24. La muerte de Sorush
M alcolm viajaba montado en el príncipe Keshvād. Gulya volaba a su derecha, y a su izquierda iba una bruja llamada Tuuli Latvala, que había sido una gran amiga de Tilda Vasara. A esta la acompañaban siete brujas, con quienes Malcolm había hablado antes de emprender el trayecto.
Tenía previsto tomar tierra en las montañas que se alzaban al norte de la caverna de Sorush y seguir a pie a partir de ahí, al amparo de la oscuridad.
Había averiguado toda la información que pudieron darle sobre el brujo y llevaba consigo todos los artículos que le había prestado el orfebre Khuroshvili.
Según aseguraba Tuuli Latvala, cuando llegaran a la cueva del brujo, habría luna llena.
Mientras volaban en dirección a esta bordeando el mar, la bruja efectuaba idas y venidas para ir a conversar con sus compañeras y, de vez en cuando, se elevaba hasta alturas superiores o exploraba el cielo hasta los horizontes de poniente y de levante.
En un momento dado, se acercó al príncipe Keshvād y llamó a Malcolm.
—El cielo está lleno de espíritus —dijo, de tal forma que él la oyó con claridad.
—¿Qué clase de espíritus?
—De muchas clases. Algunos los conozco, y hay otros que no habíamos visto hasta ahora.
—Yo solo veo el cielo.
—Entonces me va a tener que creer. Yo creo que son amigos, o cuando menos neutrales. He hablado con algunos de ellos. Conocen a ese brujo que pretende localizar.
—¿Qué dicen de él?
—Que es astuto y codicioso. La mayoría de estos espíritus lo temen.
—¿Hay más espíritus de lo normal en esta parte del cielo?
—Han venido de otra zona situada hacia el este. Creo que son apsaras .
—No conozco esa palabra. ¿Lucharían de nuestro lado, en caso de una eventual batalla?
—No lo sé. Este es un tipo de campaña en la que no habíamos luchado antes. Si quiere matar a ese brujo, no hay inconveniente, nosotras nos encargamos, o bien los grifos. No es algo difícil. Pero ¿después qué? ¿Volvemos a la montaña?
—No. Seguimos hacia el este, hacia el desierto que hay al sur de la cordillera del Tian Shan.
—¿Y después?
—Localizamos un edificio rojo y entramos en él.
—¿Así, y ya está?
—Sin Lyra, no —precisó.
—He oído hablar de esa Lyra. Yo quería mucho a Serafina Pekkala. ¿Dónde se encuentra ahora?
—Debajo de nosotros, en el mar, a corta distancia al norte de Bakú —explicó Malcolm—. Permítame un momento para que lea su último mensaje.
Había estado comunicándose con Lyra a través de la magnetita, pero el sol se ponía tras las montañas a su izquierda y la luz menguaba. Cada vez era más difícil distinguir las palabras trazadas a lápiz.
Estamos huyendo de los disturbios que hay en Bakú —le había escrito—. Vamos rumbo norte, en un barco de pesca. ¿Dónde estás tú?
En lo alto del cielo —respondió Malcolm—. Todavía no te veo, aunque sí vemos las luces de Bakú. Volamos hacia una cueva situada en las montañas del norte de la ciudad .
¿Qué vais a hacer allí?
Matar a un brujo. Después nos reuniremos con vosotros e iremos volando hacia el desierto.
¿Dónde queda la cueva? ¿A qué distancia, más o menos?
No estoy seguro. Aún no hemos llegado.
Nosotros estamos a eso de una milla de la costa, a la altura de un faro. Tres destellos alternando con uno.
Malcolm llamó a Tuuli Latvala.
—Busquen un faro situado un poco más al norte. Tres destellos alternando con uno. Avísenos en cuanto lo vean.
La bruja se fundió con la noche y llamó a sus hermanas, y luego todas ellas se alejaron hacia el norte.
Malcolm percibía un leve olor a brea quemada que de vez en cuando transportaba el viento.
Abajo, desde diversos puntos de las afueras de la ciudad, brotaban columnas de humo que retorcía y desmochaba el turbulento aire.
Al poco, este se volvió a llenar de humo, de ocasionales chispas de fuego, del olor a nuevos incendios y del resplandor de edificios que ardían.
Primero fueron cuatro, luego cinco y después media docena, como mínimo.
Volaban sobre el extrarradio de la ciudad y buena parte de la luz que percibían provenía de las farolas, de las ventanas y de los escaparates, que componían la iluminación ambárica normal visible en el cielo de cualquier ciudad del mundo.
A medida que las luces de la ciudad fueron quedando a su espalda, una oscuridad distinta les mostró la vasta mole de las montañas del Cáucaso.
La luna se estaba asomando, y pronto el mar y el campo que se extendía más allá de la urbe estarían bañados por una luz más fría que la del fuego.
Malcolm no alcanzaba a formarse una idea de la altura a que se hallaban.
No era fácil tender la vista más allá de las alas del príncipe Keshvād, y lo único que podía ver cuando intentaba mirar hacia el mar era una oscuridad turbia, atravesada de vez en cuando por las cintas blancas generadas por el oleaje.
El olor a brea quemada persistía aún, como una especie de olor fantasma.
—¡Abajo hay un fuego muy grande! —gritó Gulya.
