23. No, imposible #2
Le indicó que se acercara al fregadero y entonces le vertió agua en las manos, para quitarle la suciedad acumulada en varios días de viaje, y luego le dio un trapo limpio para que se secara.
Él se volvió a sentar y, arrellanándose, miró cómo ella encendía un fuego y cortaba unas verduras. Aquel hombre tenía algo que la cohibía, y, aunque eso la contrariaba, no podía remediarlo. Estaba acostumbrada a desestimar su propia incomodidad.
—¿Le ha hablado alguna vez Chen de mí y del otro hombre que fue al desierto? —preguntó al cabo de unos minutos.
—Alguna vez. Chen me dijo que el otro hombre volvió y habló con él. Pero se volvió a marchar, y después vinieron los hombres de las montañas.
—¿Contó algo de lo que habíamos visto?
—Yo no conocía a Chen entonces. Solo limpiaba y ya está. A veces me quería contar algo de un edificio rojo, pero entonces se quedaba dormido. Hay un edificio rojo allí, ¿verdad?
—Sí.
—¿Usted entró?
—Sí, y volví a salir. Tengo cosas importantes que contar a la gente. Pero si… —Paseó la mirada alrededor y efectuó un ademán, como si quisiera decir: «Todo está roto».
Ella vertió un poco de aceite en un wok y lo sostuvo sobre el fuego. Luego lo hizo girar varias veces para extender el aceite, antes de depositarlo entre dos troncos dispuestos encima de la cocina. Echó la col y la cebolla troceada en el wok, que crepitó con el contraste de temperatura.
—Aquello que hacía en el laboratorio —dijo él.
—¿Sí?
—Eso que hizo, con la cubeta y…
—Con otras cosas.
—¿Qué hacía?
Al principio, creyó que no lo había oído. No obstante, sus dos daimonions, el lémur y el zorro del desierto, estaban agazapados el uno junto al otro, casi con las cabezas pegadas. Aunque no hablaban, parecían comunicarse de alguna forma. Cariad se lo explicaría después.
—Hice telvisión.
—¿Telvisión?
—Una vez vi telvisión en la casa de un rico. Una caja grande con vidrio por delante e imágenes. Como eso.
—¿Y funcionó su telvisión?
Dilyara lo miró con decepcionado desdén y luego se volvió a centrar en la cocina.
Después de saltear con vigor varias veces las verduras, agregó una pizca de sal y volvió a remover, añadió un poco de salsa de una botella y, al final, sirvió la comida en dos tazones desconchados.
A continuación, sacó palillos de madera de un cajón y los entregó a Strauss junto con los tazones, y después se sentó, dándole casi la espalda.
—Gracias —dijo él—. Dilyara, no pretendía burlarme de usted. Ya sé que lo que hacía no era una televisión de verdad. Yo solo…
Dilyara replicó con premura, diciéndole que no era una tonta, ni una bárbara incapaz de ensamblar cosas sin entenderlas, que había intentado muchas veces atraer luces e imágenes a la cubeta y que había obtenido resultados, una vez que hubo encontrado los tarros de vapor duro en el cuarto frío, pero que no pensaba explicarle nada más.
—¿Vapor frío? —dijo él.
—Muy frío.
Trató de encontrar en vano las palabras equivalentes a «hielo seco».
Tendría que conformarse con usar «vapor duro».
¿Acaso había estado montando una cámara de niebla?
La miró de soslayo mientras comía. Sin duda, tenía motivos para haberse ofendido con su estúpida pregunta, aunque él tampoco había hablado en serio del todo: ¿qué habría visto? «Luces e imágenes», había dicho ella.
—¿Me lo va a enseñar? —le pidió, al cabo de un minuto.
—Ahora no. Igual después.
—Sí, cómo no.
—¿Se va a quedar aquí?
—No por mucho tiempo. ¿Se ha ido todo el personal?
—Algunos, muertos. Otros se fueron.
—¿Quién murió?
—No sé los nombres. Chen lo sabe.
Una vez que hubo terminado la frugal comida, el hombre volvió a beber agua.
—Gracias —dijo.
Dilyara no respondió nada. Él observó su cuerpo fornido y sus hombros caídos mientras terminaba de comer y se levantaba para llevar ambos tazones al fregadero. Entonces se puso en pie a su vez.
—No hay más de comer —dijo ella.
—Estaba muy bueno. ¿Cultivan la verdura aquí?
—Una parte. Otra viene del pueblo.
—¿Existe todavía un servicio de autobuses que salgan de este pueblo?
—¿Adónde quiere ir?
—A Alma-Ata, o a Urumqi. A una gran ciudad, en todo caso.
—No. Ya no hay autobuses, solo camellos.
