El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 22. Fulgurante #3
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22. Fulgurante #3

Los soldados intercambiaron una frase y luego golpearon la puerta.

La criada les entregó la mochila, que, tal como advirtió él, habían abierto previamente.

Uno de los hombres se la colgó del hombro y después se pusieron en marcha.

Mientras se iba con ellos dando traspiés, descalzo y dolorido, sobre los adoquines, empezó a llover.

Lyra, que estaba ansiosa por conocer las noticias de actualidad, no tenía, empero, medios de averiguar nada.

Después de los disparos que habían brotado desde diferentes lugares, en las calles se había calmado la agitación; tal como podía ver desde la ventana, algunas personas transitaban con prudencia por ellas, pero no parecía que hubiera ninguna tienda abierta; la dirección del hotel había anunciado que se iban a servir platos y bebidas básicos, durante horas limitadas.

Ionides había salido para tratar de recabar información.

Lyra había escrito a Malcolm a través de la magnetita y le había hablado de la muerte de Mustafá Bey, de los alborotos que esta había causado en las calles y de todo cuanto se le ocurrió.

Para ello invirtió como mínimo una hora, usando el único lápiz que tenía, cuya punta se volvía cada vez más roma.

Como no obtuvo respuesta, se instaló junto a la ventana con Asta y se puso a hacer con él comentarios sobre los transeúntes. Después se pasearon por las zonas comunes del hotel y el jardín, trazando conjeturas sobre en qué podría estar ocupado Malcolm en ese momento.

—Al fin y al cabo, la caja del aletiómetro carece de importancia —comentó Lyra, una vez que se hubieron vuelto a colocar delante de la ventana—. Lo que cuenta son las piezas del mecanismo, y si él las tiene… Además, yo aún conservo la aguja.

A través de la tela del bolsillo de la camisa, tocó el paquetito de papel que envolvía la aguja.

—Pan está haciendo algo ahora. Está tenso —dijo—.

No, lo que siente es miedo sin saber de qué debería tenerlo, aparte de lo que ve.

Es un miedo a verse desconectado… Nunca había tenido conciencia de lo importante que es estar al corriente de las noticias.

Cuando estuvimos en el Ártico con Pan, parecía como si eso diera igual, de modo que nunca lo echamos de menos…

Ahora, en cambio, lo que echo de menos es la sensación de estar conectada con las cosas, de sentirme parte del mundo.

Supongo que se debe a que entonces éramos muy jóvenes y ahora somos mayores.

—¿Te refieres a que eres tú la que se siente ansiosa, o tal vez él?

—Probablemente, los dos. Es normal, ¿no crees?, puesto que no sabemos nada en concreto. Y también me causa inquietud saber que la mejor parte de mí se encuentra en otro lugar.

Agazapado con las patas cruzadas bajo la barbilla y los ojos entornados, Asta no hizo ningún comentario.

—Lyra —dijo, al cabo de un minuto más o menos—, ¿te acuerdas de lo que había dentro de esa mochila que encontrasteis…, que pertenecía a ese hombre al que mataron al lado del río, el doctor Hassall?

—Sí, casi todo.

—Había un libro viejo y baqueteado, con una tapa roja descolorida.

—Parecía un poema, pero estaba escrito en una lengua que no identifiqué.

—Malcolm la conocía y era capaz de leerlo. Era tayiko. Narraba la historia de dos amantes, Jahan y Rukhsana. Era algo parecido a los cuentos de Las mil y una noches .

—¿Por qué traes ahora a colación eso?

—Me acaba de venir a la memoria, con lo cual es posible que también él esté pensando en ese poema.

—¿De qué se trata?

—Tienen que encontrar el camino para llegar a un jardín que pertenece al tío de ella, que es un brujo. Viven toda clase de aventuras y superan a un sinfín de enemigos y peligros.

—¿Al final llegan al jardín?

—Creo que sí. Pero no es una profecía, es algo más.

—¿Tiene ahora el libro consigo? ¿O se lo sabe de memoria?

—Lo tiene. Lo conoce muy bien, pero, si quiere saber algo en concreto, de todas maneras, necesita consultarlo.

Consultar algo… Lyra cogió la baraja de cartas y las desparramó sobre la mesa situada al pie de la cama.

—Normalmente, en momentos como este consultaría el aletiómetro —explicó—, no tanto para hacer una pregunta determinada como para mirar cómo se mueve la aguja.

—Yo pensaba que solo se movía cuando tenía una pregunta.

—En general, sí, pero a veces se movía sin rumbo fijo. ¿Y si…?

Sin ser consciente de ello, tocó el paquetito de papel donde reposaba, inmóvil, la aguja. Asta se percató del gesto.

—Si hubiera una manera de equilibrar la aguja de tal forma que pudiera moverse, y colocáramos todas las cartas a su alrededor… —planteó Lyra.

—Igual daría algo.

Lyra sacó la aguja y despejó un espacio en medio de las cartas del Myriorama. Pero no: era una tontería intentarlo siquiera.

—No va a reconocer esas imágenes, con lo cual no sabrá a dónde apuntar. ¿Te acuerdas de cuando las miramos en el autobús? Tienen un funcionamiento algo diferente del de los símbolos.

—Sí, es verdad. Con ellas es como si contaras una historia.

