25. El escollo de la alta montaña #2
El guardia le tendió una taza de latón, que resultó demasiado caliente para Bonneville, el cual se apresuró a depositarla en el suelo. Después el carcelero le arrojó un mendrugo seco y, tras dirigirle un par de ásperas palabras, se marchó.
Bonneville se cubrió los hombros con la manta.
Hacía un frío horrible, sufría un dolor de cabeza espantoso y tenía unas ganas tremendas de orinar.
Se acercó dando traspiés al cubo que había en el rincón, pero nadie lo había vaciado y el contenido se había congelado, de tal forma que su orina salió proyectada sobre sus calcetines y sus pies.
Tal como recordó, demasiado tarde, no llevaba zapatos.
—Aghhh, asquerosos bandidos, hijos de mala madre, perros, sabandijas, comemierdas… Ah, fíjate… Ah, esto es intolerable…
Tras colgar los calcetines mojados en los barrotes de la ventana y secarse los pies con la manta, se volvió a acostar en la litera.
Entonces pensó que tal vez le vendría bien tomar el líquido caliente de la taza.
Al descubrir que todavía sabía peor que el amargo brebaje que había tomado en casa del sacerdote, lo mantuvo entre las manos para calentarse mientras masticaba el reseco mendrugo.
Una vez que se hubo acabado el pan, permaneció tendido, autocompadeciéndose.
Era capaz de seguir lamentándose al tiempo que discurría la forma de salir de allí y preguntándose, ante todo, si aquellos bárbaros le iban a robar el aletiómetro o tan solo lo iban a destrozar.
No obstante, hacía demasiado frío para permanecer acostado mucho rato, de modo que se levantó y fue a inspeccionar la puerta.
Se trataba tan solo de una gruesa puerta carcelaria de madera oscura, llena de arañazos y mensajes.
Como era de esperar, no había manilla en el interior, pero tampoco se veía ningún agujero de cerradura.
El hueco de la ventana estaba demasiado alto para poder mirar afuera, y las patas de hierro de la cama estaban empotradas en el suelo de cemento.
Bonneville ansiaba recobrar la iniciativa. Cogió la taza de metal y se puso a aporrear con ella la puerta sin parar, con todas sus fuerzas.
— Messieurs! —llamó—. Soldats! Gentilshommes de la garde! Venez, s’il vous plaît! Au secours!
Hablaba en francés porque todo el mundo lo entendía.
Los guardias aún comprendieron mejor los golpes descargados en la puerta, de tal forma que, al cabo de un minuto, la abrieron de improviso y, tras quitarle la taza de las manos, le propinaron un buen porrazo con ella en la cabeza y se volvieron a marchar.
— Oh, mais non… Messieurs! Venez! Venez! C’est important! Je suis ambassadeur de Genève! Diplomate! Immunité diplomatique!
Oyó los pesados pasos que se alejaban, acompañados de carcajadas. Siguió gritando, sin obtener resultado alguno, con excepción de un dolor de garganta que se sumó a su previo dolor de cabeza.
Al final, se acostó y acabó por dormirse, asqueado.
El príncipe Keshvād y Gulya se reunieron con alborozo cuando bajaban de la montaña.
Malcolm y Lyra prosiguieron con apremio hacia el embarcadero.
En ocasiones, tras un recodo del camino, podían ver la costa y, en otras, esta quedaba oculta.
Al final, llegaron a un punto que les ofreció una panorámica despejada del embarcadero y la orilla rocosa, y entonces no les cupo duda: un barco, una especie de yate de motor, algo mayor que el barco de pesca que se había hundido, llegó desde el mar y acostó en el embarcadero.
Si bien veían, estaban demasiado lejos para que los oyeran desde abajo.
Ionides y Leila se encaminaron a la embarcación.
—Pero ¿qué hacen? —se preguntó Lyra.
—Dejar en tierra al marinero, a Yusif. Mira, les pide que lo lleven con ellos y le dicen que no, que no puede ir, que se tiene que quedar.
—Pero… eso es horrible. No entiendo qué pasa.
—Quizá Yusif nos lo pueda explicar.
—¿Dónde están las brujas?
Lyra escrutó el cielo, pero no vio ni rastro de ellas.
—Probablemente han vuelto a Damāvand, para contarles que Gulya ha matado a Sorush. Aunque también podrían estar vigilando el barco, supongo.
—No creo que consideren que sea asunto de su incumbencia.
—Seguramente, tienes razón. No sé gran cosa de las brujas.
Lyra sintió como si su miedo y sus dudas tuvieran una consistencia física, como un morado provocado por una piedra arrojada contra su corazón.
Apuró el paso y Malcolm se mantuvo atento para que no tropezara, porque parecía como si temblara de pies a cabeza, y pronto encontraron el pequeño promontorio rocoso, con el embarcadero intacto y el mástil del barco de Yusif, que aún sobresalía en la superficie del agua.
El marinero caminaba de un lado a otro, con patente consternación. Al verlos acercarse, fue corriendo a hablar con ellos.
Malcolm lo escuchó y después levantó la mano con gesto pausado. El hombre hablaba, gesticulando con gran agitación, en una lengua desconocida para Lyra.
