El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 24. La muerte de Sorush #2
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24. La muerte de Sorush #2

Malcolm lo leyó en voz lo más alta y clara posible.

Luego se asomó, aferrándose con fuerza a las grandes plumas de la espalda del príncipe Keshvād.

El grifo trazaba círculos en medio de las ráfagas de viento y escrutaba la costa con bruscos giros de cabeza.

Gulya, por su parte, no lograba avanzar con el viento de frente y procuraba tan solo no quedarse rezagada.

Entonces el príncipe abrió al máximo las alas y, con una vertiginosa alteración de curso, bajó en picado hacia el pequeño embarcadero con postes blancos.

A Malcolm le temblaban las manos por la crispación con que se aferraba a él, pues no tenía otro medio de sostenerse más que agarrándose a las alas de recio timón.

Incluso con el alarido del viento, oía el rugido de las ardientes cavernas, pero al cabo de un momento este cesó, porque el príncipe Keshvād fue plegando las alas y compensando la altura, hasta que adelantó las patas de león, dispuesto a aterrizar.

No obstante, debía calcular muy bien, pues solo disponía de la estrecha franja del embarcadero, más allá del cual se alzaba una pared vertical de roca.

Malcolm veía ya el barco, con el casco hundido, pero aún a flote. Luego el grifo accionó con vigor las alas un par de veces y, por un momento, quedaron suspendidos en el aire, antes de que la gravedad los hiciera bajar hasta las tablas corroídas y los inestables postes del embarcadero.

El príncipe tomó tierra con firmeza y, al cabo de un momento, Malcolm ya se había bajado de su espalda. Entonces levantó la mirada para dirigirle la palabra.

—Príncipe —gritó, para que su voz fuera audible entre el rugido de los fuegos y el aullido del viento—, he contraído una gran deuda con usted. En el barco que se acerca al embarcadero van unos amigos míos. Hágame el favor de dejar que bajen a tierra.

El príncipe inclinó la gran cabeza para responder algo, y Malcolm oyó las palabras: «Como deje morir a Gulya, los mataré a usted y a todos sus amigos».

Malcolm lo miró a los ojos y asintió. Aunque había conseguido posarse en el embarcadero, el pequeño grifo era como una hoja de papel en comparación con la potencia y el tamaño del príncipe.

Mientras intentaba encontrar un agarradero con las garras en los resbaladizos tablones, Malcolm se inclinó para cogerla y, por un momento, ella se resistió, torciéndose para mirar más allá de su hombro al príncipe, pero después se quedó quieta, y entonces Malcolm advirtió la carga de corriente ambárica que pasó entre los dos grifos y comprendió de inmediato.

Ella amaba a Keshvād, pero no podía esperar nada a cambio; y el príncipe amaba a Gulya, pero nunca podría decírselo.

Lo captó en una fracción de segundo. Después depositó a Gulya entre las rocas, al amparo del viento.

En torno al embarcadero se veían los restos de un pequeño puerto: un fragmento de pared de piedra, un par de cabañas desvencijadas, un sendero que tal vez subía por la montaña en un sentido y, por el otro, comunicaba con el faro.

Al levantar la vista, Malcolm vio y sintió en la cara la quemazón de las omnipresentes llamaradas.

Entonces oyó un grito proveniente del mar.

—¡Malcolm! ¡Malcolm!

Malcolm se volvió hacia el pequeño barco que se bamboleaba con torpeza, medio atollado en el agua, mientras el motor pugnaba por mantener en movimiento la hélice.

Se encontraban a tan solo un centenar de metros, más o menos, del embarcadero.

Con la luz de la montaña ardiente a la espalda, Malcolm corrió hasta la punta de la endeble pasarela y, aferrado al último poste blanco, gritó el nombre de Lyra en medio del fragor del viento.

Cada vez que la barca se hundía en una depresión entre las olas, parecía como si perdiera la capacidad para volverse a elevar.

Percibiendo la tensión del motor, Malcolm pensó que, si seguían acelerando, corrían el riesgo de quemarlo.

No obstante, si perdían impulso en medio de las agitadas aguas, se verían propulsados lejos del embarcadero en cuestión de un momento.

Tenían que seguir avanzando, por más que la hélice chirriara batiendo tan solo el aire la mitad del tiempo.

Malcolm se desplazó de un poste a otro y los movió, para determinar cuál era más estable.

En medio de la lluvia y el viento, escrutó el mar, iluminado por los fuegos de las montañas, con cuyo ardiente resplandor alcanzó a ver a Lyra y también a Asta.

Muy cerca de ella, su daimonion se aferraba a la barandilla alargando una pata hacia el embarcadero, pero aún estaba demasiado lejos.

Entonces un hombre lo apartó y le enseñó un rollo de cuerda.

Malcolm asintió y se preparó para recibir el cabo.

Ese hombre era Ionides, quien, al ver a Malcolm, lo saludó también con una inclinación de cabeza.

Ambos sabían que solo iban a tener una oportunidad.

El barco cabeceaba, se bamboleaba y daba bandazos, y no había en su movimiento ninguna pauta, nada que pudiera guiarlos, salvo el instinto para detectar el momento oportuno.

