El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 22. Fulgurante
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22. Fulgurante

E l sermón de Marcel Delamare tuvo un impacto inmediato y generalizado.

El elemento personal lo convirtió en materia irresistible para los periodistas, que empezaron a escrutar todos los archivos, libros de referencia, colecciones de periódicos y recortes de revistas buscando fotos de su hermana, y encontraron muchas de la señora Coulter, y algunas de su hija, la renegada.

Recurrieron a artistas para que realizaran dibujos de la cara que probablemente tenía Lyra entonces, aunque, por lo general, resultaron muy poco convincentes.

Los dueños de negocios y otras personas ricas se apresuraron a recoger el guante y ofrecieron recompensas por su captura.

Alice Lonsdale, que leía el Daily Mirror durante su pausa de trabajo en la lavandería del hotel Savoy de Londres, se quedó sin respiración.

A casi cien kilómetros de allí, el tesorero del Jordan College leyó la misma historia en otro periódico, expresada de manera más formal, y, acto seguido, descolgó el teléfono para llamar al decano.

En una cafetería cercana a Magdalen Bridge, Hannah Relf mantuvo la taza suspendida en el aire mientras leía hasta el final el artículo del Guardian .

En una barca anclada en los Fens, tras ver la noticia en el Eastern Daily Press , Rosella, la sobrina nieta de Farder Coram, se planteó si debía despertar al anciano, pero, dado que de un tiempo a esa parte dormía mucho y parecía necesitar todas aquellas horas de sueño, resolvió esperar a que despertara por sí solo.

Lyra, por su parte, no se enteró de nada.

En La Maison Juste, habían consagrado toda una planta a coordinar la búsqueda de las misteriosas aberturas y de su subsiguiente destrucción.

A diario llegaban informes de nuevos hallazgos.

Algunos de ellos resultaban fidedignos, aunque no muchos: el comité responsable estaba planteándose la posibilidad de que en realidad existiera un menor número de aquellos fenómenos de lo que habían creído en un principio.

En lo tocante a su destrucción, el método del coronel Schreiber parecía ser el predilecto.

Una potente explosión, firmemente contenida, de tonnerre double dejaba tan solo jirones de vacío en el aire.

Aquellas brechas eran demasiado pequeñas para que alguien pudiera infiltrarse por ellas, aunque cabía la posibilidad de que pudieran pasar objetos pequeños o mensajes de un lado a otro, en el supuesto de que hubiera alguien en el otro lado para recibirlos.

Quien aplicara el ojo a una de las ranuras o desgarrones podría ver algo de lo que había en el otro lado, pero no le habría servido de gran cosa, porque en su mayoría parecían estar ubicadas en sitios inhóspitos e inaccesibles, ocultos entre la maleza o en paredes rocosas, y lo mismo ocurría en los otros lados.

En unas seis ocasiones, el equipo de Schreiber topó con oposición.

En los sitios donde las aberturas habían constituido el centro de un culto local o alguna actividad similar, los ayudantes de Schreiber habían tenido que hacer uso de las armas para neutralizar a los nativos que intentaban defenderlas.

En cierto lugar de las Indias Orientales, una universidad local había fundado un centro para estudiar el fenómeno, y una importante empresa de energía estaba interesada en financiarlo.

En dicho caso, en lugar de violencia, se aplicó la diplomacia.

Bastaron unas palabras del presidente del Consejo Supremo Magisterial y la concesión de la Gran Cruz de la Orden de San Bonifacio para que la oposición se evaporase como el rocío del alba.

No obstante, seguían llegando informes que debían investigar.

Una de las personas más interesadas en la historia de la misteriosa sobrina renegada del presidente Delamare (y posiblemente ya terrorista, según los rumores) era Olivier Bonneville.

El nuncio magisterial de Alepo lo había echado de la casa, arguyendo que necesitaban su cuarto para otras visitas.

Aun así, había proporcionado al fastidioso muchacho una pequeña suma de dinero y un pasaporte para facilitarle su futuro viaje.

De este modo, Bonneville pudo adquirir un billete para un autobus de luxe con destino a las regiones del este, convencido de que con el aletiómetro podría localizar a la chica antes que nadie y conseguir una recompensa, y recuperar de paso su propio aletiómetro y castigar a la chica.

Por desgracia para él, la muerte de Mustafá Bey ocasionó una brusca interrupción de su viaje en Armenia.

Al parar una tarde para repostar combustible en una pequeña localidad situada en las estribaciones del Cáucaso Menor, el conductor del autobús había descubierto que el crédito vinculado al nombre del gran mercader se había esfumado de forma repentina y que tenía que pagar obligatoriamente en líquido.

No bien hubo averiguado el motivo, el hombre vio con claridad las consecuencias que iba a acarrear el asesinato.

Con tal perspectiva in mente , indicó a todos los pasajeros que se bajaran porque necesitaba reponer una pieza y, con el poco combustible que le quedaba en el depósito, se trasladó hasta un concesionario donde le compraron el autobús por un precio decente, dadas las circunstancias; y después se marchó.

