El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 21. El viento purificador de Dios #3
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21. El viento purificador de Dios #3

—Majestad —comenzó a hablar, dando rienda suelta a su fabulación, tal como lo habría hecho Lyra—, he descubierto muchas cosas sobre el instrumento roto que me pidió reparar.

La primera tiene que ver con la caja, que es el único elemento que contiene oro.

El oro, tal como ya sabe, posee una memoria.

En cuanto entré en contacto con él a través de las manos, el metal empezó a hablarme de la forma que había tenido hace innumerables siglos, cuando lo arrancaron de la tierra y lo forjaron para transformarlo en puro metal.

Compusieron con él una diadema para la cabeza de una princesa, y solo fue con posterioridad cuando le hicieron adoptar la forma de una caja para ese instrumento roto.

—¿Qué fue de la princesa? —preguntó la reina, tomando la palabra por primera vez.

—Está viva ahora y me está esperando para que la acompañe para ir en busca de algo incluso más valioso que el oro.

Shahrnavāz echó atrás la cabeza, con un gesto que parecía expresar incredulidad, pese a que su semblante era inalterable.

—Esta es la forma que recordó el oro —prosiguió Malcolm, enseñándole la diadema—. La restablecí de acuerdo con los deseos de los átomos que la componen, y lo único que desea es ceñir la cabeza de la princesa.

—Nunca había oído hablar de la memoria del oro.

—Con todos los respetos, suprema reina, ahora acaba de oírlo. Es audible en las longitudes de onda de los tonos musicales que emite y resulta visible en la penumbra que hay entre la oscuridad de la pura sombra y el resplandor de la luz reflejada del sol.

—Nosotros no conocemos estas cosas.

—La primera vez que hablé con el príncipe Keshvād cerca de Alepo, le dije a él y a sus compañeros que yo no solo era de oro en carne, sino en conocimiento.

Le acabo de hablar de la memoria del oro: es una clase de conocimiento que no poseía y ahora sí tiene.

El oro también habla a quienes saben escucharlo.

—¿Qué es lo que dice?

—Si persevera, aprenderá a oírlo, reina Shahrnavāz. Este oro me dice que, no muy lejos de aquí, hay inconmensurables cantidades de oro, que simplemente aguardan a que usted las reclame. También me dice que lo que más desea ese oro es adornar a su alteza y su palacio.

—¿Dónde está ese oro? ¿Quién lo tiene ahora?

—Un brujo llamado Sorush.

De pronto, la reina Shahrnavāz echó atrás la cabeza y soltó un grito de una potencia tal como Malcolm no había creído posible. Mientras este retumbaba aún en su cabeza, vio de soslayo como Gulya vacilaba y batía, presa de pánico, las alas.

Desde donde se encontraba, alcanzaba a distinguir, entre la oscuridad del pasillo que desembocaba en la sala, un sinfín de ojos de grifos apiñados allí, que aguardaban temerosos una señal para huir, o bien para atacar a Malcolm y despedazarlo.

Aquellos ojos veían a su vez los ojos de Malcolm, sin embargo.

Él no pestañeó, ni los entornó, ni los desorbitó, y ni tan siquiera frunció el entrecejo.

No obstante, ocurrió algo que los imbuyó de una fuerza terrorífica.

Al ver que los miraba de ese modo, los grifos del pasillo desviaron la vista, giraron sobre sí y desaparecieron en la oscuridad.

La reina agitó las alas y movió la cabeza a izquierda y derecha, y de arriba abajo.

Respiró hondo, aunque no con intención de volver a gritar.

Tras mirar a Malcolm, echó de nuevo la cabeza hacia atrás y luego la inclinó.

—No hay forma de conseguir ese oro —afirmó—. El brujo cuyo nombre ha mencionado no está al alcance de nuestro poder.

—Pero sí del mío —contestó Malcolm—. La dama Gulya, que se ha convertido en leal amiga mía, tiene sus propios motivos para querer enfrentarse a él, y yo pienso ayudarla.

Vamos a ir a la forja de Sorush, en las montañas del Cáucaso, y allí vamos a obligarlo a deshacer el hechizo que pesa sobre Gulya y a transferirle a usted todo su oro.

Yo llevaré esta diadema a la princesa y después Gulya nos llevará al desierto de Karamakán, donde se halla cautiva la imaginación de Lyra.

—¿Y dónde está su compañero, el daimonion?

—Se fue volando con la reina Tilda Vasara a Karamakán, para allanarnos el camino.

