El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 20. El sermón #4
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20. El sermón #4

Se concentró en localizar un fragmento de la historia en el que Rukhsana debía derrotar a un brujo, o a un dios del fuego, cuyo nombre era…

¡Sí! Ahí estaba: Sorush . Malcolm sonrió complacido y siguió leyendo.

En la narración, Rukhsana había sido abandonada, después de nacer, por su malvado padre, que la dejó en la ladera de una montaña porque un astrólogo embaucador había predicho que su esposa iba a dar a luz a un varón.

La pequeña habría fallecido de no haber sido porque el gran pájaro Simurgh, que vivía durante varios miles de años y acumulaba toda la sabiduría de este mundo, la oyó llorar y se la llevó, con intención de alimentar con su carne a sus polluelos; pero cuando depositó a Rukhsana en el nido, los polluelos y el propio Simurgh se quedaron maravillados con su belleza.

La inmensa ave rodeó a la niña con sus alas y le dio de mamar, pues era en parte mamífero.

Rukhsana se crio entre los polluelos de Simurgh, como si fueran sus hermanos.

Cuando ya era mayor, el brujo Sorush se llevó a una de sus hermanas.

Puesto que había hecho la promesa de cuidar de ella, Rukhsana fue en busca del villano y lo encontró en su cavernosa guarida del Cáucaso, que estaba repleta de toda suerte de oro y piedras preciosas, y resplandecía con la hoguera de su forja.

Pese a que Sorush era invulnerable a todo cuanto había en la tierra o en sus entrañas, la luz de la luna era capaz de debilitarlo en un instante y por eso él tomaba infinitas precauciones para mantenerse a recaudo de ella.

Rukhsana, que lo sabía, había preparado un amuleto de plata con forma de luna creciente y había grabado unas palabras mágicas encima. Escudándose con él, logró superar al diabólico brujo del fuego y devolver a su hermana polluelo a Simurgh antes de reanudar su viaje en busca de Jahan.

—Gulya —preguntó Malcolm, levantando la vista del libro—, la reina, ¿tiene algo de plata en su tesoro?

La respuesta fue afirmativa. Para los grifos, era un material de segunda clase carente del menor interés, ya que se empañaba y no tenía el color adecuado.

No obstante, una parte del oro que habían acumulado se hallaba entremezclado en aleaciones, ya fueran de origen natural o de factura humana, una de las más comunes de las cuales era una mezcla de oro y plata denominada electrum.

El orfebre sirviente, Tamaz Khuroshvili, informó de ello a Malcolm.

Utilizando a Gulya como intérprete y con la dificultad añadida que entrañaba su ausencia de lengua, Khuroshvili explicó que, en las épocas previas al invento del comercio, los grifos desechaban sin más la plata, porque la consideraban fea.

Cuando se dieron cuenta de que los seres humanos la encontraban deseable, empezaron, sin embargo, a cambiarla por trabajo o por servicios que los hombres y las mujeres eran capaces de ejecutar, o por productos que ellos no podían confeccionar.

Todas las labores de construcción de la montaña, la excavación de los túneles y la disposición de cañerías y de canales para el fuego se habían pagado con plata.

El metal tenía, por consiguiente, un valor para ellos, con lo cual no estaban dispuestos a desprenderse a la ligera de él.

Malcolm explicó lo que quería: una cantidad suficiente de plata que permitiera fabricar un amuleto pequeño con forma de luna creciente… pequeño, pero lo bastante grande como para que se viera claramente a una distancia de combate, y fijaciones para una cadena o un cordel.

Intrigado, Khuroshvili le cedió un trozo de plata que tenía más o menos el tamaño y grosor del dedo meñique de Malcolm.

Incluso se ofreció a prestar unas cizallas de precisión para cortar la plata y darle forma una vez que la hubiera aplanado con el martillo.

Conocía, además, un procedimiento para recubrir el metal con un aceite que retrasaría el proceso normal de ennegrecimiento de la plata.

En su banco de trabajo disponía de una pequeña vasija de dicho aceite.

Malcolm preguntó a continuación a Khuroshvili si utilizaba algún tipo de polvo, destinado tal vez a dar brillo al oro que moldeaba para la reina, o algún tipo de abrasivo o de mezcla para pulir.

A aquellas alturas, después de las diversas conversaciones mantenidas, habían alcanzado un grado de amistosa comprensión.