Este llegó; Ionides proyectó con fuerza el brazo para lanzar la cuerda y Malcolm la recogió.

Se movió con celeridad, sin pensar, hasta enganchar el barco a un clavo del poste. De este modo, no partiría a la deriva y podrían maniobrar para colocarlo junto al embarcadero y sujetar la popa.

El motor siguió dando quejidos y la hélice porfió, y poco a poco el barco fue girando, afrontando el oleaje.

Ionides se precipitó hacia la popa para coger otra cuerda, y ambos aguardaron, calibrando, mientras Lyra permanecía agarrada a la barandilla y, desde la caseta del timón, alguien controlaba el motor y el gobernalle.

Entonces, cuando el mar se calmó un instante, Ionides arrojó la cuerda, y esa vez, en cuanto la tuvo en las manos, Malcolm tiró de ella con todas sus fuerzas para acostar la embarcación al embarcadero. Poco a poco, la fue arrimando, y después ató el cabo al poste más cercano.

Si bien el embarcadero se encontraba más o menos a la misma altura que la cubierta del barco, los cabeceos y bandazos hacían difícil saltar sin riesgo hasta él. Asta fue el primero en probar, con un brinco que lo propulsó hasta las manos de Malcolm.

—Vete a las rocas —le indicó este, tras depositarlo sobre las resbaladizas planchas de madera.

Lyra se ajustó la mochila en la espalda, tratando de equilibrar el peso.

—¡Ya estoy lista! —gritó.

Luego se precipitó con ímpetu sobre la brecha que mediaba entre la embarcación y las planchas.

Él la habría recogido, aunque hubiera caído desde una distancia de más de cien metros; en sus brazos, donde cayó, liviana como un espectro, fuerte y frágil a la vez.

Se quedó aferrada a él, y él la atrajo hacia su corazón y le besó la cabeza sin pensarlo.

—Corre hacia la orilla —le dijo después.

Lyra se fue en pos de Asta. A continuación, fue el turno de una mujer a quien Malcolm no conocía.

Aparentaba su misma edad y era esbelta y atlética, probablemente persa o kurda; Ionides tuvo que instarla a avanzar hasta la barandilla, pero, una vez que estuvo conforme, se afianzó en el suelo y saltó sin dificultad.

A partir de ahí, quedaban dos personas: primero un individuo que salió de la caseta del timón, de aspecto rudo, seguramente un pescador, a juzgar por cómo equilibraba el cuerpo en función del movimiento del barco.

El hombre agarró la mano que le tendía Malcolm y aterrizó en las tablas.

Ya solo faltaba Ionides. Malcolm vio que no estaba seguro; ciertamente, el barco se balanceaba con menor estabilidad y el agua invadía la cubierta.

Al cabo de un momento, se encontraría demasiado bajo para poder alcanzar el embarcadero.

—¡Salte ya! —vociferó Malcolm.

Ionides se propulsó hacia arriba y Malcolm lo agarró del brazo y lo levantó desde el barco que se hundía hasta el borde del embarcadero.

Al ver que Ionides estaba a salvo, Malcolm corrió hacia las rocas.

Asta se encogió y, en cuanto él se halló lo bastante cerca, se precipitó en sus brazos y se pegó contra su palpitante pecho.

Junto a ellos, aunque tiritaba completamente empapada, Lyra sonreía con cara de dicha.

El pescador reconfortaba a su daimonion, una pequeña ave blanca, y la mujer permanecía sentada con calma, observándolo todo.

—Soy Malcolm Polstead —se presentó este—. ¿Quién es usted?

—Leila Pervani —respondió ella.

—¿Es amiga de Ionides?

—Sí, y de Lyra.

—Perfecto. ¿Y usted? —le preguntó al marinero.

—Yusif —contestó este, mirando con indecisión a la mujer.

Al ver que esta asentía, le repitió su nombre.

El marinero, que había visto con la luz de las llamaradas de la montaña la inmensa figura del príncipe Keshvād, asentado con actitud impasible un poco más arriba sobre las rocas, dejaba ver una aprensión obvia.

Malcolm levantó la vista. Las cavernas ardientes no solo despedían luz, sino sonido y calor. En sus oídos estalló un retumbo que era en parte subterráneo y en parte de tempestad, a la vez de aire y fuego, y, cuando trataron de elevar la mirada, el calor les quemó la cara.

Consciente de la presencia de alguien a su lado, Malcolm se volvió y vio que era Ionides.

—¿Ese grifo es amigo suyo? El grande —preguntó.

—Por ahora, sí. Es el príncipe Keshvād. El pequeño es Gulya. Ahora tenemos que localizar la cueva de un brujo, pero…

—¿Allá arriba? ¿Cuál es?

—Es difícil de precisar.

—La señorita Plata lo sabrá —afirmó, con expresión maliciosa y confiada, resaltada por la luz de las llamas.

Malcolm recordó la mañana en que se habían conocido, bajo el naranjo de la casa de la embajada de Alepo, y la impresión que le había causado entonces Ionides.

—¿Ha hecho todo este trayecto con Lyra?

—Todo. Ella me salva la vida y yo se la salvo a ella cuando es necesario.

—¿Y la mujer?

—¿Quiere encontrar la cueva o no?