Lyra volvió a guardar con cuidado la aguja y después recogió todas las cartas y las puso boca abajo.

—Elige una —dijo.

Asta adelantó una pata y tardó un momento en señalar una. Lyra le dio la vuelta y apareció el dibujo de una rosaleda en flor, donde una joven recogía rosas rojas y las depositaba en un carro tirado por un asno.

—Veamos… —empezó a tirar del hilo Lyra—. Érase una vez Rosella y Samson, que trabajaban en la rosaleda. Tenían que recolectar las rosas en el momento exacto en que su preciado aroma alcanzaba su máxima potencia. Ese año, el aceite…

—¿Quién es Samson?

—El burro. Era muy fuerte. Tenía que tirar del carro cargado de rosas hasta la destilería. Ese año, las rosas pesaban mucho, porque el aceite nunca había estado tan… concentrado.

—¿Dónde estaba la destilería?

—Por ese lado, fuera del dibujo. Toda la familia de Rosella trabajaba allí. Ponían a hervir las rosas en un gran caldero de cobre y destilaban el vapor. Escoge otra carta.

Asta apartó con sumo cuidado dos o tres cartas para acabar apoyando la pata en la que había debajo. Lyra la puso boca arriba. En ella, dos águilas luchaban en el aire, por encima de otro fragmento de la misma carretera que comunicaba una carta con otra uniéndolas todas.

—Un día —prosiguió Lyra—, Rosella oyó un terrible grito venido del cielo.

Allá en lo alto, dos águilas se peleaban con garras y picos, arrancándose las plumas y lacerándose la piel.

La lucha se volvió cada vez más encarnizada, hasta que una de las aves cayó, muerta, en el suelo, a los pies de Rosella.

La otra águila lanzó un grito triunfal y se fue volando sobre el mar, hasta quedar reducida a un diminuto punto en el cielo y luego desaparecer.

»Sin embargo, el águila muerta transportaba un mensaje. Rosella reparó en el tubito que llevaba en la pierna, donde había escritas las letras ROS. Cuando desató la cinta, el resto de su nombre apareció efectivamente en el otro lado.

»Por más que trató de desenroscar la tapa del tubo, este no se movía. Entonces se acordó de una anécdota que había oído…

—¡Se desenroscaba al revés! —exclamó Asta.

—Exacto. Tuvo que desenroscarlo en sentido contrario a las agujas del reloj. Dentro encontró un papel…

Proveniente tal vez de la plaza situada en el extremo de la calle, afuera sonó un ruido semejante a una explosión, que provocó un sobresalto en Lyra y en Asta.

Oyeron el choque de piedras, ladrillos y tejas proyectados sobre los adoquines y luego el retumbo, más prolongado, que provocó el derrumbe de un edificio. La gente daba alaridos.

De improviso, sin darles margen de tiempo a volverse, Ionides se plantó ante ellos.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Lyra—. ¿Está bien?

—Como una rosa. Señorita Plata, Asta, creo que es hora de marcharnos.

—Me habría gustado ver qué ocurría a continuación —lamentó Lyra, mientras recogía las cartas.

—El mensaje del papel —dedujo Asta—. Tendremos que esperar.

—Así tendré tiempo para pensar en el asunto. ¿Adónde vamos?

—Primero, a buscar una barca —repuso Ionides—. Después, nos vamos al norte.

—¿Qué ocurre fuera? —preguntó Lyra, mientras metía la última camisa en la mochila—. ¿Qué ha sido eso? ¿Una bomba?

—Un cañón muy grande. Ahora dese prisa, señorita Plata.

Afuera, en el pasillo, sonaba un ruido de pasos atropellados. Alguien gritaba. Tras cerciorarse de que había puesto a buen recaudo el Myriorama y la aguja, Lyra salió del cuarto en pos de Ionides.

Asta corrió hasta el rellano, y, una vez que se hubo cerciorado de que Lyra e Ionides lo seguían, se precipitó escaleras abajo.

Se apresuraron a ir tras él y lo encontraron parado, agitando frenéticamente la cola, junto a la puerta giratoria del pequeño vestíbulo.

No era difícil interpretar lo que sentía.

Notando que Ionides le posaba la mano en el brazo, Lyra dejó que saliera primero.

Él se detuvo en la acera y miró a derecha e izquierda, bajo la radiante luz del sol.

—Síganme. No se paren —indicó, en cuanto Lyra y Asta acudieron a su lado.

Posado en su hombro, su daimonion gecko vigilaba lo que ocurría a su espalda.

Lyra prosiguió pegada a él, en compañía de Asta.

Alejándose de la plaza, Ionides los condujo por una sucesión de calles secundarias, plazas de mercado, callejones y zonas comerciales.

A su paso iban dejando atrás bancos, edificios de oficinas, almacenes, pequeñas fábricas, locales de venta de especias al por mayor, talleres de tejidos y tintorerías, hasta que Lyra experimentó una sensación casi de vértigo.

Ionides avanzaba con paso firme, como si conociera aquella ruta desde su infancia, y solo se detenía para comprobar que Lyra y Asta seguían tras él y para dispensarles alguna que otra palabra de ánimo.

—Noto el olor del agua de mar —dijo Lyra.

—Ya falta poco. Sigan caminando.