El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 26. El gran problema #2
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26. El gran problema #2

Bonneville respiró hondo y se quedó mirando fijamente el instrumento antes de hacer girar una de las ruedas.

Mientras observaba, sin que tocara ninguna de las ruedas, la aguja empezaba a moverse despacio por la esfera y luego se detenía.

Bonneville movió una rueda y luego otra, y después las ajustó, haciendo girar el aletiómetro comparando aquella imagen con la inicial.

Luego volvió a mover una de las manecillas para después devolverla a donde estaba.

Parecía como alguien que fingiera consultar un aletiómetro, tras haber presenciado una demostración, tal vez, más preocupado por su propia actuación que por lo que el instrumento le podía revelar.

En todo caso, resultaba poco convincente.

—Pero ¿qué haces? —le preguntó con aspereza Delamare.

Bonneville exhaló un hondo suspiro y cerró los ojos.

—Por favor —rogó.

—Continúa.

El muchacho abrió los ojos y miró en derredor.

Aunque apenas contenía muebles, en la oficina había muchos archivos y papeles, y las paredes estaban cubiertas de mapas y gráficos.

Sobre el escritorio había colgado un gran fotograma de algún político.

En un rincón, junto a la ventana, había un pequeño lavabo, en el que Bonneville detuvo un momento la mirada.

—Sí —dijo con voz ronca, antes de tragar saliva—. Ya va, me estoy concentrando.

Delamare no podía ver los símbolos de la esfera; solamente veía a Bonneville, que hacía girar, cabizbajo, una de las ruedas hacia delante, hacia atrás y de nuevo hacia delante.

Al chico se le había acelerado la respiración.

De repente, tensó el pecho, como si fuera a vomitar, pero resistió el impulso y permaneció en su sitio.

Tenía la cara cubierta de una película de sudor, bajo la cual presentaba una palidez espantosa.

Bonneville siguió alternando momentos de observación con otros en los que movía las piezas, hasta que su cuerpo sufrió una convulsión y se precipitó tambaleándose hacia el lavabo. Delamare dio un respingo, oyendo los horribles ruidos que acompañaron al vómito.

Bonneville apenas tenía nada en el estómago, sin embargo.

Escupió, agitado por sucesivas arcadas, y al final se dejó caer llorando en el suelo.

Delamare lo observaba, sin saber qué hacer.

Al cabo de un momento, el chico se levantó y abrió el grifo para limpiar el lavabo y enjuagarse la boca.

Cuando acabó, regresó temblando a la silla, agarrándose a la pared.

—¿Y bien? —inquirió Delamare.

—Está en lo alto de un acantilado que mira al mar, o a un lago. Quizá sea el mar Caspio. En todo caso, no está lejos de aquí.

Tenía la voz carrasposa, como si el ácido del estómago le hubiera dañado las cuerdas vocales. Miró en torno a sí, como si buscara algo.

—¿Qué quieres? —preguntó Delamare.

—Un vaso de agua.

Haciendo caso omiso del susurro de su daimonion lechuza, Delamare localizó un vaso en un estante y lo llenó. Mientras se lo llevaba a Bonneville, reconoció para sí que el chico había vuelto a ganar: conseguir que el presidente lo atendiera era otra manera de recordar quién tenía el poder.

Después de tomar un sorbo, Bonneville se recostó en la silla con los ojos cerrados.

—¿Qué más has visto? —preguntó Delamare, sentándose a su vez.

—Un faro, blanco con franjas rojas. Un pequeño embarcadero. Un hombre… La acompaña un hombre.

—¿Quién es?

—No lo había visto nunca.

—¿Está el daimonion de la chica con ella?

—No lo he podido ver. Esto no es un telescopio, ni una especie de fotofilm. Solamente puedo ver lo que logro obligar a mi cuerpo a percibir. Tal como puede ver, me cuesta muchísimo.

—¿Por qué te sometes a ese padecimiento? —preguntó, con tono compasivo, Delamare.

—Porque usted me lo ha pedido.

—Esta vez, sí. Pero ¿por qué lo quisiste probar de entrada?

—Porque yo no soy Lacroix, ni ninguno de esos otros falsarios y cobardes.

Ellos no se atreverían. Algunos han probado el nuevo método y todos han renunciado.

Es demasiado duro para ellos. Van a paso de caracol consultando los viejos libros, mirando aquí, tomando una nota allá, dejando un papel en una página, buscando en otra parte, tomando una nota…

y al final no llegan a ninguna parte, porque no tienen la valentía para sufrir.

Emitió un gruñido involuntario y, tapándose la boca, corrió hacia el lavabo para volver a vomitar.

Delamare oyó una especie de grito ahogado y, al mirar, vio que de la boca del chico brotaba un chorro de sangre.

Alarmado, se apresuró a acudir junto a él.

El chico lo contuvo, sin embargo, alargando una mano, y Delamare se quedó parado en medio de la habitación.

—¿Olivier? ¿Estás herido? ¿Qué es lo que pasa?

