El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 21. El viento purificador de Dios
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21. El viento purificador de Dios

D ilyara, la antigua empleada de limpieza de Tashbulak y actual compañera del camellero Chen, había descubierto muchas cosas curiosas entre los escombros de los laboratorios arrasados.

El viento purificador de Dios, que con tanto celo moral se había abatido sobre el centro de investigación, había obviado muchas cosas que, de haber sido capaz de captar su naturaleza, habría considerado dignas de destruir.

Había cilindros de diversos gases intactos; una hilera de cámaras refrigerantes que había quedado sin arrasar porque sus puertas se abrían mediante un procedimiento desconocido para los agentes de la integridad; y puesto que el goce de romper vidrio sin más fue perdiendo brío, en los estantes superiores quedaban muchas urnas llenas de muestras de vegetación que se había marchitado hacía tiempo.

Dilyara lo fue revisando todo, barriendo, puliendo y quitando el polvo.

Sacó brillo a los cilindros de gas; vació las urnas que contenían plantas secas y lavó el vidrio hasta dejarlo reluciente; una vez que hubo descubierto el lugar donde había que apretar, abría y cerraba sin problema las cámaras refrigerantes.

La corriente ambárica que mantenía el frío venía suministrada por unos paneles fotorreceptores que se cargaban incluso con el más pálido destello de luz de las estrellas; las vasijas, paquetes y frascos que reposaban, envueltos en una capa de escarcha dentro, seguían igual que cuando los habían depositado inicialmente allí, conservando sus misterios y embriagando a Dilyara con la esperanza de nuevos descubrimientos venideros.

Chen, entre tanto, había logrado capturar una camella errante y la había atado en las proximidades.

Por los ronquidos, berridos y resoplidos que flotaban en el aire, sabía que ya estaba atrayendo la atención de varios machos salvajes.

Sus noches se llenaron con placenteros sueños de recomponer un nuevo rebaño, mucho mayor que el anterior.

Lo veía extenderse por las rutas hacia el este y el oeste, transportando cargas que le aportarían inmensa riqueza y el respeto de personas que pronunciarían con actitud reverencial el nombre de Chen.

Y así, el desierto dormitaba por el sur y el lago errático de Lop Nor seguía con sus imprevisibles divagaciones por el este.

Lyra a Malcolm:

Estoy con el señor Ionides en el hotel Caspary de Bakú.

El ferri con el que pensábamos ir a Krasnovodsk tuvo que dar media vuelta porque hubo una tormenta muy fuerte, que hacía peligroso viajar por mar.

No tengo ninguna noción de lo que ocurre en otras partes, pues los periódicos están censurados.

O sea que, por ahora, estamos aquí parados.

¿Crees que va a ser posible reparar el aletiómetro?

L

Malcolm a Lyra:

No, no creo que se pueda restaurar, para devolverlo al estado que tenía antes.

Faltan algunas piezas y se necesitaría un experto relojero para restablecer en algo su funcionamiento.

De todas maneras, he reservado por ahora todas las piezas interiores y me he centrado solo en la caja, que estoy martillando para transformarla en un objeto distinto.

Pan se ha marchado de aquí con la bruja Tilda Vasara con intención de seguir hacia el este hasta Tashbulak. Lo estaba agobiando la cautividad; yo al menos tengo algo que hacer. Estará a salvo con ella. Supongo que más bien habría que plantearse si ella va a estar a salvo con él.

Yo también me siento inquieto, sin embargo. Volveré a reunirme contigo y con Asta, y tú te reunirás con Pan, y juntos iremos al desierto y localizaremos ese edificio rojo antes de que lo encuentre el Magisterio.

Ahora me voy a poner a trabajar otra vez. Seguimos en contacto. Por favor, no corras riesgos.

M

Lyra estaba tomando una taza de café bien concentrado frente a la mesa de hierro del hotel cuando leyó aquello.

—Pan, mira que eres necio, maldita sea… —murmuró.

Asta le dirigió una mirada interrogativa y Lyra le explicó lo sucedido.

—Debió de haberse ido cuando dormía —dedujo Asta.

—Lo que tuvo que haber hecho es no irse, el muy idiota.

Apartó la piedra para volver a centrar la atención en su bloc de notas.

El informe que pensaba enviar a Mustafá Bey se había convertido en una especie de diario meditativo, en el que había dado cabida a la conversación que mantuvo en el ferri con el ángel, a la anterior en la que Ionides había hablado de la imaginación, y a todo lo que había oído o pensado sobre ese tema, así como a sus reflexiones en torno al propio propósito de ese viaje.

Aquella actividad iba cobrando cada vez más importancia, a medida que escribía y desentrañaba lo que pensaba y lo que era capaz de pensar estimulada por el proceso de la escritura, aunque el producto no coincidiera con lo que Mustafá Bey le había solicitado.

