21. El viento purificador de Dios #2
De improviso, Lyra notó una sensación de ahogo.
Asta se bajó del alféizar, con una pesadez impropia de un gato, y se puso a dar arcadas y a toser, con respiración afanosa.
El aire tenía algo cáustico que atacaba los ojos y la garganta de Lyra.
Gases lacrimógenos… Tosió y aún fue peor.
Tenía la garganta obstruida, ardor y lagrimeo en los ojos, y los pulmones oprimidos.
Cayó de rodillas y notó que Asta pugnaba por respirar a su lado.
Buscó a tientas la ventana y la cerró con fuerza, con la aprehensión de que no fuera a romper el vidrio con el apuro de impedir la entrada del gas.
Después corrió el pestillo, antes de respirar a fondo varias veces.
Luego giró sobre sí para ver cómo seguía Asta.
El daimonion tenía una respiración trabajosa e irregular, y la boca mojada, y le lloraban los ojos.
Se le ocurrió que tal vez el efecto del gas era peor a ras del suelo.
Sin saber por qué, cogió al daimonion y, al notar que tenía el corazón desbocado y la respiración rasposa, lo apretó contra su pecho.
El daimonion de Malcolm. ¡Lo había apretado demasiado!
No podía respirar de esa forma. Tras depositar a Asta en la cama, abrió el grifo del lavabo, empapó la tela de la primera prenda que encontró y se la aplicó al hocico.
También ella pegó la cara a la tela, lo cual le procuró cierto alivio. Luego Asta agitó el pecho con un violento espasmo, tosió escupiendo algo de saliva y sacudió la cabeza.
Lyra se levantó para ir a empapar de nuevo la camisa bajo el grifo y se mojó la boca, los ojos y la nariz.
El pánico inicial que la había asaltado al descubrir que no podía respirar iba disminuyendo.
Aún tenía la garganta tensa y oprimida, y los ruidos que llegaban de la calle le recordaban todo cuanto ocurría fuera del acogedor espacio de su pequeño cuarto.
En la estrecha calle resonó con fuerza otra ráfaga de disparos que le ocasionó un pitido en los oídos.
—Ay, espero que… —articuló con dificultad, acordándose de Ionides.
—No le va a pasar nada —la interrumpió con voz ronca Asta.
«Sabe lo que estoy pensando», dedujo, impresionada, Lyra, con una curiosa sensación de calidez.
—De todas maneras, es peligroso. Esos policías disparan a cualquiera.
—Seguro que él lo sabe tan bien como nosotros, y sabrá desenvolverse mejor.
—Sí, supongo que tienes razón. Ah, ese gas…
—¿Todavía te duele?
Lyra tenía la impresión de que se le hubieran quemado los párpados. Sentía la garganta en carne viva; notaba que su voz era débil y rasposa, como si no fuera la suya. Tal vez nunca la fuera a recuperar.
En ese momento, alguien llamó a la puerta. Se puso en pie y giró como un resorte. Asta también se colocó en posición tensa, listo para hacer frente a cualquier amenaza.
—¿Quién es? —preguntó Lyra con su nueva voz, y como esta sonó muy endeble, volvió a probar, tratando de elevar el volumen—: ¿Quién está ahí?
—El mago personal. ¿Puedo pasar?
—¡Ah, sí…, sí!
Se apresuró a abrir la puerta. Ionides estaba solo en el pasillo, pero, aun así, miró a ambos lados antes de entrar en la habitación.
—Será mejor que cerremos con llave otra vez —recomendó.
—Sí, ahora mismo…
Ionides husmeó el aire y dirigió la mirada a la ventana.
—Sí… Ha entrado un poco de gas lacrimógeno…
—¿Qué tal tiene los ojos? ¿Y la garganta? —consultó él, con expresión grave.
—Ahora que he cerrado la ventana, estoy mejor, pero…
—Siéntese, señorita Plata —la interrumpió él—. Tengo malas noticias. Estos alborotos que hay fuera… ¿Sabe por qué gritan y rompen cristales? Siéntese —insistió.
—¿Por qué? Dígame.
—Mustafá Bey. Alguien lo mató.
Lyra se sentó en la cama y él en la silla.
—¡No…! ¡No! —exclamó, sin aliento—. ¿Cuándo fue?
—Hace dos o tres días. Nadie lo sabe exactamente. Eso da igual. Lo importante, lo que cuenta es que ya no está aquí.
—Mi carta…
—Sí, claro, la carta. De repente, ya no sirve. Guárdela, de todas formas. Ya veremos cómo siguen las cosas.
—Pero ¿por qué se amotina la gente? Él no era un dirigente, ni un rey, ni nada por el estilo. ¿Y pasa lo mismo en otros sitios o solo hay alborotos aquí en Bakú?
—Sucede en toda la Ruta de la Seda, según tengo entendido.
Todos los contratos y los miles de acuerdos que él cerró, con grandes empresas, con todo tipo de mercaderes, grandes y pequeños, con camelleros, con propietarios de fábricas, con compañías de barcos, toda esa clase de actividad comercial dependía tan solo de su memoria.
Todo dependía de él. Esto es una catástrofe, señorita Plata.