Bonneville escupió más sangre y después se enjuagó la boca con agua del grifo y se secó la cara con la manga.

Su daimonion halcón permaneció tranquilamente posado en el alféizar.

Entonces Delamare se dio cuenta, algo consternado, de que lo estaba mirando a él y no a Bonneville y de que ya debía de llevar unos minutos así.

—Solo necesito acostarme —dijo Bonneville, con voz más ronca y tensa que antes.

—Voy a llamar a un médico.

—No, no necesito ningún médico. Esto me pasa siempre. No saben nada de lo que hay que hacer y, con la barrera idiomática, perderíamos toda la noche.

—Ya es por la mañana. No te moverás de aquí hasta que te hayas recuperado.

—¿De aquí? ¿De esta oficina?

—Del edificio. Me encargaré de que te encuentren un sitio cómodo para que te acuestes. Mientras tanto, me voy a llevar esto.

Antes de que Bonneville pudiera llegar a él, cogió el aletiómetro del escritorio y después abrió la puerta y llamó al brigadier.

El muchacho se dejó caer en la silla y abatió la cabeza sobre la mesa.

Había podido enjuagar y guardar sin percance la cápsula de sangre falsa, pero había visto que aquella zorra había destruido su aletiómetro.

Se lo iba a hacer pagar caro; iba a sufrir, iba a experimentar más dolor del que era capaz de imaginar siquiera.

Dejó que lo acompañaran hasta un sofá y cerró los ojos.

Pan no podía hablar con Tilda Vasara mientras iba agarrado a la nube pino que ella sostenía. Necesitaba de toda su fuerza y concentración para sujetarse a la endeble rama, pese a que, vista desde el suelo, no le había parecido tan frágil. Además, hacía un frío terrible.

Lo único que podía hacer mientras surcaban el aire por encima del mar Caspio era plantearse preguntas y tratar de responder a ellas con toda sinceridad.

¿Por qué hacía eso? Por un impulso. Y también por miedo; empezaba a darle miedo la perspectiva de ver a Lyra cara a cara.

Comenzaba a sentir que había sido cruel en su forma de actuar y temía que le costara perdonarlo.

¿Qué pretendía hacer en Tashbulak? Mirar, indagar y hacer preguntas.

¿Y por qué Tashbulak y no el mismo edificio rojo?

Por miedo también. Temía que, si entraba en el edificio rojo, no pudiera volver a salir.

Al no haber compartido con Lyra la conclusión de que podía tratarse de una ventana de acceso a otro mundo, solo podía pensar que era una gran rosaleda, ferozmente custodiada, dotada de destilerías, plantas envasadoras y…

lo que quiera que necesitasen para comercializar el aceite, como trabajadores, medios de transporte…

Reparó con desdén en su uso de palabras vacuas, como «medios de transporte».

¿Y lo de esa burla cruel que había ideado a cuenta de su imaginación?

El caso era que no le faltaba razón. Quizá se había equivocado al dar a entender que era culpa suya, pero algo había desaparecido, y ambos lo sabían.

Estaba dispuesto a dar su vida para recuperarlo.

Lo malo era que, de ese modo, también ella perdería la vida.

Tal vez habría debido hablar con ella y quizá hubieran podido ir a buscarla juntos.

También cabía contemplar la posibilidad de que él hubiera debido ejercer la función de su imaginación.

Pero no: no se trataba de algo que se pudieran sujetar con un tornillo o como una pieza de repuesto.

Era algo que iba imbricado de una manera más profunda…

Él conocía, por supuesto, toda la poesía que leía Lyra y la apreciaba en la misma medida.

De forma espontánea, le vino el recuerdo de un momento en que ella le leía en un susurro mientras él permanecía acostado con la cabeza pegada a la suya.

La palabra correspondía a como estaban entonces: profundamente imbricados. Ella había perdido algo y él también.

Acababa de llegar a dicha conclusión, cuando notó una alteración en su movimiento. Tilda Vasara estaba descendiendo. Aunque aún era de noche, Pan percibió un frescor distinto en el ambiente y, al mirar abajo, vio la ribera de un mar. Reacomodó su posición, con el cuerpo rígido y dolorido.

—Voy a aterrizar —anunció Tilda Vasara—. Estoy cansada y quiero dormir. De todos modos, es menos peligroso durante el día.

—¿Dónde estamos? —preguntó Pan.

—En la orilla oriental del mar. Es lo único que sé.

Tomó tierra con ligereza en un prado donde dormitaban tres caballos.

Uno de ellos levantó la cabeza y, tras mirarla un instante, regresó a su estado de sopor.

Los demás ni se movieron. El daimonion de Tilda, el charrán ártico, se deslizó a ras de la hierba antes de posarse en una valla de madera, junto a un bosquecillo.

Dijo algo en voz baja, a lo que Tilda respondió, pero Pan, que estaba casi dormido, se ovilló debajo de un tamarisco y no oyó nada más.