El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 23. No, imposible
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23. No, imposible

D ilyara, la dueña y señora de Tashbulak, había conseguido reinventar diversos procedimientos de física básica reconstruyendo los aparatos que servían para ejecutarlos.

Se dejaba guiar por su instinto de juego, que había permanecido en estado latente durante la primera parte de su vida y que entonces le suscitaba una íntima fascinación.

Se trataba de algo íntimo, porque no tenía a nadie con quien hablar de aquello.

Las capacidades de conversación de Chen no daban para mucho.

Dilyara consideraba que las diversas piezas del material que habían sobrevivido al paso de viento purificador de Dios eran los mejores objetos que jamás se hubieran inventado.

La muñequita de trapo y la pelota de madera con que había jugado de niña habían desaparecido mucho tiempo atrás, pero las probetas, las pipetas, los microscopios, los quemadores Bunsen, el hielo seco guardado en el ultracongelador, los imanes, los termómetros, los tarros y recipientes de diversas formas y tamaños, las pinzas, la balanza…

, todo constituía un tesoro con el que una persona podía mantenerse dichosamente ocupada durante el resto de su vida.

Un día, ocurrió algo distinto. Había adoptado la costumbre de escrutar, por si acaso, el horizonte por la mañana y al atardecer, para lo cual le eran muy útiles los prismáticos que había descubierto en la oficina del director.

Sentada en el sillón de lona que había subido hasta la azotea de los almacenes, con su daimonion posado en el hombro, oteaba en todas direcciones, reparando en las bandadas de aves que volaban hacia montañas, en la evolución de las nubes en el cielo, en la inconstante luz que hacía estremecerse y vibrar con destellos de agua la distante arena, o en el humo que despedían al anochecer las chimeneas del pueblo de al lado.

Esa tarde en concreto, su daimonion exhaló una queda exclamación de sorpresa.

Sobre la arena vacilaba una pequeña figura negra que, aunque no paraba de truncarse, siempre se volvía a recomponer, y se iba ampliando y acercando con pertinaz insistencia.

El viajero venía del este, de la región del lago errático.

Sabía de la existencia de Lop Nor por la gente del pueblo.

Algunos aseguraban conocer un camino secreto para moverse entre los cambiantes vericuetos de agua, mientras que otros se mofaban de tales afirmaciones.

Chen había empezado a contarle un relato exagerado relacionado con la zona, pero se había quedado dormido antes de acabar.

¿Era una sola figura o más de una? ¿Era alguien montado en camello?

Resultaba imposible determinarlo. Sentada en su precaria silla, Dilyara adelantó el torso, se escudó los ojos para protegerlos del resplandor y ajustó los prismáticos, hasta que los vacilantes fragmentos de oscuridad se concretizaron en la forma de un solo hombre que iba a pie.

Miró en torno a sí, preguntándose dónde estaría Chen.

A esa hora del día, solía estar de camino hacia el pueblo, donde ella tenía la certeza de que había encontrado otra mujer con quien compartía su nueva condición de hombre aseado, y donde tenía bebida a mano.

Con suerte, no se enteraría de la llegada de aquella visita.

El viajero se hallaba ya a una distancia que le permitía ver la ropa que vestía: una túnica color rojo intenso, con un cinturón de cuero, que llevaba en parte echada en torno a la cabeza para protegerse de la ardiente luz, pues caminaba en dirección al sol de poniente.

Su cara era visible solo en parte: un mentón con barba dorada.

No era, pues, como Chen, ni como los habitantes de la localidad vecina, ni como su propio pueblo. Quizá fuera un occidental.

Al pensarlo, se le ocurrió de repente que tal vez acudía a reclamar la propiedad del centro de investigación, a pedir cuentas de lo que había ocurrido allí.

Corrió hacia la escalera y bajó a toda prisa.

Después atravesó el edificio para salir a los resecos restos de los jardines botánicos y las rosaledas, cuyo arenoso sendero cruzó para dirigirse a la verja rota de la valla, a partir de la cual comenzaba el desierto.

Se cepilló la falda y la blusa, y se alisó el pelo, como si fuera a recibir a algún potentado, algún embajador o prestigioso dirigente.

Después aguardó junto a la verja a que el viajero se acercase.

Advirtió que cojeaba y se apoyaba en un bastón; las sandalias que llevaba estaban tan gastadas que casi se deshacían, y tenía las manos muy quemadas por el sol.

La cara que asomaba bajo la capucha de la túnica estaba demacrada, y la barba no era tan dorada como le había parecido desde lejos.

Se detuvo a unos pasos de ella, miró en torno a sí y se bajó la capucha, aprovechando que estaba bajo la sombra del edificio.

Tenía el cabello ralo, rígido por la acumulación de arena y sudor.

Parecía hallarse al borde de la extenuación, al igual que su pequeño daimonion lémur, que se apoyaba con posición desmayada sobre sus hombros.

El hombre empezó a hablar y luego paró para aclararse la garganta.

—¿Chen? —dijo, mirando en derredor.

