El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 25. El escollo de la alta montaña
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25. El escollo de la alta montaña

E l ejército del Magisterio había topado con un primer obstáculo de peso.

El desierto de Karamakán, con el remoto edificio rojo que albergaba en su seno, se encontraba al sureste de la cordillera del Tian Shan, o montañas Celestiales, que se prolongaba durante cientos y cientos de kilómetros hacia oriente y acababa descendiendo hasta las llanuras arenosas del desierto, protegidas por ese lado por el incesante vagabundeo del lago Lop Nor.

Delamare y sus consejeros se habían planteado la posibilidad de hacer seguir a su ejército la ruta de la estepa kazaja, al norte de la cordillera, para entrar en el desierto por la zona de Lop Nor, pero la habían desestimado.

Aquella opción representaría una marcha demasiado larga, con grandes dificultades de abastecimiento, que lo dejaría vulnerable al ataque de las imprevisibles monarquías de Mongolia y Chingizia, además del propio Imperio Dorado de Cathay.

La otra ruta principal desde el oeste exigía pasar por uno de los puertos del Hindukush, la cadena montañosa que se encontraba entre el borde occidental del Tian Shan y el inicio de la gran cordillera del Himmaleh.

Marcel Delamare era perfectamente consciente del paralelismo que existía con la historia antigua: Alejandro de Macedonia había conquistado todos los territorios situados entre Grecia y el Hindukush, pero no había seguido más allá y no había entrado, por lo tanto, en el Karamakán.

Delamare había desplazado su cuartel general al este de Constantinopla, al tiempo que hacía avanzar su fuerza principal a través de las estepas en dirección a Samarcanda.

Allí pasaba horas frente a su escritorio de campaña, observando un globo terráqueo y plegando y desplegando sucesivamente los mapas, pero, cada vez que los miraba, persistía un hecho inmutable: las montañas seguían allí.

Por primera vez, comenzó a pensar si su ejército no sería demasiado grande. Alejandro Magno tuvo que volverse atrás por un motivo: la geografía era implacable.

Alejandro no contaba con máquinas voladoras, por supuesto, mientras que el Magisterio tenía a su disposición toda clase de girocópteros y dirigibles.

Esos artefactos superaban sin dificultad las montañas.

Una nave aérea, un dirigible, por ejemplo, era capaz de desplazar a un nutrido cuerpo de soldados por uno de los puertos de montaña que marcaron los límites en el avance de Alejandro Magno, y transportar en muy poco tiempo el ejército del Magisterio hasta el borde del desierto de Karamakán, desde donde era factible llegar al edificio rojo en cuestión de unos días de marcha tan solo.

Y eso sin contar con los oghâb-gorgs .

Aquellas feroces y abominables aves habitaban la totalidad de la cadena del Tian Shan, así como la parte occidental del Himmaleh.

Eran indómitas criaturas amantes de la guerra, carroñeras del tamaño de una persona, que tampoco desdeñaban matar a sus presas.

Tal como había advertido Pan, su radio de alcance no se limitaba a las montañas, pues a veces se aventuraban hasta distantes tierras del oeste y del norte, atraídas por el olor de la sangre o por la perspectiva de que esta fuera a manar.

Eran caníbales, desde luego; mataban y comían toda criatura que estuviera viva y coleando, o muerta y yerta. La biología era implacable también.

En resumidas cuentas, el Tian Shan era casi infranqueable. Algunos viajeros habían logrado cruzarlo y salir con vida, pero solo se dignaban correr el riesgo por los elevados precios que obtenían en el oeste por mercancías como la seda, las especias o el aceite de rosa.

«Eviten las montañas», le repetían una y otra vez sus consejeros, y, una y otra vez, él escrutaba los mapas y leía más informes escritos por viajeros y geógrafos, o incluso relatos provenientes de la tradición oral.

—Ninguna aeronave ha cruzado nunca el Tian Shan —le recordó a Delamare su daimonion lechuza—. Esas aves las acorralan y las hacen estrellarse contra el suelo. Son seres temerarios, fanáticos y mortíferos. Y, aparte, están los grifos.

—¡Grifos!

Delamare, que raras veces demostraba ningún signo de irritación o de impaciencia, empujó el mapa que tenía delante, haciéndolo caer del escritorio, y proyectó la silla hacia atrás.

—Marcel —le aconsejó su daimonion—, ahora mismo vas a llamar a ese joven tan entrometido. Actúa con sigilo.

El joven entrometido era Felix Murad, el secretario y ayudante que Delamare había traído consigo desde Constantinopla. Era eficaz y competente. A Delamare le agradaba, pese a que era un poco impaciente a la hora de prever las cosas.

—Sí, ya sé —reconoció Delamare—. Quizá deberíamos enviarlo como emisario ante los grifos. Tienen un rey, ¿no? Refréscame la memoria. ¿O algún tipo de gobernante hereditario?

—En este momento es una reina. ¿Por qué nos mandas llamar a Murad, en cualquier caso? Él debe de conocer detalles que nosotros ignoramos.

Delamare asintió de mala gana y agitó la campanilla de bronce que había sobre el escritorio.

—No sé yo, eso de los grifos… —comentó a su daimonion, antes de que llegara el joven.

