El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 24. La muerte de Sorush #3
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24. La muerte de Sorush #3

Malcolm sonrió un instante, antes de volverse hacia Lyra.

Esta se abrazaba a su mochila, sentada en una roca.

Cuando levantó la vista hacia él, sintió que apenas podía sostenerse en pie, porque se le desbocó el corazón.

Tuvo la sensación de que ambos podrían haber constituido el único foco de conciencia del mundo, por la intensidad que concentraron en su intercambio de miradas.

—Lyra —le explicó, agachándose a su lado—, yo tengo que ir con el grifo pequeño a la cueva de un brujo, que le lanzó un hechizo hace años. Ella se enfrentará a él, con intención de matarlo. Lo malo es que ha ocultado su cueva poniendo toda la montaña en llamas. Ionides dice…

—Cualquier cosa que diga es verdad, casi siempre. ¿Ha dicho que yo sé cuál es la cueva?

—Sí. ¿Es verdad?

—Es verdad —confirmó Asta, que los había estado escuchando.

—Ese aletiómetro —dijo Lyra, tentando el interior de su desgastada mochila—, el que estabas arreglando, era mío, y aquí está la tapa de vidrio.

Se lo ofreció, cerciorándose de que lo había cogido con ambas manos antes de soltarlo.

La lluvia aún le golpeaba los ojos, y el fulgor de los fuegos le permitía ver tan solo un reluciente disco de vidrio por el que corría el agua, que reflejaba los inconstantes fogonazos amarillos, anaranjados, rojos y blancos.

—Pero… —quiso aducir.

—Tiene algo especial. No sé si es por la forma o por el tipo de vidrio. Prueba a…

Malcolm se lo acercó a los ojos, titubeante, e intentó mirar la montaña a través del cristal.

Lo único que vio al principio fue una masa indefinida de llamas.

Tras enjugarse la lluvia de los ojos, volvió a mirar y percibió con más claridad el flanco de la montaña.

Ignoraba lo que buscaba: la cueva y la forja del brujo, desde luego, pero ¿cómo la iba a identificar?

Miró arriba y abajo, a un lado y a otro, y apartó la lente del ojo para mirar sin ella: ¿había alguna diferencia?

—No consigo… —empezó a decir.

Entonces, todo lo demás que sentía su cuerpo empezó a manifestarse: el gélido frío, el irregular terreno rocoso y la lluvia lacerante. Volvió a situar el vidrio delante de los ojos. Había una zona que tenía algo diferente, justo debajo de la pared meridional… Sí, era eso.

—¿Lo has visto? —preguntó Lyra.

Entre las grietas que escupían llamas, el sector se distinguía por su estable luz. En la entrada había la figura de un hombre, que miraba hacia abajo…

En ese momento, todas las llamas se apagaron, excepto allí. Con excepción de las últimas lenguas de fuego que derivaron con el viento, desparramando chispas, todo quedó sumido en la oscuridad.

«No dejes caer el vidrio», se vio obligado a pensar. Podría haberlo soltado a causa del asombro y se habría roto contra las rocas.

En silencio, los demás tendían con perplejidad la vista hacia la gran mole de la montaña recortada sobre el cielo sombrío. No se percibía ni una llama, ni una chispa; era como si una enorme mano hubiera pasado por encima, apagándolas todas.

Todos seguían callados. Malcolm buscó de nuevo el retazo donde había visto la forja, primero a simple vista, infructuosamente, y después con el vidrio.

—¿Qué ocurre? —quiso saber la mujer, Leila Pervani.

—¿Lo ves? —preguntó Gulya.

—Sí —confirmó, devolviendo el vidrio a Lyra—. Bien, Gulya. Vamos a tener que subir a pie, pero ahora ya percibo dónde está.

—¿Queda lejos? —quiso saber Lyra.

—Sí, y es una subida abrupta. Pero tú no vas a ir.

—Ah, sí. Claro que voy a ir.

Malcolm se pasó las manos por la cabeza, tratando de despejar la lluvia que le caía sobre los ojos.

—Bueno, para serte sincero, necesitaré algo de ayuda. No con el combate, porque Gulya debe asumirlo sola, sino con los preparativos, para irme entregando unas cosas cuando te lo pida.

—¡De eso sí me puedo encargar!

—Quizá sería mejor que fuera conmigo —intervino Ionides—. Solo quizá. De hecho, igual no.

—Gracias, pero no.

—Quédese aquí y vigile mi mochila —dijo Lyra.

—¿Es la señorita Plata o la reina Tatiana quien lo pide?

—¿Y usted qué cree?

Él asintió con expresión jocosa.

—Cuando bajemos de la montaña, Lyra, yo y el pequeño grifo, las cosas habrán cambiado —le explicó Malcolm—. En el cielo hay brujas. Tuuli Latvala es quien las dirige. Recuerde ese nombre y esté atento. Ellas nos van a ayudar, pero, en este momento, no sé de qué manera.

—Por lo demás, ¿nos quedamos aquí?

Leila Pervani lo observaba. Con la oscuridad que había sobrevenido, apenas la podía ver, pero tenía la clara sensación de que su expresión era la misma que había percibido en ella: intrépida, inquisitiva y recelosa.

Ionides le apoyaba la mano en el hombro.