Ella le explicó en su propio idioma que Chen había ido al pueblo, que ella era Dilyara y que había procurado mantener limpio el centro después de la destrucción causada por el viento de Dios. Aunque no alcanzó a entender todo lo que le dijo, el hombre respondió en el idioma de Chen:

—Me llamo Brynmor Strauss. Antes trabajaba aquí.

Ella le repitió tan bien como pudo su nombre y lo que le había dicho antes, en el idioma de Chen.

—Entiendo. ¿Qué ha pasado aquí? —preguntó el viajero, señalando los vidrios rotos, la valla destrozada y las paredes derruidas.

—El viento de Dios —repuso ella—. Fueron los hombres de las montañas.

—Ah, ya. ¿Lo destruyeron todo?

—Mucho, pero no todo.

—¿Puedo pasar?

Dilyara se hizo a un lado, observando la carita y los grandes ojos atemorizados de su daimonion. Strauss inclinó la cabeza con gesto de agradecimiento y se adentró con paso cansino en las instalaciones en ruinas.

Ella percibió el dolor en sus hombros caídos y sus movimientos doloridos, al tiempo que se iba haciendo cargo de la degradación de aquel lugar que había conocido como próspero marco de trabajo, descubrimientos y compañerismo.

Mientras recorrían el edificio, apenas dijo nada, aunque ella sabía que se fijaba en los suelos bien barridos y en los montones de escombros que había apilado con cuidado.

Después llegaron a los laboratorios, el lugar predilecto de Dilyara, y esta empezó a ponerse nerviosa: tal vez a él no le gustara lo que había hecho, las alteraciones, las mejoras y las construcciones que había realizado.

De todas formas, no tenía más remedio que abrir la puerta para dejarlo entrar.

El sol ya se había puesto y estaba casi demasiado oscuro para ver, pero ella sabía que las baterías cargadas con luz solar se iban a accionar.

De este modo, él pudo advertir, en primer lugar, que el laboratorio había sido saqueado al igual que el resto de las instalaciones y, en segundo lugar, que alguien había ordenado y recompuesto las cosas con esmero, distribuido lo que había quedado intacto en las mesas y empezado a montar algunas piezas de aparatos siguiendo procedimientos que él reconocía en algunos casos y en otros no.

—¿Cómo ha dicho que se llamaba? —preguntó, volviendo a apartarse la capucha de la cara.

Había utilizado la forma respetuosa del idioma de Chen, la que se usaba para dirigirse a superiores o iguales. Dilyara se quedó tan perpleja que incluso miró atrás para cerciorarse de si no habría entrado alguien tras ella.

—No, usted —precisó el recién llegado—. ¿Su nombre, por favor?

—Dilyara —repuso en voz muy baja.

—¿De dónde es originaria?

—No de esta zona. Soy de una región que hay hacia el oeste. Antes limpiaba aquí.

—¿El centro de investigación?

—Sí. Limpiaba todos los días.

—¿Fue usted…? —Abarcó con la mirada el material que había distribuido en las mesas.

—Sí, perdón, perdón —se disculpó—. No rompí nada. Tuve mucho cuidado.

—Ya lo veo.

Se inclinó para observar una cubeta de vidrio invertida que reposaba en la bandeja de aluminio, iluminada por una de las luces de la mesa. En la cubeta había una capa de espuma de seda de carbón.

—¿Lo ha hecho usted?

—Sí. Perdón. No rompí nada.

El hombre se enderezó y estiró los hombros, como si le doliera la espalda.

—¿Y Chen? ¿Aún está aquí?

—En el pueblo. Después viene aquí y enciende sus diablos.

—Que enciende…

—Para proteger, para que no entren malas cosas. Ya verá después. Puede que lo vea pronto.

El hombre asintió. Dilyara había visto raras veces a alguien tan cansado.

—Venga —le dijo, conduciéndolo hacia la puerta, que cerró con llave no bien hubieron salido.

—¿Sabe Chen lo que usted hace aquí? —preguntó él.

—No. Chen no. Solo yo.

—¿Y cómo ha dicho que se llamaba, perdone?

—Dilyara. Y Samal —añadió, señalando su daimonion.

—Dilyara. Yo soy Brynmor, y él, Cariad.

—¿Ahora quiere beber y comer?

—Sí, beber y comer. Gracias.

Lo acompañó a la cocina, situada en el otro extremo del edificio.

En esa zona habían empezado a componer un rudimentario hogar con Chen, aunque él había demostrado escaso interés, aparte de considerarlo un sitio donde comer y dormir.

Era mejor que los almacenes donde había dormido al principio, pero Dilyara era más cuidadosa que él.

Había alfombras en el suelo y cojines apilados que servían para dormir, y una de las cocinas había sido utilizada para hacer fuego encima, pues tenía un lecho de ceniza en el centro y leña partida al lado.

Strauss se sentó con rigidez y Dilyara le llevó un vaso de agua fresca que él apuró de un trago. Entonces ella se lo volvió a llenar en un cubo.

—¿Es del pozo? —preguntó el hombre.

—Sí. Todavía está buena.