El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 26. El gran problema
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26. El gran problema

A l salir de un sueño en el que la había acompañado Pan, Lyra despertó murmurándole todavía algo.

Habían estado hablando de Malcolm, y Pan le contó que la bruja Tilda Vasara le habría preguntado si Lyra estaba enamorada de Malcolm, o si bien era él quien estaba enamorado de ella; la bruja estaba a punto de añadir algo más, pero en ese momento se despertó.

Mantuvo los ojos cerrados, sin moverse. A su alrededor sonaban voces…

, voces de brujas, voces de grifos y la voz de Malcolm.

Aquello parecía un mercado abarrotado o una reunión en una plaza pública.

Se oía también un trasfondo de graznidos de gaviotas, de olas que rompían contra las rocas y el roce del viento en la hierba.

Debería haberse levantado. No obstante, Malcolm la había tapado con el resto de su chaqueta, por lo que se sentía cómoda y abrigada, pese a la dureza del suelo. Oyó un ronroneo y, al abrir los ojos, vio a Asta cerca de ella.

—¿Qué ocurre? —le preguntó.

—Malcolm está hablando con Gulya y con el príncipe. No paran de llegar grifos y brujas, que después se van volando.

—¿Se puede tener un poco de intimidad? —dijo.

—Yo vigilaré —se ofreció Asta, comprendiendo a qué se refería—. Esos arbustos son muy espesos.

Lyra se levantó despacio y comprobó que la vegetación la amparaba de las miradas.

Tras aliviar su apuro entre los arbustos, regresó con Asta y trató de peinarse y cepillar las hojas y palitos que se le habían prendido a la ropa.

Asta la ayudó en dicha tarea, retirando ramitas que no alcanzaba a ver.

Aún no tenía ganas de ir con los demás. Procuraba captar un poco más la esencia del sueño antes de que se disipara por completo. Se sentó en el suelo junto a Asta.

—Lyra, ¿cómo va a reconocer Pan tu imaginación cuando la encuentre? —preguntó este.

—No lo sé. Se trata de una metáfora.

—Eso ya lo sabía. Pero funcionó, ¿verdad? Te obligó a tomar conciencia de que estaba buscando algo que había desaparecido. Por eso fuiste tras él.

—Porque pensé que quizá tenía razón. Me faltaba algo.

—¿Qué sentías que te faltaba?

—Una… certeza respecto al mundo. Es algo que vendría a ser como la sensación de que el mundo era básicamente verdad, que estaba ahí y se podía confiar en él, un sentimiento de que nosotros teníamos también nuestro lugar ahí, que éramos parte integral del mundo físico.

Sea lo que fuere, yo antes había tenido ese sentimiento y había dejado de tenerlo.

—Quizá la imaginación no era la palabra correcta.

—Sí, era exactamente la palabra adecuada.

La gente que cree que la imaginación se reduce solo a inventar cosas se equivoca.

Incluso los ángeles se equivocan. La imaginación consiste en verlas de manera correcta, ver las cosas reales en toda su amplitud, en todos sus contextos, con todas las relaciones que llevan implícitas, con todo lo que representan para su entorno… ; ver, en suma, la comunidad secreta.

—Yo todavía no acabo de saber lo que es.

—Probablemente, venga a ser lo mismo. Tengo hambre.

En el momento en que se levantaba, apareció Malcolm.

Sintió como si lo estuviera viendo por primera vez.

Estaba contento y parecía como si fuera el centro de un campo de energía tan intenso que casi resultaba visible.

Parecía como si aquello que hacía fuera lo que había deseado hacer durante toda su vida, como si hubiera pasado toda su infancia, adolescencia y juventud preparándose para aquella actividad y aquel objetivo.

—Antes que nada, debo hacer algo. No te muevas —le dijo, mientras buscaba algo en su mochila—.

Lo hago por tres motivos —especificó, mientras sacaba un objeto envuelto con una tela de seda—.

Uno, por los grifos, porque esperan ver algo así.

Dos, por ti. Ya sabes que me pidieron que arreglara tu aletiómetro, el que te robaron en el hotel Azul.

He conservado lo que queda de él y algún día lo recompondré como se debe, pero no pude reparar la caja.

Como estaba tan destrozada, me pareció que esto era lo mejor que podía hacer.

Retiró la tela para enseñarle la diadema que había forjado.

Estaba trenzada como las ramitas de avellano, o como tallos de flores, con diminutas protuberancias que semejaban yemas.

A Lyra se le cortó un instante la respiración.

Luego la levantó y se la colocó en la cabeza, de la misma manera que llevaban las brujas sus coronas de flores silvestres. Le quedaba justo a la medida.

—¿Así que los grifos esperan…? —logró articular, pese a que se había quedado casi sin habla.

—Ellos tienen la firme convicción de que todo el oro del mundo les pertenece, pero pueden hacer excepciones cuando se trata de otros reyes.

Yo les dije que tú eres una princesa y que por eso debía volver a ti, y ellos aceptaron.