Khuroshvili no expresó demasiadas preguntas sobre lo que Malcolm planeaba hacer, sin duda por el posible peligro que pudiera entrañar conocerlo, y Malcolm por su parte omitió plantearle las múltiples preguntas de índole personal que le hubiera gustado formular. Hablaron de artesano a artesano.

Así pues, sin hacer ningún comentario, Khuroshvili se limitó a enseñarle diversas calidades de polvo abrasivo, que, según averiguó Gulya, eran de piedra pómez molida.

Malcolm eligió el más menudo de que disponía el orfebre, fino como la harina, y trasvasó la cantidad que este le permitió llevarse, un par de puñados, a una bolsa de seda encerada.

Por último, Malcolm pidió a Khuroshvili que le prestara un fuelle pequeño. Este soltó una carcajada y se encogió de hombros antes de entregárselo. Después se estrecharon la mano y Malcolm se fue con Gulya a trasladar su botín a su habitación.

—Ahora —le dijo a esta, una vez que hubo dispuesto todo encima de la mesa para poder observarlo y sopesarlo, dejando que su mano, sus músculos y sus nervios pensaran por él— quiero hablar con la reina.

Quiero hacerlo en privado, y que solo tú estés presente.

Sí, ya sé que es algo insólito, pero la reina no ha tenido nunca que vérselas con un hombre venido de los reinos del oro hasta ahora.

No se trata de una petición, sino de una orden.

Gulya, tú fuiste sola a la forja de Sorush e intentaste luchar contra él; debes recurrir a toda esa valentía que tienes para hablar con la reina Shahrnavāz y convencerla para que me escuche cuando le cuente lo que vamos a hacer.

Es difícil, pero no hay otra alternativa.

Por su lado, le habría gustado que Pan estuviera allí, participando de aquel episodio.

Cuando el ferri regresó a Bakú, el aire estaba todavía agitado, y las olas, encrespadas. Lyra, que anhelaba sentir la tierra firme bajo los pies, encontró a Ionides amparándose de la lluvia junto a la pasarela, con cara de inquietud.

—¿No se encuentra chispeante y animada? —le preguntó él.

—He pasado una mala noche. Me alegraré cuando pueda bajar del barco. ¿Qué ocurre? ¿Han informado sobre cuándo se va a volver a emprender viaje?

—No, señorita Plata. Está pasando algo más.

Justo en ese momento estaban amarrando el ferri.

Lyra siguió la mirada que tendió Ionides más allá del puerto.

Había coches de policía que circulaban a gran velocidad, con estruendo de sirenas y luces, salpicando agua con los neumáticos.

La lluvia era tan densa y el aire tan oscuro que la ciudad resultaba casi invisible.

Aun así, Lyra creyó advertir, más allá de los edificios del muelle, una columna de humo que se elevaba hacia el cielo matinal.

—La gente intenta hablar con el capitán para que les diga qué pasa, pero él no dice nada. Todos los marineros igual —concluyó, mientras trazaba una cremallera imaginaria sobre los labios.

—Quizá es esta la razón por la que hemos tenido que volver —apuntó Lyra—. En principio, ellos deben de estar acostumbrados a navegar con tormenta.

—Tiene que haber algo más —afirmó él, con un cabeceo.

Otros pasajeros acudieron a la barandilla; era evidente que ninguno sabía más que ellos, pero que todos estaban preocupados.

Una vez que despejaron el paso, los viajeros bajaron a tierra con aire desconsolado, airado o nervioso.

Protegiéndose la cabeza de la espesa lluvia con los abrigos, trataron de encontrar algún lugar donde guarecerse hasta poder reanudar el viaje.

Lo que había ocurrido fue un acontecimiento que llevaba asociado un millón de ramificaciones.

Mustafá Bey era un hombre de costumbres fijas, tanto por temperamento como por necesidad.

Acudía, por ejemplo, a su mesa del café Marletto todos los días a la misma hora; utilizaba un equipo regular de chóferes, secretarias y mensajeros, y siempre respetaba de forma rigurosa los contratos que cerraba.

La ropa que llevaba, la comida y la bebida de que disfrutaba y el ejercicio que realizaba cada tarde contribuían, asimismo, a la sensación que transmitía de permanencia y rectitud.

Sus movimientos eran igual de previsibles que los de los planetas en el cielo, y la totalidad de los incontables clientes e intereses que manejaba había pasado a depender de su regularidad, en la misma medida que la torre del reloj de Bab al-Faraj.