Yusif el barquero acariciaba su ave daimonion, sentado en una roca.

Malcolm cogió la bolsita en la que había guardado las cosas que iban a necesitar en su enfrentamiento con el brujo.

Después dejó la mochila junto a la de Lyra y llamó a Gulya.

El príncipe Keshvād, que permanecía en la misma postura, quieto y silencioso, miró a Malcolm a los ojos e inclinó despacio la cabeza, una sola vez.

—Cuando ardía el fuego, he visto un camino. Iremos por él, tratando de no extraviarnos —dijo Malcolm, antes de ponerse en marcha.

Gulya voló un poco, caminó un trecho y volvió a alzar el vuelo. Asta tomó la delantera y, después de detenerse para mirar atrás, siguió avanzando. Malcolm caminaba con paso regular, consciente de que los aguardaba un largo ascenso.

Por encima del flanco de la montaña y por debajo de los más densos nubarrones, Tilda Vasara y sus compañeras efectuaban idas y venidas en el aire, de sur a norte y de norte a sur, tejiendo una compleja malla que resultaba invisible incluso para ellas mismas; la trama la componían sus trayectorias y la urdimbre era el conocimiento que tenían de las pautas de las nubes.

Aquella era una tormenta especial, sin duda alguna, pero ellas habían visto otras semejantes y no les venía de nuevo.

Lo que debían hacer era imponer una intención a la masa de nubes que flotaban pegadas a la montaña por encima del mar.

En el mundo del pensamiento de las brujas, todo tenía una intención, pero la mayoría de las cosas no lo sabían, o bien tenían intenciones que eran contradictorias.

Aquella tormenta había sido invocada y formada por alguien que poseía un conocimiento y dominio del cielo casi tan completo como ellas, pero que parecía tener un control limitado de la autocontradicción.

Si bien Tilda Vasara era capaz de expresar ese tipo de cuestiones en palabras en caso necesario, sus compañeras no necesitaban palabras.

Con sus veloces idas y venidas, reforzaban un pensamiento aquí, alargaban un hilo de influencia allá, hacían confluir tres corrientes en una sola, y, poco a poco, convencían a las nubes para que se dispersaran a lo largo de una línea paralela a la ladera de la montaña.

Las llamas que habían engullido de manera súbita la montaña para luego desaparecer de un segundo a otro habían perturbado un instante a las brujas, que, de todos modos, habían proseguido su trabajo sin que tuvieran conocimiento de ello las personas que había abajo.

Al cabo de poco rato, el vasto y pesado aturdimiento de aire saturado de humedad se descubrió un deseo de moverse en tal dirección o tal otra, y de dejar un hueco en el centro de la masa, como si esa hubiera sido su intención desde el principio.

Tilda Vasara interrumpió la labor entre la base de las nubes y el mar para ascender por el abismo que se había ido abriendo sobre ellas.

Allí la luz era distinta de la azulada oscuridad de azabache que se adhería a la montaña y a la rocosa costa, pues, cuanto más alto volaba, menor era la densidad de las nubes.

El aire estaba impregnado de un brillo plateado, una cualidad que aportaba una sensación intensa de gozo para una bruja, pues vehiculaba la promesa de recibir la luz de la luna en la piel.

Satisfecha con sus logros, la bruja volvió a observar la montaña.

Estaba completamente a oscuras; ningún rayo de luna traspasaba todavía las nubes.

Tilda Vasara bajó hasta el borde del agua, donde las olas se estrellaban contra las rocas, y agitó el embarcadero y movió a uno y otro lado el barco de pesca a medio naufragar.

Luego posó la vista en las rocas donde aguardaban Ionides y los demás, y los saludó brevemente antes de volver a elevarse en el cielo.

Lyra no preguntó por qué debían derrotar al brujo, pese a que ardía en deseos de saberlo.

Se conformaba con mantenerse atenta al trabajoso ascenso de la montaña, percibiendo a través de la oscuridad cómo Malcolm encontraba sin falla el camino por el escabroso terreno detrás de Gulya, al tiempo que sentía en torno a sí, como un aviso, el calor que desprendía la misma roca, como si pudiera volver a incendiarse en cuestión de un segundo.

Malcolm guardaba silencio; debían conservar el aliento para el ascenso y para lo que deberían afrontar después.

Se ayudaban mutuamente cuando tropezaban, se estabilizaban cuando la subida se volvía más abrupta y aminoraban el paso cuando debían trepar ayudándose con las manos.

Él iba delante y procuraba no ir más deprisa o más despacio de lo que podía ir ella, pero avanzaba sin tregua, en medio de la oscuridad, ganando terreno con cada paso.

A medida que subían, las rocas despedían más calor bajo sus pies y sus manos.

La lluvia que aún caía lo convertía en vapor, de tal forma que parecían estar escalando en medio de nubes.

Lyra comenzó a temer que pudieran perderse.

El pequeño grifo, Gulya, no obstante, parecía estar seguro de qué camino había que seguir, y sus patas de león no se veían afectadas por el calor del suelo.

Asta, en cambio, sí era sensible a este, y por ello acabó buscando alivio en el hombro de Malcolm.

—¿Qué va a pasar cuando lleguemos? —alcanzó a decir Lyra.

—Gulya va a matar al brujo. Él le lanzó un hechizo para que no creciera.