—Tengo que… —dijo.
Al ver su ademán de impotencia, ella comprendió que sentía que era un empeño imposible.
—¿Por qué?
—En el edificio rojo averigüé algunas cosas y es muy importante que las cuente al mundo.
—¿Que las cuente a todo el mundo?
Se estaba burlando de él, como revancha por la pregunta idiota que le había hecho sobre el televisor. Asintió, reconociéndole su parte de razón.
—Que las cuente al máximo número de personas.
—Podría contármelo a mí —sugirió.
Era una prueba, y no la superó. A su semblante afloró de inmediato la duda, y ella reaccionó con cara de decepción.
Dilyara se vio a través de su mirada: una campesina ignorante que jugaba con un material que nunca iba a comprender, tal vez analfabeta, que se engañaba a sí misma creyendo que era inteligente y cultivada como los hombres y mujeres que habían trabajado allí antes de que el viento de Dios los anulara, cuando en realidad nunca sería así, aunque viviera cien años.
Ese era el concepto que creía que tenía de ella.
—Yo formo parte del mundo —declaró.
Lo dijo, no obstante, en voz baja, porque había perdido una parte de su fortaleza.
Él respiró hondo y notó que se mareaba, de modo que tuvo que inclinarse un momento en el banco hasta recobrar el equilibrio.
—Perdóneme, Dilyara. Estoy completamente agotado.
He visto cosas que no habría imaginado, y necesito días y semanas para pensar en ellas y comprender qué significan.
Pero no tengo tiempo. Debo encontrar lo antes posible la manera de volver, para ponerme en contacto con las personas, volver a Brytania y contarles lo que he visto, lo que deben hacer, lo que todos debemos hacer para preservarnos de ello.
Es de una importancia vital. Le agradezco que me haya acogido y dado de beber y comer.
Siento una gratitud inmensa para con usted y estoy maravillado de lo que ha hecho en el centro.
Me gustaría hablar con usted de todo y que me cuente lo que ha descubierto, pero ahora ante todo necesito dormir, y después me tengo que marchar.
Le pido disculpas por mi falta de cortesía. Perdóneme, se lo ruego.
Eso era lo que habría querido decir, pero cuando terminó de hablar no estuvo seguro de si realmente lo había dicho. Su dominio del idioma de Chen era más bien precario. Le dijo lo máximo que pudo expresar.
Dilyara quedó, con todo, conmovida por la sinceridad de su tono, así como por su desesperado estado de extenuación.
Se levantó y, tras dirigirle una inclinación de cabeza, le indicó que la siguiera hasta un cuartito donde había cojines y mantas, y donde podría disponer de la intimidad que probablemente deseaba. Él se acostó a dormir al instante.
—No, imposible —dijo Lyra—. No.
Estaba sentada en la tapa de la escotilla del pequeño barco pesquero, que cabeceaba y se balanceaba en el agua.
La luz del sol se estrellaba, fraccionada en un millar de dardos, contra sus ojos.
Ionides estaba apoyado en la barandilla y Leila Pervani se encontraba a su lado.
La tapa de la escotilla no era muy amplia y Lyra percibía su perfume, penetrante, tenue y sutil.
—Es verdad, Lyra —afirmó Leila—. Tú eres la chica de la que habló en su sermón, la renegada. Marcel Delamare es tu tío.
Lyra miró con desesperación a Asta.
—Lo siento, Lyra. Es verdad —confirmó el daimonion—. Malcolm y yo lo supimos por Olivier Bonneville.
—¿Y no se os ocurrió contármelo?
—Ni a él ni a mí se nos ocurrió pensar que no lo sabías.
—Es verdad, señorita Plata —reiteró Ionides.
—¿No lo conoces? ¿Nunca oíste hablar de él? —preguntó Leila.
—Jamás —repuso Lyra con la mayor contundencia que pudo—. En un momento dado, creía que mi madre tenía parientes, un hermano quizá, pero cuando me separaron de ella era demasiado pequeña como para acordarme de algo. Y ahora me dicen que él es el…, ¿el qué? El presidente de algo.
—Presidente del Consejo Supremo Magisterial.
El primer líder individual que ha tenido el Magisterio desde hace siglos.
Es un político muy hábil. Yo estuve con él una vez.
Es un hombre capaz de lo que sea, de estafar, mentir y traicionar, sin abandonar una suave fachada de cortesía, que lo deja al margen de toda sospecha.
Es una persona excepcionalmente peligrosa.
—Y ese discurso…
—Un sermón en la catedral de Ginebra, su declaración de guerra. Todo el mundo preveía eso, pero nadie se esperaba esa revelación sobre su familia y sobre su sobrina, que ahora es una terrorista y una fugitiva de la justicia. Hay retratos tuyos en todos los periódicos del mundo.
