El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 25. El escollo de la alta montaña #3
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25. El escollo de la alta montaña #3

—El aletiómetro —le indicó su daimonion, con la postura desequilibrada a causa del ala rota.

—Ya sé, ya sé. Estoy pensando en la manera de…

—Utilízalo para decirles la buenaventura.

Miró al daimonion, reconociendo que no era una mala idea.

—Y les diré que…

—No lo pienses con detalle —le aconsejó el ave—. Improvisa cuando llegue el momento.

—¿Qué tal va esa ala?

—Todavía mal.

—Esa zorra tenía alguna especie de arma.

—Tenía una porra pequeña.

—Me dio varias patadas en los riñones.

—Sí, no jugó limpio.

Bonneville se volvió a sentar, con expresión agria.

—Lo que debemos saber es qué enfoque hay que poner en práctica con esos policías o lo que sean…

—Escucha. Ahí vienen.

Aunque oyó voces llegadas del pasillo, no pudo discernir qué decían, ni tampoco en qué lengua hablaban. Distinguió que había un hombre de más edad y otro más joven. Después oyó el roce de la llave en la cerradura y se puso en pie.

— Que voulez-vous? —les preguntó cuando entraron—. ¿Qué quieren?

—Queremos darle algo de comer y de beber, señor Bonneville —respondió el hombre mayor, en inglés.

Ambos vestían uniforme, pero el del individuo mayor era más elegante.

El más joven era de los que le habían golpeado en la cabeza con la taza de metal.

No era más que un matón, al que Bonneville habría propinado una patada en la entrepierna, de haber tenido zapatos, pero con el mayor debía proceder con cuidado.

Él tenía las cualidades para ello, se dijo.

—¿Podría saber por qué me han detenido? —preguntó en inglés, con el fin de dejar al margen de la conversación al más joven.

—Por supuesto. Como seguramente sabrá, se ha producido una situación de emergencia, que ha conllevado la suspensión de ciertos derechos. Nuestro cometido principal es garantizar la seguridad de la población, una necesidad que sin duda usted comprenderá.

—Yo no supongo ningún peligro para la población. Soy un representante del presidente del Consejo Magisterial de Ginebra y, como tal, gozo de la inmunidad que posee todo diplomático. Insisto en que me liberen de inmediato.

—Le propongo que vayamos a un sitio un poco más agradable para hablar de esa cuestión —contestó el hombre, al tiempo que le tendía sus zapatos—. Antes, quizá le gustaría ponerse esto.

Bonneville los cogió sin pronunciar ni una palabra y se sentó para calzarse. El hombre mayor advirtió los calcetines mojados, que todavía seguían colgados de los barrotes de la ventana.

—Creo que podremos proporcionarle un par de calcetines limpios, señor Bonneville.

—He recibido un trato escandaloso.

—Estos son tiempos difíciles —declaró el funcionario con tono apaciguador.

Consciente de que su voz debía de tener un timbre plañidero, Bonneville resolvió imprimirle más firmeza.

—Necesito mi mochila y todo lo que había dentro —dijo.

—Enseguida hablaremos de todo eso. Acompáñeme, por favor.

Bonneville cogió a su daimonion de la litera y siguió al funcionario por un frío pasillo hasta una oficina que probablemente no era la suya, porque tuvo que esperar que otro guardia le abriera con llave la puerta.

Lo primero que vio Bonneville fue el aletiómetro, intacto, en medio del escritorio.

Sus otras pertenencias se encontraban cerca y su ropa estaba primorosamente doblada.

No faltaba nada. Aparte, en la chimenea había un calentador ambárico, hacia el cual tendió las manos para calentarlas, al tiempo que se sentaba en la silla que había delante de la mesa.

El funcionario despidió al guardia y se instaló frente a él en la otra silla.

—Usted se hizo pasar por un representante del Consejo Presidencial del Magisterio, cosa que, tal como se descubrió, era mentira.

Se sustrajo a la tutela del nuncio en Alepo y, antes de eso, robó este instrumento y dos de esos libros en el Palais de Justice de Ginebra.

Lo están buscando dos agentes como un encargo directo de monsieur Marcel Delamare, el presidente de la Asamblea General del Magisterio. ¿Qué puede contestar a eso?

—En primer lugar, que me siento reconfortado, coronel, por haber caído en manos de alguien que comprende con claridad meridiana la importancia de mi misión…

—No soy un coronel. Deme el tratamiento de brigadier.

—Disculpe. Comprendo el propósito de su pregunta, que era ponerme a prueba para ver si era quien decía ser.

El Consejo Magisterial no se llama el Consejo Presidencial, ni tampoco la Asamblea General del Magisterio, y ese edificio de Ginebra no es el Palais de Justice , sino La Maison Juste . ¿He superado la prueba?

No bien hubo dicho eso, Bonneville imaginó que bajo sus pies se abría una sima. Tal vez, desde su marcha, habían efectuado todos esos cambios y había caído en una horrible trama. Sin embargo, el brigadier se limitó a sonreír, inclinando la cabeza.

—Bien —dijo, con lo cual el suelo se volvió a cerrar delante de Bonneville—. Ahora hábleme de este instrumento.

—Es un aletiómetro…

—Eso ya lo sé. ¿Qué hace en su poder?

—Soy el lector oficial del Magisterio. Está a mi cuidado, no en mi poder. Estoy viajando hacia el este y lo uso a modo de guía, a fin de localizar a cierta joven, que robó otro instrumento como ese con intención de usarlo para encontrar un gran tesoro, que pertenece por derecho al Magisterio.

—¿A cierta joven? ¿La misma a la que el presidente se refirió hace poco?

—Por supuesto, la misma.

