22. Fulgurante #2
Con una radiante y modesta sonrisa, cargando con cierta torpeza la mochila, sin saber si pasar a la sala delante de su anfitrión, que lo había invitado, o si entrar después de él, Bonneville compuso una perfecta imitación de un funcionario clerical cohibido y desmañado, falto de aplomo en un país extranjero, pero que hacía todo lo posible por mostrarse cortés.
Tomó asiento y, mientras fingía estar entretenido quitándose la bufanda, observó de soslayo como el sacerdote guardaba con celeridad algo en un cajón y lo volvía a cerrar.
—Así que lo de Mustafá Bey —dijo este.
—Algo muy horrible, en efecto.
—¿Lo conocía usted?
En realidad, Bonneville nunca había oído hablar de él y no quería verse envuelto en una conversación centrada en ese hombre. Por otra parte, deseaba averiguar lo más posible.
—Lo conocía solo de nombre —admitió—. En Ginebra nos mantenemos al margen de los asuntos del mundo en la medida de lo posible.
—Desde luego. Perdone un momento.
El padre Katcheres salió de la sala y le dijo algo a la criada que había en la cocina.
Bonneville aprovechó para inspeccionar su entorno.
Con la luz de la solitaria lámpara de nafta y el escuálido fuego de la estufa, percibió un cuartucho oscuro sin apenas muebles, impregnado de un leve olor a ajo y el aroma, más intenso, de la hoja de fumar.
Su daimonion se instaló con desasosiego en su hombro, aún no restablecido del todo de la lesión en el ala.
Él le acarició la cabeza. El sacerdote regresó.
—¿Así que no hay nada abierto en el pueblo? —dijo.
—No que yo haya visto. Aunque imagino que la gente debe de estar desconfiada en las actuales circunstancias. ¿Cuándo se enteró usted de la infortunada muerte de Mustafá Bey?
—Esta mañana, por el periódico. Era un hombre muy inteligente, muy importante. Tenía muchos negocios y apoyaba obras de caridad, hospitales y cosas así.
—¿Esa ha sido la primera vez que ha llegado la noticia aquí?
—Esta es una población pequeña, monsieur … No conozco su nombre.
—Ah, perdone. Soy Benoit Dupont. Trabajo para el secretariado del Consejo Supremo Magisterial.
—Ah —dijo el sacerdote, como si supiera lo que significaba eso.
Agregó leña a la estufa y se sentó. Luego inclinó la cabeza, y le dirigió una mirada recelosa al daimonion herido.
—O sea, que no se han enterado hasta esta mañana —probó a reanudar el diálogo Bonneville.
—Sí, esta mañana.
—¿Y qué efecto ha tenido la noticia?
—Ah, un gran efecto. Sí.
La puerta se abrió, dando paso a una mujer de edad, cargada con una tetera, una taza y un plato. Los dos hombres observaron como ponía la tetera encima del samovar, que despedía una tenue columna de vapor, y depositaba la taza en la mesa.
—Muy amable —dijo Bonneville con una radiante sonrisa, que solo suscitó una agria mirada por parte de la criada.
—¿Qué cree usted que pasará a continuación? —preguntó Bonneville al sacerdote—. Después de lo de Mustafá Bey, me refiero.
—Más problemas.
—Ah, de eso no hay duda. ¿Dependen mucho en su pueblo del comercio y los negocios?
—No. Somos campesinos. Ya sabe, cultivamos comida y criamos ganado.
—Ah, sí. Ya veo.
El padre Katcheres asintió con la cabeza. Luego guardaron silencio durante un minuto o más.
—Vea, el té —anunció el sacerdote, antes de verter en la taza una bebida del color del alquitrán, a la que agregó agua caliente del samovar.
Aunque había oído hablar de ese proceso, Bonneville nunca había bebido el té resultante, y, cuando lo probó, resolvió no volverlo a tomar jamás.
—Bueno, ¿eh?
—Sí, muy bueno. Gracias.
—¿Y qué? ¿Cuál es esa misión urgente que lo trae desde Ginebra?
—Ah. Como es lógico, me encantaría poder contárselo, pero, naturalmente, se trata de algo secreto.
—Estará relacionado con esta nueva guerra quizá.
—La nueva guerra…
—Lo que dijo su presidente. Una nueva guerra para destruir sitios malos y también para rescatar a una joven.
Bonneville tomó un trago de té con aire grave, conteniendo su impaciencia. Sí, la joven. ¿Qué había dicho exactamente Delamare? El samovar despedía un manso vapor. Oyó como se cerraba una puerta en algún lugar de la casa. Los leños se asentaron en la estufa.
—Me interesaría saber qué noticias han llegado a sus oídos —declaró Bonneville—. Mi labor consiste en parte en informar al presidente de la manera como aprehende la gente sus palabras, la impresión que les producen, el grado de fiabilidad en que se transmiten y ese tipo de cosas.
—O sea, que es un espía —dijo plácidamente el sacerdote.
—Oh, no, no, no, no soy un espía, en absoluto —aseguró, con una falsa carcajada, Bonneville—. Soy tan solo un humilde representante del Consejo Supremo que indaga sobre la eficacia con que se expande su labor en estas regiones alejadas de Ginebra.
—Ah.
—El sermón —añadió, después de tomar otro sorbo—, ese sermón tan importante que dio el presidente… ¿Usted vio informes al respecto?
—Algunos. Hubo algunos informes.
—¿Qué le pareció lo que dijo?