—¿De dónde los sacaron?
—Probablemente, te han imaginado. No es que se te parezcan mucho.
—Y hay una recompensa —añadió Ionides.
—¿En cuánto me han valorado?
—Medio millón de dólares.
—Solo medio —dijo, con voz temblorosa—. Casi ni siquiera merece la pena tomarse la molestia.
—Y de la otra cuestión de la que habló, ¿sabes algo? —preguntó Leila.
—Vuelvan a explicármelo. Tengan presente que no he podido seguir las noticias.
—Esos agujeros que hay en el mundo, o algo por el estilo. Unas aberturas que dan a otros sitios.
—Bueno, de eso sí sé algo… Pero ¿cómo se enteró él de eso?
—No lo especificó —repuso Leila—. En todo caso, ha encontrado algo ideal para atemorizar a la gente. Unas aberturas secretas por las que pueden pasar los enemigos… o la enfermedad, la contaminación, o los espíritus malignos, o cualquier otra bobada. Es ideal para él.
—Señorita Plata, ¿qué sabe usted de esas cosas? —la consultó Ionides.
—Bueno, se lo voy a contar, pero me van a tener que creer. Parece algo descabellado, imposible, pero es cierto…
Mientras el pequeño barco se adentraba, con resoplidos del motor, por el extenso mar Caspio, Lyra les confió cuanto sabía sobre las aberturas entre mundos.
Tardó más de lo que pensaba, de tal forma que tuvo que hacer una pausa para pedir un poco de agua, porque se le había secado la garganta.
El sol le daba, además, de pleno en la cabeza, pues se hallaba ya cercano a su cenit.
Ionides y Leila escucharon en silencio de principio a fin.
—Bien, eso es todo —concluyó, después de haberles contado cómo cerraron con Will la última ventana en el Jardín Botánico de Oxford, cancelando por consiguiente el único medio que habrían tenido de volverse a ver.
Tuvo que callar para tragar saliva. Aparte, tenía los ojos arrasados de lágrimas. Sin duda, se debía al sol.
—Así fue —añadió con un hilo de voz.
Leila se inclinó para abrazarla y Lyra lloró en su hombro sin apartarse.
Asta también había estado escuchando con atención.
Era la primera vez que oía todo aquello, y Lyra sabía que el daimonion se lo referiría todo a Malcolm una vez que volvieran a estar juntos.
Por ello tenía la sensación de que el propio Malcolm estaba presente allí con ellos, de manera invisible, y lo que dijo fue en parte dirigido a él.
Ionides fue a hablar con el otro hombre en la caseta del timón. Al cabo de un momento, Lyra notó un cambio en el movimiento del barco, pues el marinero lo había encarado rumbo a babor. Entonces se desprendió del abrazo de la mujer, se enjugó los ojos y respiró hondo, mirando en derredor.
—¿Adónde vamos? —preguntó.
—Un poco más lejos, frente a la costa. Era el momento de abandonar Bakú, antes de que los disturbios se generalizaran y comenzara a correr la noticia de que la buscan. Es mejor que nos mantengamos apartados de las ciudades.
—Sí, entiendo, pero yo quiero cruzar el mar y llegar al desierto de Karamakán.
Es urgente… Ah, tengo la cabeza llena de…
—Se llevó las manos a las sienes—. Tengo que llegar a ese edificio del desierto porque creo que hay una de esas aberturas allí, una ventana que da a otro mundo, en donde crecen las rosas especiales que ayudan a ver el polvo a las personas.
Está custodiada por guerreros… Es un edificio rojo.
Y ahora resulta que, desde antes, ese individuo, ese tal Delamare…
¡Ah! Ahora empiezo a entender que podría ser mi tío, a pesar de todo.
—¿Por qué?
—Porque el apellido de soltera de mi madre, antes de que se casara con Edward Coulter, era Van Zee. O Van der Zee, que es lo mismo que De la mer .
—Así es.
—Tantas cosas por saber, todos esos hechos que flotaban a mi alrededor, sin que yo supiera nada. A veces, me siento estúpida.
—Pero ahora ya conoces esa información sobre él. Es tu tío.
—Y me quiere matar.
—Él no dice eso. Por lo que cuenta, solo desea localizarte y protegerte.
—¿Y lo creen?
—Por supuesto que no. Te liquidaría de inmediato si pudiera, pero no lo dice. Él proclama que te quiere salvar y rescatar de las garras del mal. Y ahora dime, Lyra: ¿qué vas a hacer cuando encuentres ese sitio, esta abertura que comunica con el mundo de las rosas?
—Defenderlo —afirmó Lyra—. Morir defendiéndolo.