24. La muerte de Sorush #5
Malcolm pestañeó y sacudió la cabeza, pero, sí, confirmó que era ella la que se había plantado en la entrada de la cueva.
Asía el vidrio del aletiómetro, enfocando la luz de la luna.
Entre el incandescente fulgor de la forja y el furibundo chisporroteo de la miríada de koruskati , el pequeño rayo de luz de luna era poco menos que imperceptible.
Aun así, cuando cayó sobre el brazo de Sorush, este se apartó con precipitación.
Gulya aprovechó la ocasión para volver a elevarse, con alas y garras que debían de estar extenuadas, según calculaba Malcolm, y aferró la cabeza del brujo entre sus fauces.
Las llamas trataron de volver a brotar de la cueva, como si obedecieran a la voluntad de Sorush, pero no llegaron tan lejos como antes. El rugido volcánico sonaba más débil, y el golpeteo de los enormes martillos había perdido ímpetu y velocidad.
Entonces Malcolm, Lyra, y también Tilda Vasara, advirtieron algo que hasta ese momento había sido invisible: las cuerdas de fuego de djinn que mantenían sujeto el cuerpo de Gulya.
Luchaba para aflojarlas, así como para derrotar al brujo, y Malcolm pensó que, a menos que se desprendiera de ellas, no lograría vencerlo.
Al mismo tiempo, si no lo derrotaba, no podría deshacerse de esas ataduras.
Reconociendo la paradoja, deseaba con fervor poder inmiscuirse entre los combatientes e inmovilizar al brujo mientras Lyra arrancaba las ataduras del hechizo y liberaba a Gulya.
A medida que la piedra pómez se secaba y se desprendía de su piel, cada vez eran más las zonas del cuerpo del brujo que se iban volviendo invisibles.
Ya no quedaba, sin embargo, agua ni polvo y, por otra parte, el brujo se había ido desplazando poco a poco hacia dentro de la cueva, a recaudo de la luz de la luna, precisamente por el lado donde el vidrio de Lyra podía resultar eficaz.
Sorush se debatía, agarraba y soltaba, tratando de atenazar una de las alas de Gulya con intención de rompérsela.
Ella se contorsionaba para zafarse de sus letales manos y, al final, logró aferrarle con el pico la muñeca derecha.
Mantuvo la presión, hasta que le partió los huesos, le retorció los tendones y le hizo estallar las arterias, de tal forma que su cara y el brazo del brujo quedaron cubiertos de sangre.
Él gritaba, tirando con la mano izquierda de sus alas, cuello, patas de león y cualquier miembro que lograba agarrar, pero estaba perdiendo aliento y…
, tal como Malcolm tuvo que repetirse para sus adentros para poder dar crédito a lo que veía…
, Gulya cobraba fuerzas: se había liberado de las ataduras del hechizo.
Las nubes de rutilantes y agresivos koruskati perdían asimismo vigor.
Entonces Gulya hundió las patas de león en el vientre del brujo y subió hasta su garganta, y, a pesar de todas las tentativas que él efectuó con la única mano ilesa, le clavó el pico justo debajo de la mandíbula y le desgarró la carne, hasta que los koruskati quedaron dispersados por el chorro de sangre, hasta que en toda la caverna resonó el espantoso eco del roce de la respiración en la garganta abierta, hasta que Sorush cayó, pataleando y retorciéndose, indefenso, mientras se le iba apagando la vida.
Finalmente, Gulya se levantó con esfuerzo y se fue a acostar, herida y jadeante, en el suelo de piedra.
Lyra corrió hasta el pequeño grifo y le acarició la cabeza y le limpió la sangre del brujo, susurrándole palabras de aliento y elogio.
Tilda Vasara se arrodilló a su lado y abrió una pequeña caja hecha de cuerno, que contenía ungüento de musgo de la sangre.
Malcolm y Asta se adentraron en la cueva, donde rompieron las paredes de cristal tras las cuales permanecían presos los grifos.
Liberados de su condición de esclavos, pero sin poder volar, salieron cojeando para maravillarse ante el cuerpo de Sorush, completamente visible ya, desgarrado, sucio y destrozado.
—Fuera —dijo Gulya, con una voz que sonó más profunda, firme y autoritaria.
Crecía a ojos vista, hasta adquirir un aspecto imponente y majestuoso.
—¡Y pensar que durante todo ese tiempo permaneció en un estado infantil contra su voluntad! —le comentó en voz baja Asta a Lyra.
Tilda Vasara confió a Malcolm la cajita de ungüento de musgo de la sangre y, exhalando un largo grito triunfal, alzó el vuelo para reunirse con sus compañeras, que aún contenían la masa de las nubes.
La luz de la luna bañaba toda la ladera de la montaña, el gran muro tras el cual se ocultaba la caverna y el sinuoso sendero rocoso, hasta la orilla del mar, donde las olas seguían azotando el embarcadero.
Lyra divisó el pequeño grupo de personas que parecían alzar la vista desde abajo, aunque no podía distinguirlas a unas de otras.
Luego la gran forma del príncipe grifo se apartó de ellas y levantó la cabeza, y ella se quedó atónita al observar lo inmenso que era y la envergadura de sus alas, cuando las empezó a batir para elevarse sobre el faro y proseguir el ascenso hacia la caverna del brujo muerto e ir al encuentro de la hembra grifo, que había dejado de ser pequeña, a la que amaba.
Mientras los demás miraban al príncipe Keshvād, Malcolm advirtió, no obstante, la presencia de otro barco que, aunque situado a cierta distancia de la costa, se dirigía sin el menor asomo de duda hacia el embarcadero.