Si te ven llevarla, te tratarán con el mismo respeto con que me tratan a mí.

—¿Creen que tú eres un príncipe?

—Algo superior a un príncipe. Yo soy un artífice de los reinos del oro.

Lyra tocó el delicado aro.

—¿Y cuál es el tercer motivo por el que la hiciste?

—Por mí. Ahora vayamos a planificar el viaje hacia el desierto.

Lyra respiró hondo.

—Malcolm…

—Dime.

Lyra le dio la mano y él la cogió con suavidad, consciente de que era la izquierda, la que se había lastimado.

Después se la llevó a los labios, como un artífice favorito que rindiera homenaje a la princesa, y a continuación ella le devolvió el gesto, como una princesa reconociendo a un dignatario de igual rango.

Luego abandonaron el pequeño rincón guarecido entre las rocas y ella se encontró frente al ejército que estaban conformando.

Olivier Bonneville discurrió deprisa.

—¿Ve, monsieur le Président ? —dijo, y le señaló el aletiómetro—. Lo encontré y me había puesto de camino para reunirme con su…

—Basta —lo atajó Delamare—. Brigadier, ¿tiene la amabilidad de dejarnos solos?

El brigadier, que apenas comprendía lo que pasaba, se cuadró con actitud marcial y se marchó.

Una vez que hubo cerrado la puerta, Delamare acercó la silla al escritorio y clavó una mirada en Bonneville que habría puesto incómodo hasta a un basilisco. Bonneville la encajó con expresión de perpleja inocencia.

—Me has ocasionado una grave demora, muchacho —declaró Delamare—. Necesito ese aletiómetro para ponerlo en manos de un lector honrado y competente. El doctor Lacroix, que me ha acompañado, se hará cargo de ese instrumento a partir de ahora.

—¿Lacroix? ¿En serio? Pero si es…

—A ti te llevarán a Ginebra, donde permanecerás detenido hasta la celebración del juicio, que tendrá lugar a mi regreso.

—Usted no va a regresar.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que va a morir por estas tierras salvajes y áridas. No va a volver a ver Ginebra nunca más.

—Si el doctor Lacroix descubre que el instrumento ha sufrido algún tipo de desperfecto, tu castigo será aún más severo. Dentro de un momento llamaré al brigadier para que vuelvan a tu…

—¡Brigadier, ya! Ese hombre no pasa de sargento mayor. ¿Y cómo puede pensar que yo fuera a causar algún desperfecto en el aletiómetro? Escúcheme, de verdad, señor Delamare, este sitio es peligroso para usted.

—¿Dónde está esa chica?

—Está en un atolladero.

—Te he preguntado que dónde.

Bonneville se sentía muy cansado. Tendió la mano hacia el aletiómetro, pero Delamare lo puso fuera de su alcance.

—Lo necesito —afirmó Bonneville—. Déjemelo, si quiere que le dé una respuesta ahora. Lacroix le podrá dar una respuesta dentro de una semana, y además será imprecisa. Déjemelo.

—No tienes buen aspecto, Olivier. Me parece que necesitas un largo periodo de reposo, libre de las tensiones que conlleva el robo, la huida, la búsqueda de refugio y la traición. Dime solo dónde está y no quieras hacerme creer que no la has estado buscando.

A Bonneville se le anegaron los ojos de lágrimas. El truco había funcionado ya una vez con Delamare y estuvo casi a punto de volver a darle resultado.

—Señor Delamare, déjeme solo consultar el aletiómetro, solo cinco minutos, y le garantizo que va a averiguar el sitio exacto donde está.

—¿Dónde están los libros que robaste? ¿Los has traído contigo?

—Es que con el nuevo método…

—No me merece confianza.

—Por favor, señor, funciona. Me provoca náuseas, pero funciona.

El chico presentaba un aspecto lamentable: estaba delgado, tenía una palidez cadavérica, los ojos inyectados en sangre, los párpados hinchados y el pelo sucio y despeinado. Le temblaban las manos y olía mal. Su daimonion, aferrado a su hombro, también se veía desgreñado y apagado.

—Consúltalo aquí, ahora mismo, delante de mí —zanjó Delamare.

—Sí. Sí, claro.

Delamare hizo correr el instrumento sobre la mesa. Bonneville lo cogió con ambas manos y acercó su silla. Al inclinarse hacia él, su cabeza quedó, sin embargo, justo debajo de la bombilla ambárica que colgaba desnuda del techo, dejando la esfera en la zona de sombra.

—No veo bien… Si me pudiera cambiar de sitio… —rogó con humildad.

Delamare empujó el escritorio, pero, al descubrir que estaba atornillado al suelo, se levantó y ofreció su silla al muchacho.

—Estás dejando que lleve la iniciativa —le susurró su daimonion—. No cedas en nada más.

Sin hacerle caso, Delamare se sentó en la otra silla. Entonces se dio cuenta de que, en efecto, aquel era un lugar investido de menor autoridad que lo situaba en una posición de suplicante. Aquello no iba a durar mucho, de todas formas, se prometió a sí mismo.