El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 22. Fulgurante #4
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22. Fulgurante #4

A su espalda, oían gritos distantes y disparos esporádicos. Por el itinerario que seguía Ionides encontraron pocas personas: una anciana que cargaba un hatillo, un borracho delante de un bar y un hombre que desvalijaba una tienda de hoja de fumar.

Mientras pasaban delante de un solar donde jugaban tres o cuatro niños, uno de ellos les arrojó una piedra.

Por suerte, no le dio a nadie. Entonces Ionides la recogió y se la tiró con gran precisión, de tal forma que le acertó en el tobillo.

El chiquillo se puso a maldecirlo, dando saltos.

Sus compañeros les lanzaron insultos y más piedras, pero les falló la puntería, y pronto pusieron distancia de por medio.

Siguieron apurando el paso y, al cabo de cinco minutos, llegaron al muelle.

Ante el horizonte despejado y soleado, notando la caricia de la brisa en la piel, Lyra se sintió poco menos que dichosa, liberada casi de todas sus zozobras.

A fin de cuentas, la vida era sencilla, si uno se desplazaba de continuo.

Si topaba con complicaciones, tenía la posibilidad de seguir adelante y alejarse de estas.

La ansiedad era la consecuencia de mantenerse quieto.

Aunque sabía que aquella teoría era demasiado simplista, se aferró a ella para animarse.

Unos pasos más allá, Ionides examinaba atentamente las embarcaciones, en su mayoría yates o lanchas deportivas, que flotaban en el agua.

Luego se detuvo e hizo visera para resguardar los ojos del reflejo de la luz.

—Señorita Plata —dijo—, por allí… Ese barco de pesca, el del casco rojo.

Era uno de los escasos barcos pesqueros visibles.

Lyra dedujo que, con o sin disturbios, los pescadores tenían que salir a faenar y que por eso la mayoría se encontraban lejos del muelle.

El que señalaba Ionides se hallaba, en cambio, en medio del puerto.

Despedía humo por la chimenea y había alguien frente al timón.

—¿Cómo vamos a llegar hasta allí?

—Robando este bote.

Al pie de las escaleras de piedra que daban acceso al agua, había un bote neumático amarrado.

—Señorita Plata, suba enseguida después de mí, sin esperar. Asta, tú saltas primero. Sin sacar las garras, por favor.

Ionides mantuvo estable el pequeño bote mientras ella subía con precaución, procurando no desequilibrarlo. Luego Ionides soltó la amarra y cogió el remo que había bajo el asiento.

—¿Quién hay en ese barco pesquero?

—Alguien que usted conoce. Quédese quieta, reina Tatiana.

Lyra siguió la indicación, agarrándose a los inflados costados de goma mientras él remaba hacia el barco.

Cuando ya estaban cerca, Lyra volvió la cabeza para mirar y advirtió un número pintado en blanco sobre el herrumbroso color rojo del casco.

No le dio tiempo a ver nada más, porque al instante llegaron hasta él y chocaron en el costado.

—Sujete la escalera —le pidió Ionides.

Lyra agarró los peldaños metálicos que colgaban de la cubierta.

—En mi hombro —indicó a Asta, que dio un salto y aterrizó livianamente junto a su cuello.

Lyra subió hasta cubierta. En el umbral de la caseta del timón, se encontraba Leila Pervani. Lyra se paró en seco y después se volvió hacia Ionides, que llegó tras ella. Este inclinó la cabeza a modo de aclaración.

—Yo creía que ustedes… —balbuceó Lyra.

Asta se bajó hasta la barandilla y siguió caminando por ella hasta llegar a la altura de la mujer. Leila Pervani alargó el brazo y su serpiente daimonion emergió de su manga. Los dos daimonions intercambiaron un callado y cauteloso saludo.

—Leila, hay que ponerse en marcha —dijo Ionides.

Esta asintió y volvió a entrar en la caseta del timón. Lyra advirtió entonces que había un hombre en la popa del barco. Luego Leila Pervani hizo algo y el ruido del motor se incrementó. Después la chimenea escupió varias bocanadas de humo y la embarcación comenzó a moverse propulsada por la hélice.

Lyra se sentó en la tapa de una escotilla.

Ionides se había reunido con la mujer en la caseta del piloto, y el otro hombre estaba recogiendo una cuerda.

La vida a bordo seguía su curso. Tal vez a consecuencia del estrepitoso ruido del motor, a sus oídos no llegaba ningún sonido indicativo de disturbios o de persecución.

Por otra parte, nadie gesticulaba ni señalaba hacia ellos, y no había ningún coche de policía frenando junto a los escalones de piedra.

No parecía que nadie se hubiera percatado de nada.

Asta se subió de un salto a su lado cuando el barco superaba el dique del puerto para salir a alta mar.

Sintiendo el frescor del aire y los minúsculos dardos de luz del sol que despedían las crestas de las olas, a Lyra le dieron ganas de acariciar el cuello de Asta, como si fuera Pan quien se hallaba a su lado.

Súbitamente consciente de ello, se apresuró a apartar la mano.

Asta siguió inmóvil, contemplando las olas, con actitud regia e impasible.

Ionides salió de la caseta y le dijo algo al marinero.

Este acabó de estibar la cuerda y fue a tomar el relevo frente al timón.

Leila Pervani salió y, como el viento le arrojaba el cabello contra la cara, se lo recogió con una cola y, curiosamente, con aquel pequeño cambio pareció transformar el desgastado mono de trabajo que llevaba en una prenda de alta costura.

Después fue a sentarse con Lyra en la tapa de la escotilla.