El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 26. El gran problema #3
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26. El gran problema #3

El desabrido traqueteo de un motor refrigerado por aire se inmiscuyó en el sueño de Dilyara.

Hacía meses que no oía ese tipo de ruido y por ello despertó con sobresalto y ansiedad.

Estaba acostada al lado de Strauss, pero de manera casta, para aportarse calor el uno al otro.

Incorporándose con cuidado para no molestarlo, aguzó el oído.

El camión, o lo que quiera que fuese, circuló bordeando un lado del recinto hasta detenerse frente al área de carga.

La carretera terminaba allí, pues todos los suministros del centro llegaban por esa zona.

Se quedó inmóvil un momento, sin saber si debía despertar a Strauss para avisarlo o dejarlo dormir. Oyendo un suave ronquido, resolvió que probablemente era mejor que siguiera inconsciente.

Después de taparlo con la alfombra, se levantó y se abrigó con una manta.

Abandonó descalza el pequeño almacén donde dormían para salir al pasillo que conducía al área de carga.

El motor había parado y entonces sonaban voces.

Eran dos hombres, o quizá tres. Aunque hablaban en una lengua desconocida para ella, reconoció el tono de confianza y autoridad.

No le cupo duda de que iban a reivindicar el derecho de estar allí.

Se desharían de ella fácilmente, tal vez con violencia.

En todo caso usarían métodos más parecidos a los del puro viento de Dios que a los de los botánicos y otros especialistas que habían trabajado allí de manera pacífica.

Entonces sonó un estrépito, cuando se pusieron a sacudir desde fuera la persiana metálica, cerrada con un candado, que hacía las veces de puerta.

Oyó más voces. Había una puerta lateral, que probaron a abrir, pero estaba cerrada con llave también.

Alguien hizo una pregunta y otra persona con voz más grave le respondió con tono desdeñoso.

Los pasos se desplazaron, sin prisa, por el costado del edificio y luego la misma voz grave dijo algo desde más lejos, y esa vez respondió una tercera persona.

Dilyara creyó oír un par de palabras en chino, aunque no comprendía su significado.

Mientras esperaba, se preguntó si Chen habría oído el camión desde su cómoda cama del pueblo.

Quizá estuviera preocupado por sus camellos o ansioso por encontrar a alguien que se los comprara.

Transcurrieron cinco minutos, o más, sin que nada sucediera.

Las voces conversaban con indiferencia y ella cada vez tenía más frío.

Otra vez los pasos, de regreso; una orden impartida por la voz grave; el resuello entrecortado del motor al ponerse en marcha; después el traqueteo del camión, que se apagó a toda prisa. Luego el silencio se volvió a instalar en el recinto.

Dilyara regresó a la cama, donde se calentó los pies pegándolos a las piernas de Strauss. Este no se despertó.

Lyra permaneció al lado de Malcolm durante un minuto, contemplando la escena: el cielo cubierto de inmensas alas de grifo, el suelo herboso tachonado de hogueras que despedían un olor a comida y el aroma a madera de pino, las veloces idas y venidas de las brujas que trasladaban mensajes o recogían hierbas, voces que discutían acaloradas o que impartían órdenes…

Malcolm se encaminó al centro, donde aguardaban Gulya y el príncipe Keshvād.

Lyra la acompañó y Gulya levantó entonces las alas.

Lyra, que no había tenido tiempo de observar un grifo con la luz del día, quedó maravillada al verla con todo su tamaño y belleza, rebosante de confianza y de poder, mientras extendía las alas, regocijada con su majestuosa envergadura.

Pensó que los grifos tenían una singularidad y una presencia como raras veces había vuelto a advertir desde la primera vez que vio a Iorek Byrnison.

El príncipe Keshvād, más reservado que Gulya, se mantenía con actitud solemne, altanera casi, pero, al ver la diadema que ceñía la frente de Lyra, la saludó con una profunda inclinación.

Ella le correspondió con idéntico ademán.

Malcolm se había puesto a conversar con otro grifo de más edad, que tenía el pelo de león salpicado de canas y las alas de águila de una oscura tonalidad de color bronce.

Estaban mirando un mapa que Malcolm había desplegado.

Como no quería molestar, Lyra se fue a pasear por el promontorio.

Observando toda aquella actividad, se preguntó cómo debería de aprovisionarse un ejército de seres como aquellos, qué tipo de armas utilizaban, si acaso necesitaban alguna, además de sus terroríficos picos y garras, y cómo se iban a defender contra las fuerzas del Magisterio.

El interrogante principal, que se intercalaba entre los demás, era qué iba a encontrar ella en el interior del edificio rojo y qué podría hacer en función de ello.

Se sentó en un lugar con vistas al mar y divisó dos o tres barcos de pesca que ya habían salido a faenar en medio de las encrespadas olas.

Pese a que no había apenas viento, el mar seguía agitado como consecuencia de la tormenta.

El mismo sol que arrancaba chispas de luz en el agua le iba calentando las manos y la cara.

Oyendo un roce de aire a través de unas agujas de pino, Lyra se volvió y vio que a su lado aterrizaba una bruja, como si fuera una partícula repentinamente manifestada en un gran campo de aire.

—Tú eres Lyra Lenguadeplata —dijo.