Malcolm respondió algo y el marinero respiró hondo y se frotó la cabeza con las manos.
Malcolm añadió algo más, en un idioma distinto, según le pareció a Lyra, y el marinero asintió y le contestó.
—Dice que Ionides y la mujer se han ido por voluntad propia —explicó Malcolm—, como si supieran que iba a venir el barco.
Yusif volvió a tomar la palabra y Malcolm le reclamó, con un gesto, que hablara más despacio.
Yusif añadió algo más y Malcolm escuchó con atención, interrumpiéndolo de vez en cuando para aclarar algo o para pedir que fuera más lento.
Poco a poco, se esclareció lo ocurrido. Lyra comprendió que el barco había ido directamente allí, como si quienes iban a bordo supieran muy bien dónde debían atracar; que se trataba de un barco mayor y más potente que el suyo, el cual yacía para entonces en el fondo del mar; y que saltaba a la vista que los cuatro ocupantes, todos hombres, conocían a la mujer, la cual los saludó con efusión y subió sin dudar a bordo.
Aparte, Yusif explicó que no parecía que conocieran a Ionides, pero que lo habían acogido como un compañero de la mujer y que todos se habían puesto a conversar con desenvoltura.
Por último, Yusif manifestó que, en su opinión, la tripulación tenía algún tipo de autoridad oficial.
Llevaban uniforme y la embarcación tenía una bandera con el emblema de una lámpara.
Le explicó a Malcolm que a él, Yusif, lo habían apuntado con pistolas, pero que la mujer había intervenido y los había disuadido de que lo mataran.
Después habían dado media vuelta y se habían alejado a toda velocidad por el mar.
Las capacidades lingüísticas de Malcolm se vieron puestas a prueba con el relato, que se prolongó cierto tiempo hasta que lograron enterarse de todo cuanto Yusif les podía contar.
—Le voy a dar un poco de dinero —decidió Lyra—. No ha tenido la culpa, y ahora se ha quedado, además, sin su barco.
Ya casi había agotado las reservas de las monedas que le había dado Farder Coram.
Tal vez la que entregó a Yusif valía más que su barco, aunque también era posible que valiera menos.
Él, en todo caso, le dio las gracias y, tras despedirse de ambos con una inclinación de cabeza, caminó hacia el faro, donde, según dijo, podría pasar la noche.
Para Lyra, la imagen en la que Ionides se iba tranquilamente con las fuerzas del Magisterio fue como un puñetazo en el estómago.
A Leila apenas la conocía, pero él era un amigo.
Por lo menos, no se había llevado sus mochilas; la suya y la de Malcolm seguían donde las habían dejado.
Lyra se sentía mareada, con un agarre inseguro de los pies sobre las resbalosas rocas rociadas por las olas, embargada por una incertidumbre total.
Entonces Gulya bajó deslizándose hasta tomar tierra.
Explicó que el príncipe Keshvād se había ido hacia el sur, para poner al corriente a la reina y al resto de los grifos de la noticia de la muerte de Sorush, de la liberación de sus cautivos y de la existencia de ingentes cantidades de oro que los aguardaban.
Gulya, por su parte, transportaría a Malcolm, Lyra y Asta hasta un lugar seguro de la costa, donde podría custodiarlos mientras dormían.
Se subieron, pues, en su lomo, y ella alzó el vuelo sin aparente esfuerzo; y en un hermoso promontorio situado un poco más al norte, con el mar a sus pies, un bosquecillo unos metros hacia el interior y la vasta cordillera de picos nevados del Cáucaso a su espalda, Lyra y Malcolm se bajaron de nuevo.
Gulya volvió a elevarse en el cielo, acaso para disfrutar de la potencia que iba pareja con su nuevo tamaño.
Lyra se irguió y miró en torno a sí. Tenía la cabeza repleta y el corazón abrumado. La noche no era fría y el temporal había cesado; la luna brillaba con claridad sobre el promontorio y trazaba una estela plateada en el mar. Entonces Malcolm se quitó la chaqueta.
—Acuéstate encima —le ofreció—. Después hará más frío.
La tendió sobre la hierba cerca de unos arbustos y de una gran piedra, que tapaba la luz de la luna.
—¿Y tú qué?
—Es una chaqueta grande.
Asta ya se había aposentado en el medio.
—Vuelvo enseguida —dijo Lyra.
Se acercó al borde del acantilado y tendió la vista sobre el mar, pero no había ni rastro del barco, ni tampoco de las brujas.
Tenía el pensamiento agitado y, al mismo tiempo, estaba cansada a más no poder. Se acostó en la chaqueta de Malcolm y, al instante, se quedó dormida.
Olivier Bonneville soñaba con Leila Pervani.
Esta coqueteaba con él, y él la trataba con desprecio, cosa que aprobó conscientemente una vez que estuvo despierto.
No obstante, le gustó cuando le rozó la cabeza con los dedos.
Aún amodorrado, trató de reavivar la sensación y se encontró con el chichón que le había ocasionado el guardia al golpearle con la tapa de latón.
Se sentó con cuidado, dando un respingo. Ay, qué frío hacía.
Se cubrió los hombros con la única manta disponible y se levantó, vigilando dónde ponía los pies.