El padre Katcheres sacudió la cabeza, sonriendo.
—¿No los vio?
El sacerdote volvió a sonreír, con un encogimiento de hombros. Bonneville comprendió que le daba a entender que no iba a morder en el anzuelo.
—¿Leyó lo que dijo sobre su propia familia, sobre la joven, la hija de su hermana…? —volvió a probar Bonneville.
El clérigo sacudió de nuevo la cabeza.
—Verá, esto presenta un gran interés desde el punto de vista de la fiel difusión de las noticias. Por ejemplo, la joven a la que aludió el presidente. ¿Llegó la mención de su nombre hasta aquí, a…, a este pueblo?
—¿El nombre de este pueblo? Madina.
—Ah, no, me refería al nombre de la joven…, la joven que mencionó el presidente en su sermón.
—Ah. No lo sé. Solo dijeron «joven». No había ningún dibujo.
Bonneville asintió. Era evidente que no iba a sacar nada más en claro. El sacerdote se parapetaba tras una fachada de estupidez, y daba igual que esta fuera auténtica o falsa.
Bonneville tabaleó en la mesa. El padre Katcheres lo observó con una especie de interés bovino. Bonneville pensó que debía apuntalar su supuesta identidad como agente del Magisterio, por si acaso la estupidez era fingida.
—He estado viajando deprisa —dijo—, y, como no preveía la posibilidad de pasar algún tiempo en esta zona, apenas conozco nada de ella. Dígame, ¿quién es su obispo? ¿Dónde tiene su sede?
—¿Obispo?
— Episkop … o algo por el estilo.
—Ah, sí. Ya sé. Yebisgobos.
—¿Cómo se llama?
—Nicolai.
—Y… ¿lo ve a menudo? ¿Dónde está su sede?
—No.
Parecía como si el condenado disfrutara con ese juego, se dijo Bonneville.
—¿Hay alguna estación de ferrocarril en las proximidades? —preguntó.
El sacerdote se encogió de hombros y sacudió la cabeza, con cara de perplejidad.
—Tren… Eisenbahn. Ferrovía. Chemin de fer —aclaró Bonneville, tenso.
—Ah. Sí, he ido. Muy rápido, muy lejos.
—¿Hay alguna estación cerca? ¿Estación de tren…? Gare?
El sacerdote volvió a encogerse de hombros, con cara de no comprender. Bonneville tomó un último sorbo del tibio y amargo líquido que quedaba en el fondo de la taza y recostó la espalda.
—¿Quiere más té? —le ofreció el sacerdote—. Deme la taza.
—No, no, gracias, de verdad —declinó Bonneville, que ahora se enderezaba con premura—. Estaba delicioso, pero no más. —Depositó la taza en la mesa y la alejó de sí con firmeza.
Entonces se abrió la puerta. Al ver a los dos hombres que entraron, uno de los cuales llevaba una escopeta, Bonneville se levantó como un resorte y estuvo a punto de volcar el samovar.
La criada, que había aparecido tras ellos, le hizo señas al sacerdote.
Entonces este se puso en pie despacio y se apartó, al tiempo que el primer individuo apuntaba con su escopeta a Bonneville.
—¡No! ¡No! ¿Qué quieren? Que voulez-vous? —preguntó atropelladamente Bonneville.
Mientras su daimonion agitaba el ala ilesa y le clavaba las garras en el hombro, él mantenía los brazos en alto, tan estirados que casi rozaba con los dedos el techo.
El otro hombre, vestido como su acompañante con un pesado tabardo y un gorro de astracán, se acercó, le cogió una muñeca y después la otra y lo esposó, retorciéndole los brazos para colocarle las esposas a la espalda.
Presa de un profundo malestar, Bonneville protestó en las tres lenguas que conocía, sin causar la menor impresión en aquellos policías de pétreos rasgos, en el supuesto de que fueran policías.
El que empuñaba la escopeta habló con el sacerdote, y la criada se quedó mirando con satisfacción mientras este formulaba rápidamente su respuesta, señalando varias veces a Bonneville, con profusión de gestos e inclinaciones de cabeza como si quisiera dar a entender que sí, que ese intruso era un bellaco de la peor calaña, que había amenazado con degollarlo y con violar a la criada y después desvalijar el cepillo del oratorio.
—¡Inocente! ¡Inocente! —proclamó.
Nadie le hizo caso, aunque la criada le asestó una venenosa mirada triunfal. Finalmente, el otro policía levantó la mano y espetó una orden. El sacerdote calló.
—¡Magisterio! ¡Agente personal del presidente! —adujo Bonneville, con voz trémula y descontrolada.
El individuo de la escopeta bajó el cañón y de repente levantó el arma, golpeándolo justo en la punta de la barbilla.
Bonneville cayó al suelo, gritando. Se habría desmayado de haber podido, pero estaba demasiado asustado y le producía una intensa amargura el hecho de que no se le concediera poder perder el conocimiento.
El otro individuo lo levantó sin miramientos y lo sacó a empellones de la casa. Tras decir algo al sacerdote, su compañero salió también.
—¡Mi mochila! —gritó Bonneville—. Mon sac! ¡Mochila! ¡Mi mochila!
Trató de ilustrar lo que decía encogiéndose de hombros y apuntando el mentón a lado y lado, en un intento de mirar atrás. Le dolía todo. Entonces, le pisotearon los pies y le quitaron los zapatos.
—¡No, los zapatos no! ¡Déjenme los zapatos!