Sentada a la sombra de un ciprés, con un lápiz en una mano y una taza de café en la otra, de repente oyó aullidos de sirenas de la policía, venidos de afuera.

Anteriormente, tanto a ella como a Asta los habían perturbado los ruidos de gritos y de gente que corría, pero fueron las sirenas las que impulsaron a Asta a incorporarse, con las orejas erguidas.

Lyra dejó con cuidado la taza de café en la mesa, porque le había empezado a temblar la mano, y se levantó con cautela.

—Cuidado —advirtió Asta.

—Quiero saber qué pasa. Podría ser tan solo el asalto a un banco o…

—Sea lo que sea, tampoco vas a poder ayudar mucho.

—No, pero el señor Ionides está por ahí afuera.

—Aunque no hace mucho que lo conozco, apuesto algo a que es capaz de cuidar de sí mismo. Es más, él averiguará de qué va esto más deprisa de lo que podríamos hacerlo nosotros.

—Podría conseguir un periódico, por lo menos.

—Si es uno que puedas leer, será de hace dos semanas.

—Tienes razón —admitió, mientras tomaba asiento.

—¿Qué escribes?

—Puedes leerlo si quieres. No es muy personal.

—Me cuesta leer tu letra.

—No te hagas el finolis, solo porque Malcolm tiene una cursiva de ringorrango.

—La cursiva no es precisamente letra de ringorrango. Pero escucha…

El primer estruendo de sirenas había ido menguando a medida que los coches de policía se alejaban hacia el centro de la ciudad. Asta había captado otro tipo de sonido que entonces Lyra percibió también.

—Es gente que grita —dijo—. ¿Serán disturbios? ¿O una manifestación?

—Hay un altavoz… No entiendo lo que dicen. Ni siquiera lo oigo con claridad, pero es alguien que habla a una multitud.

Lyra alcanzaba a oír la voz distorsionada, pero esta vociferaba a demasiada distancia como para distinguir en qué lengua hablaban. Luego sonaron gritos y alaridos, algunos provenientes de las proximidades del hotel; y después oyeron el primer ruido de cristales rotos.

—Voy a ir a guardar las cosas en la mochila —decidió Lyra.

Asta bajó de la mesa para acompañarla. En el interior del hotel, dos camareros conversaban con aire de preocupación junto a las escaleras. Al verla, callaron.

—¿Qué ocurre? —les preguntó—. Qu’est-ce qui se passe?

Uno de ellos se encogió de hombros. En ese momento, un individuo vestido con traje salió de la oficina y, al verla, se paró en seco.

—Tiene que irse arriba…, rápido…, por favor, a su cuarto —le indicó, sin resuello.

—¿Qué pasa?

—En las calles…, alborotos…, policía…

—Sí, ya lo oigo, pero ¿a qué se debe?

—Usted, por favor…, vaya a su cuarto… y cierre con llave. Ahora mismo, por favor.

El hombre volvió la cabeza para mirar hacia el vestíbulo. Lyra vio, más allá de las puertas, gente corriendo por la calle.

Sin hacerse de rogar, empezó a subir, precedida de Asta.

La habitación estaba tranquila, sin nada fuera de lugar.

Tras dejar los papeles encima de la cama, abrió la ventana de par en par.

Aprovechando que daba a la calle, se asomó y vio a un grupo de jóvenes que llegaban corriendo desde una plaza cercana, perseguidos por policías parapetados con escudos y yelmos.

Por ese lado llegó también el sonido de un altavoz.

Luego sonó una racha de disparos y la voz del altavoz calló bruscamente. Alguien dio un alarido.

—Esto es horrible —dijo Lyra.

De fuera llegaron más gritos y un estrépito de vidrios rotos. Asta se subió a mirar desde el alféizar.

—Ha sido en la librería de enfrente —precisó—.

Mira, el dueño trata de cerrar la puerta, pero la gente lo empuja y no lo deja.

Están sacando libros de los estantes y los arrojan a la calle.

Ahí vienen varios policías con escudos y pistolas…

y con porras… Están apartando a la gente a golpes… , y, ah, es horroroso…

Lyra se mantenía a un lado mientras miraba afuera.

La policía había rodeado a dos jóvenes y les descargaba las porras contra la cabeza, hombros, brazos, piernas…

Lyra se tapó los oídos, incapaz de soportar el crujido de los huesos y los gritos de dolor.

Después la policía se puso a disparar al aire y, como surgido de la nada, un potente chorro de agua derribó a varias personas, alborotadores y policías por igual, y los propulsó a varios metros de distancia. El aire estaba cargado de humo.