La reina guardó silencio unos segundos. Como antes, volvió la cabeza a uno y otro lado, escrutando todos los rincones de la gran sala, y luego tendió la vista sobre la terraza, las montañas coronadas de nieve y el sereno azul del cielo.

—A mí me parece una empresa imposible —declaró finalmente.

—Para mí no lo es —aseguró Malcolm.

—¿Qué poderes posee para tener la certeza de poder derrotar a Sorush?

—Soy un artífice de los reinos del oro. Ya no debería tener necesidad de preguntar qué poderes poseo. Yo hice venir a la reina de las brujas Tilda Vasara…

—¿Vino porque usted la llamó? No había dicho eso antes.

—Estoy seguro de que el maestro Ruzbeh sabrá cómo nos comunicamos con las brujas.

Por lo pronto, le diré que sus hermanas vienen volando hacia aquí en este momento y no van a tardar en llegar.

Yo he restablecido la auténtica forma del oro que me pidió que restaurase, de tal modo que ahora expresa su naturaleza auténtica en lugar de verse doblegado en su contra.

Yo maté al ladrón y asesino Gerard Bonneville; transporté a la princesa Lyra a buen recaudo de los peligros de la gran inundación que arrasó nuestra tierra; tomé las disposiciones para que el orfebre Tamaz Khuroshvili fuera uno de sus sirvientes, porque sabía que su pericia nos sería útil en esta lucha en la que estamos implicados todos.

Yo he hecho que sucedieran todas estas cosas, y ahora voy a derrotar a Sorush, con la ayuda de mi amiga y fiel súbdita suya, Gulya.

—¿Sabe lo que hace? ¿Sabe cómo trata a sus prisioneros?

—He oído decir que capturó a grifos jóvenes y les quitó las alas para hacerlos trabajar como esclavos. Solamente por eso merece morir.

—No podemos encontrar la forma de matarlo —admitió, en voz muy baja, Shahrnavāz—. Tal como decía, no está al alcance de nuestro poder.

—Pero no del mío. Voy a poner los medios para que Gulya lo mate y se deshaga del hechizo, y para liberar a sus cautivos.

A cambio de ello, quiero que me entregue la diadema de oro que he forjado a partir del instrumento roto y me proporcione una escolta de grifos que nos acompañen a mí y a mis compañeros hasta el desierto de Karamakán.

La reina abatió la cabeza con aire pensativo, o tal vez, según creyó advertir Malcolm, con pesar.

No obstante, aún no había dado su respuesta, cuando desde los pasillos que convergían en la sala, llegaron murmullos de sorpresa y de alarma.

El visir se abrió paso con apuro entre los guardias, temblando, y se inclinó ante la reina.

Esta lo miró con impaciencia y espetó algo en la lengua de los grifos.

El visir trató de responder, pero Gulya se le adelantó.

—¡Brujas! ¡Miren! ¡Están aquí! Son cientos de brujas, y aún llegan más…, miren…, son nubes enteras…

Gulya había salido a la terraza, y Malcolm y la reina siguieron su ejemplo, al igual que el visir: nadie, ni grifo ni humano, podía resistirse a aquel espectáculo de aquellos minúsculos puntos negros que se deslizaban sobre el azul del cielo con una especie de palpitación, a una distancia que impedía distinguirlos entre sí.

Eran como un enjambre de abejas, un murmullo de estorninos, cuya presencia presidía el aire.

Con cada segundo aparecían más y más, provenientes del norte, en dirección al palacio de la cúspide de Damāvand, a la manera de una corriente que surcara el gran océano.

Y los guardias grifos, tomados acaso por sorpresa, se apresuraban a salir para enfrentarse a ellas…

o para escoltarlas; los gritos, chillidos y alaridos surgidos por igual de los gaznates de águila que de las gargantas de mujer podrían haber sido el prolegómeno de una sangrienta batalla en el aire, pero al final resultó que los grifos que iban delante se estaban colocando en fila para componer una especie de pasillo de honor, batiendo las vastas alas para mantenerse en posición fija en el aire, mientras las primeras brujas acudían y pasaban sin recelo entre ellos, en dirección a la terraza, o la plaza de armas, donde Malcolm y Pan habían puesto por primera vez los pies en el monte Damāvand.

—Ha cambiado usted el curso de los acontecimientos —dijo la reina.

—No es que lo haya cambiado, sino que lo he visto de otra forma —respondió Malcolm.

—Vayamos, pues, a recibir a las visitas.