Tras golpear con los nudillos en el poste de la tienda, Felix Murad entró en compañía de su daimonion gorrión, con expresión alerta y ojos vivarachos.

—Pase y tome asiento, Felix. Quería pedirle consejo.

Él se instaló en una silla y Murad se sentó con la espalda bien erguida en un banco.

—Todo lo que esté en mis manos responderle, señor.

—Se trata de los grifos. Yo no sé nada de ellos, pero, por lo visto, ejercen algún tipo de autoridad en las montañas. En primer lugar, dígame: ¿existen de verdad, o solo son cuentos?

—Sí existen, señor, pero tienen muy poco contacto con los humanos. Poseen sus propios territorios de influencia, que casi nunca coinciden con los nuestros. Por eso se los suele considerar seres míticos por entero.

—O sea, que son solo míticos en parte, ¿es eso?

—Señor presidente, ese tipo de distinción es demasiado sutil para un secretario de mi categoría.

Delamare detectó la insolencia implícita en el tono del joven y la perdonó, pues en el fondo reconocía que no le faltaba razón. En realidad, a su manera, Murad se parecía bastante a Olivier Bonneville.

—En vida de nuestro amado san Simeón, ¿tuvo el patriarcado algún trato con esas criaturas? —preguntó Delamare.

—En el plano diplomático propiamente dicho, no. Existía un reconocimiento mutuo, en un nivel subconsular, y hubo ocasionales contactos por cuestiones de comercio, en especial en torno al oro.

—¿El oro?

—Según parece, los grifos están obsesionados con el oro.

Para ellos es algo casi religioso. Por ello, si surgía alguna disputa relacionada con la propiedad, por ejemplo, de una suma de oro, el patriarcado conocía la importancia de recurrir a algún tipo de vía diplomática a fin de minimizar el… Bueno, ya entiende a qué me refiero.

—Por supuesto. Era lo previsible. —Delamare tabaleó en el escritorio, recorriendo de izquierda a derecha y de derecha a izquierda la madera. Después levantó la vista y dijo—: Schreiber. ¿Sabemos dónde está ahora?

—Con la fuerza del general Bentinck en Khorasan, señor. Está recalibrando el procedimiento del tonnerre double , según tengo entendido.

—Pónganse en contacto con él y ordénenle que acuda aquí de inmediato, con todos sus hombres y su equipo.

—Ah, por supuesto. Ahora mismo, monsieur le Président .

Murad se marchó, dispensándole la más leve inclinación de cabeza que pudo y la más tenue sonrisa de la que fue capaz.

Estaba pensando que los sonidos que producía el golpeteo de los dedos de Delamare sobre el escritorio no eran los mismos que de costumbre y, mientras cerraba la puerta, advirtió por qué: el presidente tenía las uñas roídas hasta la raíz.

Delamare, que ya se había olvidado de Murad, estaba pensando en Bonneville. ¿Dónde debía de estar ese muchacho?

En ese preciso momento, Olivier Bonneville yacía despierto en una dura litera de una mugrienta cárcel rural situada en algún lugar del Cáucaso Menor.

Tenía hambre y frío, y estaba atemorizado.

Sus captores no habían sido capaces de explicarle por qué lo habían detenido, pero estaba claro que esperaban sacar algo de ello, ya fuera un botín o una recompensa.

Lo que más le preocupaba era que tenían su mochila. El aletiómetro… ¿Por qué no se le habría ocurrido encontrar alguna manera de esconderlo, mucho antes de que le sucediera aquello?

Bueno, tendría que recuperarla como fuera, y después reemprender la búsqueda, localizar a la chica y reclamar la recompensa a Delamare.

Sabía que seguía la pista acertada. Por lo demás, no sabía gran cosa, porque sus lecturas habían sido confusas y dispersas, y le habían ocasionado más náuseas que de costumbre, aunque, por otra parte, no había dispuesto de un lugar adecuado para trabajar ni de tiempo para suavizar su recuperación de las sesiones.

Y ahora estaba en manos de esos bandidos… Era intolerable. Así lo expresó a su daimonion, que reposaba con expresión dolorida en un extremo de la litera.

Al final, se quedó dormido.

Despertó con el frío hiriente de la mañana y el sonido de una lluvia densa que le llegaba por el ventanuco de la celda, que no tenía, desde luego, vidrio, sino barrotes, aunque era tan angosto que, de no haber habido, tampoco habría podido salir nadie por aquel hueco.

El horrendo resplandor de una luz enfocada directamente hacia sus ojos, el ruido de una llave en la cerradura, una voz que le gritó en alguna lengua de cerdos bárbaros y un contundente puntapié descargado contra su pierna izquierda.

—¡Está bien! ¡Está bien! ¡Ya los oigo! ¡Sí, ya me levanto! ¡No me den más patadas, desgraciados! ¡Ay, Dios, esto es demasiado…!

Se levantó con trabajos, recibiendo otro puntapié y tratando de hallar un sentido a lo que sucedía.

—Sí… Sí… Estoy despierto. ¡De acuerdo, de acuerdo! ¡Sí! ¡Lamento haber hecho lo que hice para que me detuvieran! ¡No lo volveré a hacer más! ¡Perdonen, mal nacidos! ¡Pido disculpas! ¿Qué es eso? ¿Qué quiere?