Un complejo de edificios industriales ardía cerca de un espacioso puerto donde había anclados numerosos barcos y el denso humo ascendía, azotado y desperdigado por los vientos.
Malcolm vio unas embarcaciones que rociaban agua y espuma con mangueras de alta presión, pero, mientras miraba, uno de los edificios de la refinería estalló expeliendo una fuente de llamaradas y el sonido la siguió, elevándose por el aire: una detonación colosal, larga y profunda como un trueno, que rebotó en las montañas e hizo mecerse los barcos en el agua.
El príncipe Keshvād dejó oír su poderosa voz y Gulya se adelantó para hablar con él. Notando debajo de sí el retumbo de los poderosos pulmones, Malcolm se mantuvo muy quieto. Gulya se elevó, giró sobre sí y descendió para aterrizar a su lado en la espalda del príncipe Keshvād.
—Las brujas vienen de regreso —anunció, casi sin aliento—, por el otro lado del peñón.
Habían dejado tras de sí la ciudad y el promontorio se elevaba bruscamente entre la oscuridad en el mar.
El príncipe Keshvād accionó con más vigor las alas, ganando altura para bordear las paredes rocosas y sobrevolar un trecho el mar, antes de inclinarse a la izquierda para seguir en paralelo a la costa.
—¡Ahí está el faro! —exclamó Gulya.
Entre las nubes, la lluvia y las volutas de humo, apareció en la punta del peñón una luz que destelló una, dos, tres veces, y luego una, una, dos, tres veces y luego una.
Malcolm volvió de inmediato la cabeza para escrutar el mar en el entorno del faro.
No obstante, si el barco pesquero disponía de una luz, esta debía de ser floja, o tal vez la habían apagado para no correr riesgos.
Malcolm alargó el cuello, tratando de ver a las mujeres de negro que iban surcando el aire a toda velocidad.
—¡Tuuli! —llamó—. ¡Aquí, aquí!
Observando cómo giraban y subían tomando impulso para descender en picado pasando cerca del gran grifo, por un momento sintió que se le encogía de miedo el corazón. Eran tan pocos, él y Gulya eran tan pequeños y la tarea que debían afrontar era tan difícil…
—¡Malcolm! ¡Malcolm!
Quien lo llamaba no era Tuuli Latvala, sino otra bruja.
—La oigo —contestó—. ¿Han encontrado el faro?
—Sí, y el barco de pesca. Tuuli Latvala ha ido a hablar con Lyra.
Malcolm imaginó el pequeño barco cabeceando entre las embestidas del mar bravío, a Lyra agarrada a la barandilla y el asombro de esta cuando viera a la bruja aterrizando a su lado.
—¡Gulya! —llamó—. Gulya, ¿podrías pedirle al príncipe Keshvād que vuele más bajo?
Gulya batió las alas para desplazarse con premura hasta la cabeza de águila del inmenso grifo. Este se volvió para escucharla y le respondió algo. Después Gulya volvió para informarlos.
—Podemos posarnos en la tierra, pero no en el mar. Con este oleaje y este viento, el príncipe no puede arriesgarse a bajar para poder hablar con las personas del barco.
—Comprendo —dijo Malcolm—. ¿Ha hablado ya con ellos la bruja?
Malcolm volvió a mirar la magnetita. Contando tan solo con la inestable luz de abajo, forzó la vista y la aproximó a los ojos, consciente de que la lluvia volvía resbalosa la piedra y de que tenía las manos entumecidas por el frío.
Estamos haciendo agua —leyó—. No podemos quedarnos en mar abierto. Vamos a acostar al norte del faro.
Nos vemos pronto, entonces —respondió él.
—¡Gulya! —llamó, y el pequeño grifo descendió para escuchar—. ¿Dónde está la forja de Sorush?
—Es la caverna que… —Paró de hablar, con una exclamación de asombro.
Malcolm contuvo la respiración.
La totalidad de la cadena de montañas, que se elevaban a gran altura sobre la costa rocosa fustigada por el oleaje, había estallado de improviso en llamas.
De mil y un boquetes, cuevas, rendijas, grietas, cañadas, abismos, cavernas y grutas brotaban mil y una lenguas de color anaranjado que lamían las paredes de roca, ondulando acá y allá en medio del tempestuoso aire que azotaba la costa.
Malcolm, los grifos y las brujas, montadas en sus ramas nube pino, oían el rugido del fuego aun a pesar del aullido del viento.
De las cavernas y oquedades salían volando al encuentro del viento grandes guirnaldas, estandartes y mantos de llamas, cual ardientes buitres ansiosos de consumir carne.
—¿Cuál es la forja? —gritó Malcolm.
Gulya respondió a voz en cuello, pero sus palabras se perdieron en el aire. Malcolm sintió como si se hubiera adueñado de él una especie de locura. Ya no había vuelta atrás; Sorush iba a morir, o de lo contrario morirían él y Gulya. En cuanto a Lyra…
Estaba escribiendo de nuevo. Entonces fue la luz de la montaña incendiada lo que permitió a Malcolm leer lo que decía. Tras enjugar el agua de lluvia de la magnetita, la sostuvo en alto, encarándola al resplandor anaranjado, y las palabras fueron surgiendo:
Vamos hacia el embarcadero… con postes blancos…
Eso era todo.