24. La muerte de Sorush #4
—¿Y si no lo mata?
—Está obligada a matarlo. No puede ser de otra forma.
Volvieron a guardar silencio, que solo lo interrumpieron para musitar alguna advertencia cuando había una roca suelta o una grieta en el sendero.
Poco después, paró la lluvia.
Pese a que les dificultaba el avance, mientras caía, había contribuido al menos mitigar el calor de las rocas. Ahora, pese a que el aire estaba saturado de humedad y en torno a ellos brotaba vapor de la tierra, no había nada que moderase la ferocidad del calor del suelo.
Malcolm llevaba unas botas fuertes, pero no así Lyra. Pese a que no se quejaba, él tomó conciencia de lo doloroso que le resultaba y llamó a Gulya.
—¿Dónde está la forja? —le preguntó.
—Ya falta muy poco. Desde aquí se alcanza a oír la maquinaria. Un esfuerzo más, y después lo liquidaré.
—Lo matarás solo si haces exactamente lo que te diga.
—Sí, sí, claro.
—Pero ¿te vas a acordar?
—Antes no tenías dudas respecto a mi memoria.
—Sé lo que ocurre cuando uno está en pleno combate. Tendríamos que haber dedicado un tiempo a practicar, a entrenarnos, tanto tú como yo.
—Lo voy a matar, no temas.
—Como tú digas —contestó Malcolm. Luego aguzó el oído—. Ya lo oigo.
Se quedó quieto e indicó a Lyra que lo imitase, para escuchar.
Los ruidos provenían del suelo, bajo sus pies, y de la prolongación del camino. Los sonidos de martillazos, chirridos, golpeteos y choques que se llevaban a cabo en el corazón de la montaña hacían estremecerse a su alrededor las rocas, que desprendían humedad, proyectándola hacia el aire.
—¿Qué es eso? —preguntó Lyra.
—La forja de Sorush —explicó Malcolm—. Extrae y acrisola minerales y metales preciosos. Explota unas minas de rubíes que hay aquí. Tiene la misma fascinación por el oro que los grifos.
—Pero a él le fascina por el poder que conlleva —matizó Gulya—, mientras que nosotros lo apreciamos por lo que es en sí.
—Ya lo veo, creo —dijo Lyra—. ¿Está solo o tiene ayudantes?
—Los koruskati y otros seres cuya existencia desconocemos. Malcolm sabe cómo vencerlo. Lo vamos a derrotar, yo lo mataré y después veréis por fin mi verdadera apariencia.
Allá en lo alto, más arriba de ellos, ocurría algo.
Tilda Vasara y sus compañeras brujas habían concentrado buena parte de las nubes en una malla a través de la cual se filtraba un tono muy distinto de la horrenda negrura vaporosa que había envuelto, durante el ascenso, a Lyra y sus compañeros.
Aunque no se veía despejado del todo, el cielo se estaba abriendo.
—Sigamos —los alentó Malcolm—. No tardará en darse cuenta y se pondrá en guardia.
Continuaron hacia arriba, con paso vacilante, soportando el ardor en los pies. Pronto llegaron a un muro que se elevaba en la montaña, obstruyendo el paso. Iban a tener que rodearlo con suma precaución, pues en el borde se abría un hondo precipicio.
Cuando se detuvieron detrás del muro, Malcolm hizo señas a Lyra, mientras se descargaba la bolsa del hombro.
—Este va a ser tu cometido —explicó en voz baja—. Aquí dentro hay un tarro de agua, una bolsa de polvo, un fuelle pequeño y una piedra. Mete la mano dentro para acostumbrarte a su tacto.
Lyra palpó los diferentes objetos. El tarro era de metal, con una tapa que se desenroscaba en el sentido habitual.
Para abrirlo, iba a necesitar ambas manos.
La bolsa de polvo, más o menos del tamaño de los dos puños de Malcolm juntos, se cerraba con cordones de cuero.
Ello también le exigiría usar ambas manos.
Luego tanteó la piedra. Era redonda y áspera, del tamaño de una manzana pequeña.
—Se esconde detrás de un espejo —la informó Malcolm—.
Cuando lo mires, te verás a ti misma, pero con la imagen que él quiere que veas de ti.
No le prestes atención y mantente lista para entregarme el tarro, que antes deberás destapar, y después el fuelle.
A continuación, abre la bolsa de polvo y acércamela.
La piedra me la voy a quedar ahora mismo.
Lyra se la puso en la mano, recordándose a sí misma que todo aquello tenía como objetivo aproximarla un paso más a aquel edificio del desierto de Karamakán, al encuentro con Pan y al secreto de su imaginación.
A continuación, sortearon el muro, y allí estaba: la caverna, la forja, la fortaleza de Sorush.
El brujo se encontraba delante del fulgor de luz y fuego surgido de una hendidura en la ladera de la montaña… invisible detrás de su espejo.
Lyra tuvo que detenerse y sacudir la cabeza.
Tenía los ojos deslumbrados, no solo por el resplandor de los fuegos, sino por la hiriente confusión creada por las imágenes del espejo.
Veía a Malcolm a su lado en el espejo como un fantoche pedante y vanidoso, plañidero y egocéntrico.