—¿Puede demostrar que ese instrumento se confió a su cuidado y que usted es el lector autorizado?

—La prueba está en que se encuentra a mi cuidado.

—Podría haberlo robado.

—Otra prueba es que soy capaz de leerlo, cosa que no pueden hacer los demás.

—Adelante, pues. Léame lo que considere que es la verdad en lo relativo al desierto de Karamakán y a esa joven. Dónde está ahora, por ejemplo.

—No puedo hacer eso aquí. Necesito una habitación apartada del ruido y de las distracciones.

Necesito comer y beber algo mínimamente comestible, una mesa y una silla cómoda, papel y lápices, y acceso a un cuarto de baño.

También necesito tiempo suficiente para formular las preguntas e interpretar las respuestas, y la garantía de que me voy a poder marchar de aquí una vez haya hecho eso, llevándome todo lo que tenía al llegar, incluido el aletiómetro.

—Podrá disponer de casi todo lo que pide, excepto el cuarto de baño.

¿Se ha creído que esto es un hotel de primera clase o qué?

Tiene mi garantía de que, tanto si es verdad como si no, si su respuesta no acaba de resultarme convincente del todo, lo voy a entregar a la policía civil, sin el aletiómetro y sin zapatos.

—Muy bien —dijo Bonneville, consciente de que no tenía otra alternativa.

Lo encerraron en una habitación con una sola ventana, de vidrio opaco, y el tiempo comenzó a correr.

Hacía días que no trabajaba con el aletiómetro y el nuevo método.

Tuvo que bregar con las dificultades habituales, pero perseveró.

Aquel cuarto era más ruidoso que la celda donde había estado, de tal forma que los ruidos de pasos, de portazos y de órdenes impartidas a gritos podrían haber distraído a un lector menos ducho.

En un momento dado, un giróptero bajó volando y aterrizó a corta distancia, precediendo más ruidos de gritos y pasos.

Con todo, él no se dejó distraer. Al cabo de un rato, el brigadier abrió la puerta.

—¿Y bien? —inquirió.

—No he terminado —repuso Bonneville, con aire lánguido.

—Ha dispuesto de una hora.

—Necesito más tiempo.

—Con esto debería ser suficiente.

—No tiene ni idea de la complejidad…

El brigadier dio un violento portazo, sin salir de la habitación, provocando un sobresalto en Bonneville.

—No me interesan sus complejidades —espetó—. Usted asegura ser un experto. ¿Qué ha descubierto?

Bonneville exhaló un suspiro compasivo, que no llegaba a ser de desdén. Pese a que él quedó muy complacido con la sutileza que era capaz de expresar, el brigadier descargó una patada contra su silla, con la que lo mandó al suelo.

—¡Levántese, vamos! Está desperdiciando mi tiempo y el suyo. Dígame qué ha averiguado sobre Karamakán.

Por suerte, en ese momento, Bonneville no sostenía el aletiómetro entre las manos, pues, de lo contrario, se habría estrellado contra el suelo. Se levantó y se volvió a sentar, aquejado solo por un leve temblor. El brigadier advirtió que estaba muy pálido y tenía cara de náuseas.

—En el centro de investigación vuelve a haber gente —declaró, con la mayor firmeza posible.

—¿Qué gente?

—No me ha dado tiempo a verlo. Por lo que he podido averiguar, ha regresado uno de los antiguos científicos. No ha habido forma de precisar su nombre. Él u otras personas han hecho experimentos allí. Eso es todo lo que puedo descubrir.

—¿Y la chica? ¿La renegada?

—No está lejos de aquí, aunque debe tener en cuenta que tampoco yo sé dónde estamos. ¿Dónde estamos?

—No es necesario que lo sepa.

—Serviría de ayuda.

El brigadier abrió la ventana de vidrio opaco, dejando visible tan solo una pared de ladrillo situada a menos de un metro. Tras respirar hondo, se volvió de nuevo hacia él.

—Dígame dónde está —insistió—. Puesto que ha dicho que se encuentra cerca, es capaz de concretar más. Deme más detalles.

—Por lo que alcanzo a distinguir, está en la orilla de…, del mar Caspio, supongo. En todo caso, en una costa con montañas. No está sola.

—¿Quién la acompaña, pues?

—Hombre, para eso necesito más tiempo.

—¿No se encuentra bien? —preguntó el brigadier.

—No. Tal como intentaba decirle, este proceso implica una altísima demanda en el plano físico e intelectual. No se puede ir más deprisa de la cuenta, porque entraña un coste físico.

—Debería haber pedido que le dejaran ir al baño.

—Tiene usted toda la razón. Tenga presente que antes se lo he pedido. Con su actitud ha dejado claro que le daba igual si utilizaba o no un cuarto de baño. Por consiguiente, he tenido que vomitar en esa papelera que tiene al lado.

El brigadier se apartó un poco.

—¿Tiene que vomitar cada vez que usa el instrumento?

—No siempre. En casos de excepcional dificultad, sufro accesos de náuseas.

El brigadier se dirigió a la puerta y la abrió.

—El baño queda a la izquierda, yendo por el pasillo. Vacíe… eso —señaló la papelera—. Después, acuda a mi oficina y traiga el instrumento y las notas que ha tomado.

A continuación, se marchó. Al cabo de un minuto, Bonneville salió tras él, dejando la papelera donde estaba.

Encontró al brigadier en el pasillo; lo aguardaba. En cuanto Bonneville hubo entrado en la oficina, el brigadier entró a su vez y cerró la puerta con llave.

Bonneville se quedó petrificado, sin habla. Desde la silla de detrás del escritorio, Marcel Delamare lo observaba con expresión de sosegada indulgencia.