Desde luego, él era por completo consciente de que aquella predictibilidad conllevaba también una debilidad, que lo volvía vulnerable. Los guardaespaldas que empleaba lo sabían también y recibían una paga desmesurada por su vigilancia.

No obstante, el dinero que les pagaba no resultó suficiente.

Mientras Lyra e Ionides llegaban a Bakú, uno de los guardaespaldas de Mustafá Bey se acercó a él mientras realizaba su paseo cotidiano a orillas del río, como si quisiera avisarlo de un peligro, y, cuando estuvo lo bastante cerca, desenvainó una daga y la hundió varias veces en el pecho de su patrón.

Mustafá Bey cayó muerto en el acto, y, un momento después, cayó también el asesino, a consecuencia de tres disparos en la cabeza.

Los otros guardaespaldas tenían buena puntería, aunque no la suficiente como para detener al asesino sin matarlo.

A partir de ese momento, nadie podría hacerle hablar.

La teoría que surgió después sostenía que los guardaespaldas sabían muy bien lo que hacían, porque también ellos estaban implicados en un complot y no les interesaba que el asesino revelara por qué razón había actuado, ni quién le había pagado.

Empezaron a tejerse más teorías que pretendían explicarlo todo.

Proliferaron como bacterias en una solución particularmente sustanciosa.

Cuantas más teorías corrían, menor era el conocimiento concreto, al parecer, pues en el curso de las horas siguientes se hizo evidente para todos los habitantes de Alepo, como también a lo largo de los días siguientes para todo aquel que había tenido tratos con Mustafá Bey, de Marruecos hasta Nipón, que la única persona que conocía en profundidad los negocios del gran mercader había sido precisamente el gran mercader.

Cada detalle del acuerdo al que había llegado con tal o cual cultivador de dátiles de Túnez, a tal y tal precio, cada cláusula del contrato acordado con la compañía de aguas del curso bajo del río Oxus para que siguieran proporcionando agua fresca a los caravaneros que circulaban al este del mar Aral, cada fluctuación del precio de la seda cruda en los mercados de Urumqi…

, todos esos datos, y otras cuestiones más, se habían mantenido a buen recaudo en el interior del cerebro vivo de Mustafá Bey, y todos y cada uno de ellos quedaron reducidos a la nada mientras la sangre manaba de su cuerpo y las células del cerebro se iban apagando, una a una.

La noticia se propagó de norte a sur y de este a oeste, a la velocidad con que podía viajar de boca en boca.

Hacía mucho que ningún suceso paralizaba con tamaña carga de miedo y conmoción el ámbito de la Ruta de la Seda.

¿Quién iba a hacer cumplir aquellos miles de contratos, acuerdos y tratos?

¿Cómo se iban a pagar a los productores?

¿Quién iba a garantizar que alguien recibiera algún pago?

Lyra no era el único individuo con motivos para estar agradecido al generoso mercader; había viudas y huérfanos, familias de viejos amigos o criados, y también estaba, por ejemplo, el propietario del café Marletto, quien preveía que, en cuestión de una semana, su establecimiento iba a perder fama y quedar relegado a la condición de una anodina casa de té, sin más distinción que cualquiera de los cientos de locales que había diseminados por la ciudad.

En Bakú, al igual que en muchas otras localidades de la Ruta de la Seda, cuyos habitantes sentían como todo su mundo se tambaleaba bajo sus pies, muchos empezaron a ceder al pánico, a asaltar los bancos, a saquear los mercados y a causar alborotos.

Por otra parte, la valiosa carta de Lyra, el laissez-passer que había sido para ella promesa de seguridad, protección y franqueo de paso granjeados por el peso de la autoridad del personaje más prestigioso de la Ruta de la Seda…

, de repente se había vuelto inútil. Una de las pocas personas que no se sentía afectada era Lyra, que no había oído nada sobre el asesinato.

En ese momento, se encontraba sentada en un modesto hotel redactando precisamente el primer informe destinado al gran mercader.

Le resultaba más difícil de lo que había previsto.

La cuestión principal era, como siempre, por dónde empezar.

Tras varios intentos fallidos, comenzó con la llegada del autobus de luxe a la estación en obras de Bakú.

No obstante, tampoco logró seguir por aquel hilo.

Al final, dejó el papel a un lado para coger la magnetita resonante y se puso a escribir a Malcolm.