En el espejo también se veía a sí misma, como una melosa cortesana, repintada y medio desnuda, pero enferma, con grandes llagas por las que afloraba un líquido baboso, como pus.
Su cuerpo y el de Malcolm aparecían iridiscentes, impregnados de la luz de la forja, relucientes cual escarabajos ponzoñosos.
A Asta le dieron náuseas solo de verlos.
—No lo mires —le recordó Malcolm, mientras se agachaba para abrir la bolsa—. Más vale que mires hacia aquí y que te prepares para entregarme el tarro.
Mientras Lyra desenroscaba la tapa, Malcolm se irguió y arrojó directamente la piedra hacia su propio reflejo en el espejo de Sorush.
El espejo se hizo añicos; los restos cayeron al suelo de la cueva, y todos los reflejos se esfumaron.
Detrás no había nada, absolutamente nada.
Malcolm estaba, con todo, prevenido, y también Lyra.
Esta le presentó el tarro, y él lo cogió y arrojó el agua al espacio «vacío».
A continuación, introdujo el pitorro del fuelle en la bolsa de piedra pómez molida que Lyra ya había abierto y la aspiró.
Luego encaró el fuelle al espacio «vacío» y lo accionó para hacer salir el polvo.
Este se depositó sobre el mago empapado, tornándolo visible.
En el aire se materializó un hombrecillo desnudo, furtivo y tembloroso, que parecía una estatua de piedra pómez.
En ese mismo momento, la luz cambió. El resplandor de las llamas pareció retirarse un poco hacia el interior de la cueva, al tiempo que del cielo nocturno llegaba un rayo de luz de luna. Las brujas habían apartado las nubes y la luna llena resplandecía en el firmamento.
El brujo soltó un grito de terror y trató de cubrirse con los pedazos del espejo roto, situándolos frente a su cara, los genitales y el vientre.
«Gulya debería darse prisa», pensó Lyra. Y, en efecto, esta se precipitó entre ella y Malcolm, y agitó la cabeza para arrojar con el pico algo que destelló bajo la luna, al caer a los pies del brujo: el amuleto de plata.
Sorush lanzó un alarido y se echó atrás. La piedra pómez molida se iba desprendiendo a medida que el agua se secaba en su piel. Algunas partes de su cuerpo dejaban de ser visibles ya.
«Rápido —pensó Lyra—, va a volver a desaparecer…».
Con un salto con el que se ayudó con las alas, Gulya se abalanzó sobre el brujo y, clavándole las garras, lo abatió al suelo.
Ambos quedaron de inmediato cubiertos por una nube de ardientes chispas.
Eran los koruskati , que acudían en tropel a defender a su amo.
Entre la turbulencia de destellos, Lyra alcanzó a ver cómo aguijoneaban al pequeño grifo, introduciéndose entre el pelo y las plumas.
Ella se sacudía una y otra vez, quitándoselas de encima, hasta que pareció como si, de común acuerdo, decidieran concentrarse en sus ojos.
Ello la obligó a retroceder y agitar la cabeza; aun así, seguían aferrados a ella.
Sin poder contenerse, Lyra corrió hacia ella y desprendió a manotazos las chispas. Después las pisoteó sobre la roca, pese a que con ello se quemaba los pies.
Al advertir que Sorush comenzaba a alejarse a rastras, Malcolm absorbió el resto de piedra pómez con el fuelle y la proyectó sobre su cara.
Lyra oyó, proveniente de las profundidades de la caverna, un clamor de gritos de águila.
Entonces Sorush se puso en pie y Gulya se precipitó de nuevo contra él.
Malcolm era consciente de que aquella extraña contienda tenía sus normas; él podía ayudar, pero no participar, pues, de lo contrario, no quedaría anulada la maldición que pesaba sobre Gulya.
Solamente ella podía matarlo, y solo así se podría liberar.
Tilda Vasara había acudido a reunirse con ellos. Sus compañeras seguían en el cielo, manteniendo a raya las nubes para facilitar la llegada de la luz de la luna, pero ella permanecía junto a Malcolm, absorta en la observación del combate.
Sorush trataba de atraer a Gulya hacia el interior de la caverna y el pequeño grifo se veía de nuevo rodeado por una nube de ardientes koruskati , que le picaban y mordían la pelambre y quemaban las plumas.
Temiendo que, si le causaban demasiados estragos, no pudiera volver a volar, Asta ardía en deseos de arremeter contra el brujo y clavarle sus propias uñas.
Entonces Sorush dio un grito y de las profundidades de la cueva brotó una enorme lengua de fuego que chocó en el techo de roca y se propagó hacia abajo y hacia fuera, antes de desaparecer.
Tilda Vasara lo golpeó con su nube pino, pero, al reparar en la atracción que ejercía el fuego sobre el leño, pensó: «No, no… ».
Y, efectivamente, la nube pino comenzó a incendiarse, y Tilda Vasara tuvo que apagarla para no quedarse sin su medio para poder volar.
Malcolm, entre tanto, también tuvo que reprimirse, porque, al igual que Lyra, temía por la vida de Gulya, y ambos sentían que había asumido un reto excesivo, que habían ido demasiado lejos. Del abismo surgió otra poderosa llamarada que envolvió a ambos combatientes.
Lyra, no obstante, había tomado una iniciativa.