afecto, tolerancia…
De ahí salió incluso más deprisa, porque le pareció demasiado aburrido.
Después volvió a casa, se enamoró de un cazador siberiano y se olvidó de dónde estaban las aberturas.
—¿Tuvo hijos?
—No —respondió Tilda, que observaba los últimos arreboles del ocaso—. ¿Estás listo para volar?
—¿Sabe hasta dónde tenemos que ir?
—No. Volamos hasta que lo veamos y entonces nos paramos. Si te caes, intento pescarte, pero quizá no pueda.
—Me agarraré bien —prometió Pan.
Olivier Bonneville se quedó acostado en un estado de duermevela durante todo el día.
De vez en cuando se abría la puerta y entraba un guardia con comida y agua.
Bonneville trataba de entablar diálogo con él, pero no hablaban el mismo idioma y, además, el hombre tenía cara de pocos amigos y no se dignaba responder.
Bonneville consumía la comida y el agua, para conservar las fuerzas, y se mantenía atento a los ruidos llegados de la puerta, con intención de averiguar qué ocurría.
Sin embargo, aparte de algún ocasional timbre de un teléfono, o de alguna orden impartida a gritos, o del ruido de pasos, no había nada interesante que escuchar.