No hay nada ni nadie que lo pueda sustituir.
Gracias a Mustafá Bey, todos los que hacían negocios en más de diez mil kilómetros a la redonda podían mantener la confianza en el dinero, la ley y los contratos, pero ahora…
Me extraña que se limiten a romper vidrios. Muy pronto, harán cosas peores.
—Era muy buena persona —dijo Lyra.
—Era un gran hombre. Yo no admiro a casi nadie, señorita Plata, pero Mustafá Bey…
—A él le habría gustado trabajar con usted. Me lo dijo.
—Para mí fue un honor verlo, aunque solo fuera un rato.
Lyra no lo había visto nunca con un humor tan sombrío.
—¿Qué conviene hacer cuando hay disturbios? —preguntó.
—Mantenerse discreto, invisible, sin hacer ruido. Esto pasará y entonces nos iremos de la ciudad.
—Sí, supongo que tiene razón. ¿Qué cree que va a ocurrir con las empresas de Mustafá Bey?
—La gente se va a pelear para quedarse con ellas. Las personas con posición de poder, soldados o políticos, se van a apoderar de ellas, van a robar el dinero, las van a dirigir de cualquier manera y dejar que se vayan a pique.
—¿Y el Magisterio? ¿Qué me dice de ellos?
—¿Se refiere a si lo mataron?
—Sí. Creo que a eso me refería.
—Es interesante, señorita Plata. Sí, yo pienso que quizá fueron ellos.
Así pueden decir: «Fíjense en todo este caos…
, la gente necesita ley y orden. En toda Europa y en otros continentes han caído Gobiernos.
El mundo necesita un poder fuerte que lo gobierne todo y que restaure la seguridad pública, bla, bla, bla.
Únicamente el Magisterio, etcétera…». Tienen capacidad para eso.
Ya sabe de los rumores sobre ese gran ejército que se está concentrando para invadir Asia Central.
Puede que lo hayan formado precisamente para esto, y sí, que lo hayan matado.
Ahora no se ve la diferencia, pero es posible que más adelante tenga una gran repercusión.
Lyra recostó la espalda. Con los ojos todavía llorosos, se acercó el pañuelo mojado a la cara.
—¿Asta? ¿Cómo siguen tus ojos? —preguntó.
—Aún me duelen. Señor Ionides, ¿ha podido usted evitar el gas?
—Como ya me figuraba lo que iba a pasar, he hecho lo mismo que ustedes. —Les enseñó un fular de algodón empapado—. Lo he robado en el mercado y lo he mojado en una jarra de agua de la mesa de un café. El mundo está lleno de cosas que encontramos cuando nos convienen.
—Ya no se oyen las sirenas —observó Lyra.
Aunque sonaban aún algunos gritos, la fuente principal del ruido se había desplazado a otra parte, o bien simplemente se había calmado.
—O sea, que solo nos queda esperar —resumió Asta.
Lyra ya componía mentalmente la primera frase del mensaje que tenía intención de enviar a través de la magnetita, en cuanto pudiera ver mejor.
Malcolm y Gulya aguardaban a la reina Shahrnavāz en la gran sala revestida de alfombras, en la que habían dispuesto ya una silla para él.
Junto a la entrada del pasillo por la que iba a llegar la reina, había apostados varios guardias.
El visir permanecía a corta distancia, con aire solemne e inescrutable, en el que Malcolm creyó detectar, con todo, una mal disimulada irritación.
Gulya exhibía un grado de nerviosismo como Malcolm no había observado nunca en ella.
Lamentó que Pan se hubiera ido, porque parecía que él y Gulya se tranquilizaban entre sí.
Malcolm tenía en las manos la diadema de oro y el embrollo de ruedas y barras que habían constituido el engranaje del aletiómetro.
En el momento en que los guardias de la entrada se envararon como si se pusieran en guardia y el visir volvió la cabeza para inclinarse ante la reina, Malcolm se puso en pie, sosteniendo las piezas entre ambas manos, con la precaución de situarse de tal forma que el sol le diera de pleno en la cara.
Luego Shahrnavāz apareció ante ellos en todo su esplendor.
Malcolm se puso de pie, pero no le dispensó ninguna reverencia. Inclinó tan solo un poco la cabeza, como lo haría un gran dignatario saludando a un igual.
—Reina Shahrnavāz, usted y yo vamos a hablar a solas, con la única presencia de Gulya —anunció, provocando un estado casi de pánico en el pequeño grifo—. Su excelencia el visir y sus guardaespaldas se pueden retirar. Solo se va a quedar Gulya.
Los guardias se estremecieron de asombro y el visir desplazó lentamente la cabeza, mirando a Malcolm, luego a la reina y después a Gulya, para volver a encararla hacia Malcolm.
El viejo cortesano debía de vivir aquello como una afrenta.
No obstante, ante el silencio de la reina y el calmado aplomo de Malcolm, al principio pareció dudar y después se puso rígido de ira, hasta que al final se resignó, pues tras dirigir una reverencia a la reina, se retiró, seguido de los guardias.
Malcolm y la reina se quedaron cara a cara. Gulya se hizo a un lado. La reina Shahrnavāz señaló la silla y Malcolm se volvió a sentar.