Los pasajeros, una veintena más o menos, aguardaron sentados en los bancos de la pequeña estación de autobuses, entre atónitos, desconsolados, coléricos y resignados.

Olivier Bonneville, que encontró desde el principio sospechosa la excusa de que había que cambiar una pieza, aporreó la puerta de la oficina del jefe de estación hasta que este salió y anunció a todo el mundo que el autobús había quedado fuera de servicio por el momento.

—Pero ¿por qué? —preguntó con tono airado una mujer.

—Por el triste y repentino desastre que ha ocurrido en Alepo.

—¿Qué desastre?

—La repentina e imprevista muerte de su excelencia Mustafá Bey.

Todos quedaron consternados.

—Pero ¿qué ha pasado?

—¿Se puso enfermo?

—¿Cuándo fue?

—¿Que lo mataron?

—¿Quién lo mató?

—¿Qué va a pasar con nosotros?

—¿Cuándo se ha enterado de esto?

—¿Cuánto vamos a tener que esperar para irnos?

—¿Adónde ha ido el conductor del autobús? ¿No lo puede llamar?

—¿Cómo se llama este pueblo? ¿Hay una comisaría de policía?

—¿Hay algún hotel cerca?

—¿Algún sitio donde nos podamos quedar?

—¿Podemos enviar un mensaje desde aquí?

Ante la inacabable retahíla de preguntas, el jefe de estación abría las manos, se encogía de hombros, sacudía la cabeza y componía expresiones de comprensión e impotencia. No podía decirles nada más, porque no sabía nada más.

Olivier Bonneville estaba asustado, pese a que se esforzaba por disimularlo.

No le gustaba nada la idea de quedar abandonado en aquel lugar desolado, y menos con el previsible pánico que iba a cundir, a nivel político, social y económico.

Permaneció quieto, escuchando las voces que brotaban a su alrededor, consciente de la alarma y el desaliento crecientes que se adueñaba de sus compañeros de viaje a medida que iba menguando la luz del día.

No parecía, con todo, que alguien fuera a proveer una solución, y el jefe de estación no podía hacer nada. Bonneville se colgó la mochila al hombro y se marchó de la estación sin decir nada.

La población apenas era poco más que un pueblo.

Tenía una plaza de mercado, desierta entonces; un ayuntamiento donde colgaba una desmayada bandera, sin luces en las ventanas y la puerta cerrada; una especie de bar, cerrado; varias tiendas, vacías.

Parecía como si todos sus habitantes se hubieran marchado a toda prisa.

Bonneville se dirigió, por consiguiente, al oratorio.

No tardó más de cinco minutos en llegar andando hasta su cúpula acebollada que, después del ayuntamiento, constituía el edificio más alto de la localidad.

Había pasado toda su vida entre sacerdotes y funcionarios del Magisterio, y sabía perfectamente cómo hablar con el clero.

Encontró al sacerdote en su angosta casa contigua al oratorio. Tuvo que llamar con fuerza varias veces hasta que el hombre acudió a la puerta y, cuando la abrió, Bonneville advirtió que tenía una cadena. El sacerdote lo miró con suspicacia a través del resquicio.

—Padre Katcheres —dijo afablemente Bonneville, empleando el nombre que había leído en el tablón de anuncios del porche del oratorio.

—¿Quién es usted? —contestó el sacerdote, hablando en francés.

—Un emisario de Ginebra, encargado de una misión urgente. ¿Puedo entrar?

La cadena se movió y se amplió la abertura de la puerta. El sacerdote tenía algo en la mano derecha, que trataba de ocultar en la espalda. Aunque no lo veía claramente, Bonneville tuvo la certeza de que era una pistola. Al entrar, se quitó de inmediato la gorra, como muestra de educación.

—Es usted muy amable, padre —dijo—. Comprendo muy bien la precaución —agregó, señalando la cadena de la puerta—. La situación está un poco alterada en este momento. ¿Habrá oído la noticia, supongo?

—¿Mustafá Bey?

—Exacto. Imagino que la gente estará sumamente inquieta durante un tiempo.

—¿Qué quiere usted de mí?

—En primer lugar, padre, que me procure un sitio donde pasar la noche.

No hay nada abierto en toda la población.

Yo iba en el autobús de Bakú, creyendo poder proseguir tranquilamente mi viaje, cuando el autobús ha parado para repostar y luego el conductor ha hecho bajar a todos los pasajeros y se ha ido sin nosotros.

Espero que pueda dejarme quedar con usted hasta mañana, y entonces intentaré encontrar otro medio de transporte.

Confiaba en llegar a Bakú esta noche, pero…

—Se encogió de hombros, con cara de pesar.

—Ya. ¿Bakú? Eso queda lejos. Bueno, pase y siéntese. ¿Quiere tomar té? —ofreció, mientras señalaba el samovar de la mesa.

—Es usted muy amable.