Era joven y su voz tenía algo familiar.

—¿Nos hemos visto antes? —preguntó Lyra—. Me da la impresión de que conozco tu voz.

—Mi madre era Serafina Pekkala.

—¡Ah! Y…

—Murió. La mató un misionero.

Le contó a Lyra lo que Pan ya sabía y esta se puso a llorar.

—¿Y lo matasteis? —preguntó, una vez que se hubo serenado un poco.

—Al misionero y a todos los que iban con él.

—Me alegra oírlo. Yo quería muchísimo a Serafina. Ah, y Farder Coram…

Consciente del impacto que tendría la noticia en el anciano, no pudo terminar la frase.

—¿Coram? Era mi padre —declaró la bruja.

—Ah, ¿sí? ¿De verdad? ¿Él lo sabía? ¿Lo viste alguna vez?

—No. Solo sé lo que Serafina me explicó. Tuvieron un hijo, que murió, y después llegué yo, pero él ya había vuelto con su pueblo.

—Él nunca supo de tu existencia. Se alegrará mucho de saberlo, aunque con lo de Serafina… ¿Cómo te llamas?

—Tuuli Latvala. Soy la bruja que anoche luchó contigo contra el brujo.

Lyra se puso en pie y le dio un abrazo. El encuentro podría haber sido un momento de júbilo. Tal vez un día, con el tiempo, se convertiría en un recuerdo gozoso, pero en ese momento estaba demasiado afectada para hablar.

Lloraron juntas y después se sintieron más calmadas. Tuuli se sentó al lado de Lyra y se pusieron a mirar como el ejército se concentraba a su alrededor.

—Cuando nos enteramos de que estabas aquí, no pudimos por menos de venir —dijo Tuuli.

—Gracias. Gracias. Por primera vez, me siento esperanzada.

—¿Por primera vez desde hace cuánto?

Lyra le habló del conflicto que vivía con Pan, del asesinato de Roderick Hassall, de lo que habían descubierto con Malcolm en el interior de la mochila de este, sin omitir nada.

—¿Y quién es ese hombre, Malcolm?

—Me salvó la vida cuando él era un adolescente, y yo, un bebé. Es… un buen amigo.

—¿No amante?

Lyra había olvidado la franqueza con que solían hablar las brujas.

—No…, eh… —explicó, prudente—. Fue él quien hizo mi diadema.

Tuuli la miró con curiosidad. Ella llevaba la suya, de lozanos nomeolvides, entrelazada con el reluciente cabello negro.

—¿Él hizo eso?

—Es un artífice de los reinos del oro.

—Y está al frente de este ejército.

Tuuli paseó la vista en torno a sí. A Lyra le pareció advertir la misma mirada imponente que tenía Serafina; y si era la hija de Coram, debería de tener unos cuantos años más que ella, pese a que parecía muy joven.

—¿Qué saben las brujas de esta campaña? —le consultó Lyra.

—Alguien está destruyendo el aire y las estaciones. Los grifos iban a indagar quién y por qué.

—¿Habían combatido alguna vez las brujas junto a los grifos?

—No, nunca. Son extraños, ¿eh? El pequeño, el que luchó contra el brujo en la cueva…, tenía tanto arrojo…

—Lo mató porque le había echado un conjuro para que se quedara pequeña para siempre.

—Ahí está el gran problema, en que hay personas tan malas que uno se ve obligado a matarlas.

Aquella afirmación no terminó de convencer a Lyra. Recordó, con todo, que Farder Coram, el padre de Tuuli a fin de cuentas, había dicho algo parecido la última vez que lo vio.

Estaban sentadas de cara al mar. A su espalda, una voz de grifo gritaba órdenes.

Se volvieron a mirar y vieron al príncipe Keshvād, que extendía las alas y empezaba a agitarlas con tanta fuerza que ambas notaron cómo el aire se movía.

Entonces este echó la cabeza hacia atrás y, emitiendo un graznido de águila, alzó el vuelo, seguido de docenas y cientos de criaturas aladas de dorado plumaje pardo, que centelleaba con un brillo metálico bajo el sol.

Con las garras extendidas, partieron en fila, disciplinados y majestuosos, rumbo al este y, siguiendo la trayectoria del príncipe, se fueron elevando a vertiginosa altura por encima del mar.

Lyra se levantó y cargó la mochila.

—Mantente cerca de mí, si es posible —le pidió a Tuuli—. Me gustaría volver a hablar contigo.

—Cómo no. Ahora somos hermanas.

Malcolm le hacía señas. A su lado, Gulya miraba como los guerreros grifos saltaban al aire y se elevaban a toda velocidad para surcar el cielo sobre el mar, sumándose a la gran fuerza que los precedía.

Sin llegar a estar asustada, Lyra sintió un claro nerviosismo cuando Malcolm la ayudó a subir al amplio y musculoso lomo de Gulya.

No tuvo apenas tiempo para pensar, pues Malcolm gritó «¡Sí!

» en respuesta a algo que le había dicho el grifo, y luego este empezó a batir las alas, y toda la complejidad de huesos y músculos nervios, sangre y vida salió proyectada al aire, y Lyra se aferró a Malcolm mientras se distanciaban del suelo y emprendían ruta por el cielo hacia Karamakán.