27. La joya del Atlas
N o bien hubo despertado Brynmor Strauss, Dilyara le explicó que había llegado un camión y unos hombres en plena noche.
Le costó bastante, puesto que el incidente no entraba dentro de la categoría de cosas que podía expresar en su idioma común.
Lo entendió, sin embargo, y trató de tranquilizarla aduciendo que, si se habían marchado, era porque no tenían un interés especial por el centro.
No obstante, mientras hablaban, alguien llamó desde fuera. Era Chen. Dilyara, que no le había hablado de Strauss, se asustó de inmediato, y por diversos motivos.
—¿Es Chen? —preguntó Strauss.
—Yo le digo que se vaya. Él no sabe que usted aquí.
—Da igual. Me acuerdo de Chen. Me gustaría hablar con él.
—No, no. No es… —Como no encontraba las palabras adecuadas, añadió en su propio idioma—: Ha cambiado. Ahora es violento y codicioso. —Lo dijo en voz baja, con desesperanza.
Chen volvió a llamar, impaciente.
—Ya voy —contestó, en su idioma, antes de apresurarse a ir a abrir la puerta.
Chen llevaba ropa nueva y con su actitud daba a entender que tenía cosas importantes que hacer y que ella le hacía perder tiempo.
—Tú a trabajar —le espetó—. Hay unos ricos que van a venir a mirar este sitio. Son negociantes. Quiero que todo esté limpio y ordenado. Lo limpias y lo lavas todo.
—¿Negociantes? —preguntó ella, encogida.
—No es asunto tuyo. Ahora yo hablo con los ricos. Quieren comprar todo esto, los edificios y el terreno, todo. Lo dejas bien limpio, ¿entendido?
Desde el umbral del vestíbulo, tendía la mirada hacia el fondo, señalando con desdén cuanto había detrás de ella.
Entonces se detuvo, pestañeó con sorpresa y retrocedió dos pasos.
Dilyara miró atrás y vio a Strauss a su espalda, todavía vestido con la andrajosa túnica y las sandalias que llevaba cuando llegó del desierto: al fin y al cabo, allí no había más ropa.
A Chen le cambió la expresión, y adoptó un semblante autoritario y colérico.
—¿Quién es? —gritó—. ¿Qué hace aquí? ¿Quién lo ha dejado entrar en este edificio? Aquí no tiene nada que hacer. ¡Váyase de aquí, mendigo, vagabundo!
—Supongo que no me reconoces, Chen —dijo Strauss con voz calmada—. No iba vestido así cuando nos guiaste a mí y al doctor Hassall hasta el edificio rojo. Tampoco ha pasado tanto tiempo.
Avanzó, expuesto a la luz del sol, y entonces Chen soltó una exclamación ahogada.
—Usted… —dijo, tratando de recordar el nombre de Strauss.
—Doctor Strauss.
—Sí, sí. Stauss, ya sé. Iba al edificio rojo. ¿Entró?
—Sí, y volví a salir, tal como puedes ver. Las tornas han cambiado entre tú y yo. Ahora yo soy un mendigo, como tú dices, y veo que tú te has convertido en un hombre rico, Chen.
—Sí. Gano dinero. Camellos.
Chen se había puesto inquieto y ansioso, y Dilyara conocía la razón: difícilmente podía vender el edificio a aquellos misteriosos ricos si uno de los científicos del personal aún seguía allí.
—¿Camellos, dice? ¿Tiene más camellos ahora?
—Sí, oh, sí, muchos camellos. ¿Quiere comprar camello?
Yo le vendo camello, o dos, o hasta tres, si se quiere ir.
Ahora mismo. ¿No tiene dinero? Yo lo conozco, doctor Stauss.
Coge el camello, o dos, y se va, a donde quiera.
Ya conoce camellos. Monta bien. Me acuerdo de usted en el desierto.
Coge el mejor camello, ahora mismo y me paga después.
Yo me fío. Buena idea, ¿no? Ahora mismo.
—Pero no me quiero ir ahora mismo. Estoy agotado y enfermo. Primero necesito descansar, y aquí puedo hacerlo.
—No, no. Aquí no. Aquí no descansa. Va al pueblo. Va ahora y le dan comida y dejar descansar. Casa con puerta verde. Allí una mujer le da comida. Le dice que Chen dice. Vaya ya.
Strauss miró a Dilyara, que se mantenía con la cabeza gacha, inexpresiva. Chen, en cambio, bullía de ansiedad e impaciencia.
—No tengo fuerzas para discutir contigo, Chen. Sé que arrasaron este lugar, y también que Dilyara ha hecho un magnífico trabajo al limpiarlo. No tengo ni idea de qué pretendes, ni de por qué quieres que me marche. Iré al pueblo, como dices. ¿La casa de la puerta verde?
—Mujer allí. Diga que Chen dice.
—¿Cómo se llama?
Chen sacudió la cabeza, desconcertado.
—Jamila —dijo Dilyara.
—Gracias. Jamila, de la puerta verde. Iré en cuanto esté listo.
Chen iba a replicar algo, pero al final desistió.
—¿Quiénes son esos ricos?
Antes de responder, Chen advirtió que Strauss aún lo miraba.
—Solo negociantes.
—¿Y quieres venderles este sitio a ellos? —se atrevió a preguntar Dilyara, consciente de que Strauss seguía allí.
Chen respondió con un torrente de palabras en una lengua desconocida para Dilyara. No obstante, tanto ella como Strauss captaron sin asomo de duda que estaba furioso y que, de no haber estado presente Strauss, la habría golpeado.
—A ver, un momento —se interpuso Strauss—. Veamos si lo entiendo. ¿Pretende vender el centro de investigación? ¿Quiere vender este lugar? Usted no es el propietario. ¿Quién le ha dado derecho a hacer tal cosa?
Chen se quedó desconcertado un instante. Después posó la mirada en la ropa de Strauss, en la suya, en el daimonion de Strauss, un lémur asustado de pelambre rala y medio muerto de hambre, y a continuación en el suyo, una robusta y lustrosa rata, y sacó pecho.
—¿Qué ven ellos cuando vienen aquí?, ¿eh?
Ven a usted, mendigo, vagabundo sucio, pobre y andrajoso, igual que un pordiosero, que no vale nada, ¿eh?
Después me ven a mí, rico, limpio, con ropa bonita.
Hombre de propiedad. Hombre de distinción.
¿Piensa que le creen a usted? ¿Es estúpido?
Escuche, escuche a mí. Este sitio no suyo.
Nunca es suyo. Usted no propietario. Solo trabaja aquí.
Le dicen lo que tiene que hacer y lo hace.
Cumple órdenes. Eso hace. Ahora yo doy órdenes. Le digo…
—¿Sabes quién vino anoche? —intervino Dilyara.
Chen estaba tan estupefacto porque lo hubiera interrumpido que se quedó sin habla.
—Hombres de las montañas —prosiguió ella—. Vienen y miran. Mira en la carretera y ves huellas de camión. Mira.
Lo cogió por la manga y Chen dejó que lo condujera, asombrado, hasta el otro lado de la polvorienta carretera, donde aún persistían, bien definidas, las roderas del camión.
Después lo llevó hasta el almacén de carga.
Allí, el rastro de los pasos entre la persiana metálica y la otra puerta era claro y evidente, al igual que las huellas que había dejado el camión al dar media vuelta para irse.
—¿Cuándo? —preguntó Chen.
—Anoche. Oscuro.
—¡Y tú no me dices!
—Te lo digo ahora.
No añadió nada más. Chen comprendió enseguida lo que aquello implicaba. Strauss, que se había sumado a ellos, observaba también las huellas.
—Tres hombres —dictaminó—. Fíjense. Tres botas distintas.
Botas de trabajo, botas de combate. Son los hombres de las montañas.
Volverán para acabar lo que empezaron, para destruir por completo este lugar.
No son esos ricos, esos comerciantes de que habla.
Los comerciantes no se desplazan en camiones ni llevan botas de combate. ¿Qué les va a decir cuando lleguen?
Chen desplazó, boquiabierto, la vista desde las huellas hasta el almacén de carga, desde la cara de Strauss hasta el horizonte del desierto y desde las roderas hasta el pueblo.
Dilyara percibía que estaba calculando, barajando todas las posibilidades desde diferentes ángulos, sumando, restando y analizando desenlaces, como si fueran cuentas de un ábaco. Ninguna de ellas parecía halagüeña.
De repente, giró sobre sí y echó a correr, para dirigirse dando casi trompicones al pueblo, en busca de sus camellos.
Dilyara miró a Strauss.
—¿Y nosotros qué hacemos? —planteó.
Lyra sabía que aquel no iba a ser un viaje cómodo.
Aun siendo lo bastante grande y fuerte como para transportar a Lyra, Malcolm y Asta, aquello era toda una primicia para Gulya.
El príncipe Keshvād había volado con suavidad, sin bruscos giros ni bajadas en picado.
Gulya, en cambio, disfrutaba por primera vez de la potencia que le conferían sus inmensas alas.
Entre las intempestivas subidas, bandazos y zigzagueos, Lyra y Malcolm se agarraban el uno al otro, no solo para aportarse calor, sino también por culpa de la aprensión.
—¿Se sabe algo del ejército del Magisterio? —logró preguntar Lyra durante un trecho un tanto accidentado.
—Poca cosa, aparte de que tienen una nueva clase de arma. Las han probado en varios… Tú las llamas ventanas, ¿no?
—¿Aberturas que dan a otros mundos? Sí.
—No consiguen cerrarlas del todo, pero han encontrado una manera de destruirlas por medio de una bomba.
—¿Cómo lo sabes?
—Las brujas que acudieron para forjar una alianza con los grifos los han visto hacer eso.
—O sea, que eso es lo que piensan hacer en Karamakán… Van a cerrar la abertura que hay allí, la que permite el acceso a las rosas.
—¿Era allí adonde iba Pan?
—Espero que sí… Ay, qué tonta soy. Qué tontos somos los dos.
Sin hacer ningún comentario, Malcolm ajustó la chaqueta, para abrigarla un poco más.
Al cabo de un momento, la miró, posando la vista en la diadema.
—No tienes por qué llevarla todo el tiempo, ¿sabes? —le dijo—. Te la puedes quitar de vez en cuando.
—No me la quiero quitar. Me encanta. ¿De verdad es el oro de la caja del aletiómetro?
—De verdad. Era bastante gruesa. Salió más oro del que creía.
—¿Y le diste forma con el martillo?
—Bueno, en parte sí.
—Cuando los grifos te pidieron que lo repararas, ¿estaba en muy mal estado?
—Estaba retorcido y aplastado… No sé cómo pudo llegar a destrozarse de esa forma.
Lyra le contó lo ocurrido en la Ciudad de la Luna.
—¿Y tienes lo que había dentro? ¿De cómo era el mecanismo? —preguntó después.
—Sí, y lo arreglaré cuando volvamos a casa.
Lyra guardó silencio un momento.
—¿Crees que vamos a volver?
—Estoy convencido.
—Yo no lo estaba. Ni siquiera estaba segura de desearlo.
Permanecieron callados un rato.